jueves, 5 de julio de 2012

Ismael Schneider Cedrés

Liberación de los presos del penal de Libertad


Con “El Petiso” nos veíamos al pasar, con cierta frecuencia, en alguno de los bondis del oeste montevideano, antes de conocernos ya metidos en aquel mameluco gris plomo que para los milicos quiso ser el símbolo de la derrota tupamara llevada al escarnio y la humillación personal y colectiva, y que para los presos terminó siendo el símbolo contradictorio, pero querido y lucido con sereno orgullo, del pequeño triunfo cotidiano de ser nosotros los derrotados, sí, pero no la hermosa causa por la que habíamos caído.

Nunca nos habíamos saludado ni ninguno de los dos había sospechado siquiera que el otro anduviera en la misma vuelta militante.

Nada raro conocerse de vista en una pequeñísima ciudad como esta, pero sí raro que ni él ni yo hubiésemos intuido nada ni aún después, cuando también empezamos a cruzarnos en una de las zonas de contactos más sobadas de la capital, y nos mirábamos de reojo con ese extraño recelo de los montevideanos que nos lleva a negarnos un simple saludo que no compromete nada y que nos resta la posibilidad de una comunicación social fresca y siempre saludable, precisamente.



“Esa trucha la reconozco”, le dije a “El Petiso” el primer día que lo dejaron salir al recreo, a fines del ´73 o comienzos del ´74, si mal no recuerdo. “Yo a esa también”, me respondió a las carcajadas, estruendosamente –como era su forma de ser a pesar del ceño siempre fruncido-, mientras nos dábamos un buen abrazo y nos presentábamos con nuestros respectivos nombres de pila y nuestro seudónimo, y el consabido comentario de “¡qué chico es el mundo, loco!”.

El hizo ese día su trille canero diario ya convenido de antemano, y yo el mío, en una tarde bien nublada y con amagues de lluvia, que bastaron para que la oficialidad de turno nos dejara sin el tan ansiado deporte y tuviésemos que caminar, de no más que de a dos, en la monótona ronda de entre las gruesas columnas de sólido hormigón armado sobre las que descansaban los cinco pisos del celdario y los recintos mugrientos de la milicada de guardia.



Pasaron meses, tal vez años, qué se yo, antes de que Ismael y yo tuviéramos nuestro primer trille canero, y de ahí en más solamente muy esporádicamente volvimos a hacerlo, siempre porque nos habían fallado nuestros respectivos contactos, sancionados o incomunicados, y no porque lo hubiésemos arreglado antes.

Así fue por lo menos hasta un par de años antes de la salida.

Ambos ubicábamos al otro en “posiciones encontradas” e “irreconciliables” en la complicadísima interna de la autocrítica post derrota, que se terminó de desatar crudamente cuando los milicos flautearon a los “viejos” –algo así como “amortiguadores naturales” de aquella inevitable polarización ideológica- y los enterraron en los cuarteles del interior, muy cerca de la llegada de “El Petiso” al EMR Nº 1.

Sospechamos a primera vista con “El Petido” que no habría acuerdo entre nosotros; no teníamos muy claro lo de la posibilidad de la síntesis como fruto de una auténtica lucha de ideas sin concesiones pero fraterna. Tampoco podíamos discernir muy bien la cuestión de los principios y la tremenda importancia que tiene la mera coincidencia básica en ese plano, más allá de los matices en la lectura de lo coyuntural y secundario.



En fin, con Ismael fuimos bastante perezosos o prejuiciados en el intento del arrime al que no la ve como uno. Así fue al menos hasta que la porfiada práctica fue colocando las cosas “en su lugar”, y ese lugar no era otro, fundamentalmente, que el mismo campo de concentración nazi en el que estábamos sepultados en vida (“para siempre”, decían los fachos) por luchar por los mismos principios y la misma hermosa causa obrera y revolucionaria que nos había unido en las buenas y en las malas…

Y en ese lugar, a nuestro modo, la seguíamos peleando pese a los rayes y las broncas acumuladas y los desencuentros magnificados por las rejas y las ansiedades propias del encierro, la incomunicación con la familia y el mundo, los bríos juveniles reprimidos, mucha cuestión subjetiva que condiciona tremendamente un relacionamiento que, de por sí, debería estar libre de tontas animosidades o desconfianzas al santo pedo.



