lunes, 21 de octubre de 2013

Contra el industrialismo


por Gabriel Carbajales


Contra el industrialismo, la batalla por un planeta que

no sea la caja registradora de una manga de estúpidos

UNO
La pertinaz y arraigada versión de que el industrialismo es por excelencia el paradigma de progreso humano, es algo tan “sólido” como lo es la versión de que el capitalismo (extremo de sociedad dividida en clase dominante y clase dominada) es la forma de ser superior, trascendental y definitiva de civilización humana imaginable sobre el planeta tierra.
Más allá de ella, la nada; un mundo imposible, pura utopía y ensueño de gente poco realista que vive de construcciones oníricas, de quiméricas especulaciones sin sustento científico (gente buena, de sanas intenciones, de loables sentimientos, de buen corazón, pero sin los pies sobre la tierra y sin espíritu práctico/pragmático ni ambiciones de “vida mejor”).
Así es, nomás, de sencillo:
El culto al industrialismo, ayer simbolizado por enormes y multitudinarias chimeneas escupiendo despiadado humo negro y hoy por computarizadas retroexcavadoras y gigantescos barrenos de furiosa prospección petro-metalífera, es el culto de una clase ociosa y opresiva al tótem de la plusvalía y del monopolio casi total de todo aquello que podemos considerar fuentes de “riqueza natural” –materias primas- y “medios de producción” con que transformarlas en “bienestar social”…
Pero de algún modo lo es también para la inmensa mayoría de la gente, incluso para muchos de quienes proyectan en sus cabezas la sociedad socialista y comunista del futuro, aunque la plusvalía, entonces, se haya convertido, aparentemente, en “excedente social” al servicio de una economía “planificada” y en función del interés social general no mercantilizado, contrario al lucro y los privilegios...
El industrialismo es como el súper dios compartido por creyentes, por algunos ateos y hasta por agnósticos de pura cepa; es indoblegable, inexorable, fatal… y nadie, según este mito grandioso capaz de rebasar las fronteras de las contradicciones más antagónicas, nadie-nadie, puede sustraerse a su omnipotencia ineludible…
…Aunque a estas alturas sea más que evidente que su “inexorabilidad” es puro idealismo fantasioso, puro cuento de ficción, cruzando alegre e irresponsablemente los puentes frágiles y sutiles del gran naufragio de una filosofía “humanista” que ha colocado al hombre en el centro del universo como primer protagonista de la naturaleza en movimiento, sin que seamos otra cosa –ni más ni menos, por cierto- que aquella zona conocida de aquella capaz de reflejarse a sí misma activa y creativamente como tal, pero para nada designada “por el destino” o “las leyes de la dialéctica”, a autoconsiderarse la dueña y señora del universo o el emjambre “supremo” de materia “altamente organizada” existente para transformarnos a nosotros mismos a través del trabajo, que, por otra parte, convertido en industrialismo apabullante, nos convierte en esclavos de una supuesta condición natural resultante de la evolución y otros puntos de vista que muchas veces no son otra cosa que pura cháchara caricaturescamente “darwinista”.
DOS
Cuestionar al industrialismo, combatirlo, abolirlo, desterrarlo de la cultura popular, equivale, por supuesto, para algunos, a predicar la vuelta al taparrabos, a la maza para cazar jabalíes y a una cueva mugrienta como hogar de un ser apto para viajar –solito, sin copiloto siquiera- en un cero kilómetro a 200 ídems por hora escuchando los más estruendosos sonidos a decibeles de “naranja mecánica” en un equipo de audio diseñado para sonar en las salas más tumultuosas de los mega espectáculos musicales y quemando petróleo a diestra y siniestra como si nada, graciosamente. Gritar a los cuatro vientos que el industrialismo es el cáncer de la civilización “moderna”, es ser romántico, lírico, trasnochado, arcaico, enemigo “del progreso”, y, donde te descuides, hincha del feudalismo que no producía nada más que los bienes suntuarios apetecidos por los de sangre azul…
Serrucharle las patas al dios industrialismo, es ser, de últimas, “ambientalista”, “ecologista”; pertenecer a una corriente de negación del progreso, que también, en buena medida, ha sido elegida por la misma clase dominante para invertir en ONGs que hacen muy bien el trabajo de ocultar la explotación y la opresión burgo-imperialista, por supuesto, y que le sirve a los titulares de prensa tramposa diciendo, por ejemplo: “Ambientalistas y radicales aliados, marcharon por 18…”.
