miércoles, 10 de agosto de 2011

Se viene a pique


URUGUAY PROTEGIDO. EFECTOS GOLPEARAN COMO EN 2008; NO SERAN TAN FUERTES Y NO INTERRUMPIRAN CRECIMIENTO 
Gobierno evaluó el impacto de la crisis: Mujica aconsejó no endeudarse El presidente José Mujica ratificó que Uruguay se encuentra "bien protegido" ante la compleja situación económica internacional, aunque recomendó a su equipo de gobierno cautela en la ejecución del gasto y a la ciudadanía, que evite contraer
deudas.
En la sesión del Gabinete Productivo de ayer en Torre Ejecutiva, el ministro de Economía y Finanzas, Fernando Lorenzo, realizó un exhaustivo análisis de la compleja situación económica internacional. A la vez, aseguró que pese a esa coyuntura, Uruguay "continuará por la senda del crecimiento".
Lorenzo remarcó que el gobierno se "adelantó a la crisis de Estados Unidos y Europa" y que se encuentra blindado hasta 2013.
En ese marco, el secretario de Estado dijo que el Banco Mundial y la Corporación Andina de Fomento otorgarán a Uruguay "préstamos contingentes" por unos U$S 700 millones, con la finalidad de hacer frente a la eventual crisis internacional, lo que permitirá un respaldo financiero de por lo menos dos años.
Las líneas de crédito contingentes acordadas hasta el momento son con la Corporación Andina de Fomento (CAF) por un monto de U$S 300 millones y con el Banco Mundial dos entregas de U$S 200 millones cada una. También se gestionan préstamos con el Fondo Latinoamericano de Reservas (FLAR) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), organismo este último que recibe los aportes de los países centrales, cuyas economías en estos momentos se encuentran afectadas.
Por otro lado, Lorenzo informó sobre la reunión del pasado viernes entre los ministros de Economía de la Unión de Naciones del Sur (Unasur). En tal sentido resaltó que la región se encuentra "sólida" y "unida" ante posibles embates, y que ello es una diferencia favorable con respecto a anteriores situaciones de crisis económicas internacionales. Luego de la intervención de Lorenzo, el presidente Mujica tomó la palabra para realizar dos recomendaciones. Por un lado pidió a su equipo de gobierno tener "cautela" en la ejecución del gasto público. Aclaró que no se refería a "achicar", sino a ser "cuidadosos" y a "gestionar bien".
Por otra parte, indicó que cuando existen situaciones turbulentas, por lo general la gente toma "recaudos". Si bien añadió que "habrá una natural contracción", porque la gente reacciona de esa manera, como cuando la situación se torna compleja, de todas formas indicó que es menester "cuidarse" y no contraer deudas en dólares, porque la situación internacional está dominada por la incertidumbre. Luego de la sesión del Gabinete Productivo, el ministro de Industria, Roberto Kreimerman, expresó que el gobierno se "prefinanció y fue cuidadoso en la Rendición de Cuentas". Desde el gobierno se observa que la crisis podrá tener la misma intensidad que en 2008 pero que el país se encuentra en mejor posición para afrontarla. Por otra parte, se entiende que en pocas semanas se reducirá la volatilidad del dólar.

