sábado, 31 de octubre de 2015

Cortocicuitos

El divorcio de la base




>>> Ya no tiene sentido ni hablar ni marchar por los desaparecidos

 “La mayoría parlamentaria está a una distancia considerable de Vázquez”

 

 

—¿Le sorprendió que el FA discutiera tanto el presupuesto?
—La mayoría de la bancada intentó raspar de todos lados para darle mayor presupuesto a la educación, y eso significa lesionar otros rubros. Los agentes del Ejecutivo que se encargan de las políticas públicas específicas defienden sus asignaciones iniciales, de ahí la salida de (Julio) Bango. Me parece que Vázquez aprovechó la oportunidad para ponerse al frente, con un reclamo que le da popularidad, porque es una de las promesas de campaña que mejor cayeron. Lo hizo bien, después de tantos errores. En el caso del Snic no hay sindicatos, los beneficiarios no están organizados y por tanto no hay presión. Defensa e Interior tienen ministros que pertenecen a la mayoría de la bancada del FA, lo que hace que esas asignaciones estén bien defendidas. Para el ministro de Defensa ahí existe una base electoral, lo dijo luego de la elección: los militares votaron al Mpp.
—¿Y esa alianza Mpp-Fls?
—El gobierno de Mujica, más allá de los chisporroteos públicos, funcionó con base en la alianza de ambos grupos, que se ponían de acuerdo y controlaban el proceso legislativo. Ahora cuando llega Tabaré arma un gobierno donde Mujica pierde una porción importante del poder que tenía. Creo que el Fls se dio cuenta de que si no negocia no acuerda, si no busca entendimiento con el Mpp no hay punto de equilibrio. El gobierno está muy alejado de la bancada, entonces me parece que es una solución de gobernabilidad. Si no lo hace el presidente, entonces se hace en el Parlamento.
—¿Eso no debilita al presidente?
—Cada cual hace su juego. Si tuviéramos que representarlo en un plano y trazáramos una línea, diríamos que entre las preferencias del presidente y las preferencias del Mpp hay una distancia importante, y en el medio está el Fls. Lo que está haciendo este sector es que las políticas del FA caigan en algún lugar en medio de esa distancia. Y eso es mover un poco al presidente y otro poco al Mpp. Están tratando de acortar distancias que existen. En otras nuevas políticas –cuidados, educación–, si no hay acuerdos, el peligro que se corre es que haya bloqueos, que no haya cambios.
Es una relación compleja, porque tenemos un presidente con un apoyo real menguado en el Parlamento. El sistema uruguayo es muy parlamentario, los presidentes para poder gobernar necesitan leyes, y eso tiene que pasar por el Parlamento, deben tener una coalición que los apoye. Si bien el FA es preponderante, es una coalición, con distintas preferencias. La mayoría parlamentaria está a una distancia considerable de Vázquez. Para gobernar Vázquez tiene dos posibilidades: o negocia con el partido y mueve sus preferencias hacia un punto más cercano del Mpp para acordar; o directamente rompe con el partido y negocia con la oposición. Por ahora nadie va a ir por ese camino. Si mandaba el proyecto del Tisa al Parlamento lo votaba todo el Partido Nacional, todo el Partido Colorado más el Fls y los senadores socialistas. Una movida así sería destrozar al partido de gobierno. El único camino de gobernabilidad que tiene Vázquez es negociar con Mujica. Hoy encontraron el punto intermedio, porque no dar más recursos a la educación era como desconocer la movilización generada, y no poner en funcionamiento el Snic era desconocer una promesa electoral.


>>> Distancia entre Astori y Sendic
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Ma Julia Muñozy la crisis en la enseñanza

Las renuncias del subsecretario Fernando Filgueira (MEC) y del director de Educación Juan Pedro Mir abrieron una crisis en la enseñanza La ministra María Julia Muñoz quedó en el ojo de la tormenta, luego de afirmar que "el país no pierde nada" con el alejamiento de los dos mentores de la reforma.

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>>> Rodolfo Nin algo nos separa

El anuncio de la particpación de Uruguay en una alianza liderada por Estados Unidos para combatir el Estado Islámico le generó más problemas con el Frente Amplio al canciller Roldolfo Nin Novoa. Antes fue criticado por estar a favor de permanecer en las negociaciones para la firma del TISA.