La proliferación de complejos y mega complejos industriales de súper producción y reproducción de lo que venga (de lo necesario mismo y de lo absolutamente superfluo y hasta pernicioso) considerados como expresión de desarrollo y evidencia de evolución positiva, no es otra cosa que desarrollismo burgués a ultranza, concebido, planificado y ejecutado en función del único desarrollo capaz de entrar en la cabeza y el alma de esta clase dominante haragana, abusadora y torpe, a la que una vez, hace ya mucho tiempo, se le pudo llamar, a gatas, “revolucionaria” y promotora de un salto positivo de calidad de vida de las grandes masas de la tierra:
El único desarrollo que mueve a la clase hincha mayor del industrialismo, es el desarrollo del atesoramiento de capital para beneficio privilegiado y absurdo de un cada vez más diminuto e inservible sector social –una auténtica casta-- que aunque todo lo que toque lo convierta en basura y retrogradación moral y espiritual, la posa de “fuerza social” orientadora y rectora, de vanguardia civilizatoria, que le imprime a la vida humana dinamismo, expectativas de progreso cierto y consideración “responsable” por las necesidades vitales del ser humano articulado en sociedad...
Encima, obviamente, trata de convencerse y convencernos de que su “labor” (“docente, pedagógica, constructiva”) es una presencia clave, imprescindible e insustituible, en el crecimiento cultural de la humanidad. Y, en atención a ese supuesto rol autoasignado de timonel de la historia, es también la burguesía la que dictamina qué cosas debemos considerar y discutir, entre otros, los revolucionarios, en todo momento… y ¡vaya si lo logra, dios santo! (aquí están nuestros debates cotidianos en torno a las barbaridades que se le ocurre al capital para sostener su status expansionista y glotón; aquí están los debates que alejan al pueblo trabajador del eje de sus reales necesidades y reales perspectivas emancipatorias y civilizatorias… Aquí están, convirtiendo en cuestiones “técnicas” asuntos de honda connotación filosófica; en un devanarse los sesos con números y cálculos y estadísticas y pronósticos económico-financieros de bolichero de barrio queriendo competir ilusamente con el monopolio supermercadista que todo lo domina, incluída la fabricación y tráfico de armas y de droga de la peor estofa, en mezcla con la extracción desenfrenada de todo lo que no podían llevarse con el oro y la plata, hace 500 o 400 años, mediante el genocidio de más de 60 mlllones de “aborígenes” americanos y africanos que no iban a ser los consumidores de un capitalismo que nacía de la rapiña, la muerte y el copamiento de un mercado potencial de doblemente abusados al que los señores feudales, pobre gente, no habían tenido en cuenta: abusados trabajando para otros y abusados mediante la compra de aquello que produjimos socialmente y pagamos con dinero que se empleará para proseguir dando vueltas la calesita imbécil pero redituable de la reproducción de capital.
TRES
Ni toda la caterva esotérica unánimemente agrupada de magos, dioses y brujos creados desde casi la prehistoria, son capaces de competir con toda la fantasía mitológica creada en apenas un par de siglos de existencia del pleno dominio burgués a escala mundial. Dominio fundamentalmente económico, por cierto, material, tangible, medible; pero también de su complemento natural, el dominio ideológico, etéreo, absolutamente subjetivo, expropiador  y manipulador de miles de millones de espíritus, reproductor de imaginarios colectivos peleados con el conocimiento científico, intangible y difuso, pero tan portentoso y socialmente innecesario y nocivo como toda la parafernalia estructural del poder físico duro, violento y criminal del capitalismo, ya carente en absoluto de potencialidades equiparables a avances en el bienestar de los pueblos.
La industrialización al mango convertida en industrialismo, la exacerbación engañosa del “trabajo humano” hecho amasije brutal de gente y de los recursos naturales convertidos en “materia prima”, rigen el cerebro y el alma del planeta burgués.
Lo que aparenta ser la manifestación material sublime de elevadísima destreza intelectual del hombre –su “autoridad” sobre la materia, su “dominio” de ella-, no es otra cosa que su principal mito “movilizador”, y a la vez el mito más destructivo y regresivo, el capaz de llevar al planeta entero al suicidio real y ridículo de aquel que muere desangrado devanando sus propios dedos y sus manos en la creencia de que está cortando el trozo de alimento que colocará en el horno del futuro, y que prolongará sus días y los de su progenie por los siglos de los siglos, amén.
