lunes, 8 de enero de 2018

Oleada del Caribe




>>> Solidaridad con ellos

Cuba hoy esta en una crisis de la que los uruguayos no tienen ni idea. El último huracan hizo mierda la isla, las cosechas, todo hecho mierda. Hay cartas de racionamiento como siempre hubo, pero la escasez de comida se hace notable. Hay hambre. Por otro lado el embargo que siempre hubo. Entonces se llena Uruguay de cubanos. Aunque el transporte, educacion, salud, servicios allá en la isla sea gratis. Creo que esta gente necesita solidaridad. Tienen un nivel educativo muy bueno (mejor que los uruguayos pos dictadura) No entienden nada de futbol, esto no los hace tan imbéciles, quizas tengan otras imbecilidades, cambiar Cuba por un pais bananero como el Uruguay.

El 48

>>> Los energúmenos celestes






Relaciones Exteriores tiene retraso de un año para otorgar residencias del Mercosur

Una oleada de inmigrantes venezolanos, dominicanos y cubanos sorprendió a Uruguay con buenas leyes pero políticas fragmentadas

Sergio Israel

Era un helado día de agosto pasado, cuando Carmen Fernández y otros cubanos que habían salido tres días antes de Georgetown, la capital de Guyana, llegaron al Chuy. Sabían que la parte más peligrosa del viaje había quedado atrás, pero como los “coyotes” brasileños les habían dicho que si las autoridades uruguayas los descubrían serían deportados a su país, no se lo pensaron mucho y en lugar de un ómnibus de línea tomaron un taxi.
Quedaron tan contentos con el chofer que a los $ 6.000 que costó la carrera hasta Montevideo sumaron U$S 40 de propina.
En fin, ya estaban en la plaza Independencia. Había que buscar un lugar donde dormir y administrar la poca plata que iba quedando.

Residencias de Latinoamericanos  (Año 2016)

NacionalidadResidencias
Argentina340
Boliviana31
Brasileña266
Chilena71
Colombia74
Costarricense12
Cubana277
Dominicana680
Ecuatoriana28
Guatemalteca9
Guyanés0
Haitiana0
Hondureña12
Jamaiquina0
Mexicana63
Nicaragüense2
Peruana94
Portorriqueña1
Salvadoreña9
Surinamés0
Venezolana77
TOTAL2.046
©Búsqueda, con datos de Dirección Nacional de MIgraciones sobre otorgamiento de residencias definitivas y temporarias.

Camino entre tiburones. 