Así analiza Astori la crisis internacional y cómo está Uruguay


El País Digital | Miércoles 10.08.2011 | MARCELA DOBAL 
Trece claves para entender lo que ocurre y cómo afectará a Uruguay
Panorama. Bajas en crudo y granos, crédito encarecido y ladrillos caros
Si bien el país capeó la crisis global de 2008, hay incertidumbre ante la posibilidad de que la actual turbulencia perdure en el tiempo y genere impactos mayores a lo deseado. Saber qué pueden hacer las familias, las empresas y el gobierno es clave.
1.¿ES PARECIDA A LA SITUACIÓN DE 2008?
No. En 2008 estalló a nivel privado con la crisis de las hipotecas de baja calidad que afectó al sistema financiero. Ahora se trata de un problema a nivel estatal con déficit fiscales elevados y altos grados de endeudamiento, en algunos casos superiores al 100% del Producto Interno Bruto de las economías. En países como Irlanda, Portugal y Grecia el nivel de endeudamiento aumentó más tras recibir un "rescate" de parte del Fondo Monetario y la Unión Europea, interesada esta última en que dichos países no arrastren al resto del bloque.
2.¿EE.UU. SE HABÍA RECUPERADO?
De forma muy débil, ya que el empleo no creció sustancialmente y la desocupación se mantiene alta. A tres años todavía gran parte de la población cuenta con deudas hipotecarias y el valor de los inmuebles no se recuperó.
3.¿ACUERDO PARA EVITAR EL DEFAULT?
Sirvió en Estados Unidos para evitar dar esa señal aunque generó desconfianza sobre el manejo de la economía dejando en evidencia las pujas político partidarias que tiene el país. Aún así la confianza en que ese país pagará su deuda se mantuvo en los mercados. El signo más claro fue que pese a que la calificadora de riesgo Standard & Poors rebajó la nota de la deuda los inversores se volcaron a adquirir bonos del tesoro estadounidense y el dólar aumentó.
4. ¿QUÉ OCURRE CON EUROPA?
Aunque en las últimas semanas las miradas estuvieron fijas en los problemas de Estados Unidos, los inversores siguen considerando que sus títulos de deuda son seguros, por lo que continúan financiando el déficit de ese país. Por tanto, el verdadero problema se está gestando en algunas economías europeas que no gozan de esa ventaja crediticia. "La situación en Europa sigue siendo relativamente incierta y todavía está presente el riesgo de una agudización de la crisis fiscal en España y/o Italia, lo cual cambiaría la dimensión del problema y potencialmente puede tener impactos más persistentes sobre el contexto económico internacional", explicó a El País Tamara Schandy, gerente de asesoramiento económico de la consultora Deloitte. La clave es saber cómo van a hacer estos países para salir de la situación o si la Unión Europea decidirá expulsarlos del bloque para evitar un contagio mayor.
5.¿EFECTO DURADERO O COYUNTURAL?
A pesar del elevado endeudamiento de varios países desarrollados, hasta el momento ninguno entró en cesación de pagos. No obstante, los últimos acontecimientos suponen una señal de alerta. En un documento de análisis que la consultora CPA/Ferrere envió a sus clientes, estimó que un eventual default de la deuda en algunos de los bonos soberanos europeos o un bloqueo del acceso al financiamiento para España o Italia "podrían constituir eventos que hicieran de estas correcciones de los últimos días un evento de carácter más permanente y con consecuencias más profundas y duraderas en el mediano plazo, no solamente sobre la estabilidad financiera, sino también sobre las perspectivas de crecimiento".
6.¿UN EE.UU. MÁS PROTECCIONISTA?
No se espera que Estados Unidos aplique trabas al ingreso de productos extranjeros para beneficiar la industria local y reactivar su economía. El encargado de negocios de la Embajada de Estados Unidos en Uruguay, Tom Lloyd, dijo ayer a la prensa que el comercio con Uruguay "continuará fuerte". Consultado sobre si su país aplicará medidas proteccionistas para reactivar su economía, lo descartó. "No creo que cerremos nuestros mercados. Para nosotros es muy importante que continúe un comercio bilateral vigoroso", dijo.
7.¿CONSECUENCIAS PARA URUGUAY?
Al ser un país pequeño y con una economía abierta, Uruguay está expuesto a los vaivenes de la economía internacional. No obstante, tiene poco desarrollado el mercado de capitales, lo que reduce el contagio de las especulaciones con acciones de empresas uruguayas. Algunos canales de contagio directo pueden ser el comercio (enlentecimiento en las exportaciones), las finanzas (dificultades para obtener créditos) y la inversión (disminución del flujo de capitales extranjeros).
8.¿PROBLEMAS PARA EL GOBIERNO LOCAL?
El equipo económico resalta el blindaje financiero por los próximos dos años con el que cuenta pero ¿hay otros flancos? Schandy destacó que el país no es "inmune a cualquier shock" y que "va a ser clave" la duración de este "período crítico" en los mercados internacionales y sus posibles efectos colaterales. En Deloitte consideran que el país tiene fundamentos macroeconómicos "razonables", "que deberían permitir sobrellevar este período de mayor incertidumbre a nivel mundial sin impactos desmedidos". En particular, Schandy indicó que si bien el resultado fiscal primario (antes del pago de la deuda) es menor que el que Uruguay tenía antes del estallido de la crisis de 2008, "las autoridades también han avanzado en mejorar el perfil de la deuda y lograr aliviar las necesidades de financiamiento inmediatas".
9.¿QUÉ PASARÁ CON EL DÓLAR?
Aunque en el corto plazo el dólar subió paradójicamente su valor -por ser considerado por los inversores la moneda de menor riesgo-, CPA/Ferrere prevé que "el segundo semestre de 2011 estará caracterizado por una fuerte volatilidad de las variables financieras como el tipo de cambio".
10.¿BAJARÁ PRECIO DE COMMODITIES?
"El actual escenario de pánico en los mercados financieros y de dudas sobre la recuperación de la economía global es desfavorable para el precio de las materias primas", señala CPA/Ferrere en su análisis del fenómeno actual. La perspectiva sobre el precio del petróleo también es a la baja, respondiendo a estimaciones de una menor demanda de los países debido a las proyecciones de menor crecimiento mundial.
11.¿QUÉ PASARÁ CON LOS PRECIOS?
Cuando el dólar sube, se encarecen los precios de los artículos importados que en el último tiempo habían sido muy demandados por los consumidores, como los de electrónica. Si bien un menor valor de los commodities (como alimentos y petróleo) podría abaratar el precio de la canasta básica, el economista Pablo Moya, de la consultora Oikos descartó que se verifique este fenómeno a nivel local. Explicó que una baja en esos precios globales "no quitaría presión en la inflación doméstica" porque el componente que más incide es el alza de costos internos del productor, que se traslada al consumo.
12.¿LOS LADRILLOS SON UN REFUGIO?
Cuando estalló la crisis internacional a mediados de 2008, muchos inversores se deshicieron de títulos y colocaron su dinero en "ladrillos", ya que se considera que un inmueble se deprecia menos que un bono o una acción. Moya lo descartó para Uruguay y señaló que los precios "han subido significativamente", por lo que no cree que ésta sea "de las primeras opciones" de los inversores.
13.¿ENDEUDARSE ES RECOMENDABLE?
Ante la incertidumbre, los bancos están menos propensos a prestar dinero por los mayores riesgos de no poder recuperarlo. Por tanto, el interés que cobran tiende a subir, explicó Moya. Agregó que quienes se endeudan deben hacerlo en la misma moneda que perciben sus ingresos, ya que de no hacerlo podrían enfrentarse más tarde a dificultades para pagar las cuotas como resultado de la volatilidad del tipo de cambio.
El País Digital