El modo de producción capitalista llevado a despliegues demenciales, pasó de ser un modo “moderno” de la explotación del hombre por el hombre, una manera, una forma, un sistema de relaciones laborales y sociales al servicio de los poderosos, a ser el modo de vida y la razón de ser de la humanidad. Y esto que parece en sí mismo un triunfo de la ideología burguesa, es, sencillamente, el triunfo decadente de un mito tan necio y evidente, que realmente nos quedamos perplejos viendo cómo aún es mucha, muchísima la gente, incluída una parte importante de la que posee sana y auténtica intencionalidad revolucionaria, que de  alguna manera sigue postrada a los pies de esta ideología dominante, aunque lo haga en una actitud de franca y creíble rebeldía contra la gama infernal de injusticias sociales y profundas desigualdades características del sistema capitalista y esa misma ideología que lo “justifica”, pero también en una actitud que de hecho denota una grandiosa ingenuidad entrampada por números, proyecciones matemáticas, magníficos cálculos financieros y un sinfín de disquisiciones académicas que únicamente tienen “razón de ser” entre los dueños del capital.
CUATRO
El industrialismo a ultranza es el mito triunfante de una falacia completamente ahistórica ya, un anacronismo funesto, un muerto que sigue matando y asegurando la muerte futura a raudales por vía de nuestras propias debilidades ideológicas no concientizadas, fruto de la pérdida de pensamiento crítico y de un arrastre fatal de la fuerza de la costumbre, al menos de ese tipo de fuerza de la costumbre capaz de sacralizar y eternizar aspectos del movimiento social y hábitos de comportamiento masivo con razón de ser en contextos históricos muy concretos, nada imperecederos, nada permanentes, condenados a convertirse a la corta o a la larga en rémoras reaccionarias y retardatarias, cuando no en genuinos atavismos contrarevolucionarios, de no ocurrir nada que les mueva el piso contundentemente.
No hay exageración alguna en esta severísima observación: ahí están, a la vista, comprobables, lamentables, aleccionantes, un montón de experiencias o ensayos de sociedad socialista herederos de este mismo mito que ha colocado a la súper producción industrial de “bienes” en unas artificiales alturas desde las que la caída será más estruendosa y dañina cuanto más demoremos en precipitarla y cristalizarla a plena conciencia, con la plena convicción de que lo imperiosamente necesario es mucho más que un pasaje de los medios de producción de manos privadas a manos de la clase trabajadora y el pueblo oprimido.
No es tan sólo un “modelo” de desarrollo o progreso, una “técnica”, una modalidad de proveernos de lo necesario para vivir, lo que debe abatirse desde mucho antes del cambio revolucionario en las cabezas revolucionarias y los espíritus revolucionarios. Es preciso afinar la puntería con ánimo absolutamente destructivo sobre una concepción filosófica que ha convertido las necesidades humanas en la paranoica idea de que el hombre existe para vivir arrancándole a la naturaleza –incluida la naturaleza humana- hasta la última gota de lo que sea al precio que sea.
Por cierto que un estudio profundo y mucho más analítico de esto que se señala, merecería la atención de gente con mayores elementos de juicio cabales que los que podemos manejar en estos párrafos de “agite” corrosivo e intencionadamente atrevido apuntando a ayudar a demoler concepciones que son perfectamente entendibles en la sesera estrecha y limitada de la burguesía, pero no en la de aquellos que han vivido clamando por transformaciones profundas en dirección a la conquista del “hombre nuevo”, que, por supuesto, es el hombre liberado de la explotación y la opresión, pero también de funestos mitos que alguna vez no lo fueron y tuvieron por qué surgir, pero que hoy, a la luz de la realidad, resultan el lujo de una necedad catastrófica.
CINCO
Y, para ser o intentar ser más concretos y directos, indiquemos lo siguiente:
Un altísimo porcentaje de manifestaciones nocivas para el ser humano actual y futuro atribuibles a alteraciones “naturales”, no son tales. Son el producto suplementario, acumulativo y dramático de la paranoia industrialista en pos del amase de fortunas burguesas o de un desarrollo “socialista” explicable pero de gran timidez revolucionaria (aquí parecería que se tomó muy a pecho la ligerísima afirmación de unos cuantos clásicos del materialismo de que “el hombre ha logrado dominar a la naturaleza”, confundiendo esto, desafortunadamente, con el hecho de que el hombre, por supuesto, ha avanzado notablemente en el conocimiento de ciertas leyes naturales generales y en la relativa aplicación de este conocimiento a las necesidades humanas; pero esto nada tiene que ver con “el dominio de la naturaleza”, sino que suena, más bien, a espeluznante confusión paradojalmente ideologizada y mecanicista respeto al mismo materialismo dialéctico-histórico, que nos enseña o debería enseñarnos lo contrario).
