lunes, 18 de agosto de 2014

Punta Carretas sin gambusas ni taqueros (Pedro Aguerre y Negro Viñas, Brecha-1989)


10 de agosto de 2014
CRÓNICAS DE 30 AÑOS EN PERIODISMO

por Roger Rodriguez

La serie de notas en las que intentaba rescatar algunas vivencias y artículos de mis últimos treinta años en el periodismo, se vieron interrumpidas por dos hechos que me conmovieron: el infanticida ataque que el gobierno del Estado de Israel ordenó sobre el pueblo palestino en la franja de Gaza y el fallecimiento de mi hermanito Marcelo Jelen. A ambos temas (y a otros vinculados a los derechos humanos, como el hallazgo del nieto de Estela Carlotto o la sentencia de imprescriptibilidad en la causa de Aldo Perrini) dediqué mi muro de Facebook en las últimas semanas. 
Entrado agosto, intento retomar el propósito de recuperar aquellas historias escritas en distintos medios y contextualizarlas en su tiempo, para observar cómo se proyectaron hacia este presente. En tres capítulos venía contando la peripecia que hace 30 años vivimos con Alexis Jano Ros, cuando nos convirtieron en los últimos procesados de la justicia militar y, en ese escenario, pude recuperar -gracias a los compañeros del semanario Brecha- un artículo al que hice referencia: una entrevista con el coronel Pedro Aguerre y con el Negro Viñas, frente a la cárcel de Punta Carretas.
Viñas y Aguerre disputaban ser el último en salir de la penitenciaría y contaron en febrero de 1989 cómo fueron sus años en la histórica cárcel. En aquellos días, el gobierno de Julio María Sanguinetti y su ministro del Interior, Antonio Marchesano, recién habían puesto en venta el lugar. La excusa fue un sangriento motín que les permitió trasladar al Penal de Libertad a los reclusos que estaban organizado como "presos sociales" y habían llegado a gestionar el presidio. Nadie sospechaba que allí se construiría un Shopping y menos que Marchesano sería su abogado y accionista.
Esa entrevista, en la que Jorge Ameal pudo captar al "gambusa" y al "taquero" sentados frente a la cárcel, fue de algún modo la forma que encontré para agradecerle a ambos la solidaridad expresa que me habían dado cuando pasé unos días en el hospital penitenciario que funcionaba a los fondos del penal (donde hoy está el Sheratton). Al releer sus testimonios, uno se enfrenta al trailer de una película de los años sesenta y setenta y, a la vez, comprende cuándo surgió el germen de la enfermedad que padece el sistema carcelario uruguayo, donde día a día se siguen violando los derechos humanos.

Roger Rodríguez
(10 de agosto de 2014)


DESDE AFUERA DE LAS REJAS

Punta Carretas sin“gambusas” ni “taqueros”

El Penal de Punta Carretas luce el cartel de “Se Vende”. Luego de ser el principal centro penitenciario del país a lo largo de un siglo, sus rejas sólo encierran hoy historias de un pasado que a muchos marcan hasta el presente. El Negro Viñas y el coronel Pedro Aguerre vivieron parte de sus vidas en esos lúgubres pabellones. Ambos ingresaron por muy distintos motivos y fueron luego los últimos presos políticos en abandonar la cárcel. Sus testimonios recogen recuerdos y vivencias que muestra con crudeza la realidad de un sistema carcelario que aún subsiste en Uruguay.

