jueves, 4 de julio de 2013

A Gütemberg Charquero



maestro de la verdad y la honestidad revolucionarias


por Gabriel Carbajales 



(Cuando los sueldos se cobraban con el efectivo en un sobre –y no como ahora, en un cajero automático que te paga cuando quiere y como quiere, si te paga--, lo primero que hacías, por supuesto, era contar prolijamente su contenido antes de dar por cobrados tus haberes.

No dejabas de contar hasta el último “vintén”, y, si el conteo no coincidía con el recibo de sueldo, te quedabas reclamando aunque fuera un mísero y loco “vintén” con el que no pagabas ni un boleto de ómnibus.

Por cierto que eso fue lo primero que hice, sin que nadie me indujera a hacerlo, al cobrar mi primer sueldo “en regla” en la administración del vespertino “Acción”, del inefable Jorgito Batlle y su comandita, en agosto del año 1965, con 15 años recién cumplidos y sin más experiencia laboral que unas changas en lo que viniera, “en negro”, obviamente, y por chirolas.

En eso estaba, ensalivando las puntas de súper devaluados billetes “uruguayos” con dedos temblorosos y ojos “láser”, cuando se acercó “el Dr. Carlos Fleitas”, administrador de la empresa “periodística” implementada empezando la década del ´50 por Luis Batlle Berres (en realidad, fábrica de politiquería manufacturada con el sello místico de “los Batlle”), para preguntarme socarronamente:

--“¿Qué pasa, botija?, ¿Desconfiás de nosotros?... ¿Tenés miedo que el diario te estafe?”.

No llegué a contestar.

A mi lado, aguardaba para cobrar Gütemberg Charquero –veterano periodista, veterano sindicalista, profesor de historia, veterano de la vida, gran Compañero, maestro de lucha--, quien sin dirigirse a quien preguntaba, me dijo, casi en un susurro que era su forma de hablar, sencillito y sin dar lugar a discusión:

--“Gabriel, lo que vos hacés se llama “instinto de clase”, olfato de clase…”.

El que preguntaba --en un par de años más, “ministro de cultura” del tristemente célebre gabinete del pachequismo (y que se vanagloriaba de ser hijo de una lavandera que se deslomó para que él estudiara “derecho”)--, se tomó los vientos con cierta furia teatralizada, golpeó un par de puertas y se mandó un par de ladridos histéricos, diciendo:

--“¡Estos comunistas malditos, están en todas partes, envenenan a todo el mundo desde chiquitos!”.

Gütemberg, el veterano –que no era precisamente un afiliado al PC criollo, sino más bien un ácrata libertario práctico que supo sintetizar ejemplarmente elementos del marxismo con elementos del anarquismo--, no le contestó.

Su tarea de todos los días, también “instintiva” –estuviera donde estuviera-- era elemental y más vieja que la ruda: transmitir valores, elementos de juicio, conocimiento cabal, sentido de pertenencia de clase, sobre todo a los más jóvenes y más expuestos al engaño de las patronales, por inexperientes y quizás por deslumbrados con la novedad promisoria de tener un empleíto “seguro” en plena adolescencia y cuando ya la desocupación creciente empezaba a ser nuestro drama social.



Aun me faltaba, por cierto, vivir algunos años más –y escuchar mucho a compañeros como el querido Charquero-- para comprender que el robo masivo a los trabajadores no es precisamente el de una nada improbable liquidación de sueldo “mal hecha” o un sobre con algún faltante menor, o, como ahora, por programados “errores” del cajero automático.

Todavía debía pasar por ese proceso que va del “instinto” de clase a la conciencia de clase, para enterarme de que el verdadero y gigantesco robo a los asalariados de toda una sociedad y del mundo entero, desde hace muchísimo, demasiado tiempo, desde siempre, es el que realiza día y noche toda una clase –la de los patrones, los empresarios, y su Estado de “bienestar social”, el Estado burgués “democrático y republicano”, o dictatorial y represivo— con la apropiación privada y abusiva del grueso de lo que producimos socialmente la otra clase, la de los explotados y sometidos a este mismo Estado cuyas “reglas de juego” nos las impone mediante fusiles y garrote, y leyes y códigos penales y constituciones muy bien escritas y muy bien pensadas para defender a los que nos roban colectivamente y astronómicamente desde el primer instante en que entramos a laburar donde sea para no morirnos de hambre y por un sueldo que aun siendo perfectamente liquidado y ajustado a “laudo” y fantásticos convenios, tan solo representa lo mínimo indispensable para que los burgueses no se queden sin “máquinas humanas” fallecidas tempranamente por inanición.



