miércoles, 21 de enero de 2009

USURPADORES: ¡POR UNA ARGENTINA RUBIA Y SOBERANA!



Por Horacio Fontova


No nos confundamos, ciudadanos. Las cosas por su nombre. Son usurpadores.

En el trágico incendio del edificio usurpado del barrio de La Boca lamentablemente murieron seis niños, tal vez inocentes pequeños usurpadores, hijos de usurpadores, nietos, bisnietos de usurpadores.

Por eso, haciendo tripas corazón y en aras de la conservación del justo sistema en que privilegiadamente nos ha tocado vivir, tal vez no valga la pena darle tanta importancia a las noticias referidas a marginados de la sociedad, que no hacen mas que infringir nuestra sagrada ley de la Propiedad Privada. A pesar de que distinguidos periodistas de nuestro país hagan profundas investigaciones acerca de esta calamidad que nos azota, sin otro provecho que el de mantener el alerta de la sociedad.

Tal vez la mayor amenaza sea que estos “debidamente-privados-de-la-propiedad”, desde siempre han respondido simplemente a la primitiva naturaleza, en la que podemos ver que los animales no “poseen” las cosas, a lo sumo las usan, nada más.

Así es, la mera naturaleza, ese conjunto de todo lo formado, en donde no ha intervenido aún el mayor capital de la historia: la civilización humana.

Por eso -civilizadamente hablando- tampoco es muy saludable hacer que aparezca como un acto de solidaridad el hecho de que a los primarios sobrevivientes del trágico incendio sólo los hayan ayudado en forma inmediata y desesperada otros ejemplares de la zona.

Por supuesto, eso no es solidaridad. Sólo se trata de salvajes reacciones primarias, incivilizadas, que los llevan a darse mutuo abrigo, a reagruparse en otros lugares, como en esa -alarmantemente laboriosa- Cooperativa de Vivienda del Comedor Los Pibes, cuyos integrantes han tenido el “tupé” de crear nuevas fuentes de trabajo (¡qué disparate!) y la imprudencia de construir viviendas dignas para el albergue de esta gente, queriendo así poder infiltrarse, enquistándose nada menos que en el tradicional barrio de La Boca, uno de los centros turísticos mas relevantes de nuestra impecable ciudad. (No nos olvidemos que recuperar la elegancia perdida seguirá siendo una de nuestras más insignes obligaciones)

Aquél trágico día, el Gobierno de la Ciudad, al que la inmensa mayoría hemos votado, sólo comparable al del entrañable colombiano don Alvaro Uribe, no pudo hacer otra cosa que lo debido: mandar a los bomberos a que hicieran su trabajo, pero también a la policía, para evitar algún ocasional acto de vandalismo. Ya se sabe que los usurpadores son gente de cuidado, muy peligrosa.

Y además, convengamos en que el presupuesto de la Ciudad aún no está en las mejores condiciones como para subsidiar indiscriminadamente a esos individuos, sólo ocupados en generar “proles” (de allí el desafortunado término marxista que ellos usan para autodefinirse: “proletarios”).

Todo esto a pesar del infatigable, transparente empeño que ponen nuestras autoridades para incluirlos en los planes de la salud, la educación, la vivienda y el trabajo.

En tal caso -y discúlpenme si no puedo dejar de lado a nuestro saludable, porteño sentido del humor- lo propio sería otorgarles un “suicidio habitacional”, al menos.

Sin irme por las ramas, han muerto seis niños, usurpadores ellos, pero inocentes niños, y eso causa dolor en el corazón de cualquier occidental y cristiano que se precie.

También en la Franja de Gaza han muerto centenares de niños, aunque estos como una trágica consecuencia de la noble empresa que los hermanos israelíes llevan a cabo para lograr la exterminación definitiva de un perverso foco terrorista, a la sazón también usurpador, que todavía pretende socavar la libertad, la decencia y la seguridad del gran pueblo soberano de Israel.

En nuestro caso, lo que está en juego, vuelvo a repetirlo, es la Propiedad Privada, la que no estamos dispuestos a ceder a usurpadores disfrazados de desposeídos, a terroristas.

Haciendo un poco de historia, a la civilizada, sagrada Propiedad Privada no fue posible establecerla sino hasta después de la Edad Media, finalmente. En el respetable, aunque nunca bien ponderado sistema feudal, la tierra podía ocuparse, pero no se tenía la propiedad. Esta ocupación implicaba muchísimas obligaciones hacia los dueños. En ese sentido tan sólo los monarcas y la Iglesia poseían la tierra.

Lamentablemente, con el correr de los años, el pretendido “ascenso del proletariado” fue afectando paulatinamente a la importancia de la propiedad real y personal, infranqueable.

Ahora bien, ¿cómo llegar a una solución de este problema?

Obviamente no hay otra vía que el desalojo de los predios usurpados. De la mano de la Justicia. Sin provocar nuevos apiñaderos, como el caso de la Villa 31, de crecimiento alarmante, imparable, otro de los desagradables escenarios de posibles tragedias que ocuparían inútilmente las primeras páginas de nuestros periódicos y las pantallas de nuestros televisores.

Tal vez la estrategia mas eficiente sea la de devolver minuciosamente a cada ejemplar a la tierra de sus ancestros, con la colaboración de los gobiernos provinciales. Así, en zonas naturales, podrían seguir viviendo cómodamente, desarrollando sus costumbres sin alterar la trabajada mejoría de nuestra querida ciudad.

Entretanto, sigamos disfrutando, impulsando, haciendo Buenos Aires, cumpliendo con el exhaustivo menú de obligaciones ciudadanas, con las que finalmente podremos mostrar a todo Occidente los mejores resultados en materia del cuidado del ambiente y el espacio público, de la cultura, del desarrollo económico, de la justicia social y la salud, mientras atendemos los hospitales, mientras corregimos las escuelas, mientras hacemos las obras para no inundarnos, mientras arreglamos los baches, mientras preparamos (¡por fin!) a la distinguida Policía Metropolitana.

Para que los turistas se sorprendan.

Para que todos ellos quieran volver a Buenos Aires, la capital cultural de América Latina.

¡Por una Argentina rubia y soberana!



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