Mural del templo de la nostalgia. Paul Klee

Un sistema financiero convertido en manicomio, unas elites políticas totalmente desnortadas
Will Hutton
Sin Permiso 07/08/11
Versión Original The Guardian
“Los mercados han perdido confianza en que los gobiernos occidentales puedan gestionar con éxito el legado de una gigantesca deuda privada y de unos bancos quebrados/rescatados, sin imponer unos costes ciclópeos e inconfesables. No saben cuáles son los costes: tal vez una serie de quiebras en cadena en la deuda pública, empezando por Europa; tal vez una deflación por sobreendeudamiento a escala mundial; o tal vez, incluso, imprimir a lo loco más y más dinero para pagar deudas públicas y privadas, generando una inflación tan ingobernable como volátil. No lo saben; pero sí saben que los costes serán enormes. E impredecibles.”
Miedo, pero miedo de verdad, es lo que ha habido esta semana pasada. Miedo al ver evaporarse 2,5 billones de dólares del mercado de valores global en sólo cinco días de caídas en las bolsas. Miedo al ver escalar los bonos públicos italianos a precios estratosféricos. Y miedo al ver los rendimientos de las letras a corto plazo del tesoro norteamericano acercarse a cero: los inversores estaban tan ansiosos de colocar su efectivo en algún puerto seguro, que terminaron por pagar dinero al gobierno norteamericano por la custodia de sus ahorros; algo que no se había visto desde el final de la II Guerra Mundial.
Sin embargo, la agencia de calificación Standard & Poor’s puso fin a la semana echando una sombra sobre la credibilidad de la deuda pública norteamericana, privándola –un paso sin precedentes— de su condición de AAA: un monumental bofetón al prestigio del país más rico de la Tierra y a su sistema político. S&P’s mantuvo su posición, a pesar de las presiones y del intenso cabildeo ejercido desde el Tesoro estadounidense. Sin aumentar los impuestos, dijo, los EEUU no podrán recuperar su posición fiscal; pero aumentar los impuestos se ha convertido en un imposible, habida cuenta de la implacable oposición de los congresistas Republicanos. Los mercados se vinieron abajo.
Entretanto, en Europa, el presidente francés Nicolas Sarkozy, presidente del G20, logró finalmente interrumpir la vacación de la Cancillera alemana Angela Merkel y, junto con el primer ministro español José Luis R. Zapatero, conferenciar sobre el mejor modo de reaccionar. Buena falta hacía. Incluso el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, calificó de “comunicación indisciplinada” una semana en la que los distintos gobernadores del Banco Central Europeo y el gobierno alemán iban diciendo abiertamente cosas distintas e incompatibles sobre si el BCE vendría en apoyo de los apurados mercados de bonos italianos y españoles. El BCE dijo que se trataba de una “ambigüedad constructiva”. Para pánico de los mercados, era lo que parecía: dudas e indecisión, aventadoras de la llamarada.
A lo que hemos asistido es a una masiva huída global del riesgo y a la consiguiente puesta a salvo del efectivo a gran escala. Ha sido la peor semana en los mercados financieros desde los sombríos días de otoño de 2008, el momento culminante de la implosión del sistema bancario occidental, momento que fue, a su vez, uno de los peores desde comienzos de los años 30 del siglo pasado. Pero en importantes respectos, esta semana ha sido peor. Al menos, en 2008, los Estados podían respaldar con su contabilidad nacional a sus respectivos sistemas bancarios y restaurar la confianza. Ahora, los miedos arraigan más hondo, y resultan harto más difíciles de conjurar.
Los mercados han perdido confianza en que los gobiernos occidentales puedan gestionar con éxito el legado de una gigantesca deuda privada y de unos bancos quebrados/rescatados, sin imponer unos costes ciclópeos e inconfesables. No saben cuáles son los costes: tal vez una serie de quiebras en cadena en la deuda pública, empezando por Europa; tal vez una deflación por sobreendeudamiento a escala mundial; o tal vez, incluso, imprimir a lo loco más y más dinero para pagar deudas públicas y privadas, generando una inflación tan ingobernable como volátil. No lo saben; pero sí saben que los costes serán enormes. E impredecibles.
