domingo, 31 de agosto de 2008

EL ESCUADRÓN EN CARNE PROPIA, EL TESTIMONIO DE UNA PERIODISTA


María Esther Gilio (Brecha)


Era mediados de enero del 72, aunque podría ser febrero. Es difícil cuando han pasado casi cuarenta años diferenciar esos dos meses que, en Uruguay, están vinculados a vacaciones, ropas leves y cielos estrellados.

Eran días aquéllos en que solían llegar del Primer Mundo periodistas que buscaban conocer quiénes eran esos tipos llamados tupamaros, que según parecía pertenecían a la izquierda y vistos desde lejos tenían cierta semejanza con el viejo Robin Hood. En fin, los tupamaros, como el fútbol, habían conseguido ubicar por unos segundos a Uruguay dentro del mapamundi mental del resto del mundo. Muchos de estos reporteros se me acercaron por mi calidad de periodista y abogada de presos políticos.

En su momento llegó Umberto Eco, quien ­en el mejor estilo de periodista de un diario rico de un país rico­ me invitó a comer a El Águila, donde elogió con los ojos en blanco la torta de mariscos. Fue en uno de esos meses que llegó de Holanda un periodista con iguales intenciones. Para eso se dirigió a mi amigo Eugenio Hintz, quien le dijo que él no era el adecuado y que tenía una amiga que lo informaría mejor. Me preguntó si estaba dispuesta y yo le dije que sí y que si querían podían venir a cenar a mi casa donde hablaríamos tranquilos.

Al día siguiente, a las nueve, llegaron el holandés, mi amigo Eugenio ­le decíamos Genia­ y Nelly, su mujer. Demoramos en entrar en el tema que había llevado al holandés a mi casa. Me recuerdo a mí misma hablando de la Universidad gratuita y otras cosas de esas que nos enorgullecían, hasta que, de pronto, me di cuenta de que si me extendía en los elogios ­en verdad bastante exagerados­, ¿por qué los tupamaros?, ¿qué buscaban?, ¿qué más querían si el país era tan justo y maravilloso? Puse freno al patrioterismo y hablé del hambre y de las villas miserias, lo cual abrió como por arte de magia la puerta a sus preguntas sobre los objetivos tupamaros y sus métodos. Recuerdo todavía una pregunta que formuló clavando sus ojos en los míos: “¿No cree usted que ellos actúan como terroristas, que son terroristas?”.

Podía mirarme exigiendo lo que quisiera. Yo no tenía que mentir para responder. “No son terroristas”, dije, y añadí los argumentos que fundaban mi respuesta. “Está bien ­dijo­, entonces no lo son.” Eran cerca de las dos cuando el holandés miró por segunda vez su reloj y dijo que me estaban robando el sueño. Agradeció mis informaciones, y se fueron. Diez minutos después, yo dormía y veinte minutos más tarde una explosión que se escuchó más allá de Malvín despertó a todos los vecinos de la cuadra, rompió los vidrios de sus casas y muchos muebles, puertas y todos los vidrios de la mía.

En medio de la oscuridad, mi hija mayor se acercó gateando y diciendo: “Nos ametrallan, nos ametrallan”. Bajé y en la calle encontré a los vecinos de esa cuadra llamada Golfanini, separada del mar por un gran espacio de pasto donde se levanta la Aduana de Oribe. Nunca olvidaré a mis vecinos, que en lugar de enojarse me consolaban. A Amneris, que tomándome de ambos brazos me dijo, con los ojos llenos de lágrimas: “Llore, María Esther, llore”.

Al día siguiente fui al Banco de Seguros donde, como la mayoría de los abogados, había asegurado mi casa contra bombas. Allí me enteré de que este seguro no cubría vidrios. Era tal el disparate de un seguro contra bombas que no cubriera vidrios que escribí una carta a la dirección, señalando el total absurdo del hecho. No creo mucho en mi capacidad como abogada. Creo sí en cómo podría ser de encandilante el absurdo que entrañaba el contrato sobre bombas, que me pagaron los vidrios.
Pero, claro, a cualquiera que lea esta nota le importará poco que hace 36 años me pagaran los vidrios. Lo que quiere saber es quién puso la bomba. Bardesio, claro. Él mismo lo dijo más tarde cuando fue secuestrado por los tupamaros.

Y qué pasó con el holandés. Trato de imaginar un poco. Él se levantó, tal vez se bañó, bajó luego a desayunar y mientras leía el diario su rostro tomó un rojo que superó a todos los que habían pintado su rostro en el pasado. Según Genia, cuando él lo llamó a las 11 de la mañana al hotel, le dijeron que ese señor había salido hacia el aeropuerto a las 10 de la mañana.




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