domingo, 27 de julio de 2014

La vida secreta de Clark Kent

EN EL DOLOR, SOLO PUEDO BUSCAR SU PLUMA...
Roger Rodriguez


(The following story is fictional and does not depict any actual person or event.) Clark Kent trabaja de cronista en The Daily Planet, un diario matutino de la ciudad estadounidense de Metrópolis. Escribe las notas más grises del periódico. Delira a solas con ser un tipo apuesto y muy, muy fuerte que enamora a la más linda de la redacción, Lois Lane. Ella sale con el gerente del departamento comercial.

Clark Kent pasa buena parte de su jornada laboral en el baño, imaginando que vuela a la velocidad de la luz, que ve y oye a través de las paredes y a miles de kilómetros de distancia. Sueña que es el ser humano más fuerte del mundo. Cree no ser de este planeta, sino de uno muy lejano llamado Kriptón. Ese invento es el mito fundacional de sus ensoñaciones, lleno de soles, auroras y crepúsculos. En realidad, nació de padres desconocidos en una zona rural de Kansas, territorio estadounidense propenso a los torbellinos, cruzado por senderos de ladrillos amarillos. Allí son frecuentes las alucinaciones que te hacen flotar tan alto el alma que ves el arco iris desde abajo.

En su infancia, y después también, el pequeño Clark Jonathan daba pena. Sus padres adoptivos querían un hijo trofeo. Pero les salió fallado. El padre, Jonathan, detestaba al muchacho porque le faltaba la energía para ayudar en la granja familiar o para hacer deportes en su detestable high-school, donde dos por tres se juntaban las pandillas para darle buenas palizas. Era asmático. Clark se ocultaba en aulas desiertas, en el granero de la granja, en el baño o en algún galpón derruido para imaginarse arreando ganado, arando los terrones, levantando silos, ganando el superbowl y querido por sus padres.

Martha, su madre adoptiva, lo trataba con distancia. Creía que era gay. Clark dudó de su heterosexualidad hasta que descubrió los cines pornográficos y las salas de masaje con happy ending, ya en Metrópolis.

Pero Clark Kent no guarda rencor hacia sus padres. A veces, se encierra en su propia cabeza para cumplir los deseos de Jonathan y Martha: la madre lo adora al ver cómo limpia hasta el más recóndito rincón de la casa, el padre vuelve del campo y ve toneladas de leña ya cortada, el equipo de football americano lo lleva en andas, se calza un uniforme y gana la Segunda Guerra Mundial para los Aliados. Hasta ganó la guerra fría contra los soviéticos un montón de veces.

Jonathan y Martha ni siquiera lo sospechan. Tienen un cajón lleno de cartas suyas sin abrir. Desde que Clark se mudó a Metrópolis con una pasantía, se han dedicado a criar hijos adoptivos que sí han sido para ellos motivo de orgullo: un cocinero de metanfetaminas, un asesino serial, un futbolista descalificado de por vida por uso de esteroides.

Desde hace años, Clark Kent viene redactando con antelación su propio obituario. Aprovecha para dejar registradas ahí sus proezas imaginarias. Inventó a Superman, el superhombre que capturó su espíritu. El superhéroe que le consigue las noticias de primera plana que jamás escribirá. Clark Kent ya perdió la cuenta de las veces que Superman salvó a su patria y al mundo entero.

Nadie encontrará esa nota. Lois Lane asistirá al velorio un ratito, nomás. Después, cenará en un restaurante paquete con aquel gerente, quien recibe el mejor sueldo de The Daily Planet (más comisiones). ¿Para qué se quedaría Lois Lane en el velorio si, en realidad, no conoce a Clark Kent? Ella se sienta lejos, de espaldas. A él le gusta mirarle el cuello. Si destella una gota de sudor, es feliz.

Clark Kent usa calzas y camiseta azules y eslip rojo debajo del traje. Por las dudas. Cree que en algún momento saldrá volando por la ventana del baño de la redacción. O de una cabina telefónica de ésas que ya no existen ni en Metrópolis. Pero no lleva puestas las botas rojas que completan su uniforme de titán porque pondrían en peligro su identidad secreta. ¿Qué periodista de un diario careta usaría un calzado así?

Clark Kent es callado y no come en el escritorio. Si no encuentra una oficina vacía, almuerza en el baño. Cuando duerme, vuela. Cuando se engripa, se calza su pijama de Superman y las medias rojas, se saca los lentes y salva al mundo debajo de las frazadas. Clark Kent tiene buenos sentimientos. No le hace daño a nadie. Le cae bien a todo el mundo. Vive triste su vida triste y su inofensivo delirio.

Clark Kent es miope en serio: tiene 4,5 dioptrías en el ojo derecho y 4,8 en el izquierdo. También es un poco sordo. Fuma a escondidas. Es célibe. Le gusta devorar la grasa amarilla de las costillas, se emborracha con dos whiskies y cuenta saltos sobre el edificio de The Daily Planet antes de dormir.

En su vida secreta, Clark Kent procesa cierta perversión del periodismo: la de creerse con derecho a ejercer poder igual que las figuras públicas. Se la cree, como suele decirse, pero nadie se da cuenta. Superman es la íntima e intransferible operación de autohomenaje que pergeñó un periodista para conformarse con su frustrante vida, porque en realidad quería ser otra cosa. El quarterback que gana el SuperBowl, el presidente de Estados Unidos que marcha a la vanguardia en las guerras, el rey del mundo, el soldado infalible, el paramilitar discreto. La patética vida de Clark Kent es la mejor representación de la futilidad del sueño de grandeza que suele abrigar el periodismo.

Marcelo Jelen





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