Después de todo, los acreedores de la eurozona que suscribieron el acuerdo de la UE la semana pasada aceptaron que Grecia podría llegar a ser incapaz de honrar plenamente sus deudas públicas. ¿Y qué pasa con otros países de la UE, como Italia y España, con unas deudas públicas mucho mayores? ¿Se conformarán con algo similar sus acreedores, si prospera el contagio? ¿Y si los individuos, las empresas y los Estados hubieran contraído colectivamente, dentro o fuera del euro, mucha más deuda de la que pueden devolver, qué perspectivas tienen los bancos –y sus acreedores— que prestaron el dinero? ¿Cuál es la magnitud de la depreciación, o aun de la potencial bancarrota?
Los mercados conocen estas verdades desde hace algunos meses, pero habían confiado en que los dirigentes políticos europeos y estadounidenses conocían también los riesgos y sabían como encararlos. En cualquier caso, se esperaba que el crecimiento global y la constante reconstrucción de los equilibrios contables de los bancos occidentales permitirían gradualmente al mundo rebajar las deudas masivas, y a los bancos, mantener la solvencia. Pues bien; los acontecimientos de estos últimos días han destruido de raíz esa confianza.
La escala de los desafíos económicos a que se enfrentan ahora los países industrializados podría resultar inmanejable. Los juicios de los mercados son brutales. Por ejemplo, los rendimientos de esta semana de los bonos a 10 años del Tesoro estadounidense cayeron a unos niveles (2,2%), que sólo tienen sentido en un mundo rayano en el desplome de precios y el estancamiento económico. Entretanto, los rendimientos de la deuda pública italiana se disparaban simultáneamente el viernes hasta un 6,4%, lo que significa que el gobierno italiano tiene que prepararse para acumular enormes y deflacionarios excedentes presupuestarios durante años sólo para el servicio de su deuda pública, que rebasa el 120% de su PIB.
El viernes al mediodía, el primer ministro Silvio Berlusconi se inclinó a lo inevitable, y prometió equilibrar el presupuesto italiano un año antes de lo que su gobierno había previsto la misma víspera.
“Ninguna economía desarrollada está haciendo nada por promover el crecimiento y crear empleo”, dice George Magnus, un veterano asesor del banco de inversiones USB. Lleva razón. Dondequiera que se mire, lo que se observa es un escenario de horror. Para decirlo sumariamente, demasiados países clave –empezando por el Reino Unido, cuya pavorosa deuda privada representa tres veces y media su PIB, y siguiendo por Japón, España, Francia, Italia, los EEUU y hasta la supuestamente santa Alemania— han llegado a acumular demasiada deuda privada, una deuda privada que no puede devolverse sin que se de un crecimiento económico excepcional.
Y eso es lo que cada vez parece más improbable. Pero sin crecimiento económico, sólo hay tres salidas. La primera es el incremento del empréstito público para compensar el colapso del crédito privado. El gasto privado tiende a deprimirse cuando los individuos y las empresas rebajan su nivel de empréstitos: por eso, durante un tiempo, las exportaciones (siempre que otros países las puedan comprar) y un creciente endeudamiento público constituyen la única avenida expedita para promover el crecimiento económico. Pero ahora hay un veto al crecimiento del endeudamiento público, a causa del movimiento del Tea Party en los EEUU, del colapso de la confianza en el euro y del conservadurismo del gobierno británico; y la demanda de exportaciones procedente de Asia se está ralentizando…
Las lecciones ofrecidas por la historia son claras. Sin crecimiento pública o privadamente generado, sólo hay otras dos vías para liquidar las deudas privadas luego de un hundimiento del crédito: la quiebra o la inflación; manejadas con prudencia, o dejadas peligrosamente de manejar
Lo que ha enervado a los mercados financieros es la subitánea comprensión de esto: si el mundo no puede crecer, entonces estamos moviéndonos ineluctablemente hacia una de esas dos últimas opciones. En los EEUU, en donde la reciente revisión estadística a la baja de las previsiones de crecimiento económico muestra de modo alarmante el debilitamiento de la recuperación, ya ha habido quitas de la deuda privada por un monto rayano en los 300 mil millones de dólares, de acuerdo con las investigaciones del McKinsey Global Institute. Ahora, el movimiento del Tea Party ha vetado cualquier posible acción creativa del gobierno federal para estimular el crecimiento: el ritmo de quitas de la deuda de consumo e hipotecaria no puede, pues, sino acelerarse. El impacto en el sistema bancario, en los precios inmobiliarios y en la confianza de los consumidores norteamericanos será muy serio.