Roger Rodríguez

Desde la ventana, el Penal denuncia su abandono. Los yuyos crecidos ocultan el césped que alguna vez verdeció. Los arbustos se extienden sin formas. Las oxidadas rejas exteriores dejan ver la chatarra amontonada. Y detrás de ella, por sobre el gigantesco muro, se ven dos pisos de celdarios vacíos.Sobre el arco de la puerta principal se adivina el cartel que rezaba Establecimiento Penitenciario, y debajo, por las entreabiertas puertas de hierro, un par de policías fuman y toman mate, como ajenos a las historias y dolores que hoy recorren como fantasmas los desiertos pasillos de la cárcel.
Odivio Adalberto Viñas sorbe el mate y mira desde la ventana de su casa el lugar en el que pasó casi la mitad de su vida. Sus ojos observan con frialdad el paisaje que se le repite cada mañana desde hace cuatro años, cuando fue liberado por aplicación de la llamada “media pena”. Veinticinco de sus sesenta años los pasó entre las rejas de la celda 374, a la que hoy mira victorioso y sin desprecio.
Pedro Aguerre Albano, coronel en estado de reforma, pasó diez de sus 61 años en esa cárcel. Su celda, del segundo piso, se esconde a la vista detrás del muro. Fue liberado con la aprobación de la Ley de Pacificación Nacional de 1985 y desde entonces se integró a la organización de derechos humanos Amnistía Internacional. Aún no le devolvieron su rango militar.
El Negro Viñas y el coronel Aguerre aceptaron hablar con BRECHA sobre ese monstruo de muros y rejas cuya venta fue licitada por el Ministerio del Interior.
Viñas integraba la banda del Mincho Martincorena y dentro del penal se integró al Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros; participó en una fuga, fue detenido un mes y medio después y volvió a la cárcel con otros siete años de condena y el rótulo de preso político. Aguerre era jefe de Regimiento cuando Viñas ya estaba preso. Dirigió operaciones contra las huelgas del Frigorífico del Cerro y, preso desde antes del 9 de febrero de 1973, pasó a engrosar la lista de militares encarcelados por la dictadura... Hoy ambos se “disputan”el título de haber sido el último preso político en salir de Punta Carretas.


LOS “EXCLUIDOS” DE LA CÁRCEL

A. – Yo fui preso político con una condición peculiar de la que un día me enteré por un funcionario del Penal. Estaba “en depósito, a la orden de la Junta de Comandantes”. Es decir, que yo era una especie de bulto...
- ¿Un bulto que nadie fue alevantar durante cuántos años?
A. – Durante diez años,contando lo que estuve preso en la predictadura y en la dictadura. Ami y al coronel Montañez nos soltaron después de febrero del 73 y nos hicieron un tribunal de honor, pero no pudieron descalificarnos por falta gravísima y darnos el pase a reforma; así que nos aplicaron una sanción de observación y quedé en disponibilidad. El 26 de enero de 1976 volví a la cárcel, estuvo en la Escuela de Armas y otro tribunal militar me descalificó. Fue entonces que me pasaron por la casita de Punta Gorda. Después estuve un año en la Cárcel Central y de allí con otros siete militares me trajeron a Punta Carretas. Vivimos ocho años en el segundo piso, donde estaban los excluidos, los peligrosos y los tuberculosos. Nuestra enfermedad era ser militares.
