jueves, 30 de septiembre de 2010

Prohibido prohibir ||| Por Hoenir Sarthou

Suspiro del viejo albañil en una mañana de lluvia Natalia Castelao


“La mejor ley de prensa es la que no existe”, dicen que le dijo Mujica, hace un par de días, a la revista brasileña “Veja”.

Mientras tanto, aquí, en el Uruguay, se aprobó no hace mucho una ley que reformó a la llamada “ley de prensa”y otra que reguló a las radios comunitarias, está en preparación una tercera que establece porcentajes obligatorios de contenidos de producción nacional para las emisoras de radio y televisión y también para los cines, y, finalmente, se ha lanzado un proceso de consulta y debate público que busca concluir en una cuarta ley que regulará, entre otras cosas, la adjudicación de las frecuencias de radio y televisión.

Un viejo chiste cuenta la historia de un cura de pueblo que, estando con el sacristán, recibe la visita de una mujer que viene a pedir consejo respecto a su marido. “Imagínese, Padre”, dijo la mujer, “hoy el bruto de mi marido llegó a casa con olor a alcohol y, sin decir una palabra, me dio una cachetada y después empezó a insultarme de la peor forma. Ya no sé qué hacer con el”. El viejo cura intercambió una mirada de tristeza con el sacristán y, visiblemente impresionado, contestó: “Hija, realmente, tenés razón. Pero no te preocupes, andá para tu casa y dejame hablar con tu marido para ver si lo puedo hacer reflexionar”. “Gracias, Padre, muchas gracias”, dijo la mujer, que se retiró confortada. A los cinco minutos de irse la mujer, apareció en la parroquia su marido. Apenas lo vio llegar, el cura le dijo: “Adelante, hijo, estaba por hacerte llamar. Recién estuvo tu esposa y me dijo que otra vez estuviste tomando y que le pegaste una cachetada y la insultaste”. “Pero, Padre…”, dijo el hombre. “seguro que ella no le contó que cuando llegué a casa la encontré en la cama con Juan, el vecino de al lado. ¿Se imagina la situación? ¡Cómo quiere que no me enoje!”. El cura intercambió una mirada de angustia con el sacristán, se rascó la cabeza, dudó un momento, volvió a mirar al hombre y le dijo: “Y, sí, la cosa es grave. Siendo así, en el fondo, podés haber tenido razón para hacer lo que hiciste”. El hombre se fue, al parecer satisfecho. Entonces el sacristán, que había oído las dos conversaciones, le dijo al cura: “Disculpe, Padre, pero me parece que usted no está actuando bien, ¡Cómo les va a decir a los dos que tienen razón! Ella lo engaña y él se emborracha y le pega. ¡Cómo van a tener razón! Le pido un poco de coherencia, Padre, por favor “. El cura oyó atentamente el discurso del sacristán. Después volvió a rascarse la cabeza, pensativo, y le dijo: “¿Sabés una cosa? Pensándolo bien, creo que vos también tenés razón”.

A veces, oyendo los debates sobre la libertad de expresión y la regulación de la prensa, me siento como el cura del chiste. Porque es cierto que el poder de los medios de comunicación es abrumador. Es cierto que tienen el poder de agrandar una parte de la realidad hasta la desmesura y de hacer invisible otra parte por la simple vía de no mencionarla en el horario de los noticieros. Pero también es cierto que la libertad de expresión es una flor delicada, que puede marchitarse y desaparecer por un exceso de regulación o por el manejo inadecuado de recursos como la publicidad oficial.

El debate sobre la regulación de los medios de comunicación tiene, como pocos, la particularidad de provocar convencimientos fanáticos de un lado y del otro. Es más, en muchos casos, la misma persona (como el cura del cuento) puede cambiar de extremo a extremo su opinión oyendo los argumentos de una u otra parte.

Tal vez el hecho que hace más indispensable la regulación es el de que las frecuencias de radio y televisión son limitadas y públicas. Nadie es “dueño” de una determinada frecuencia de radio o de televisión. Las frecuencias –que no son infinitas- se otorgan a determinado preemisario, pero continúan siendo públicas y estando administradas por el Estado.

Sin embargo, en nuestro país, los canales privados de televisión, por ejemplo, llevan casi cincuenta años en manos de las mismas familias, cuyos apellidos todos conocemos.