En Europa, la interconexión de las opciones públicas y privadas en materia de deuda resulta todavía más obvia, y las dudas y vacilaciones de los dirigentes de la UE a la hora de restaurar la confianza en el euro no hacen sino exacerbarla. En julio, la UE pareció al fin haber acordado una respuesta efectiva con la propuesta de un incipiente Fondo Monetario Europeo para controlar las políticas económicas de los euromiembros, una entidad que, de consuno con el BCE, podría realizar préstamos a los Estados y a los bancos en dificultades.
Pero el estar a la altura, que me sorprendió, duró muy poco: Europa se está moviendo ahora a ritmos majestuosos. Oír de todo un Comisario Europeo de asuntos monetarios, como Olli Rehn –cuando al final se dignó a interrumpir sus vacaciones y a hablar de la crisis—, que los trabajos técnicos empezarían en septiembre, mientras el gobierno alemán insistía simultáneamente en que no se necesita hacer más, no resulta tranquilizador para nadie. No hay dirección política, y lo que es peor, las ideas originales sobre lo que hay que hacer –y no se hace— son paupérrimas.
La reacción de los mercados empeora por unos efectos de manada magnificados por la plétora de instrumentos –los llamados derivados financieros— que, supuestamente inventados para dar cobertura y mitigar los riesgos, resultan en realidad poco más que artilugios de casino. Las instituciones de ahorro a largo plazo, como las compañías aseguradoras y los fondos de pensiones, lo que hacen ahora rutinariamente es prestar sus acciones –a cambio de honorarios— a quienquiera usarlas con propósitos especulativos. El sistema financiero se ha convertido en un manicomio, en un mecanismo para maximizar la volatilidad, el miedo y la incertidumbre. Nadie está al timón. La supervisión adulta brilla por su ausencia.
Lo que se precisa es un cambio radical de paradigma en nuestra forma de pensar y actuar. La idea fija que paraliza a Occidente es que los Estados se atraviesan en el camino de unos mercados que funcionan perfectamente, y que el mejor capitalismo –y el mejor sistema financiero— es el que se deja a su propio albur. Los gobiernos estarían para cuadrar su contabilidad, para garantizar la estabilidad de precios, y para ninguna otra cosa.
Ese es el sentido común internacional. Y se ha revelado erróneo en la teoría y en la práctica. Los mercados financieros necesitan gobiernos capaces de ejercer una supervisión adulta. El buen capitalismo precisa ser puesto al día y rediseñado. La ortodoxia financiera puede a veces, singularmente tras un desplome crediticio, andar totalmente equivocada. Una vez cruzado el Rubicón, se abre una agenda política de todo punto nueva. Los mercados necesitan una perspectiva de crecimiento sostenible, de consuno con una deuda privada y pública sostenibles.
Como ha sugerido el economista jefe del FMI, Olivier Blanchard, si las opciones son: o bien quiebra pública y privada, permanente debilidad bancaria y estancamiento económico (tal vez depresión), o bien inflación; entonces la opción menos mala pasa por aceptar la inflación, manejándola dentro de ciertos límites.
Puesto que de todas formas habrá inflación cuando los gobiernos busquen la salida menos mala, la opción real restante es si se acepta manejarla o no. Una vez la deuda se halle en un nivel sostenible y se recupere el crecimiento, podrá rediseñarse el sistema financiero mundial para evitar una repetición y se podrá restaurar la estabilidad de precios.
Esta es la verdad innombrable: como me dijo una veterana autoridad en política financiera, presentar eso, en privado o en público, como un asunto simplemente digno de ser debatido es levantar una ola de desaprobación general. Pero ha de hacerse. Gran Bretaña debería ponerse en cabeza, tanto para su propio bienestar económico como para dar ejemplo internacionalmente. Como mínimo, debería anunciar un nuevo programa de flexibilización cuantitativa, imprimiendo dinero; insistir en que el Banco de Inglaterra use el dinero que imprime para comprar la mayor cantidad posible de deuda privada, e inmediatamente, cambiar el objetivo de inflación del 2% por un objetivo de crecimiento del PIB monetario: eso sacaría a Gran Bretaña del pozo de sus deudas privadas impagables.
Los mercados han lanzado un aviso muy serio. El viejo sentido común está matando a la economía occidental, y a Gran Bretaña con ella. Hay que actuar ya, si queremos salvarnos.
Will Hutton es un periodista británico que escribe una columna semanal de análisis económico en el diario The Guardian.