29 octubre 2015
Marcelo Aguilar

El poder de las grietas

“Que se rompa de una vez, porque si no esto es una agonía constante, y este ya es el tercer gobierno del Frente Amplio”, dijo Ana Laura de Giorgi en referencia a ese “algo” que parece romperse entre el progresismo y los movimientos sociales. Esta tensión constante entre la sensibilidad de “izquierda” y los gobiernos que así se definen desde el Estado recorre el continente, en momentos en que el consenso neoliberal ha sido sustituido –o reconvertido– por el consenso de los commodities. El caso uruguayo es bien particular, ya que el proceso de acumulación histórica es más lineal y claro que en otros países, con una izquierda partidaria nucleada casi en su totalidad en el Frente Amplio, hijo natural de la protesta social. Gabriel Delacoste lo desarrolló en la mesa. “La relación entre la protesta social y el Frente Amplio es muy carnal, para bien y para mal. Cuando funcionó a favor de la formación del FA era muy central para su estructura, y cuando el Frente Amplio actúa contra los intereses de actores que ejercen la protesta social es doblemente dolorosa para todas las partes, ya que el FA siente que no están sabiendo reconocer su capacidad de canalización de las demandas, y quienes se movilizan sienten que están siendo traicionados.” Según él, la duda entre “articular con los movimientos sociales” o “pactar con el resto del sistema político” está presente en el progresismo desde la resistencia al modelo neoliberal de los noventa, cuando “estaba empezando a ser legitimado como un actor más del sistema político, cosa que hasta ese momento no era tan evidente”. Esto llevó, dijo, a una “moderación programática” y una “elitización del partido”, en desmedro de su condición de movimiento social. Pero esta contradicción, siendo gobierno, se explicita aun más. Para Delacoste, “si no se hubieran dado las espectaculares condiciones económicas que hubo en el primer gobierno, el Frente hubiera tenido que elegir, pero como tuvo plata pudo hacer las dos cosas. Ahora que no hay plata esa pregunta cobra actualidad”.