- La historia de Viñas en Punta Carretas también tiene varias etapas, ¿no?
V. - Yo caí preso el 6 de agosto del 61, con mi hermano y otros compañeros. A los poquitos días mataron al Mincho. Nos pasaron a la Cárcel Central después de darnos todo tipo de torturas en Jefatura. Después de ese suplicio fuimos a juez y nos remitió a Punta Carretas. Al entrar al Penal ya estábamos excluidos; es decir, que no teníamos patio con el resto de la población carcelaria. Nos dejaron en un sector de celdas exclusivamente para nosotros, al que nadie podía acercarse.Estábamos incomunicados. Nos sacaban una hora por día. Eso duró un año, hasta que intentamos fugarnos. Fue una fuga bastante violenta y fracasó. Habíamos entrado armas. Nadie sabe y nunca nadie va a saber cómo... Allí mataron a un muchacho brasileño, Joair,creyendo que era yo. Después de esa tentativa fuimos excluidos completamente. Nos fabricaron celdas especiales de doble puerta y doble reja. El único que nos abría era el “Primero”. Nos revisaban hasta la comida. Así nos tuvieron diez años.
- ¿Durante ese tiempo no recibieron visitas, ni tuvieron comunicación alguna?
V. - En el año 66 una psicóloga que había allí, Ana María Pittaluga, me consiguió una visita, la de Luz Ibarburu de Recagno. Fue la primera que tuve luego de cinco años en Punta Carretas. Ella vio el estado en que me encontraba y me empezó a visitar periódicamente. Me trajo algunas cosas y hasta me compró una máquina de tejer. En esa época yo hablaba solo dentro de la celda, caminaba y hacía gestos. Todo me lo había trazado como una línea de conducta, porque sabía que el asunto iba a ser largo.Lo hacía para no volverme loco.
- ¿Tampoco con su hermano podía hablar?
V. - Pedimos para estar juntos,pero por mucho tiempo no nos dejaron. Después nos dieron dos horas por día, y luego las extendieron a seis horas. Vivimos diez años a rigor. No salíamos al patio, sólo nos sacaban a un pasillo al que años después saldrían los presos políticos. A ese corredor salí durante 17 años: diez como preso común y siete como político.
- ¿Y el coronel en esos años andaba uniformado buscando sediciosos?
A. - Uniformado y dando con el mango. En el año 68, cuando El Negro andaba en ésas, yo era jefe de Regimiento y estaba enfrentado a los problemas de la huelga de la carne en el Cerro, y a los intentos de hacer chocar al Ejército con los obreros. Eran los comienzos de los problemas que se vendrían. Ya se veían manos peludas que daban órdenes y contraórdenes buscando que el Ejército reprimiera violentamente. Esa cáscara de banana no se pisó, en gran parte porque primó el criterio de quien era el jefe de Región, el general Gravina, que no quiso meterse en esos líos. Pero ya en el 70 me quedé sin mando y me mandaron a una oficina. En el 72 ascendí a coronel y me mandaron a la cárcel.