Para Carmen, nombre de fantasía para una licenciada en Contabilidad, de 35 años y madre de dos hijos que dejó en casa, la idea de salir clandestina de Cuba en barco y tal vez servir de alimento para tiburones caribeños nunca había sido una opción seria. Tampoco quiso saber nada de una aventura por tierra desde Guyana a Estados Unidos, como hace la mayoría, aun a riesgo de caer en manos de otros  “tiburones”. Era caro y peligroso.
Sin embargo, atravesar los 671 kilómetros entre Georgetown y Boa Vista (la capital del Estado brasileño de Roraima, fronterizo con Venezuela) o ir a Manaos, aunque tenía sus riesgos, sobre todo por el tramo en la selva, le pareció más razonable.
No hubo accidentes y todo salió bien, pero aun así los U$S 6.000 que le pagaron por su casa en Cuba quedaron por el camino. Primero hubo que costear el pasaje desde La Habana a Guyana, por el momento el único país que no les pide visa y donde supuestamente pasaría siete días de vacaciones. Después, el contrato de U$S 400 con el “coyote” que los llevaría, a ella y a otros siete cubanos, camino al Uruguay, en una cómoda Mitsubishi.
Los ocho que se juntaron en Guyana se mantuvieron unidos durante el tenso viaje y así evitaron que los bandidos violaran a las mujeres o asesinaran y desplumaran a los hombres, como había ocurrido.
En Boa Vista no disfrutaron del bello paisaje del río Branco ni del diseño afrancesado de la única capital estadual brasileña situada al norte del Ecuador. Del hotel salieron para el aeropuerto apenas con el tiempo de tomar el vuelo a Porto Alegre. Después vendría el último tramo por tierra antes de comenzar la vida en ese país sin grandes conflictos, relativamente seguro y donde se consigue trabajo, aunque no siempre el que uno quiere.
La licenciada en Contabilidad trabaja ahora como acompañante de enfermos y aún tiene una vivienda provisoria, pero dijo a Búsqueda que está contenta y confiada en el futuro.
Un caso parecido, pero con un viaje menos peligroso, es el de Marisol Placeres, formada en su país en Educación Especial a nivel universitario, pero que debe trabajar como vendedora de carteras en una tienda de un shopping montevideano. Placeres, que comparte una pieza con una compatriota, posiblemente reemigre a Chile porque los uruguayos, en especial en el mundo académico, son menos receptivos con los venezolanos y otros extranjeros que lo que fue a la inversa hace cuatro décadas.
Para Leroy Gutiérrez, que llegó hace seis años con su esposa e hija de dos años, “es como que siempre estás llegando porque hay cosas que no viviste y la experiencia es inútil”.
Después de dos años en el país, Gutiérrez consiguió —gracias a la recomendación de una uruguaya a la que había conocido en un curso en Bolivia— un trabajo en la editorial Random House. Vivir en el exterior es para ambos “como una especie de aventura”. Eligieron Uruguay porque parecía un país fácil con los papeles y en las antípodas de la polarización de su patria.
No es el Paraíso. Incluso hay casos extremos de discriminación, como el de una empleada doméstica dominicana que en Punta del Este recibió una piscina vacía como dormitorio. U otra que debía usar el baño de la portería del edificio y no sentarse en los sillones ni rozar las cortinas para no contaminar el ambiente de sus patrones.
Los datos oficiales confirman que el número de dominicanos, venezolanos y cubanos que llegan a Uruguay para instalarse va en aumento (ver recuadro).
La principal motivación que tienen los inmigrantes que conforman una suerte de nueva oleada es el trabajo en el sector servicios en un país que ofrece “estabilidad y perspectivas de crecimiento personal”.
En promedio, estos inmigrantes ganan unos U$S 500 al mes, el doble que el mínimo en otros países y logran mantenerse haciendo malabares con el dinero, viviendo en pensiones donde 40 personas comparten un calefón de 30 litros o agrupados en apartamentos para enviar remesas a sus familias.
Por la Casa del Inmigrante, en Reconquista 471, el lugar que recibió a Carmen Fernández, habrían pasado ya alrededor de diez mil personas desde 1999. La casa, creada cuando comenzaron a llegar peruanos para trabajar en la pesca, sirve como lugar de encuentro y pensión, al menos por unos días, para los que no tienen dónde dormir porque acaban de llegar o fueron abandonados y hasta estafados por agencias y armadores.
La Asociación se define como una institución que “lucha por los derechos humanos de los migrantes y refugiados en Uruguay y también ayuda a ciudadanos uruguayos en situación de precariedad”.
Brinda asesoramiento, alojamiento, alimentación y apoyo psicológico a inmigrantes de bajos recursos económicos y a uruguayos en situación de calle o con problemas psicológicos, explicó su principal mentor, Carlos Valderrama, un peruano que llegó como refugiado del gobierno de Alberto Fujimori en la década de 1990.
La demanda de camas aumenta, al punto que hace unos días, el psicólogo peruano Alberto Canale tuvo que ceder el consultorio para convertirlo en dormitorio.
Valderrama, Canale y el uruguayo Gustavo Miraballes dicen que hacen su trabajo sin recibir ningún apoyo estatal, salvo 4.000 euros de la Embajada alemana para construir unos baños, y algunos materiales de la Intendencia de Montevideo. No han logrado, afirman, ni siquiera exoneración de impuestos municipales.
Los curas franciscanos, en especial el fallecido Pedro Frontini, fueron los principales impulsores de esta casa que primero alquilaron y luego compraron en cuotas. Cumplen un papel de contención, pero también han recibido críticas porque de hecho es una pensión que cobra por el uso de las instalaciones.
En rigor, en parte se trata de una misión asignada a los refugios del Mides para personas en situación de calle adonde a veces también van a parar extranjeros no siempre preparados para lidiar con la situación.
