sábado, 22 de febrero de 2014

Moura, “El Gaucho”



por Gabriel "Saracho" Carbajales



Hoy se están cumpliendo tres años del Hasta la Victoria, Siempre, del “Gaucho” Moura, un Revolucionario sin dobleces, de laburo oficinesco y de orgulloso mameluco obrero y socialista que no exhibía demasiado, por pudor, nomás.

Vivió predicando con el ejemplo. Con el mejor de los ejemplos: un compromiso invendible, una humildad sin impostación, ninguna atracción por la fama insana de las marquesinas zurdas o por las lisonjas a veces fallutas de las que más vale estar distantes para que no correr el riesgo de que ataque el cáncer de la vanidad anti revolucionaria.

Tuvo de qué sentirse orgullosísimo, sin duda, aunque ni lo mencionaba. Prefirió morir como vivió: parco para hablar de sí mismo; locuaz, fraterno y agradecido (aunque no sin pensamiento crítico, por cierto) para referirse a la lucha de todos.

Si se me permite, transcribo lo escrito un par de días después de haber sabido de su “nos vemos”, en el 2011:

Lo conocí poquísimo a fines de los ´80.

Apenas lo traté una semana y pico en el decadente diario “El Día”, del que él era corrector y yo –por no más de siete días- armador en frío de las páginas internacionales a cargo de un hijo de Pacheco Areco.

Mérito suyo, de su forma de ser, de una afabilidad que no le costaba nada, enseguida sentí al “Gaucho” como un amigo y un compañero –un buen compañero de toda la vida--, sin saber absolutamente nada sobre él y sin que él supiera nada más de mí que un fugaz pasaje por la Asociación de la Prensa del Uruguay pre dictadura y mi ingreso al diario a través de la bolsa de trabajo del Sindicato de Artes Gráficas tras el sometimiento a las pruebas de un tribunal de evaluación “profesional” que ignoraba mi “prontuario” extra gráfico.

No bien supo quién era yo, se me arrimó, me reventó los dedos con su enérgico apretón de manos y bajó el estruendoso volumen de su vozarrón simpático y escandaloso, para decirme casi al oído con absoluta seguridad:

--- Loco, no vas a durar mucho laburando en esta cueva de alcahuetes (se refería a la plana mayor de la secretaría de redacción del ex diario del batllismo también en decadencia, entre quienes había algún sobreviviente de viejas agrupaciones sindicales “radicales” de los ´60/´70, ahora convertidos en “personal de confianza” buscando permanentemente datos con que acotar “el peligro sindical”).

--- Alguno de estos cagatintas que ayer se comían los nenes crudos, cuando te vea, te va a ortibear a la dirección, ni lo dudes… Son la cara oculta y más podrida del fascismo, lo más arrastrado que hay en plaza, no tienen drama en entregar hasta la madre, si se cuadra…
Dicho y hecho.

“El Gaucho” no estaba equivocado, y al séptimo día en “El Día” ya hecho noche, una administrativa me esperaba a la entrada de lo que hoy es “Maroñas”, para notificarme que, “por reestructura del personal”, se prescindía de mis servicios, entregándome un sobre con la liquidación de haberes más prolija que conocí en mi vida.

Esa misma noche nos fuimos con “Don Moura”, como me gustaba decirle, al “Mincho” –tan decadente como el diario del “Lenin de la burguesía uruguaya”--, nos mandamos unos buenos tragos, nos contamos cosas del pasado que es presente, descubrimos lindas amistades comunes, moqueamos un poco enterándonos de algunos que ya se iban yendo, nos preguntamos qué estaba pasando con el maoísmo y algún otro ismo, coincidimos en el olfateo de cómo venía la mano con el ya evidente auge “progre”, casi nos mamamos, y, ya clareando, nos dimos un abrazo que, lástima, fue el primero y el último.

Hace un mes, en La Teja, una muchacha remacanuda que atiende un carrito de panchos y hamburguesas frente a la Plaza Raúl Sendic, me dio la alegría de saber que era su sobrina carnal mercedaria, y la tristeza de saber que “Don Moura”, con casi 70 pirulos, estaba muy jodido de salud, “muy viejito y muy achacado”...

Se emocionó mucho sabiendo que yo –apenas-- lo conocía, me habló muy bien de él, quedó en conseguirme su teléfono, su dirección, qué sé yo, un correo electrónico, lo que fuera. Pero no pudo ser. Antes llegó la noticia y el jodido nudo en la garganta, casi 25 años después de la inolvidable trasnochada bohemia del viejo y también desaparecido “Mincho”.

“El Gaucho” es otro de los grandes humildes que seguirá entre nosotros aunque lo hayas conocido un poquito nomás. “Don Moura” es uno de los callados inmortales que ha dejado en cada uno de nosotros, sin aspavientos ni gargarismos, lindas razones para seguir peleándola y para seguir afirmando que no es cierto que todo se haya contaminado de derrotismo resignado y ausencia de principios.

Así que, mozo, vaya una pa´l barbudo de aquella mesa, que yo pago nomás… Sírvale bien, que este sí es Compañero. 


Gabriel –Saracho- Carbajales, Canelones, 24 de febrero de 2011



2 comentarios:

  1. SI ES DE MERCEDES, ES BUENO.

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  2. El Gaucho fue mi profesor de filosofía y lectura cuando compartimos laburo en El Día a principios de los ochenta. El era corrector ortográfico, pero conmigo agregaba consejos de estilo. Me fue midiendo y, cuando la relación llegó a la confianza de unas cuantas grapas en El Mincho o El Luzón, me invitó a su casa en unas viviendas de Centenario y Parma (de donde salimos a la marcha de los estudiantes hacia el Franzini) y luego a un segundo piso de Colonia y Tacuarembó. Guardaba una de las pocas bibliotecas que había sobrevivido a la dictadura. Un cuarto dedicado a los libros a lo que pude acceder sin sacarlos de la habitación. Esa era la condicion. Leer dentro. Luego, podía salir y tomar unos mates con él para comentar lo leído. El tema es que toda esa biblioteca el Gaucho la había leído, y no solo eso, había debatido con el autor página a página. Por lo tanto, cada libro implicaba leer el texto y cotejarlo con las anotaciones del propio Moura. Así que desde El ABC del Socialismo a Rosa Luxemburgo y tantos otros libros prohibidos pude leerlos allí, en tiempos de profesores y textos presos, exiliados o proscriptos en que solo se podía ser un autodidacta clandestino. Las lecturas me provocaban ideas y opiniones, pero cuando llegaba a la conversación con el Gaucho descubría que mis ideas no eran mías, eran de otros que ya lo habían pensado. "Pienso que..." decía yo. "Eso es lo que decía fulano...", contestaba Moura, dirigiéndome a mi siguiente lectura... El Gaucho, aquel mitológico estudiante de la lucha por la autonomía universitaria, fue amigo, como su esposa Cristina y sus hijas Sonsoles y Matilde. Protectores de mi familia cuando hace 30 años terminé preso y familia de mil vivencias de aquellos años de salida de la dictadura y reinstitucionalización del país. Como en otros caso, la cotidianeidad nos fue separando. Y cuando murió, hace tres años, no estuvimos... Este perfil escrito por Saracho me permite teclear estas líneas en su recuerdo, para sumarme a la mesa y pagarle una vuelta a Gabriel y otra a aquel barbudo que una noche comenzó a contarme historias sobre los origenes mercedarios de mi propia sangre...

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