martes, 13 de enero de 2009

No creo que el voto 2009 defina cosas esenciales



Carta Abierta


Por qué pienso votar la Asamblea Popular

A mis amigos blancos, colorados y frentistas de todo el país

A los medios y a los periodistas que me invitaron y me invitan respetando mi forma de pensar

Gonzalo Abella
Revista Desacato
http://www.desacato.info/

A pesar de que los problemas que enfrentamos son muy graves, y que se nos van a volver dramáticos en los próximos años, no se ha podido instalar aquí todavía un debate profundo. A contramano de los bulliciosos procesos continentales, con pueblos movilizados, aquí hay una preocupante calma.

Estamos en tempos preelectorales. La propaganda multicolor y la manipulación sentimental que nos esperan aturdirán a muchos votantes. Pero buceando en el sentido programático de los discursos parecería que entre nuestros presidenciables con posibilidad de presidir no hay diferencias significativas.

Esto no quiere decir que los dos partidos en pugna sean lo mismo.

El Gobierno actual, por ejemplo, reanudó relaciones con Cuba y eso permitió operaciones en la vista a miles de pobres. Un solo niño que hubiera recuperado la vista ya es importante, porque para cada niño su vida es única e irrepetible. Es bueno, en este sentido, que un partido de Gobierno no tenga ningún Trobo en sus filas, aunque algunas pocas de sus múltiples manos tengan un leve tufillo a lata hurgada y su política ocupacional tenga mucho de “Sociolismo” (o sea, socialismo para mis socios).
Además muchas cosas son opinables. Tengo un hermano que coopera en el programa “Yo sí puedo” del MIDES. Como lo conozco desde chiquito sé que su entusiasmo por los logros del Programa es un entusiasmo verdadero.

Y tampoco todo fue malo antes. Me consta que la Primer Dama del Gobierno anterior, Mercedes Menafra, hizo un esfuerzo personal importante por las mujeres rurales, con una simpatía y horizontalidad que no le podríamos reclamar, por ejemplo, a la Sra.de Sanguinetti. Pero la obra de Mercedes Menafra no es razón suficiente para votar a los seguidores del Dr. Jorge Batlle y sus propuestas neoliberales.

Caminar por el interior me enseña que, para la gente sencilla que desea trabajar la tierra, el campo está mucho peor ahora que antes. ¡Está peor para ellos precisamente en estos años en que su producción enriquece -a unos pocos- más que nunca!

Por su parte, la gente que está en Negocios Rurales me advierte que la tierra que está comprada para futuros monocultivos (directamente o por trasnacionales o por sociedades anónimas) ya llega a LA MITAD de la tierra fértil de todo el país. Todavía no se advierte este hecho porque SÓLO UN DÉCIMO de la tierra destinada para celulosa y agrocombustibles está ya forestada con monocultivos. Los nueve décimos restantes lo estarán apenas en pocos años más. A esta amenaza hay que agregarle la tierra arrendada para soja transgénica que obliga a la agropecuaria a subir los costos.

Hay quien piense que será fácil revertir este proceso. Gobierno y oposición se apresuran a hablar ahora contra la extranjerización de la tierra y dicen apoyar a los pequeños productores. Año preelectoral, que le dicen. A los optimistas se le debe recordar que los tratados de zonas francas, y los de Protección de Inversiones con Finlandia (firmado por el Dr. Batlle) y con USA (firmado por el Dr. Vázquez) impiden cuestionar sus posesiones. Empresas yanquis en nuestro norte y finlandesas en nuestro litoral sur son propietarias (tras fachadas varias) de la mayor parte de la tierra ya enajenada.

La población urbana no ve los terribles impactos que el campo ya está sufriendo. Pero debería observar mejor otros impactos.

Cuando camino por las calles de Montevideo voy esquivando caca de perro, pisando bolsas de plástico y procurando no pisar la gente que duerme. Si tomo un ómnibus, entre los artistas callejeros que piden una moneda se intercalan las estrategias de mendicidad que van desde las talentosas a las más patéticas. Ante las segundas prefiero mirar por la ventanilla los malabarismos naranjeros de los otros desocupados. Si a mi lado viajan estudiantes sin auriculares enchufados su tema de conversación más frecuente es cómo irse del país.