Obviamente que la naturaleza (o sea, la materia en movimiento, que es como existe) sin nuestra intervención también puede jodernos la vida propiamente dicha, al punto de hacernos desaparecer del vastísimo e inconmensurable territorio de lo universal, aun si nos portáramos re bien con ella y nos adecuáramos lo más prolijamente posible a sus leyes no escritas. Incontables ensayos de materia animada anteriores a nosotros, sucumbieron sin que interviniera ningún industrialismo o paranaoia desarrollista alguna; ni se sabe cuántas veces quedó por  el camino el queridísimo “homo sapiens” y muchísimos otros congéneres del reino animal tragados por diluvios, terremotos, explosiones solares o vaya a saberse qué otros cataclismos propios de una dialéctica que no funciona a partir de planificaciones de nadie o un sentido explícito o implícito de sí misma.
Combinaciones químico-energéticas naturales incalculablemente más devastadoras que la paulatina contaminación acumulativa del Río Uruguay gracias a la contribución desinteresada de UPM o las ondas expansivas del incendio provocado por el posible choque entre buques metaneros o por un nada improbable atentado sobre ellos llevado a cabo por la competencia mafiosa de las multinacionales apañadas por la benemérita Gas Sayago, han ocurrido y volverán a ocurrir necesariamente en algún punto del planeta o en todo él, dejando secuelas de magnitudes escalofriantes.
La especie humana jamás pudo adquirir un salvoconducto de vida eterna que no existe, ni podrá nunca poseerlo (la naturaleza, o dios, si alguno lo prefiere, no podrían ser tan tontos de proveérnoslo después de tanta canallada burguesa desplegada en un período de tiempo que es nada al lado del tiempo histórico propiamente dicho). Eso sí, contribuir a que nuestra vida social e individual no sea una loca carrera a 200 por hora, o a que no tengamos que dormir con un ojo cerrado y el otro abierto a la espera angustiante de lo que puede venir –en la “paz” o en la “guerra” burguesas-, eso sí es todavía posible. Al menos en otra sociedad distinta y opuesta a esta en que cada segundo puede llegar a ser la vigilia previa al apocalípsis diseñado por los adoradores del tótem desarrollismo/industrialismo, de no agarrarse al toro por las guampas.
SEIS
Hoy, a bastante tiempo de discusión sobre si Aratirí sí o Aratirí no; sobre si UPM-Botnia contamina poco o mucho, sobre si la celulosa se emplea en fabricar papel al santo cuete o explosivos para desparramar sobre el pueblo sirio o cualquier otro pueblo que no cede así nomás sus fuentes de recursos naturales como sí lo hace el generoso estado “uruguayo”, lo revolucionario, lo transformador, lo beneficioso para el progreso de la civilización mundial y oriental, pasa por declarar al industrialismo saqueador, enemigo de toda la humanidad y de esta naturaleza que nos sigue contando, pese a todo, como parte constitutiva suya.
Que la prensa capitalista hable de “radicales aliados con ambientalistas opuestos al progreso”, es lógico y no debería calentarnos demasiado (anteayer nomás nadie hablaba de marchas contra el megaproyectismo imperial). Pero que gente sana y bien intencionada, anticapitalista declarada, quiera convencernos de que aquí lo que cuenta como cosa fundamental es únicamente el aspecto del daño económico y que lo demás es hojarasca caprichosa de tremendistas poco interesados en el aspecto fiduciario del saqueo, es por lo menos poco prudente y tiende a colocar como excluyentes aspectos vinculados y vinculantes de una misma batalla contra la mentira, el atraso y el genocidio.
Por supuesto que cada cual está en pleno derecho de sostener su punto de vista y cargar las tintas donde crea más conveniente; nada estará demás enfrentados como estamos a designios que no cuentan con nuestra intervención consultiva, siquiera, y mucho menos resolutiva, para nada, con plebiscito o sin plebiscito, con parodias de audiencias públicas o sin ellas (muy pronto desaparecerán del mapa; son peligrosas, muestras que la gente de barrio no es siempre comprable ni tan subestimable como unos bobos útiles creyeron).
Nuestro combate es contra un todo articulado cuya pretendida fundamentación es la antítesis, se lo mire por donde se lo mire, de lo que se pregona como altamente beneficioso y “progresista”. Nuestro combate, cuando decimos que es en defensa de la vida, no responde al cumplimiento de una consigna prelectoral o a nostalgias de una vida cavernícola, sino a esa sencillísima y clarísima aspiración: detener la avalancha del cataclismo programado por el dios industrialismo/desarrollismo, hermano del dios mercado/consumismo/imperialismo, que atenta contra la vida humana en todo sentido en todas partes.