Otro punto de referencia para extranjeros no turistas está en la calle Washington 274, vieja sede del Apostolado del Mar. Hasta allí llegan marineros de todas partes buscando un lugar donde comunicarse con su familia antes de pasar al bar.
El cura mexicano de la orden de los scalabrinianos Jesús González está al frente de la reforma de la casa.
Los scalabrinianos cuentan con vasta experiencia en la materia. Se instalaron en el país en 1983, a instancias del entonces arzobispo de Montevideo Carlos Partelli, pero ya en 1887, su creador, Juan Bautista Scalabrini ofrecía ayuda a migrantes y refugiados políticos en Italia.
Además del refugio para marineros, todos los miércoles a media mañana ofrece un espacio a Idas y Vueltas, una organización no gubernamental (ONG) que comenzó a ayudar a los uruguayos migrantes y en los últimos años se especializó en los extranjeros.
Idas y Vueltas tiene como principal animadora a Hendrina Roodenburg, a quien todos conocen con el sobrenombre Rinche.
Esta holandesa que vivió antes en México y España, reside desde 1985 en Montevideo, donde llegó junto a su pareja, el legendario fotógrafo Aurelio González.
Los encuentros de los miércoles, alrededor de una mesa donde siempre hay refrescos, café y galletitas, son un remanso para que los migrantes cuenten sus logros y frustraciones de la semana.
Una de las colaboradoras de Idas y Vueltas es la doctora en Psicología Intercultural Gimena Pérez. Ella misma regresó de Francia y Brasil y busca insertarse de nuevo en su país. Sensibilizada por la situación de los migrantes decidió apoyar, de manera honoraria, con sus conocimientos y ayuda a los recién llegados a armar su currículum con el estilo local: sin colores y con los términos precisos, porque si uno trabajó de mozo no es cuestión de poner mesonero.
También son preparados en cuestiones prácticas como llegar a una entrevista de trabajo en hora, sin gorro y con el teléfono celular apagado.
El grupo que trabaja en Idas y Vueltas cuenta con la antropóloga Pilar Uriarte, que representa a la Facultad de Humanidades de Universidad de la República (Udelar).
Uriarte dijo a Búsqueda que Uruguay está muy bien visto y que se ha vendido muy bien, entre otras cosas por el “fenómeno Mujica”, pero que hay ausencia de políticas públicas y además “existe un racismo latente, no reconocido”.      
Olga Alemán, presidenta de la asociación de cubanos en Uruguay, dijo a Búsqueda que alrededor de 700 compatriotas están instalados desde hace años. El grupo más antiguo se formó desde fines de la década de 1980 por diferentes motivos, sobre todo porque algunos eran parejas de exiliados políticos en Cuba.
Tampoco a ellos el país los recibió con los brazos abiertos. “Pasé cinco días durmiendo en la calle con mis hijos”, contó Alemán.
Una experiencia también dura para insertarse en Uruguay contó René Fuentes. En sus libros “El mar escrito” y “La ida por la vuelta” este poeta y dramaturgo cubano nacido en 1969 relató la experiencia de vivir en un país lejano llamado Uruguay en el que a cada rato le tomaban el pelo diciéndole: “Oye, chico”.
Otra cubana veterana en Montevideo es Margarita Hernández. Es orgullosa oriunda de Santiago de Cuba, pero dejó la isla para instalarse en la Ciudad Vieja junto a su compañero uruguayo.
Mientras Olga cocina y distribuye pizzas, Margarita es el motor de Chekere de Cuba, una cooperativa gastronómica instalada en el Mercado Agrícola de Montevideo (MAM) que ofrece comida y tragos cubanos y donde trabajan varios compatriotas.
Uno de ellos es Albertico, un nativo de La Habana Vieja que dejó el primer año de la universidad para trabajar en un bar. Llegó a Uruguay con la fuerza de sus 26 años y su mujer. Cuenta que ya tiene un apartamento alquilado en el barrio Goes y que incluso le manda algún dinero de regalo a su madre, aunque ella no lo necesita. Mientras responde las preguntas no deja de envolver cubiertos con servilletas, atender la demanda de algún cliente o de pasar el trapo al mostrador del bar.
Alexei, otro cubano, tiene 42 años y antes de emigrar tenía una confitería en Ciego de Ávila, pero se fundió. “El frío me lo comí con papita”, dice de su primera experiencia montevideana.
Como los trámites para ingresar y conseguir la residencia en Uruguay están muy retrasados, unos 600 se han acogido al estatus de refugiado pensando que así recibirán antes la visa y podrán comenzar una nueva vida aquí o tal vez reemigrando al norte.
El aumento de la salida de cubanos de su país se debe a varias causas: algunos sostienen que la situación empeoró luego de la muerte del presidente venezolano Hugo Chávez, porque su país ya no está en condiciones de realizar un intercambio económico con Cuba.
Además, hasta ahora los cubanos tienen un tratamiento especial al pisar suelo estadounidense, pero existe el temor fundado de que con la normalización de las relaciones diplomáticas entre ambos países y la llegada de un nuevo gobierno las cosas cambien y el ingreso sea aún más difícil.
La característica de los cubanos es que tienen un nivel educativo más alto que el resto de los inmigrantes. Salvo algunos de los venezolanos y colombianos, el resto de los latinoamericanos llegan sin formación y deben conformarse con trabajar en empresas de seguridad, limpieza o gastronomía.
El abogado venezolano especializado en Derechos Humanos Diego Cabrita ha tenido mejor suerte que otros. Hace unos meses llegó de Caracas. Había estudiado Derecho en Mérida y luego de trabajar cinco años en la capital de su país decidió emigrar. Al ver que hacer la reválida del título le llevaría dos años, se decidió por cursar un posgrado en Relaciones Internacionales. Poco después consiguió trabajo en el Parlasur. Ahora está a cargo de una de las comisiones y vive en un apartamento en el Parque Rodó. No por eso se ha olvidado del trabajo que cuesta insertarse en un nuevo país. A menudo ofrece ayuda, que incluye una cama en el living de su casa, para los que recién llegan.