BAJO EL RÓTULO DE PRESOS POLÍTICOS

- ¿La situación de los hermanos Viñas cambió recién cuando llegaron a Punta Carretas los primeros presos políticos?
V. - Si, fue hasta un tiempo después. Nosotros, con la máquina de tejer que nos había comprado doña Luz, hacíamos cosas que ella nos vendía afuera. Cuando llegó el primer grupo de “especiales”, como se les llamaba a los presos políticos, nosotros pudimos conversar con Julio Marenales que también estaba excluido y tenía visitas a la misma hora que nosotros. Para conversar con él  rompimos la máquina y le pedimos al “Primero” que nos trajera a ese muchacho nuevo que era ingeniero y que seguramente sabría arreglarla. Nos creyó, lo trajo y lo encerró con nosotros. Así hablamos durante un tiempo. Le sacábamos un tornillo a la máquina y pedíamos al ingeniero. El interés nuestro era saber quiénes eran ellos y por qué estaban presos. Marenales nos explicó todo desde el principio. Nosotros entendimos rápidamente, porque lo que él nos decía era en gran medida la historia que desde niños habíamos sufrido.
- ¿Ellos incidieron para que mejorara la situación carcelaria de ustedes?
V. - Si, en gran medida. Cuando el grupo se amplió a unos cuarenta ellos pidieron que se nos sacara la exclusión. Recién se logró por el año 71. Cuando salimos al patio a los primeros que abrazamos fue a los presos políticos,quienes junto a algunos presos comunes nos ayudaron. Después vendrían las fugas. El “Abuso”, porque se fueron más de cien, y el “Gallo”, por lo anunciada, en la que yo salí.
- Esas deben ser las dos fugas más famosas de Punta Carretas...
V. - Seguramente. Nosotros no pudimos irnos en el Abuso porque estábamos con vigilancia. No de policías sino de presos ortibas que nos rodeaban y escuchaban.Nosotros no podíamos irnos en esa. Eso lo hablamos con los tupas,que nos explicaron que si nosotros cruzábamos para el lado de ellos,alguien se iba a avivar y vendría un requisa. Nosotros lo aceptamos y quedamos esperando, porque se sabía que iba a haber otra fuga. Y se dio con el Gallo, que fue desde el hospital y al revés que el Abuso. El primero fue un túnel desde adentro hacia afuera y el Gallo fue desde afuera para adentro. Sólo tuvimos que romper el muro y salir. Mi hermano quedó. No le pude avisar porque estaba con los comunes y si le gritaba ponía en peligro la fuga. Yo salí el 12 de abril y caí un mes y medio después, pero ya como parte de la organización. Me pidieron siete años, a los que sumaron 10 por mala conducta y los 30 que tenía de la pena anterior. Mi condena era hasta el 18 de setiembre del año 2000.
- ¿Cómo conoció Aguerre al Negro Viñas?
A. - A este “individuo”(risas)... El Negro era un personaje del Penal. Se encargaba de los mandados y era muy servicial. Me decía “coronel” y eso hacía rabiar a la guardia. Al principio, el grupo de ocho militares nos hacían salir a otro patio, porque decía que podíamos ser víctimas de alguna violencia. Me acuerdo de un muchacho, El Imba, que un día me dice: “Ché, corona, ¿vos era un tipo que en el año 69 estuviste en la huelga de la carne?”. “Sí”, le dije. “¿Y andabas de gorra y de fusta, sin pistola?”. “Sí”, repetí.“¡Paaa! -me dijo-. Si a vos te tiré cada chumbazo con una honda,que si te agarro no estás acá”. (Risas) Él era un botija y el padre lo llevaba a la huelga, justo donde nosotros controlábamos una calle.
- No debe hacer sido sencillo para alguien con formación militar encontrarse de buenas a primeras entre presos comunes y “subversivos”...
A. - Lo noto ahora, cuando releo lo que escribía entonces. Las dos primeras veces que me llevaron preso -nueve meses una y seis meses la otra-, hasta que me mandaron a la “casita” de Punta Gorda, yo iba registrando mis impresiones diarias. Hace poco las encontré y las pasé en limpio y uno nota la evolución. Lo que se lee al principio está escrito por un coronel que apunta hacia el desconocimiento de las consideraciones merecidas a su rango, a los años, etcétera  Era una reacción lógica.Después se va viendo un cambio  y al final de ese diario de más de un año el que escribe tiene otra mente. Es una persona que toma posiciones ante realidades diferentes.
- ¿Y la condición de militar no complicaba la relación con los demás presos?
A. - Sucedió más que eso. Estuve preso con compañeros a los que yo había detenido en el cuartel que comandaba.
- ¿Y cómo se llevaban?
A. - La relación era correctísima.
- ¿El coronel había pasado al otro lado de la reja?
A. - Fue una cosa muy curiosa. A quienes tuve detenidos fue a los bancarios militarizados. Pero era distinto. En aquel momento todavía quedaba mucho del viejo Ejército que teníamos, el respeto a la persona y aquello de que a mí no me correspondía decidir si a él le correspondía o no estar militarizado. El Poder Ejecutivo lo había ordenado y las instituciones como el Parlamento no habían procedido a evitar esa resolución. Yo incluso se los dije. En tanto estaban militarizados,para mí era soldados.