El discurso de Daniel Buquet valoró las últimas tensiones del tercer gobierno progresista de un modo bien diferente: “El Estado es violencia organizada y cualquiera lo sabe (…) reprime y punto. En democracia la represión es por definición civilizada, dosificada, se respetan los derechos humanos, pero si hay que dar palo, se da palo”. Y ejemplificó. “Cuando los policías tienen que reprimir a los barrabrava de Peñarol o Nacional nadie dice que se criminaliza la simpatía deportiva. Si en una manifestación social, aunque sea la más legítima del mundo, un grupo se tapa la cara y se pone a romper vidrieras, la Policía le va a dar palo. Es lo usual, y así funciona la sociedad con Estado.” Para De Giorgi “no se trata de un problema de locas o locos sueltos que son radicales y tiran piedras, sino que es una discusión acerca de los derechos humanos que la izquierda no sabe dirimir, y no se ha encarado profundamente”. Buquet no advierte especiales sorpresas en lo que representa el Frente Amplio: “una izquierda sistémica, en el doble sentido, que no cuestiona la institucionalidad democrática ni tampoco la supervivencia del sistema capitalista, no una izquierda revolucionaria sino reformista”, y esto “hace inevitable que algunos izquierdistas digan que el FA no es izquierda y se genere protesta social. Esta tensión no solamente es razonable sino que va a ir en aumento”. Para el director del Instituto de Ciencia Política este punto no es un problema para el FA, que “no va perder las elecciones por no atender las demandas de algunos movimientos radicales sino por cuestiones económicas”. Delacoste matizó: “los partidos no pierden solamente elecciones, a veces pierden otras cosas más profundas, como el relacionamiento con su base social”.
EL FA Y LOS MOVIMIENTOS. “No podemos meter en la misma bolsa a movimientos sociales como el feminismo y el ecologismo junto a los movimientos de trabajadores y estudiantes, ya que estos últimos son una extensión de las estructuras partidarias. No tienen identidad propia, no tienen demandas y agendas propias más allá de estas estructuras. Debemos dejar de considerarlos como movimientos sociales, deberíamos buscar otro nombre”, planteó De Giorgi. Delacoste se manifestó “radicalmente en contra” y dijo hacer una “defensa enfática” de la “bolsa” de movimientos sociales: “En la práctica generaron bloques que articulan. La seguridad de la marcha de la diversidad la hizo el Pit-Cnt muchas veces, yo estuve en una asamblea de Adur donde se votaron fondos para el No a la Baja, las organizaciones feministas hacen talleres de sensibilización en sindicatos, esas cosas pasan todo el tiempo y los vínculos son muy fuertes, y hoy funcionan como un bloque”. Y agregó: “Tampoco creo que sean lo mismo que el gobierno, por un lado porque el movimiento sindical y el estudiantil son pilares fundamentales de los otros movimientos sociales, y por otro porque repasando la prensa podemos ver fácilmente que se la han pasado peleando, y hasta rechazaron la pauta salarial del gobierno”.
Buquet también discrepó en este asunto con De Giorgi: “Los viejos movimientos sociales no son una extensión del Frente Amplio, en todo caso sería al contrario. Si tuviera que elegir, no diría que dejáramos de llamar movimientos sociales justamente a los que tienen miles de afiliados, sino que buscaría un nombre para los nuevos movimientos”. Según él, esto tampoco representa un problema: “El problema más grande no lo tiene el Frente Amplio, sino que lo tienen los viejos movimientos sociales, los sindicatos y los gremios estudiantiles, con la natural inflación de demandas frente a lo que el gobierno quiere o puede dar. El Frente Amplio no sufre, son los dirigentes los que viven en carne propia la tensión entre un gobierno amigo y una masa que demanda”.
LA IMAGINACIÓN Y LOS LÍMITES. ¿El FA llegó a su límite para poder integrar o cooptar las demandas de los movimientos sociales?, preguntó la moderadora Rosario Touriño, editora de Política de la casa. Delacoste contestó que no, que en todo caso eso dependerá de la confianza de los movimientos sociales para permear al partido. De todos modos, visualiza que pueden existir límites en tres direcciones. “El Frente Amplio al elitizarse pierde capacidad de permeabilidad, porque al estar comprometido con un patrón de crecimiento basado en el capital trasnacional no va a ser capaz de canalizar otras demandas, pero también porque las propias demandas deben ser repensadas, ya que cada vez van a ser más complejas.” Remarcó los temas ambientales: “En ese caso me parece muy claro que hay un problema de oposición, y que no es un tema de límites. Hay demandas que el gobierno no va a poder cumplir con este programa que tiene, y punto”. Sin embargo, según Buquet, “los gobiernos del Frente Amplio han sido los más ecologistas de todos los gobiernos uruguayos”, más allá de que antes del conflicto de la educación y del No a la Baja las manifestaciones contra Aratirí habían sido de las más convocantes. Y agregó: “El Frente Amplio como gobierno hizo innumerables políticas públicas tomadas de las reivindicaciones de los viejos y nuevos movimientos sociales”.
De Giorgi amplió el debate: “Que el Frente Amplio haya recogido con diversas estrategias algunas de las demandas de los nuevos movimientos sociales de ninguna manera significa que esté consustanciado con estas causas, que las comprenda realmente, ni que haya algo más profundo, que creo que es lo que necesitamos, y es un cambio cultural, un cambio de matriz, mucho más importante que esta democracia de derechitos que tiene un alcance muy corto”. Y agregó: “Cuando está todo muy ordenado no hay espacios para fugas, no hay aire para que alguien se salga de lo políticamente correcto y realice un planteo disruptivo, para que se discuta y se cuestione lo incuestionable”.
A pesar de las diferentes sensibilidades con respecto al rol de los movimientos sociales y la centralidad de los partidos, los tres panelistas dejaron entrever una falencia: la falta de valoración de la autonomía de los movimientos sociales y su potencial transformador más allá de las estructuras conocidas. Si esa posibilidad no entra en el análisis, la oportunidad de inventar, de imaginar y promover nuevas formas de construcción queda relegada ante el burocrático diseño de las políticas públicas.





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