Vanguardia en papeles y discriminación. 

Una ponencia presentada el mes pasado por el Ministerio de Desarrollo Social (Mides) y la Facultad de Ciencias Sociales de Udelar en el encuentro Entretierras 2016 reconoció que Uruguay tiene una legislación “de vanguardia en comparación con los demás países de la región”, pero que aún faltan políticas específicas y “existe un accionar fragmentado del Estado en materia de políticas de migración”.
El Mides se presenta como “institución rectora de las políticas sociales”. Sin embargo, la Ley 18.250 de migración promulgada en 2008 tuvo que ser modificada para incluir a este Ministerio en la Junta Nacional de Migración prevista en el texto y en la que participan desde el principio Relaciones Exteriores, Trabajo e Interior.
En 1999 Uruguay ratificó la Convención Internacional sobre la Protección de los Derechos de Todos los Trabajadores Migratorios y de sus Familiares.
La investigación presentada en Entretierras reveló que todos los entrevistados (dominicanos y peruanos) habían tenido al menos un trabajo informal.
Un ejemplo de que las políticas van muy por detrás de las leyes es el caso de los migrantes de países del Mercosur. Estas personas tienen preferencia para obtener la residencia pero en realidad son los que más sufren; Relaciones Exteriores no otorga turnos para comenzar el trámite para todo el año 2017.
Además de las trabas que pone el Estado, la encuesta presentada al encuentro Entretierras reveló también que los entrevistados mencionaron la existencia de “un alto grado de estigmatización asociado a las diferencias culturales” y la existencia de “situaciones de discriminación” sin diferencia de género, principalmente en “trabajo, pensiones y vía pública”.





OLA MIGRATORIA
Un pueblo desbordado de cubanos

En nueve meses llegaron 220 isleños a Santa Rosa, una localidad de 3.700 habitantes.

TOMER URWICZ
domingo, 07 enero 2018

¿Qué se necesita para que 220 ciudadanos cubanos vayan a dar a un pueblo uruguayo de 3.700 habitantes en menos de lo que dura un embarazo? En el caso de Santa Rosa, en el departamento de Canelones, bastó con que un cubano que había estado viviendo ahí corriera la voz de que había trabajo y que los alquileres eran baratos para que desde junio fueran llegando pequeñas oleadas de isleños a este poblado canario. Algo así como si Montevideo recibiera en pocos meses a 82.000 cubanos. La mayoría son de Ciego de Ávila, una ciudad del centro de Cuba, en la que el rumor de un compatriota afincado en Santa Rosa despertó la curiosidad de cientos.
No vaya a pensar que están hacinados o en pésimas condiciones. La mayoría alquila unas respetables casitas de dos o tres dormitorios para que habiten cuatro o cinco personas. Eso sí: cuando llegaron los primeros isleños estas viviendas estaban a $ 8.000 por mes, y ahora subieron a $ 11.000. Le dicen ley de oferta y demanda.