LAS HORAS Y LOS DÍAS DE PUNTA CARRETAS

- El caso de Viñas parece ser claro para ejemplificar la influencia que los presos políticos tuvieron en Punta Carretas sobre los presos comunes. Algo que no sucedió en Libertad y otros lugares, ¿no?
V. - Para muchos éramos la misma cosa. Muchos presos comunes se portaron muy bien con los políticos. Les conseguían cosas que no podían tener por su estado de exclusión. Incluso una vez los políticos hicieron una huelga y a ella se sumaron todos los comunes del penal. Fue algo impresionante.
A. - También aprendieron a organizarse. Eso sobre todo en los últimos tiempos. Había solidaridad. Es imposible que en un lugar en el que conviven dos grupos humanos no tengan mutuas influencias.
V. - La diferencia estaba en el control que existía sobre los especiales. No podían ir ni al hospital sin un custodia.
A. - Esa la sufrí. Cuando llegué al Penal tenía un diente roto que me lastimaba el labio. Me dieron pase al dentista a los tres años. Para entonces, uno al que le decíamos El Conejo, ya me había arreglado el diente. Me lo trabajó con una lima triángulo y un alicate de electricista. Una vuelta le pregunté: “Dígame, ¿hasta qué año de facultado hizo usted?”. “¿Qué facultad?”, me respondió. “De Odontología”, le contesté. “No loco, yo afuera era jardinero”, me dijo (Risas).
- ¿Cómo era la jornada dentro de Punta Carretas?
V. - Había un reglamento. A las 6 de la mañana había que levantarse cuando tocaban unas campanas en el patio. Pero eso prácticamente lo rompimos nosotros en el año 61.No lo hacíamos, como estábamos excluidos no les dábamos bola y seguíamos durmiendo... Después de levantarse, los botones empezaban el recuento celda a celda. Para cuando pasaban había que estar levantado y doblado el colchón y las frazadas. Ahí se salía al patio durante tres horas. A las once subían a comer. Volvían abajar a la una y hacían patio hasta las cinco. Al principio no se permitía el termo y el mate. Tampoco se podía andar con el pecho desnudo ni con pantalón corto. Había que estar peinado, con la camisa abrochada y hasta se usaba uniforme. Primero estaba el traje a rayas y después se cambió por un pantalón y un saco azul. Al principio sólo había penados en Punta Carretas. Después empezaron a traer procesados que en realidad tenían que estar en Miguelete,que es un establecimiento de detención. Al final los reglamentos se fueron rompiendo y cada cual andaba con quien quería y como quería.
- ¿La disciplina militar hacía más soportable el sistema carcelario?
A. - Sí. Incluso ante algunas salidas de línea de los funcionarios. Para uno que había estado treinta y pico de años en una organización que en lo disciplinario era similar, los excesos se entendían, sobre todo cuando el ojo del superior no estaba para controlarlo. Sacando las requisas y alguna arbitrariedad, para mí la vida no dejaba de ser normal, sólo que estaba preso. Me acuerdo del caso de un negro muy jetón que me llegó a amenazar. Me trajo un papel con una comunicación que decía“habiéndose enterado, firma el sedicioso” y dejaba puntos suspensivos. Yo me negué y le dije que no era ningún sedicioso. El tipo quedó con tal calentura. Pero al final vino con otro papel que decía “firma el detenido”. Por entonces todavía no me habían procesado. Después me encajaron 15 años y 16 de seguridad.
- ¿La vida en Punta Carretas tenía sus trampitas? Es decir, ¿tenía esas avivadas del preso que le permitían pasarla mejor?
V. - Y lo que pasa es que el preso le gusta estar suelto. Si por él fuera estaría todo el día en el patio o caminando por las planchadas. Como no se lo permitían, siempre encontraba alguna agachadita para sacar beneficios y pasarla mejor. Por ejemplo, hacer de mandadero o tener alguna comisión que lo dejara estar afuera de la celda. Eso ocurría hasta con los presos políticos. Adentro de la celda sólo quería estar el que estudiaba, pero siempre se buscaba algo. Así fuera ir al hospital que, como quedaba del otro lado del Penal, implicaba un paseo de no menos de una hora. Al preso, le gusta la libertad.
- ¿Y conseguir una de esas comisiones implicaba un status superior?
V. - Sí, pero el que andaba afuera se debía a los que estaban adentro. Desde hacer un mandado hasta servir la comida, era un forma de favorecerse y favorecer a los otros. El mandadero estaba solo dentro de cada pabellón, pero siempre se creaban formas de comunicación con los otros presos.
A. - Nosotros habíamos logrado mantener dentro del penal una biblioteca clandestina muy importante.Cuando desalojaron a los especiales y los mandaron al Penal de Libertad, parte de esos libros quedaron en manos de los presos comunes, otros fueron a Libertad y algunos tuvimos que destruirlos.Recuerdo que en una noche rompimos y tiramos por el inodoro libros muy importantes, al punto que a ese excusado lo denominamos el de mayor coeficiente mental de todo el Penal, porque en una noche se devoró libros que cualquiera de nosotros hubiera necesitado años para leer.

