domingo, 16 de marzo de 2014

"El Bebe"es nuestro principal referente moral

Raúl Sendic

Por Gabriel "Saracho" Carbajales


A LOS 89 AÑOS Y A UN CUARTO DE SIGLO DE SU MUERTE, “EL BEBE” ES NUESTRO PRINCIPAL REFERENTE MORAL

Si bien no hay manera, obvia y lamentablemente, de verificarlo fácticamente, unas cuantas y unos cuantos estamos muy seguros de que “El Bebe” no estaría para nada comprometido hoy con “el proyecto estratégico” y la acción política de este “Frente Amplio” que él ya cuestionaba profundamente hace mucho más de 25 años, con el éxito electoral nítidamente dibujado en el horizonte político, pero también exhibiendo a flor de piel las nuevas y las viejas rengueras ideológicas que en 1971 hicieron aparecer por lo menos como prudente el “apoyo crítico”, no solamente del MLN, a un ensayo que posibilitaba la saludable imbricación unitaria entre corrientes muy disímiles, pero que no sugería siquiera superficialmente cómo esas mismas corrientes podrían ir resolviendo sus necesarias contradicciones en una perspectiva de acumulación revolucionaria y no simplemente en una incierta perspectiva de conciliación populista “democrática”, tan, pero tan “amplia” que vaticinaba claramente que, una vez materializado el triunfo electoral, sencillamente la banca sería copada “por los mejor organizaditos” y así nomás, sin más trámite, se le pondría la firma al acta de defunción de “la intención revolucionaria”, tal como efectivamente ha ocurrido sin la más mínima duda.
Por supuesto que tampoco “El Bebe” estaría hoy atado a una estructura elitista como la de lo que sigue autoproclamándose como “movimiento de liberación nacional”, de la que él ya estaba decididamente alejado por enormes diferencias de orden político-ideológico, entre las que no eran nada menores las referidas a la cuestión ético-metodológica a esas alturas muy influenciada por el panorama triunfalista a la vista de todo el mundo.
Hay quienes sostienen, aún hoy, que ese alejamiento obedeció a asuntos personales, a broncas con algunos personajes devenidos en miembros de un comité central con “atributos de tribunal médico” capaz de diagnosticarle a “El Bebe” –y no sólo a él, por cierto- serios trastornos mentales, nada improbables, por cierto, en un conjunto de “restos humanos” sometidos a la tortura durante una docena larga de años, que, sin embargo, en su mayoría, aceptaban el desafío de la “reinserción” con aspiraciones de seguir aportando a una lucha por transformaciones revolucionarias y no simplemente a una campaña de promoción electoral “progresista” post derrota.
Es indudable que más de un figureti con ínfulas de “líder histórico” provocó en “El Bebe” un indisimulado y más que justificado malestar “subjetivo” y más de una legítima calentura, pero entender que esto fue lo determinante para que fuera rompiendo como lo hizo “con el pasado” y con algunos de sus fantasmas más notorios, es no solamente antojadizo; es, también, una forma de eludir las connotaciones de ciertos rasgos del comportamiento “militante”, que, desarrollados y consolidados, garantizan apenas pírricos y efímeros triunfos “democrático-burgueses” y la patética y segura derrota de los principios, que es por lejos la peor de las derrotas.
Raúl Sendic Antonaccio, rompiendo con el combo post dictadura como lo hizo, no rompía con gente a la que le tenía tirría o que pretendía competir con su liderazgo “natural”, como efectivamente lo pretendía; rompía con una concepción, con un cuerpo de ideas que por más ecléctico que fuera, llevaba el sello identificatorio común de una metodología muy poco honesta, muy poco respetuosa del conjunto militante, muy propensa a las “cocinadas” de falsos iluminados y a un pragmatismo exitista que aleja del pueblo trabajador y, naturalmente, de la integridad ética que reclama imprescindiblemente la causa revolucionaria como cuestión básica.
“El Bebe”, sin la más mínima duda, no titubeó en percibir todo eso como un dramático arrastre de viejas y gravísimas indefiniciones y desviaciones ideológicas, cuyo carácter altamente pernicioso no lo es únicamente en el trance de la lucha armada, sino en cualquier circunstancia de la acción política, como podemos comprobarlo en el presente.
La cuestión ético-metodológica tiene notable incidencia en situaciones límite de la confrontación, como pudimos comprobarlo muy sufridamente en los ´70; pero aún sin mediar la derrota a manos del enemigo, es lógicamente esperable y en general, segura, también, la auto-derrota a manos de conductas más o menos colectivas que desnaturalizan los contenidos más profundos y sublimes de la opción por la revolución de los más humildes.
No habiendo exhibido jamás públicamente sus motivos, “El Bebe” fue el mejor ejemplo de verdadera autocrítica asumida en los hechos más que en toneladas de documentos.
Y no es para nada exagerada la afirmación de que si él se lo hubiese propuesto, unos cuantos de los “galenos” que dictaminaron severamente su locura, hubiesen pasado al olvido con solamente agitar en la interna sus razones, prevaleciéndose de su indudable liderazgo y hasta de una cierta “veneración” especialmente entre los más jóvenes por aquellos tiempos.

Pero no lo hizo. No quiso hacerlo. No entraba en su propia cuestión ético-metodológica forjada en décadas en las que jamás se dejó deslumbrar por la fama por no poseer la más mínima ambición de poder personal, y por haber aprendido, también, que el cuarto de hora de los advenedizos, dura éso, un cuarto de hora construido a fuerza de manipulaciones baratas que terminan arrolladas por su propia inconsistencia moral.
Será muy discutible cuál es exactamente el legado dejado por “El Bebe” en materia de aportes teóricos o de elaboración estratégica; podemos hacernos una idea aproximada considerando algunas de sus interesantes reflexiones respecto, por ejemplo, al aprendizaje práctico (“la mejor teoría revolucionaria es la que surge de las revoluciones hechas”, decía), pero lo que es indiscutible es que su autoridad moral hubiera hecho posible que una muy buena parte de la militancia de los ´80 se hubiese atrevido a intentar con él una nueva organización política distinta, bien distinta, impulsada seguramente por mucha gente que jamás había sido “bebista”, precisamente.
Dá para más, por supuesto. Pero lo dicho es suficiente para intentar rendirle homenaje, este domingo 16 de marzo en el que cumpliría 89 años, a un hombre sencillo que no se mareó con las marquesinas del inminente triunfo “democrático”, no por ciego, sino por descartar de plano comportamientos que terminan sepultando en lo más hondo del renunciamiento lo más puro de los sentimientos revolucionarios nacidos en la rebeldía más elemental despertada por lo injusto de la conducta de los “poderosos”.

El hombre que hoy hubiese estado de cumpleaños deshechó una vida de lisonjas y fatuo poderío caudillesco, como si en sus visiones de ensoñación del futuro hubiera elegido seguir siendo un revolucionario vivo aún después de la muerte.
“El Bebe” es eso, justamente: el ejemplo siempre vivo de cómo ser un revolucionario para siempre y no únicamente el homenajeado en cada fecha de nacimiento o de muerte.

Raúl Sendic Antonaccio es todos los días el principal referente moral de quienes, más allá de los puntos y las comas, hemos comprometido nuestra vida en el combate y la derrota de la injusticia sin prescindir de la humildad y la honestidad entendidas y sentidas como principales valores ideológicos de un revolucionario y de la revolución de los pobres.

Gabriel –Saracho- Carbajales, Montevideo, 16 de marzo de 2014 / año de la dignidad.-


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