sábado, 25 de enero de 2014

Con plebiscito y sin plebiscito



 por Gabriel –Saracho- Carbajales, 

24 de enero de 2014, Montevideo.-

Un bien social que tampoco se vende, y que se defiende…


Fundamentos para considerar inconveniente, para posponer o para impulsar un plebiscito concebido con la idea de frenar el saqueo de nuestros recursos naturales vía reforma constitucional, hay a montones y todos pueden ser considerados válidos y respetables –y discutibles, por supuesto-, especialmente si existe la voluntad colectiva de sumar y sintetizar fuerzas y esfuerzos en una resistencia popular demasiado debilitada y resentida ya por larguísimos años de fragmentación y división, taimada e interesadamente estimulados por sectores que han hecho abandono por completo de su autoproclamado compromiso con el pueblo trabajador y la soberanía nacional.

Pero para lo que no hay –ni podrá haber jamás- fundamentos ni válidos ni respetables al menos entre quienes hemos querido hacer de la cohesión popular un “bien social” tan querible y defendible como los mismos “bienes naturales”, es para emprenderse acciones políticas unilaterales o “vanguardistas”, que de hecho siembren confusión y desorientación, trasmitiéndose señales o mensajes explícitos o implícitos que objetivamente multiplican y acentúan la fragmentación y la dispersión, contribuyéndose con un debilitamiento que es en definitiva la clave a superar para estar en condiciones, si no de luchar por nuevas conquistas populares y transformaciones sociales profundas, sí al menos de hacerlo procurando obstaculizar lo más posible una estrategia pro imperial y global, que por cierto no se limita al despojo económico y el daño ambiental de nuestros territorios.

Con cada nueva ofensiva de las corporaciones multinacionales asistidas localmente por co-gobiernos decididamente comprometidos con el saqueo extractivista y otros no menos perjudiciales –se trate de Aratirí y su regasificadora, o cualquier otro atropello-, se procura ahondar la división del campo popular como aspecto complementario fundamental de esa estrategia en lo económico. Cada nuevo traspié del pueblo, cada agravamiento de sus rengueras, lo aleja de la resistencia al saqueo, pero también lo aleja, es obvio, de su natural e ineludible horizonte de emancipación y rompimiento definitivo con los lazos de dependencia respecto a los buitres de la gran burguesía monopólica y su “dios mercado”.

En setiembre de 2012, a instancias de una propuesta de impulsar un plebiscito de alcance nacional prohibiéndose la megaminería –hecha por vecinas y vecinos organizados de Tacuarembó-, surgió en suelo tacuaremboense algo inédito, verdaderamente histórico y largamente buscado desde por lo menos el medio siglo XX: la articulación, humilde pero prometedora, de decenas de organizaciones sociales del campo y la ciudad –del Interior y de la capital- comprometidas en la defensa de la tierra, el agua y los bienes naturales, reconociéndose en esta defensa popular común un poderoso sentimiento de fraternidad y una poderosa razón para amalgamarnos y luchar lo más JUNTOS posible.

Fue un nacimiento bastante paradójico, pues sus impulsores de “tierra adentro” se encontraron con -y se plegaron a él- un consenso franco y respetuoso en el sentido de considerar inoportuno el llamado a plebiscito, por diversas razones expuestas a lo largo del debate. Este nacimiento fue también el de una aspiración y una voluntad para nada caprichosas: decidir por consenso, caminar consensuadamente, acertar o equivocarnos, POR CONSENSO.