A veces hablo con una mujer muy humilde cuya hija mayor es abanderada en 6º año y cuyo marido está en Haití. Sueña con edificar su casita en un terreno que ya tiene en vista, pero cuyo precio se dispara cada mes y la plata de Naciones Unidas nunca acaba de llegar. Cuando hablo con esta vecina pienso en los jóvenes haitianos muertos por balas uruguayas y me entristece la posibilidad de que ese marido joven y cariñoso, que ama a su familia lo suficiente para renunciar a verla por meses y además se cuida del AIDS, que ahora anda de casco azul y fusil transpirado, vuelva rígido en un sobre de plástico. Si eso ocurre su niña abanderada encontrará refugio a su dolor entre brazos uniformados que paternalmente la guiarán al Liceo Militar. Allí, funcionarios públicos docentes, con el dinero que aportamos todos, le enseñarán su verdad sobre nuestra Historia reciente. Cuando esta muchacha sea alférez podrá volver a soñar con su casita de material, llevar a ella a su envejecida mamá, y evitar para sus hijos el asentamiento o el horrendo tugurio donde nace la mitad de los niños uruguayos.

Preocupado por estos temas fui a Cerro Largo, a hablar con un amigo blanco como hueso de bagual, que ama el campo tanto como lo amo yo, pero sabe mucho más.
“A vos te escucha mucha gente”, le dije. “A vos te consta que los pequeños productores rurales, sean ganaderos de la ruta 27 o chacareros de Soriano están desesperados. Que en pocos años quien quiera beber agua mineral va a pagar más que por una moto en cuotas. Y vos sabés que los blancos que entraron a la Historia siempre debieron enfrentarse a los dirigentes de su propio partido. Si vos te alzás en las cuchillas como Aparicio, si hacés ingobernable el país para los malandras, como hizo el Cabo Viejo, yo te sigo. No digas que no se puede. ¡No estamos tan viejos! En patineta, porque no tengo caballo, pero te sigo. El campo se nos muere”. Eso le dije.

Hay comprensión. Pero no hay respuesta

Si el problema fuera solo uruguayo, no me angustiaría tanto. Pero el Cambio Climático es consecuencia inevitable del Modo Capitalista de Producción, y la alternativa que le queda a la Humanidad del siglo XXI es derribar el Modo Capitalista de Producción o morirnos todos. Fritos. Fritos en serio bajo este invernadero artificial producido por las chimeneas innecesarias. No hay camino del medio. No es sólo el Efecto Invernadero que nos achicharra. Cada vez hay menos agua potable, menos oxígeno, más hambre, más violencia, más locura, mayor embrutecimiento de las mayorías.

La TV nos presenta los temas por separado, como si no tuvieran conexión unos con otros. Los gobernantes hacen lo mismo. La clase política dice preocuparse por el Cambio Climático pero en nuestro suelo surgen zonas francas y sobre ellas las inmensas chimeneas de la contaminación para la producción y el consumo superfluo de los más ricos. La clase política dice preocuparse por el precio de los alimentos, pero achica las áreas que producen comida y expande los monocultivos, como se hace en Bella Unión. La clase política dice preocuparse por la deteriorada salud popular, pero aprueba unánimemente el megabasurero que nos permitirá vender lugar para la basura contaminante que entre por el puerto o salga de las zonas francas. Y todos los hilos se mueven desde la misma mano que nos estrangula desde afuera.

El problema es de qué lado están los diferentes políticos y sus propuestas. Sus silencios gritan .El otro problema es qué podemos hacer nosotros ante la tragedia planetaria. No hay mucho tiempo para enchalecar a Bush o al loco que lo siga, sea demócrata o republicano. Sólo la fuerza de los pueblos unidos (junto a los gobernantes más o menos independientes de diferentes matices) puede lograrlo. Un gobernante más o menos independiente se detecta en primer lugar si habla de estos temas de fondo, porque los gobiernos sumisos no llaman a las cosas por su nombre. Los opositores con vocación de sumisos tampoco.

Para el pueblo oriental, diezmado por la desesperanza, acorralado por las barreras proteccionistas del Primer Mundo contra sus hijos pobres, le quedan dos alternativas: enrejar sus casas y chapotear en la cloaca de los barrios urbanos del enclave maderero, mirando TV plasma gracias a la energía nuclear que sustituirá la de los ríos muertos, o sumarse al torrente de cambios continentales.