Acefalia global: Bernanke disfuncional, G-20 esfumado, Europa de vacaciones y BRICS impotentes 
Alfredo Jalife-Rahme
Ovinos del mundo

 

La rebaja de la calificación crediticia estadunidense desplomó el lunes pasado los mercados bursátiles. La imagen, en la bolsa de valores griega
La grave crisis financiera que hoy sacude al mundo –muy cantada a contracorriente por Bajo la Lupa– es mucho peor, desde el punto de vista político, que el aviso estremecedor de hace tres años, porque exhibe la consabida impotencia pusilánime de los poderes ejecutivo y legislativo mundiales, sin excepción, rebasados e incapacitados para aportar soluciones de política económica cuando han sido secuestrados desde hace tres décadas por la teología sicótica del financierismo monetarista centralbanquista del G-7 y su desregulada globalización que desde hace mucho, pese a sus engaños permanentes, ya había perdido el control de sus actos, de sus hilarantes ecuaciones econometristas y de sus aterradoras programaciones bursátiles de súper computadoras (que ahora aceleran a contrario sensu la vertiginosidad de la debacle).
 
Hace tres años todavía los gobernadores (sic) del monetarismo friedmanita (y su sosia itamita en el México neoliberal) de los bancos centrales del G-7, encabezados por el maestro muy locuaz (hoy en el oprobio total) Alan Greenspan se daban el lujo de sacar varios trucos muy añejos de sus mangas tramposas, apuntalados por el paraguas nuclear de EU, la desinformación global de los oligopolios multimediáticos (v.gr la dupla Rothschild-Murdoch y sus mendaces circuitos Sky), la superchería de sus hoy descalificadas calificadoras (sic) –el tríptico nocivo Standard & Poor’s (S&P), Moody’s y Fitch)– y sus mafiosas empresas contables globales que falsifican datos en los paraísos fiscales (off shore) mediante su contabilidad invisible (off-balance-sheet).
 
La emasculada y súper controlada clase política global/local solamente obedece las leyes (sic) del mercado (sic) que les imponen los peores oráculos: los teólogos monetaristas neoliberales centralbanquistas.
 
Durante tres años de fantasía de hiperinflación monetarista fue fácil seguir gobernando, mejor dicho, controlando antigravitatoriamente tanto la economía como la política mediante la unilateral impresión masiva de dólares-chatarra (la reserva mundial de divisas, gracias a los triunfos militares de EU, que impuso el salvaje modelo capitalista anglosajón al resto del mundo, sin importar los daños colaterales): las adictivas facilitaciones cuantitativas (QE1 y QE2, por sus siglas en inglés) y la ilusa cobertura política del hoy esfumado G-20.
 
Mucho más que las querellas bizantinas de Washington y la ultra-benigna degradación de la deuda soberana de EU por S&P (no perder de vista, instrumento del sistema financierista solapador y a sueldo literal de los propios bancos de Wall Street), el epílogo de la impresión masiva de dólares-chatarra a finales de junio desnudó que los neoliberales centralbanquistas globales se quedaron sin municiones.
 
Sin la adicción de un adicional QE3, las bolsas globales exhibieron dos fenómenos: la ominosa deflación a la japonesa y el desapalancamiento (deleveraging) crediticio que llegó a borrar un promedio de 20 por ciento de las tenencias bursátiles, por lo que el oro resultó el último refugio de las inversiones en pánico, cuya “reacción empeoró por los efectos de rebaño, magnificada por los derivados financieros que fueron inventados supuestamente para cubrir y disminuir los riesgos, pero que en realidad son un poco menos que chips de casino”, como comenta juiciosamente el británico Will Hutton, de The Guardian (6/8/11): Nuestro sistema financiero es un manicomio. Necesitamos un cambio radical.
 
Para los economistas políticos y/o los políticos economistas, despojados de la teología financierista neoliberal, fueron mucho más graves en profundidad y alcances –coincidentemente, al unísono de la degradación de S&P– tanto el brutal desplome de la manufactura de EU –evidentemente, escamoteado por los oligopolios multimediáticos, aliados de los gobernadores monetaristas centralbanquistas– como la caída libre de la producción industrial transatlántica, que anuncian una recaída recesiva de EU cuando aún no logra salir de la anterior (double-dip recession), con todo y sus globales economías de guerra, hoy inoperantes en la fase de las guerras geoeconómicas y de las guerras de divisas que están ganando sin un solo disparo los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y los países emergentes.
 
Algo que no entienden quienes siguen anclados al siglo XVII de Locke y Montesquieu es que hoy no existe separación de poderes ni clase política alguna, disfuncionalmente ignara y rebasada, pero cacofónicamente muy locuaz.
 
El mundo está controlado –por corto tiempo todavía, porque ya empezó la revuelta de los ciudadanos a escala planetaria, que no eximió a Londres y otras ciudades británicas incendiadas por la legítima ira popular– por una dictadura unipolar invisible (por cierto, ya muy vista): el financierismo monetarista neoliberal de los bancos centrales del G-7, que pretendió ir más adelante en tiempo y espacio que los intercambios tangibles de bienes y servicios de la economía y, sobre todo, de los equilibrios políticos de la sociedad.
 
Hace tres años la crisis financiera global no fue un catarrito, como definió un admirador de la Reserva Federal de EU y anterior subdirector del FMI, sino el aviso final de El fin de una era (título premonitorio de mi libro de hace cuatro años; Del Zorzal, Buenos Aires, 2007).
 