Aun así, Santa Rosa sigue haciendo la diferencia, asegura Arnaldo Cuestas (35), un cubano que lleva tres meses en el santoral. Ni bien llegó a Montevideo durmió unas noches en una pensión, en habitaciones compartidas con desconocidos y casi sin poder bañarse, a un precio de $ 138 por día. Ahora, a seis cuadras de la plaza central del poblado canario, puede alojarse él, toda su familia y una pareja de amigos. Cómodos, bajo la sombra de una parra, con un ron en la mesada y un dulce de leche en la heladera.
Pero hay otro detalle de Santa Rosa que conquistó a Arnaldo. Cuando se bajó de la "guagua" (el ómnibus), ni bien había pisado por primera vez el poblado, se había dejado olvidadas sus mochilas. Al ver su cara de pánico, la dueña de un quiosco llamó a la agencia de transporte y le recuperó las pertenencias. "Eso en Cuba no pasa y creo que en Montevideo tampoco", dice este hombre nacido en Ciego de Ávila.
¿Cómo se enteró de Santa Ro-sa? "Pol una amistá", cuenta con un acento más marcado que el de los habaneros. Los cubanos le dicen "amistá" a los conocidos. Ese mismo allegado fue quien le consiguió las primeras "changas" y como él está dispuesto a trabajar "de lo que venga" y las horas que fueran necesarias, no tardó mucho en transformarse en albañil.
Los más afortunados trabajan unas semanas en la avícola del lugar ("El Poyote") o en el campo, y luego revalidan sus títulos para ejercer la profesión. De hecho un médico que se empleó como cajero en el principal supermercado de Santa Rosa ahora viste de túnica blanca en Las Piedras.
"A los cubanos les pagamos lo mismo que a los uruguayos; la diferencia es que ellos (los isleños) no se quejan si tienen que hacer horas extras o si tienen que trabajar un primero de enero", dice Graciela Repetto, la encargada del supermercado más grande de la zona. "Son confiables, agradecidos y tienen experiencia", afirma esta comerciante que cuenta con un carpetón repleto de currículum de los recién llegados.
Aniliuvis Rondón (42) es una de las agradecidas. En Cuba era cajera por US$ 10 al mes y en Uruguay también lo es, pero por más de US$ 600. Y aunque su esposo (ingeniero mecánico) trabaja de albañil, los ingresos le alcanzan para algunos gustos.

La Miami del sur.

Uruguay es uno de los países menos violentos del continente y el acceso a la documentación es "sencillo". Esos dos conceptos han circulado en la isla caribeña y dieron como resultado la llegada de 6.350 cubanos en dos años.
Pero no todo es color de rosa. La travesía desde Cuba hasta Uruguay dura, en el mejor de los casos, cinco días; demanda más de US$ 2.000 por persona; implica el ingreso ilegal al país y la solicitud del refugio (sin estar bajo una persecución); y depender de un grupo de coyotes brasileños (ver recuadro). El resultado: la entrada de isleños por Rivera superó, en 2017, a los ingresos por el aeropuerto de Carrasco (1.761 contra 1.734, según la Dirección Nacional de Migración).
Esta peripecia tiene nombre: "visa", dice Jorge Marrero, uno de los cuatro voluntarios del pueblo que reunió la Alcaldía para ayudar a los nuevos pobladores de Santa Rosa. "Si no se les pusiera ese filtro, los cubanos ingresarían con los papeles en regla, gastando menos y sin tener que dejar parte de la familia en su país", explicó.
Jacinto Torres, quien llegó al pueblo hace 13 días, lo sabe. Su hijo y su esposa están aún en la isla y su única opción para traerlos es sacar la residencia uruguaya y solicitar (como lo ampara la ley) la reunificación familiar.
La alcaldesa de Santa Rosa, Margot De León le solicitó a la Junta de Migración que facilite la regulación de los cubanos y que los inmigrantes no tuviesen que tener una carta de invitación, salir de frontera y otros "disparates" para radicarse, dice Marrero.
A Santa Rosa no le viene siendo sencillo el crecimiento del 6% de su población. Tanto la Policía como los principales servicios tuvieron que repasar los derechos de los migrantes y se está buscando aumentar la coordinación.
Los cubanos, por su parte, facilitan la tarea. Unos van consiguiendo casas para otros y los más emprendedores construyeron su propio quiosquito: "El Cubano Libre". En Santa Rosa, a 6.978 kilómetros de la isla.

Crónica de un poblado con acento caribeño

Primer jueves del 2018 a 53 kilómetros de Montevideo. Un accidente en la entrada de Santa Rosa amenaza con despertar al pueblo a la hora de la siesta. Pero el calor de enero le gana a la curiosidad y los lugareños prefieren continuar con el descanso. Solo los que trabajan y los que están acostumbrados a los rayos del sol son capaces de estar en la calle a las tres de la tarde. Y los cubanos sacan ventaja. Por la puerta de la comisaría pasan siete cubanos con bolsas del súper. El acento y sus gorras llamativas los delatan. Se vienen los Reyes y Arnaldo Cuestas está pensando en comprar un dominó, su viejo pasatiempo. Por el resto, no se queja y dice: "de acá no me voy ni loco".