¡Y cómo nos ensartan! Recuerdo aquel pescador chileno que conocí en año pasado en costas del Pacífico, en la desembocadura del Río Itata, donde funciona una flamante planta de celulosa que no contamina, claro, porque es de última generación.

-¿Ve, don Gonzalo? Las agallas. Las branquias .Están negras. Lo pesqué hace diez minutos. Pero la gente por suerte no sabe esto todavía. Viene aquí desde Santiago, desde Concepción, porque quiere pescado fresco para su familia. Y yo vivo de esto. Estoy pagando los estudios de mis hijos. Si les digo la verdad no me creen, porque la tele dice lo contrario, dice que el río sigue limpio. Y si yo no vendo, otro les vende. Eso sí: a mis hijos les prohíbo comer pescado.

Ahora la gente de campo de mi país, la maravillosa gente del campo, ha comenzado a movilizarse en todo el territorio nacional. Algunos de ellos creen que ciertos mecanismos de fachada del actual Gobierno, como el Congresito del Pueblo, los van a acompañar en la lucha. Ojalá yo tuviera su fe, pero en cada año preelectoral desconfío de los nuevos opositores que siempre surgen en el partido de gobierno, para despegarse de palabra de lo desaciertos oficiales y después acumular votos con los responsables directos de esos desaciertos.

La lucha contra estos mercaderes del templo será en las trincheras de ideas, en cada calle, en cada barrio, en cada paraje, en cada marcha a caballo, en cada fogón, en cada memoria de nuestra historia heroica, en cada medida de solidaridad con nuestro Continente multicultural y encantado, en cada lucha obrera, en la creativa economía informal y en la protección a las semillas nativas, en la respuesta indignada contra cualquier tipo de discriminación, en el aprendizaje que debemos hacer de la cultura tradicional y de la cultura popular no tradicional de nuestro pueblo, en el estudio de Artigas, en la potenciación de las formas todavía casi espontáneas de la organización de los ciudadanos por sus derechos.

Pero qué bueno sería que en este Parlamento (unánimemente cómplice en silencios y privilegios) apareciera alguien que llamara a las cosas por su nombre.

Por eso voto a la Asamblea Popular

A los desconfiados los tranquilizo: la Asamblea Popular no va a ganar las elecciones. Se los aseguro. Tampoco llegará al inevitable ballotage, esa segunda vuelta donde cada uno de nosotros votará como le parezca. Esta vez la primera vuelta electoral elige sólo parlamentarios, no presidente. Y aquí sólo estoy hablando de una decisión que tomé sobre la primera vuelta electoral. Nos va a hacer bien a todos, ¡a todos!, que se rompan los silencios unánimes en esa tribuna neoclásica que se supone es un poder del Estado. Todo diputado honesto, hoy fuertemente presionado por la disciplina partidaria, tendrá ahora un puñadito de aliados nuevos para formular sus puntos de vista. La gente que lucha en los terrenos más importantes (en la calle, por sus derechos, por la tierra) tendrá una voz más que haga eco a sus reclamos y sus denuncias.

No me hago ilusiones sobre los límites de esta opción electoral que funciona como todo por acá, según las leyes del mercado. Tampoco le doy un cheque en blanco a los ciudadanos que resulten electos por la Asamblea Popular, aunque me consta que en su seno se procura establecer un régimen de rendición de cuentas permanente de los elegidos ante los electores.

Cuando todavía no hay un pueblo organizado detrás de un claro programa de todos, las elecciones las gana quien tiene más plata para hacer propaganda y más apoyo de intereses extranjeros. Si yo fuera parte del Gobierno Norteamericano, ante los Tiempos del Hambre que se avecinan, quizás pensaría que sirve más a mis planes un Frente Amplio como colchón gubernamental, mitigador de protestas, que un Frente Amplio en la oposición. Pero vaya uno a saber qué cálculos hacen estos señores de afuera.

Bueno, no pretendo convencer a nadie. Sólo quiero que la manija electoral no rompa las amistades. Si las cosas en nuestro país van a terminar tan mal como temo, gane quien gane, en pocos años nos vamos a necesitar mucho mutuamente.




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