LA ADMINISTRACIÓN DE LOS PRESOS

- Parece claro que una de las características de Punta Carretas en los últimos años fue su nivel de organización interna. La influencia de los presos políticos sobre los presos comunes llevó a que éstos se organizaran como presos sociales e incluso llegase a controlar la penitenciaría hasta su clausura. ¿Cómo fue ese proceso?
A. - Nosotros vivimos los prolegómenos. El primer motín fue pocos días después de nuestra salida.
V. - Yo viví de cerca todo eso,porque los últimos años de cárcel los pasé entre los comunes. La situación afuera y adentro llevó a que se formaran comisiones de presos sociales y se eligieran autoridades. Se organizaron muy bien; algunos hasta parecían presos políticos por su nivel de conciencia y su forma de hablar. Después vino otra comisión que actuó aún mejor. Había un muchacho, Luis Aguirre, que trabajó muy bien. Hasta se logró unir a los presos.
- ¿Cómo se llega al control de la cárcel?
V. - Una noche entró la Metro para dar palos y creo que, si podían, a matar a alguno. Los presos trancaron los laterales y les conectaron cables de alta tensión. Apagaron la luces porque conocían el terreno y resistieron con agua y leche hirviendo y hasta piedras, contra los tiros. La Metro se tuvo que ir y ahí se dio la toma de la cárcel. Los presos pasaron a controlar la entrada y la salida de camiones y hasta de los guardias. Sólo los muros estaban bajo control policial. Hasta el hospital estaba en manos de los presos. Llegaron a tener superávit en la administración. Cunado vino el director, se preguntaba cómo era posible que los presos, controlando hasta la comida y comiendo carne dos veces por día y hasta poste, lograran superávit. Lo que pasaba era que antes se robaban todo. Se llevaban la leche, el fideo, el pan, la carne, mantas y cualquier cosa...
- ¿En ese momento, en Punta Carretas sólo quedaba un grupo de ocho militares presos, no?
A. - Sí. Estábamos el coronel Zufriategui, el coronel Petrides, yo, el mayor Rodríguez, el mayor Castelgrande, el mayor Dutra, el capitán Cabán y el capitán Arrarte. Después llegó el mayor Sena que era de la Fuerza Aérea. A esa altura ya nos habíamos empezado a aburrir. No era lo mismo 130 presos políticos, con algunos que iban y venían, que mirarnos la cara los mismos ocho todos los días. El flauteo -lo llamábamos así al traslado a Libertad porque se hacía salteando celdas- a nosotros nos golpeó muy fuerte.
- ¿Y por qué terminó mal esa experiencia de autorreclusión, Viñas?
V. - Lo que sucedió en el Penal fue una cosa preparada. Para mí que en eso tuvo mucho que ver Marchesano. A los presos comunes los quisieron sacar de acá tres veces para meterlos en Libertad, y ellos, que sabían lo que era ese Penal por lo que les habían dicho los presos especiales, pensaron que era para verduguearlos, y se resistieron. Y fue así nomas, porque allá los han masacrado. En muy poco tiempo hubo como cuatro o cinco muertos.
- ¿En qué quedó la comisión de presos sociales?
V. - Esa comisión se había formado acá, en mi casa. Llegamos a hacer una manifestación de 400 personas hasta el Palacio Legislativo y por un tiempo paramos las palizas, pero después siguieron dándoles. Fuimos a hablar a mil lados, pero nadie se jugó por los presos sociales. Todo quedó en una comisión parlamentaria integrada por un colorado, un blanco y uno del Frente. El blanco y el colorado se juntaron, el del Frente quedó solo, y no se hizo nada. Marchesano dijo cualquier cosa por televisión. En el motín ellos no tenían armas. Mataron a dos y nunca aparecieron las armas. Yo estuvo después en Libertad y no tenían agua y dormían en el suelo. Hoy están como entonces y pasan cosas horribles, pero tan lejos que nadie se entera.