De los infinitos y polémicos temas que conlleva cualquier intento de regular a los medios de comunicación, hoy sólo hablaré de dos. Y a título de mera enunciación.

El primero es de sentido común y consiste en que la regulación que se apruebe, sea la que sea, debería ser pensada para que pudiera ser aplicada por cualquier gobierno. En otras palabras: ojo con diseñar un régimen pensado para la realidad política actual. El régimen regulatorio de los medios de comunicación debería ser lo suficientemente garantista respecto a la libertad de expresión como para que los blancos y colorados se sientieran seguros aunque el que deba aplicarlo sea el Frente Amplio. Y también como para que los frenteamplistas nos sintiéramos seguros si en el día de mañana les tocara aplicarlo desde el gobierno a los blancos o a los colorados.

El segundo aspecto tiene que ver con la capacidad discriminante de la antidiscriminación. Sé que suena raro, pero me explico ahora.

Como vivimos en el tiempo de los derechos y bajo el discurso de los derechos, es casi seguro que existirá la tentación de incluir, en la regulación de los medios, textos legales que regulen también ciertos contenidos, por ejemplo, para prevenir todo tipo de discriminación. Es previsible que se intente proscribir de los medios de comunicación el discurso racista, el sexista, la apología de la guerra, la de la violencia y la de la drogadicción, así como la discriminación contra discapacitados o minorías de cualquier tipo.

Esto, dicho así, suena “políticamente correcto”, muy “políticamente correcto”. Sin embargo, puede ser totalmente inadecuado desde una concepción democrática garantista.

La cuestión es: ¿Puede evitarse la discriminación discriminando a ciertos discursos o a ciertas ideas? ¿Es lícito, desde el punto de vista democrático, prohibir la expresión pública de ideas no democráticas?

Pongamos ejemplos extremos y duros.

Supongamos que un grupo de personas quisiera defender desde un programa de radio o de televisión la ideología nazi. ¿Debería prohibirse ese programa?

Supongamos que un grupo de antropólogos pretendiera difundir por radio o televisión una teoría que postulara la mayor capacidad intelectual de ciertas razas. ¿Debería prohibirse ese programa?

Un primer sentimiento intuitivo impulsa a decir, “Ah, no. Hay límites. Radio o televisión nazi o racista, no, de ninguna manera”. Pero pensemos un poco más.

¿Cuál ha sido y es, siempre, la gran fortaleza de la concepción democrática sobre las concepciones autoritarias?

La democracia, cuando es auténtica, es capaz de convivir y de polemizar con cualquier concepción del mundo y de la vida. Esa es su fuerza. Ojo: hablo de ideas, no de actos. No hablo de tolerar actos racistas ni campos de concentración. Los actos, en la medida en que dañen a otras personas, siempre son punibles. Las ideas, en cambio, nunca deberían ser castigadas o prohibidas. Prohibir ideas es una confesión de debilidad, como lo sabemos muy bien todos los militantes de izquierda.

Lo que en el fondo quiero decir es que la ley que regule a los medios de comunicación debería regular muchas cosas, pero no debería prohibir ninguno de los contenidos que puedan querer difundir los medios, en tanto no sean en sí mismos estrictamente ilegales.

¿Eso significa quedar expuestos al bombardeo de ideologías discriminatorias?

Sí. Y no. Porque la prohibición no es la única forma por la que el Estado, un Estado democrático, puede contrarrestar aquellos mensajes que considere negativos para la sociedad. La ley, sin prohibir nada, bien puede establecer que el Estado tenga la facultad, y aun la obligación, de difundir por los medios de comunicación contenidos esclarecedores, es decir un adecuado contraveneno para los contenidos que puedan ser considerados nocivos. Sin prohibir nada. Difundiendo, nada más –y nada menos-, que la otra campana.

En síntesis, creo peligroso establecer legalmente límites a lo que se puede decir por radio y televisión. Porque, ¿quién fija los límites? ¿Quién dice qué es discriminatorio? ¿Quién está libre de discriminación como para tirar la primera piedra?

Hay mucho más para decir en este tema. Y seguramente se dirá cuando se discuta un proyecto concreto. Pero no está demás señalar el problema, anunciar la polémica y tirar algunos argumentos primarios. Esa es la intención de esta columna

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