Son tan ilustrados como valientes

Cuatro de cada diez cubanos que recibieron la residencia uruguaya, en los últimos dos años, son profesionales. Su buena formación es una de las cosas que más ha sorprendido a los empleadores. Pero lo que más ha causado desconcierto es la peripecia por la que pasaron estos inmigrantes antes de llegar a Uruguay. Guyana no les exige visa a los cubanos. La mayoría toma un avión hasta ese país, donde los esperan los traficantes. Por cada tramo que avanzan, les van quitando dinero: primero para cruzar a Brasil y luego para llegar hasta Porto Alegre. Desde ahí vienen a la frontera con Uruguay en ómnibus o en taxi (US$ 300). En Rivera o en el Chuy piden el refugio o entran ilegales, para luego, con la ayuda de las autoridades, regularizar su situación.

Una luz entre tanta oscuridad

Bienvenidos los cubanos”, dice Carmen Delgado, propietaria de una de las inmobiliarias de Santa Rosa. Gracias a la llegada de inmigrantes pudo “colocar” todas las casas que tenía para alquilar, cuando antes “todo estaba parado, en crisis”. Para esta comerciante, los cubanos han sido “la salvación”. Dice que pagan en fecha, cuidan las viviendas y son “muy amables”. Por eso no entiende por qué algunos lugareños se quejan de que “los extranjeros les vienen a robar el trabajo... no es así”.






SOBREVIVIR SIN UNA GARANTÍA 

Una recorrida por lo peor de las pensiones 


 La IMM tiene habilitadas 254 pensiones, pero sabe que hay muchas más clandestinas. Sabe, también, que el negocio crece a costa de los migrantes que llegan desde Centroamérica y no acceden a una garantía de alquiler. Lo que sigue es el relato desde dentro, viviendo donde y como ellos.

CARLOS TAPIA
domingo, 07 enero 2018

Por la puerta entreabierta se ven los pies sucios y enormes sobre la cama. Doy dos golpes tímidos en la madera y veo cómo se levanta, lento, torpe, despreocupado. Cuando abre finge una sonrisa y me mira sin decir palabra. Luce el gordo torso al descubierto, me saca más de una cabeza y tiene los ojos enormes. "¿Hay lugar?", le pregunto. "Me queda la última", contesta, y señala con el índice de su mano derecha una escalera. Es un alivio. Esta es la tercera pensión que visito, las otras dos estaban llenas.
El negocio está en pleno auge. La prosecretaria interina de la Intendencia de Montevideo, Patricia González, dice que "cada vez son más" y que esto es por "la gran cantidad de inmigrantes" que llegaron al país en los últimos años. Asegura que son utilizadas más que nada "por quienes no pueden conseguir garantías de alquiler". El Ministerio de Vivienda tiene registradas 134 en la capital —y solo dos en el interior, en el departamento de Paysandú—, según informan desde el departamento de comunicación. La intendencia, en tanto, contabiliza 254. La diferencia responde a que algunas sacan la habilitación municipal pero luego no continúan el trámite ante la cartera.
Además, la intendencia tiene registradas 115 casas de inquilinato. Mientras las pensiones tienen más de 10 habitaciones y se rigen por el derecho comercial, estas otras pueden ofrecer solo dos o más y funcionan en la órbita el derecho civil. Y a esto hay que sumarles todas las que funcionan de forma ilegal.
En la fachada de la que tiene lugar hay un cartel de madera que dice "Pensión. Hay wifi", pintado a mano con tinta negra y despareja letra imprenta. Esto me hace pensar que fue debidamente registrada en el Ministerio de Vivienda o que cuenta con la habilitación de la comuna, pero no estoy seguro.
La normativa marca que "en las pensiones será obligatoria la exhibición en un lugar visible al público" que incluya: constancia de inscripción en el registro de la cartera, indicación del número máximo de huéspedes permitidos por habitación, reglamento interno y el contenido de esta ley, que es la N° 18.283 y fue reglamentada en 2008. No veo nada de eso. En tanto, para contar con el aval de la intendencia, se supone que las pensiones deben tener habilitación de Bomberos —puedo ver un extintor colgado en la pared; me acerco y noto que está vencido desde hace más de un año. Además, se les insta a tener "buenas condiciones de higiene", explica González, de la intendencia. Pero aquí la limpieza no existe.
La pensión está en Cordón Norte y hay 30 piezas: porque el gordo de torso al descubierto no habla de habitaciones, ni cuartos, ni dormitorios; habla de piezas. A la vuelta hay otra, sin cartel ni nada que la identifique como tal, que tiene 40 lugares y ya me dijeron que están todos ocupados.