Nuestro combate pasa por gritarle “¡mentirosa!” a la dama desarrollista regasificante afirmando que contamina más cocinar y transpirar que vertir sistemáticamente millones de metros cúbicos de químicos al río, al mar y al aire, aquí o en las corrientes acuosas litoraleñas. O que, con mucha mala suerte, apenas habrá un muerto cada medio milenio a raíz de algún contratiempo metanero o las emanaciones ígneas al borde de los barrios donde vive la misma gente a la que se le habla de “revolución de la matriz energético-productiva” del país y de gas a domicilio casi regalado.
SIETE
Aceptar estos absurdos desplantes de gente culta que hizo de la universidad nada más que una cantera de lindas palabras para embellecer el atropello capitalista, es aceptar de antemano que la sociedad por la que clamamos y luchamos y que ya conquistaremos, tendría que ser heredera del mismo mito que nos hace portadores del taparrabos mental y que convierte nuestros hogares en invisibles cuevas del paleolítico, a semejanza de aquel legendario “Trucutú” de la historieta de un diario vespertino montevideano.
Ni siquiera es admisible que pensemos ni un segundo que si el agua “potable” que llega a nuestras casas a través de un grifo, nos llega con mal olor –a podrido, hablando en criollo, por las algas o por lo que sea-, no hay drama, no es tóxica, no envenena, no pasa nada; bañate tranqui, tomala tranqui, algún día aprenderás a degustar placenteramente el sabor de lo podrido (suena a “andate acostumbrando, valor”, y calculale las que van a venir).
Por último, y medio caprichosamente, un par de reflexiones: recientemente, la TV nos mostró la fundición periódica de armas incacutadas o declaradas inservibles por el ejército, pasibles de convertirse en muy útiles varillas para la construcción de viviendas o lo que sea necesario. Imaginemos la misma metodología aplicada a la fundición de cientos de miles de automóviles y motos de uso unipersonal, de cementerios fabriles, de rieles abandonados, de tanta cosa en pleno desuso por doquier, aquí y acullá. Imaginemos el fruto de lo fundido, aplicado a la construcción de decorosas viviendas de una planta con lindos jardines en un país de dimensiones horizontales vastísimas, en lugar de tontas torres de diez pisos ocultándonos la visión de nuestras costas e inhibiéndonos de una sociable vida entre vecinos que toman mate en la vereda,  cuya construcción sí demanda impresionante uso de hierro… Es más: ya que estamos imaginando, imaginemos también la fundición de las propias armas y tanques y vehículos que poseen fuerzas armadas que perpetuamente apuntan sobre el pueblo trabajador.
Pero, sobre todo, imaginemos un mundo en el que el servicio solidario de la naturaleza brindándonos todo lo necesario para vivir creativamente a partir del trabajo social honesto y honrado, no sea el uso y abuso de un planeta privatizado que no existe como medio de producción ni fuente de rentas al servicio de la avaricia organizada por quienes han confundido industrialismo voraz y suicida con evolución positiva, sea ésta positiva para unos pocos o entendida como tal, por otros, equivocadamente, para toda la humanidad.
¡Si pensar así es pensar en taparrabos o apenas cubriendo las partes con una hoja de parra, seamos todas y todos verdaderos trogloditas dándoles de punta a los “homo sapiens” súper teconológicos que día a día nos van sumiendo vergonzosamente en las cavernas bestiales de la cobardía y el silencio indiferente o, peor aún, sometiéndonos al diluvio exterminador de una civilización que es la antítesis ridícula de sí misma!!!.
¡Que haya planeta tierra para todos y no un planeta que sea la caja registradora de una manga de estúpidos venerando al dios maestro de todos los dioses del fetichismo burgués: la guita, la mercancía, el negocio!.
(Y a los que jocosamente interpreten estos renglones y vuelvan a colocarse en la cómica puesta en escena de la emblemática “audiencia pública” dedicada al lejano Oeste de los salvajes anti-progreso asustados a los que hay que ir a tranquilizar al menos por 600 años, que se saquen el taparrabos de los ojos y las narinas y que se entrenen no en acostumbrarse a los olores a podrido, sino en adquirir olfato político para imaginar cómo actúa el pueblo cuando el abuso de tomaduras de pelo, ya no le resulta potable ni se come cualquier pastilla desarrollista de derecha, de centro o “de izquierda”).
Gabriel –Saracho- Carbajales, 20 de octubre de 2013.-







1 comentario:

  1. ese es el modelo chino y mucho mas eficiente que el americano

    ResponderEliminar