DESDE ENFRENTE DE LA CELDA 374

- ¿Qué siente Viñas ahora, cuando todas las mañana contempla el penal mientras toma mate?
V. - A mí no me afecta. Miro el Penal y mi celda, la 374. Otros que vivían en el barrio no pudieron aguantarlo y se fueron. Punta Carretas significó mucho en mi vida.Ahí aprendí cosas que en la vida que yo llevaba no hubiera aprendido jamás. Soy un agradecido con los compañeros políticos.Me enseñaron a entender y hoy estoy donde estoy, gracias a ellos.
- ¿Para Aguerre fue un tiempo perdido esa década en la cárcel?
A. - No es tiempo perdido. En tanto uno consigue sobreponerse a las condiciones adversas no es tiempo perdido. Incluso porque determina un alucha de la cual se pudo salir derrotado pero que en la mayoría de los presos políticos se salió triunfante. El caso del Negro Viñas es claro. A él la cárcel lo mejoró.
V. - Yo creo que algo les robamos...
- ¿A quién y qué le robaron,Viñas?
V. - A los que nos metieron ahí adentro. El preso político les robó muchísimas cosas, por todo lo que aprendió y se formó. Habían quienes nunca habíamos leído un libro y allí nos instruimos, a pesar del régimen.
- ¿Éste sistema carcelario puede recuperar a alguien que delinque?
A. - No. Lo puede pudrir más,pero no mejorarlo. Punta Carretas fue distinto porque estaban los presos políticos y comunes juntos.
V. - Pensar que a mí en Punta Carretas me terminaron declarando persona no grata... Yo entraba hasta poco antes de que lo cerraran y vendía empanadas y refrescos adentro. Con eso me hacía un sueldito. Pero un día me prohibieron la entrada...
A. - ¿Que te negaron a vos la entrada, Negro?... Pero eso es un atropello. Si esa fue tu casa. ¿Tedas cuenta?. Siempre quisiste rajar de adentro y ahora que querés entrar no te dejan. Es de locos... (Risas).
- Si en sus manos estuviera el destino del Penal, ahora que lo van a vender, ¿qué harían con él?
V. - ¿Sabés lo que haría?...Le pondría una bomba y lo haría volar a la mierda. Hay mucho dolor, mucho sufrimiento ahí adentro. Esto no tiene razón de existir. Ni como museo. Si quieren hacer algo, que hagan un complejo habitacional para jubilados. Pero eso no lo van a hacer en este barrio. Ese terreno vale mucho, dicen que 6 millones de dólares, pero debe valer como 20 millones de los verdes...
A. - Yo pienso que ya que esa construcción está ahí, debería dársele alguna utilidad. Así sea sacarle las rejas y albergar a todos los que andan sin techo y a la intemperie. La vivienda es también un derecho humano. Hoy parecemos atrasados siglos. Ni el hombre de las cavernas pagaba alquiler. Viñas dice que acá hay mucho dolor. Es cierto, pero yo he visto campos de concentración de los nazis transformados en museos y hasta se hizo una escuela con lo que era el cuartel Moncada...