Empezamos a tener con Ismael algún trille mensual convenido de antemano, recién luego del plebiscito del `80 con el que naufragó la temprana ensoñación pionera de los botones de querer darle a la dictadura una “consagración democrática” formal, y cuando ya la interna canera había superado los picos de intransigencia, y la misma represión fascista en “Libertad” nos mostraba muy claramente que el enemigo no hacía distingo entre supuestos ortodoxos y supuestos renovadores del pelo que fuera.

Ya las heridas dejadas por las sutiles formas de la tortura del “penal”, eran muy hondas y muy compartidas como para seguir dándonos el lujo de mirarnos de reojo como cuando nos cruzábamos en los contactos periódicos o en el bondi, más de una década atrás.

El pretexto para el enganche fueron las charlas sobre las cosas que íbamos leyendo, más que nada lo poco que iba quedando de cierto valor filosófico en la biblioteca paulatinamente incinerada por la manga de enfermos a cargo del presidio, que cada dos o tres semanas organizaban “históricas” quemas de libros en las que sucumbían calcinados, juntos, Hegel, Engels, Berkeley, Marta Haernecker, Sócrates y el Juan de los Palotes al que se le hubiera ocurrido publicar algunas reflexiones o payadas sobre el universo, la condición humana o la dudosa virginidad de María y José.



Fue en uno de esos trilles post plebiscito que empecé a descubrir que adentro de ese petiso apolíneo, atlético y siempre prolijito, de narinas agrandadas y palpitantes cada vez que un bostita con charreteras nos alquilaba para el imbécil pijeo pizarrero tratando de hacernos entrar por el aro y así ligarnos una buena sanción; fue en una de las rondas “de los pichis” que pude ver de cuerpo entero al Ismael “bancador” y “tranqui”, pero no sin sangre en las venas y con una dignidad envidiable.

En una de las esquinas del patio, junto a un miliquito súper obediente, estaba “La Pepona” (Wenceslao Bueno), un sargentito bien amanerado y siempre demasiado afeitadito, de Durazno, que había sido mozo de boliche y se caracterizaba por una memoria prodigiosa para recordar los nombres y los dobles apellidos del “personal recluso”, asociado cada cual a su respectiva “identidad numerológica”, como él decía dándose aires de muy inteligente. Era un ejemplar de botón muy taimado, con aspecto de degenerado auto-reprimido, y nos odiaba total y definitivamente con absoluta y visible sinceridad aún cuando esporádicamente pretendiera disimularlo.

Estábamos pegando la vuelta en esa esquina del trille, cuando el miliquito pegado al sargento, más bien en voz baja, garganteó casi al oído de Ismael: “¡Póngase de pie, mil quinientos!!!, mientras “La Pepona” se tapaba sus delicaditos labios para encubrir la sonrisa que lo delataba como instigador del exótico pijeo estilo “recreo de cargue selectivo”.

A la segunda pasada, lo mismo. De nuevo ese miliquito descerebrado que se derretía por hacerle caso “a la autoridá” bien rasurada que le daba órdenes: “¡Le dije que se ponga de pie, recluso mil quinientos!!!”…, repitiéndose la sonrisita pajera del “clase” del honorable ejército nacional en plena decadencia post NO de los ochenta.

“Aguantate, petiso”, me atreví a sugerirle en esos momentos redelicados en los que en general no era aconsejable que un preso le dijera a otro cómo actuar frente a la provocación botona. “El Petiso” siguió lo más pancho el chamuyo entablado, aunque con el pecho como un palomo alzado y listo para darle a la torcaza que cayera en sus manos. Su cara era un morrón rojo y los tendones del cuello parecían bordonas por reventar.

La tercera fue la vencida. El miliquito no había terminado de repetir la bobada ordenada por “La Pepona”, cuando éste (o ésta) quedó blanc@ como la nieve al ver que Ismael enfilaba como una turbonada hacia ambos “guerreros”, sacando fuera de borda su pera puntiaguda y clavándola, casi, en la jeta del nene de mamá con galones de sargentito:

Sus palabras, dichas casi en un susurro y colocadas en la oreja de Bueno, fueron un rayo fulminante que dejó mudos a los dos botoncitos: “De pie estamos todos, sargento, incluida la negrada de Durazno, desde el 30 de noviembre de 1980… Los que siguen sentados no somos nosotros…”.

También yo quedé mudo, mientras “La Pepona” decía entre dientes: “Dejá, a este yo lo arreglo cuando lleguemos al celdario…”. Sin embargo, cuando volvimos, lo que sí pasó, fue lo mínimamente esperable: al rato, un soldado raso le comunicó a Ismael que por orden del oficial de guardia, tenía una sanción de una semana –sin recreo, sin cine y sin biblioteca, creo- por desobedecer la orden de mantener las manos atrás en la formación de regreso al celdario.