O sea: no por votaciones que deriven en una “disciplina” o “acatamiento”, sino por acuerdos colectivos conscientemente buscados, a sabiendas de que consensuar no es lo mismo que decidir por unanimidad y a sabiendas de que consensuar/acordar hoy algo, no es lo mismo que definir cosas como si fuesen inmodificables y definitivas hasta el final de los tiempos. Nada de eso: la Asamblea Nacional Permanente en Defensa de la Tierra, el Agua y los Bienes Naturales, nació al fin de cuentas de la NECESIDAD DE INTENTAR ROMPER CON VIEJOS ESQUEMAS DE SEPARACIÓN ENTRE LA LUCHA URBANA Y LA LUCHA RURAL O SEMIRURAL, Y, CON IDÉNTICA CONSCIENCIA, DE COMBATIR LA FRAGMENTACIÓN Y LA DIVISIÓN DEL MOVIMIENTO POPULAR QUE OPERAN COMO FRENO Y NEUTRALIZACIÓN DE RIQUÍSIMAS POTENCIALIDADES DE RESISTENCIA Y LUCHA A NIVEL NACIONAL.
Lo que hoy está planteado, no es una “polémica” entre si plebiscito sí o plebiscito no. Hay un hecho consumado impulsado unilateralmente por una parte de quienes expresaron compartir el espíritu con que nació la ANP; y hay un número importante de colectivos y personas comprometidas en la lucha antisaqueo en el sentido más amplio, que ya no discuten u objetan la oportunidad o no del plebiscito.
Hay otra cosa: hay una METODOLOGÍA COLECTIVA identificable con la actitud de la gente organizada de Tacuarembó. Una FIOLOSOFÍA que trasciende los detalles o los aspectos puntuales de cómo luchar o resistir… Y hay OTRA METODOLOGÍA, opuesta, decidida a avanzar (¿?) al margen del espíritu y las fuerzas surgidas bajo el sol tacuaremboense, que no supieron o no quisieron CONSENSUAR con otra gente –reconsiderando lo decidido en setiembre del 12 y reafirmado posteriormente- UNA INICIATIVA QUE NO ES LA QUE SOSTUVIERON EN EL AÑO 2012 (más allá de la formalidad de si seguían o no en la ANP, que muchos de ellos sí siguieron o nos dijeron que seguían).

No se trata de una “polémica” –ni siquiera de una polémica estéril-, pero sí del contraste entre metodologías distintas y encontradas, y, también, de dos maneras de asumir un compromiso que va más allá de un plebiscito ganado o perdido o de cuánto fueron creciendo el par de marchas anuales contra el saqueo y otras movidas en el mismo sentido, que es en realidad lo más que ha podido hacerse hasta ahora, pero no lo único que podremos hacer.
Darnos por conformes con bien intencionadas exhortaciones a plegarnos como sea a la recolección de firmas tal como la cuestión está planteada, equivale a no disponernos jamás a ponerle freno a aquello que nace mal parido. Equivale a barrer debajo de la alfombra, de nuevo y, en esta oportunidad, a transitar una aventura de cuyos resultados ni el santo de los milagros puede predecir sus posibles connotaciones para una lucha que ni es solamente contra el saqueo minero, ni tampoco contra un gobierno pasajero que será muy bien relevado por el siguiente para proseguir una embestida baguala antipueblo y antinación que apelará a lo que sea con tal de no retroceder ni un milímetro así como así.

No es nada lindo tener que decir todo esto, pero menos lindo sería seguir dando vueltas a un círculo viciado y vicioso de prácticas políticas que –ya lo podemos afirmar, por cierto-, al fin de cuentas, contribuyen a reproducir, entre otras malformaciones, el MÉTODO del ponchazo fuerte y el “hago la mía” con apariencias de movida que busca sumar a partir de iniciativas que están restando de antemano por vía de lo más elocuente que hay sobre la tierra, y que son los HECHOS, los tozudos hechos que hablan por nosotros.
Vaya uno a saber. El verano, los alertas de todos los colores de cada día nuestro; las mismas reservas de sinceridad y capacidad autocrítica de muchísima gente para la que los errores metodológicos no responden necesariamente a desviaciones de los contenidos ni alejamiento de los principios… y el tiempo, ese tiempo que pasa y nos irá mostrando cuánta energía colectiva y entusiasmos se necesitan aún para aquello que no sabemos a dónde nos conducirá; toda la mezcla de señales de la realidad, capaz todavía producen un arrebato de humildad necesaria, y a otra cosa, mariposa… Conversando se entiende la gente, ¡qué jorobar! (al menos cuando se lo quiere y cuando no nos metemos la de cuero en las axilas para que nadie la toque).

Eso sí: sin esa humildad sincera, sin eso que debemos llamar honestidad, sin un mínimo de autosinceramiento directo y frontal, no hay tu tía. Para rascar y encontrarlo, todavía hay tiempo; y no plegarse así nomás a la idea de que hay que apoyar todo-todo venga como venga y de donde venga, es estratégico no sólo en la resistencia antisaqueo, sino fundamentalmente en la defensa del movimiento popular concebido también como un bien social innegociable que “no se vende, y que se defiende”.



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