Sin garrafa.

Mientras bajamos los desparejos escalones arreglamos las condiciones del contrato: $ 400 por día, se paga por adelantado, las puertas se cierran a las 22 horas —pero si toco timbre puedo entrar a cualquier hora—, el baño es compartido, los cuartos no tienen sábanas y no hay cocina común —"pero te podés traer una garrafa". Le confirmo que me voy a quedar y me dice que le dé unos minutos para "arreglar la pieza". Le pido si me puede calentar un poco de agua para el mate, contesta que "sí" pero me mira con cara de que será solo por esta vez, e insiste: "Te podés traer una garrafa". Le pago y le doy el termo.
La distribución es la de un viejo conventillo. En la planta baja hay varias habitaciones que forman una "U" alrededor de una escalera. El subsuelo es igual, pero en el medio hay un patio interno, que da a otro que es externo y que es donde se puede colgar la ropa.
Arriba hay una cocina y una mesa con sillas que no pueden ser usadas por los huéspedes, también hay una mesa ratona con dos relojes parados en horas distintas, algunas macetas con plantas de plástico, otras macetas con plantas de verdad ya marchitas y la habitación en la que vive el gordo encargado.
Abajo están los baños. Son tres, uno pegado al otro. Tienen el piso mojado de orín y en uno no anda la cisterna pero esto no es un impedimento para que lo usen. Son como baños de cancha de fútbol en el minuto 45 del segundo tiempo.
Tanto arriba como abajo hay arbolitos de Navidad con chirimbolos descoloridos y guirnaldas sin mucho fleco. El de arriba tiene un pesebre. Es raro, le falta el niñito Jesús.

Cuba libre.

Estoy en la pieza 25. Mis vecinos más cercanos van a ser cubanos: hay dos veinteañeros en la habitación de enfrente y un matrimonio en la puerta de la derecha. Llegaron ayer. El que parece ser el menor de todos se presenta, me dice que se llama Cienfuegos, es hijo o más bien nieto de la revolución y lleva como carta de presentación el nombre de uno de los barbudos que bajaron la Sierra Maestra. Su camino fue distinto: de La Habana a San Pablo en avión, de allí a Montevideo en ómnibus, y desde Tres Cruces vino a pie arrastrando una pequeña maleta verde oscuro con la mejor ropa que tiene. Ahora está recién bañado y viste una remera marrón, un pantalón negro y unas ojotas azules con tiras blancas; todo le queda chico, hasta el calzado lo luce dejando medio talón afuera.
"Difícil es Cuba, difícil es el comunismo, difícil es allá; acá ya le vamos a encontrar la vuelta", me dice confiado. Estamos en la vereda y lo interrumpe un trío de dominicanos que está parando en la pensión de la vuelta. Le preguntan cuánto está pagando. Le cobran lo mismo que a mí, aunque por semana le hacen un descuento: son $ 2.400, o sea que le regalan una noche. Le dicen que hace mal: "Tenés que cuidar la plata. No es fácil conseguir trabajo. Acá a la vuelta te alquilan una cama por menos". No le dicen por cuánto, pero sostienen que es por menos, y da la sensación de que pueden conseguir algún tipo de ganancia por su mudanza. Quedan en verse más tarde. A mí me miran, no me saludan y no me invitan a la otra pensión.
Después de media hora en la entrada vuelvo a tocar la puerta del cuarto del encargado. "La habitación ya está pronta, me olvidé de avisarte", me dice sin tono de disculpas. "¿Hay una llave?", le pregunto y me contesta que no, que para tener llave hay que quedarse al menos tres días, que si salgo la puerta tiene que quedar abierta. Igual, dice: "Podés dejar lo que quieras que no pasa nada, nadie toca lo que no es suyo". Desconfío pero no importa, es solo una noche, y todo lo que tengo entra en mi mochila.
"Hasta tele tenés…", dice para ilusionarme. Luego hace una pausa de comedia y me aclara "…pero es muy posible que no funcione". Le insisto con el agua caliente, asiente con la cabeza y se va. Al entrar a la habitación una nube de polvo me toma por completo. Me da un ataque de tos y siento una picazón fuerte en los brazos. Todo está sucio.
No son más de 1,5 por 2,5 metros. No hay ventanas. La madera de la cama está podrida, comida por termitas o vaya a saber qué. A la parrilla le faltan dos listones, uno pegado al otro, a la altura del centro de la espalda. Sobre ella hay dos colchones de polifón: el de abajo carece de forro y tiene una delgadez extrema; el de arriba, un poco menos flaco, es más grande que la cama, tiene varias partes rotas y aunque al parecer alguna vez fue blanco, está gris oscuro de tanta mugre.
Hay dos mesas y tres sillas viejas atrabancándolo todo. Sobre una de las mesas está la famosa tele, una Panavox de tubo de 20 pulgadas que seguro tiene más de un cuarto de siglo. La enchufo y lo confirmo: no funciona. A falta de roperos hay dos bibliotecas de pino pintadas de celeste, que están amuradas a la pared. Los estantes están todos desparejos; en la parte superior de una de ellas hay un cuadro con una lámina de La paloma de la paz, de Pablo Picasso. En el piso hay plumas de gallina que no logro adivinar de dónde proceden.
La intendencia clausuró el año pasado 13 pensiones y 6 casas de inquilinato, la mayoría por problemas de higiene —otras por dificultades edilicias, porque los dueños se quedan con las cosas de los huéspedes cuando estos no pueden pagar, o por vecinos que se quejan por ruidos molestos—. Pero González sostiene que "esta es la última opción", que "siempre lo que se trata es de que la situación se solucione, porque si no perdés el control", debido al problema de que son muchas las que subsisten dentro de la ilegalidad. Del total de las denuncias que se hicieron el año pasado al Ministerio de Vivienda, en tanto, el 80% correspondieron a pensiones clandestinas. Cuenta la jerarca municipal que muchas son realizadas por organizaciones de derechos humanos, que representan a los inmigrantes.
El gordo encargado golpea la puerta que dejé entreabierta. "Te traje el agua", dice y me la da junto a un papelito con la clave del wifi. La pruebo, anda y la conexión es buena. Los cubanos, agradecidos, no paran de hablar por WhatsApp, todos al mismo tiempo, con sus respectivos parientes.
"Acá nos dicen que hasta el 15 no hay nada, ahí es cuando se empieza a mover, mami". "¿Frío? No, no hace frío. Corre un airecito sabroso". "Mañana nos vamos a encontrar con un hombre de un mercado —es en realidad un supermercado, uno de esos pequeños que invadieron todos los barrios— a ver si nos pueden dar trabajo; hay muchos ya trabajando ahí". "Los papeles van a demorar como tres meses, pero dicen que se consiguen". "Me caminé todo Uruguay buscando, hay un parque con una construcción, me dijeron que ahí pueden dar trabajo, pero tengo que ir en dos semanas". "Dale, hermano, después hablamos, mañana te cuento cómo viene esto".