Entender la existencia de la “plusvalía” (o sea, la parte grossa del robo, que solamente se convierte en ganancia capitalista en la venta en el “mercado” de lo robado a quienes lo produjimos socialmente) sería algo así como el salto del instinto de clase a la conciencia de clase, a la comprensión cabal de que la explotación y el abuso capitalistas lo son sobre el sector social abrumadoramente mayoritario que agrega valor o lo conserva, a la materia prima bruta, sea ella cual sea y donde sea, incluso si la “materia prima” es de índole intelectual o espiritual.

Pero la conciencia de clase no significa, por cierto, el abandono del instinto que nos lleva a pensar y sentir, sin equivocarnos jamás, que cada acto de los explotadores y opresores, es un nuevo perjuicio real o virtual para los explotados y los oprimidos, por mínimo que sea y como expresión, necesariamente, de la naturaleza inhumana y rapaz de la burguesía, que vive de y para eso, precisamente.

Que vive y se desvive para seguir viviendo de nosotros, las y los que contamos las moneditas del sueldo, pero que en general no podemos tener ni la más pálida idea de cuánto representa el robo de quedarse con prácticamente todo lo producido por nuestras manos y nuestros cerebros en la extensísima y sutil cadena de la producción social colectiva en el modo de producción y distribución capitalista.



Valgan los párrafos anteriores para aludir a algo que parece haberse convertido poco menos que en “premisa” ineludible, requisito bíblico, casi, entre algunas y algunos que viven la vida postulando que “para opinar” y “tomar posición” ante la vertiginosa dinámica del capitalismo decadente, debemos munirnos de toda la “información científica”, ser “muy serios”, manejarnos con “objetividad” rigurosa, para pararnos con “autoridad moral” frente a las novedades del sistema en materia de incursiones atentatorias de la soberanía y la autodeterminación de los pueblos.

Este rasgo adquiere particular importancia entre esta gente cuando se trata, por ejemplo, de que el pueblo trabajador se pronuncie respecto a la impresionante ofensiva multinacional saqueadora que es como el sello distintivo del neoliberalismo desarrollado claramente a partir de los ´80, también en el Uruguay).



Los anteriores e inconclusos renglones empezados el domingo pasado apuntando a la crítica severa a los publicistas del extractivismo vendepatria, han sido puestos en este larguísimo y raro paréntesis en la medianoche bisagra del 3 y el 4 de julio de 2013, apenas un par de horas después de haberme enterado de que en Suecia, a los 91 años, murió Gütemberg Charquero.

Es decir, Gütemberg moría mientras yo trataba de plasmar unas reflexiones sobre los “tecnócratas” del saqueo imperialista inspiradas en “su tésis” de que es tan obvia la condición de truhanes de los burgueses, que, por reflejo, sin mucho raciocinio, sin mucha ciencia, los trabajadores vivimos (debemos vivir, estamos obligados) desconfiando instintivamente, y razonablemente, de aquellos y su conducta habitual, y que esto seguirá siendo así mientras haya explotadores y explotados.

La nota queda inconclusa en su propósito inicial, pero siento que difundirla así, como pensamientos y sentimientos en voz alta, a unas horas nomás del fallecimiento de Gütemberg, es una manera de honrar su memoria como muy bien se lo merece alguien a quien dejé de ver hace 40 años y que, sin embargo, siguió siempre presente, vívido, militante, querido, en mi corazón y en mi cerebro, sin saber nada de él ni de cómo “la veía” desde un exilio impuesto por la dictadura a un hombre cuya “patria” era el mundo entero y su bandera, el comunismo obrero y libertario.

(Alguien que de haber sido yo más incisivo en mi intento de reunir datos para “cartearme” con él, hubiera seguido siendo para mí, estoy seguro, el mismo sólido referente de “mi prehistoria” en aquel ex país crucificado que él me ayudó a percibir como tal, no como profesor de historia, sino como luchador intransigente de la verdad y de la honestidad revolucionarias).



Cháu, Gütemberg, tu muerte mientras escribía sobre vos, me descoloca, por cierto; pero tené la plena seguridad de que, por más que tus 91 nos induzcan a decir “¡vaya si vivió el hombre!”, para todas y todos los que tuvimos la fortuna de haberte conocido y la desdicha de no haberte vuelto a ver, no nos será nada fácil hacernos a la idea de que el reencuentro como lo hubiésemos querido, ya no podrá ser.



¡No importa, hermano, “el instinto de clase” me dice que aunque nos vayamos muriendo unas cuantas y unos cuantos de “los perdedores” de estos 40 años de lazos rotos, la victoria no está lejos, al menos la victoria de un mundo cayéndosele la venda de los ojos, la victoria de la verdad hecha pueblos en movimiento rebelde e insurrecto, la victoria de la verdad sublevada que es la sustancia invencible de las revoluciones auténticas!!!.



¡Hasta la Victoria, Gütemberg, siempre hasta la Victoria!.



Gabriel –Saracho- Carbajales, 4 de julio de 2013.-




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