Tampoco hay que asustarse tanto por la ausencia dramática de los gobernantes del G-7 –Obama, más preocupado por su relección; Bernanke, corto de trucos y con un QE3 como último recurso paliativo, y los mandatarios europeos, de vacaciones–, ya que son la colapsada unipolaridad monetarista centralbanquista y su modelo neoliberal global desregulado los que acabaron por suicidarse cuando el unidimensional financierismo antigravitatorio se topó con la cruda realidad de la política económica multidimensional.
 
Los neoliberales monetaristas centralbanquistas pretendieron gobernar parasitariamente el planeta mediante su cleptoplutocracia bancaria a expensas del bien común de la sociedad. Lo pudieron ejercer durante 30 años, desde la aventura demencial del thatcherismo-reaganomics, que obtuvo un gran respiro con su apoteosis en la guerra fría contra la URSS. Ese respiro se agotó en Irak.

 
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Deuda ilegítima - Eric Toussaint (CADTM) from ATTAC.TV on Vimeo.
Es necesario anular las deudas ilegítimas

Publicado el
Entrevisa a Eric Toussaint, presidente de CADTM

 
Economista, presidente de la sección belga del Comité para la anulación de la deuda del tercer mundo (CADTM), Eric Toussaint integró la comisión para la auditoría de la deuda creada por el presidente ecuatoriano Rafael Correa, a raíz de la cual Ecuador decidió anular una parte de su deuda ilegítima. Toussaint nos explica su análisis de la crisis que afecta actualmente a varios países europeos.
Sebastien Brulez: Grecia, Portugal, España e Italia, y ahora Estados Unidos: la crisis de la deuda continúa golpeando a países industrializados. ¿Asistimos a un retorno del rescate de bancos por los Estados, como ocurrió durante la crisis de las subprimes de 2008?
Eric Toussaint: Sí y no. Por supuesto, las deudas públicas en algunos países (Estados Unidos, Irlanda, Gran Bretaña, Bélgica, Portugal) aumentaron fuertemente después del rescate de bancos privados. Eso costó mucho dinero y, para financiar estos planes de rescate masivos, los correspondientes Estados se endeudaron con los mercados y por lo tanto sus deudas aumentaron. Pero no es la única causa. La otra es la recesión económica que disminuye la recaudación de los Estados y que, por consiguiente, los obliga a multiplicar el recurso a los préstamos.
Pero también es la consecuencia de las políticas aplicadas antes de la crisis financiera de 2007-2008. Fueron 20 años de políticas fiscales neoliberales que consistieron en reducir radicalmente los impuestos pagados sobre sus beneficios por las sociedades privadas, en particular las grandes sociedades, y en los regalos fiscales hechos a las personas más ricas (la clase capitalista), que pagan menos impuestos, ya sea sobre su patrimonio o sobre sus ingresos. Y como esta parte de la sociedad ha contribuido en menor cuantía a los impuestos, se aumentaros aquellos que afectan a otras capas de la sociedad (los trabajadores), se aumentó el IVA por ejemplo. También, fue necesario durante esos 20 años, al reducirse la carga fiscal sobre los ricos, rellenar ese agujero con los préstamos. Así que la deuda pública aumentó estos últimos 20 años como consecuencia de unas reformas fiscales neoliberales.
Se llega, por lo tanto, a un momento en el que los Estados no podrán seguir manteniéndose artificialmente, y eso tendrá repercusiones sociales…
Sí, los gobiernos están frente a la siguiente alternativa: o emprenden un cambio que lleve a la ruptura con el neoliberalismo y que, paralelamente, adopten medidas para hacer contribuir a la clase capitalista y a las empresas, impongan una nueva disciplina a los mercados financieros y tomen medidas para la creación de empleos, —es evidente que los gobiernos actuales no van en esta línea—. O aprovechan la crisis para aplicar, como diría Naomi Klein, la «estrategia del shock» y profundizar, aún más, las políticas neoliberales.
Estados Unidos quiere elevar el techo de su deuda, que ya alcanza el 100 de su PIB. Más allá de confrontación entre republicanos y demócratas, ¿qué significa ese aumento?
Retomando las dos opciones que ya nombré, la fuente de la crisis de la deuda en Estados Unidos está en la profundización de la ofensiva neoliberal efectuada por el gobierno de Obama, y eso impide tomar medidas para disminuir la deuda pública. Porque es evidente que hay que reducirla. Y se podría hacer favoreciendo a la población: hacer pagar a las instituciones financieras y las personas muy ricas, que poseen una gran parte de la deuda pública, el coste de la reducción de la misma.
¿Cuál es su análisis de los últimos planes europeos de rectificación de la deuda, especialmente respecto a Grecia?