Nos meábamos de la risa esa misma noche, a la hora del reparto del “rancho”, pues lo verdaderamente cómico, desopilante, diríamos, de lo ocurrido, es que el sargentito amanerado que le daba púa al botón obediente, no le llegaba en altura a Ismael ni a la quijada… Y, además, era bien blanquito, como aseado con hiploclorito; parecía realmente un enano de jardín, de yeso, bobón, malcriado, y, encima, con aires de poseer una “gran cultura musical en materia de boleros”, como él mismo se vanagloriaba con la tropa que también se meaba de la risa admirada de las ínfulas de grandeza del “superior” al que ellos le decían “Piel de Durazno”.



He querido de algún modo emparchar mi ausencia de hoy en la despedida a este “Petiso” grande, tras leer tardíamente la comunicación de su muy temprano fallecimiento a los 66 años de edad.

Podría seguir y seguir con otras anécdotas tan jugosas como la mencionada; con mentas acerca suyo y de su mamá, con la que mi vieja había hecho muy buenas migas despojadas de “diferencias ideológicas” en los penosos viajes de ida y vuelta a las visitas del penal.

Ambas, me consta -y no sé cómo-, habían desarrollado tanta confianza que solían mantener frecuentes encuentros casi clandestinos, extra visita y aparentemente sin más propósito que organizarse para vender algunos de los boniatos artesanales que salían de los calabozos “libertarios”, pero en los que había riquísimos coloquios como para sospechar que estas dos viejas “despolitizadas”, entre muchas y muchos, eran una pequeña y dinámica célula antifascista, “silvestre”, sin lecturas filosóficas ni mucha lucha de ideas, pero sí mucho coraje y una inventiva verdaderamente revolucionaria para moverse, que, ojalá hubiésemos podido aprender los más chicos por aquellos años de cruces entre anónimos y voluntariosos militantes que como quien dice recién habíamos salido del cascarón hacia una vida donde también había movimiento popular en lucha allí donde todo parecía sosiego y “despolitización”…



Bueno, Ismael, nuestros trilles seguirán hasta el final de los tiempos aunque de algunas cosas no hablemos. Estaremos siempre juntos aún estando separados por “las leyes de la vida” y otras pequeñeces por el estilo.

Tu muerte me sorprendió aunque cada vez es menos sorprendente que vayamos cayendo como vamos cayendo, cuando recién podemos ir aprendiendo a ser abuelos, si no padres, y cuando todavía llevamos en nuestros corazones todos los entusiasmos y todos los lindos y mejores sueños de la juventud.

Pero dejame decirte, Petiso, que la muerte –su impacto, su contundencia, su certera e inevitable puntería- nos va diciendo también cuánto amor revolucionario, cuánta fé y cuanta convicción, hubo y habrá entre quienes, de pie o ya acostados, nos sabemos hermanados por una lucha que seguiremos inexorablemente hasta cuando no quedé uno solo ni una sola de aquellas y aquellos que viajábamos en los bondis sin saber que de pronto el que iba sentado al lado –o el guarda, o el chofer-, era un compañero o una compañera, o que nuestras madres también la estaban peleando a su modo, y que juntos nosotros y todos los nosotros de esta tierra, los de ayer, los de hoy y los de mañana, ya estábamos y estaremos, vivos o muertos, cambiando la vida.

Te digo adiós, José Ismael Schneider Cedrés, con un fuerte Hasta la Victoria y transcribiendo estas palabras de Viglietti:



“Lo haremos tú y yo, nosotros lo haremos,

Tomemos la arcilla para el hombre nuevo.

Su sangre vendrá de todas las sangres,

Borrando los siglos del miedo y del hambre.

Por brazo, un fusil; por luz, la mirada,

Y junto a la idea una bala asomada.

Y donde el amor, un grito escondido,

Millones de oídos serán receptivos.

Su grito será de guerra y victoria,

Como un tableteo que anuncia la gloria.

Y por corazón a ese hombre daremos

El del guerrillero que todos sabemos...

Lo haremos tú y yo (por brazo, un fusil),

Nosotros lo haremos (por luz, la mirada);

Tomemos la arcilla: es de madrugada”.



¡Cháu, Petiso!, ¡Venceremos y seremos millones!!!



Gabriel –Saracho- Carbajales, Montevideo, 4 de julio de 2012.-
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