(Publicado en el semanario Brecha el viernes 17 de febrero de 1989, pág. 10 y 11)


(Recuadro)
REPRESIÓN, SEXO Y DROGAS

-¿Los guardias del penal cómo tomaron y cómo se adaptaron a la presencia de los presos políticos y hasta militares?
A. - De distintas formas.Dependía de la persona. Una vez me pasó de estar barriendo el pabellón un día que habíamos recibido masitas. En eso llega un guardia y me dice: “Mire usted, los presos acá comen masitas y yo no tengo para darle un litro de leche a mis hijos...”. Me quedó regalado. Me puse la escoba debajo de la pera a lo doña Petrona y le di el tal lineazo. Le contesté que estábamos acá porque queríamos que todos los niños tuvieran un litro de leche por día y le expliqué por qué él era un explotado. El hombre, que era bastante botón, terminó suavizándose.
V. - Yo respetaba al guardia y hacía que me respetara a mí. Jamás los tuteé. Siempre les dije“señor” y me dijeron “señor”. Había algunos guardias que eran terribles. Pero la mayoría cumplía con el reglamento y nada más.
A. - Aunque algunos buscaban mortificar al preso. En Punta Carretas lo que menos se cumplió fue lo que decía una inscripción en una pared y que antiguamente era el artículo 26 de la Constitución. Aquello de que las cárceles no deben ser lugares de tortura sino de seguridad y todo eso...
- ¿Y no había ningún control para los malos tratos?
A. - Sólo cuando venía alguna autoridad. Una vez pintaron todo y acomodaron todo sólo porque venía el ministro del Interior, que entonces era el general Núñez. Otra vez pusieron un calentador y puerta en las duchas. Era porque venía la Cruz Roja. En esa época el director del penal era el inspector Otero. Yo le dije al de la Cruz Roja que en fija, cuando ellos se fueran, sacaban el calentador. No me creyó. A los tres días se lo llevaron. Tuvimos otro cuando lo compramos entre los presos.
- Ya que lo menciona, el inspector Alejandro Otero tiene fama de haber sido uno de los más terribles directores de Punta Carretas. ¿Fue así?
V. - Si. Creo que a uno de los presos a los que más odiaba era a mi. Yo estuve un período en el Penal De Libertad y de ahí pasé al Hospital Militar. Cuando salí,me pasaron a Punta Carretas y Otero no me quiso tener. A final vino la orden y estuve internado seis meses en el Penitenciario. Una vez mi hermano se topó con Otero en el patio y le pidió para verme. Le contestó que a él le daba cualquier cosa, incluso lo dejaba salir ala calle, antes de darme algún beneficio a mí. Me tenía un odio bárbaro... aunque con otros se llevaba más que bien...
- ¿La homosexualidad era un problema difícil de afrontar dentro del Penal de Punta Carretas?
V. - Es algo que sucede en cualquier cárcel, en un cuartel o cualquier tipo de internado. Es algo que se crea con la vida de encierro. Me imagino que debe suceder hasta en un colegio de monjas. Sin embargo eso no pasaba con los políticos.
- Y los presos comunes, ¿qué pensaban sobre esa conducta de los políticos?
V. - Ellos no valoraban.Pensaban que era otra clase de gente.
A. - Hubo el caso de un muchacho, preso político, que era homosexual. Fue todo un desafío para los demás presos. El había tirado un panfleto y le metieron como seis años. No tenía formación política, se ve que lo convencieron de que tirara esos papeles. Nosotros discutimos el caso.Teníamos que decidir si lo excluíamos o lo aceptábamos. Lo tomamos como un hecho real y objetivo. Él era así y no lo íbamos a cambiar. El muchacho se adaptó. Incluso sus hermanas, que lo visitaban, nos agradecieron que lo tratáramos como a uno más... A mí el problema de la homosexualidad y las violaciones me impresionó cuando vine. Después el asunto aflojó un poco, pero cuando recién llegamos escuchábamos los gritos de muchachos jóvenes a los que los propios guardias encerraban en alguna celda con otros. Las celdas estaban cerradas y los únicos que tenían las llaves eran los guardias. Ellos estaban en esa joda.
V. - Es lo mismo que la droga.El preso no sale a la calle a buscar drogas. Alguien las entra. Había un empleado que en el año 71 entraba 600 mándrax por día a la cárcel. Con lo que ganó se compró un coche. Al automóvil lo llamaban “el Mándrax 71”. Con eso te digo todo...

(Publicado en el semanario Brecha el viernes 17 de febrero de 1989, pág. 10 y 11)
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