Los últimos planes europeos, y especialmente el plan dirigido a Grecia, cuya filosofía se ha extendido a Portugal e Irlanda, requieren una precisión sobre las situaciones de esos países: éstos sólo pueden pedir préstamos a los mercados financieros a corto plazo, a tres o seis meses. Si quisieran pedirlos a cinco o diez años, y es el caso de Grecia, deberían pagar un tipo de interés de alrededor del 17 %. Por lo tanto, Grecia tiene préstamos concedidos por el mercado financiero sólo a tres o seis meses. ¿Y quién le presta a largo plazo? Pues la Troica, o sea, el FMI, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo. Son ellos los que prestan a plazos más largos y se benefician del estado de desamparo de estos países para decirles: nosotros, los buenos guardianes del orden, no os pedimos tipos de interés del 17 %, o del 14 %, os pedimos (y son las últimas medidas de hace diez días) nada más que el 3,5 % o el 4,5 %, pero con una condición. Y ésta es la obligación de aplicar drásticos planes de austeridad, constituidos por medidas neoliberales extremadamente duras.
Como consecuencia de unas medidas que disminuyen la actividad económica —puesto que disminuyen la demanda global al afectar los ingresos de las personas de ingresos modestos— no habrá una recuperación económica. La deuda pública seguirá aumentando y estos países deberán continuar emitiendo deuda para poder reembolsar. Por lo tanto, tienen un horizonte de diez, quince o veinte años de austeridad y de aumento de la deuda. Lo que puede producir, en los próximos años, cesación de pagos, ya que se llegará a situaciones insostenibles.
En el caso de Grecia, donde la clase dirigente dio prueba de un alto nivel de corrupción, ¿cómo se puede imponer una mejor gestión del dinero público?
¿Cómo se hace frente a la corrupción de los capitalistas y de la clase política local? La respuesta es mediante la auditoría de la deuda. Una auditoría ciudadana que permita mostrar a la población que la deuda no es una especie de mal incomprensible que se abate sobre un país, sino el resultado de políticas deliberadas y perfectamente injustas. Las deudas contraídas en el marco de actos de corrupción son ilegítimas, incluso ilegales, y deben ser anuladas.
«Nada obliga a aplicar la austeridad»
Si un Estado no quiere que sus ciudadanos paguen la deuda, ¿tendrá los medios para hacerlo?
Por supuesto, es totalmente posible. A causa de la crisis bancaria, los bancos privados tuvieron que anular más de 1,2 billones de dólares (1.200.000.000.000 de dólares) de activos tóxicos de sus balances, es decir de acreencias dudosas, de deudas que otros les debían y que fueron borradas. Es perfectamente posible continuar la limpieza anulando otras acreencias dudosas. Y las acreencias dudosas son aquellas que los Estados deberían considerar como deudas ilegítimas, y por lo tanto decidirían no pagarlas. Si se observa lo que pasó en los últimos treinta años en Europa, tendremos el argumento: el aumento de la deuda pública es debido a una política deliberada, social y fiscalmente injusta. Esta política consistió en privilegiar fiscalmente a los ya privilegiados por sus ingresos y bienestar.
Pero eso implica, y es evidente, tener gobiernos de izquierda que lleguen al poder con la voluntad de cambiar en forma radical el curso de las cosas. Eso plantea la cuestión de la movilización popular, que es la clave de la solución. Pero, en el plano técnico, es perfectamente posible. Sólo hay que obligar al sector bancario a tomar en cuenta las pérdidas, a poner en pérdidas y beneficios una serie de elementos de sus balances que son acreencias dudosas o acreencias ilegítimas.
¿Cuál será el siguiente paso? ¿Un plan Marshall para recuperar el empleo?
Más bien que un plan Marshall, el siguiente paso sería, o un New Deal del tipo del de los años 1930, desarrollado por Franklin Roosevelt, o un programa más radical. Pero Roosevelt, en las medidas tomadas durante los primeros meses de su mandato, había aumentado radicalmente el interés del impuesto para la capa con ingresos más elevados, que llegó a ser del 90 %. Un New Deal impondría una nueva disciplina financiera, como la de prohibir a los bancos de negocios fundirse con los bancos de depósitos, o sea, los bancos donde el público ingresa sus ahorros. Roosevelt había instaurado la Glass Steagall Act, que obligaba a los bancos a separarse en bancos de inversiones y negocios por una parte, y bancos de depósitos por otra. Esa sería una versión keynesiana capitalista de salida de la crisis.
Pero podríamos tener otra versión, una salida más radical, una salida anticapitalista, con medidas, por ejemplo, de nacionalizaciones sin indemnizaciones del sector bancario y de otros sectores claves de la economía. Esto implicaría no tener simplemente un gobierno tipo Roosevelt, sino un verdadero gobierno de izquierda, un gobierno de los trabajadores. Esta opción es también imaginable en los próximos 5 o 10 años. Por el momento, estamos en un viraje de la historia y los meses y los años próximos nos dirán si las rebeliones, como la de los indignados en España o en Grecia, acumularán fuerzas suficientes y se llegaría a cambios que sobrepasarían los producidos en las urnas. No afirmo que eso pasará, digo que es una posibilidad abierta, que no hay que descartar. Los movimientos sociales y las personas que quieren con vehemencia un cambio real, deben apoyar estas movilizaciones.
Traducido por Griselda Pinero



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