Sin excepciones.

Un rato más tarde voy y me registro en otra pensión a unas cuadras de allí, en la Aguada: mucho más grande, más linda, al parecer más limpia y con un cartel en la puerta que no está pintado a mano, fue mandarlo a hacer. Pero, se sabe, no todo lo que brilla es oro. Me dicen que me cobran $ 400 por un cuarto con baño compartido —igual que en la otra— y $ 600 por cuarto con baño. Sé que me está estafando: hace un rato se registró un compañero fotógrafo y le cobró $ 500 por esta última. No hay reclamo posible, no hay una reglamentación que regule los precios. Elijo la de $ 400.
Al igual que en la otra pensión, el encargado, de origen dominicano, no me pide ningún documento, no me pregunta ni mi nombre, solo me hace dibujar una rúbrica en un papel. Invento una firma. Ni la mira. Por supuesto que tampoco me da un recibo. Sobre el mostrador hay unos papeles de cuaderno recortados, escritos con lapicera, que dicen que el que no se pone al día el 31 de cada mes será desalojado. "No hay excepciones", aclara.
Al lado de la recepción hay una habitación llenas de cuchetas. En una de las camas, un hombre que aparenta unos 70 años duerme y ronca fuerte. La intendencia no permite habitaciones con varias camas: "El alquiler tiene que ser por cuarto, y en cada cuarto debe haber un núcleo familiar", explica González, que además sostiene que pese a la normativa "hay muchos que lo hacen", y asegura que cuando esto pasa la comuna los multa y los insta a remediar la situación.
Cuando el dominicano se dispone a llevarme a la habitación entra un hombre: delgado, de piel tostada, con el pelo tan desparejo que parece cortado a cuchillo. Carga un balde con varios trapos de piso y un lampazo viejo y sucio para limpiar vidrios. "Usted no puede estar más acá. Se me va", le dice el dominicano firme pero con buen tono, y le da una bolsa con las únicas pertenencias que le quedaban en la pensión. También le devuelve $ 300 que había pagado por la noche —a él, como al fotógrafo, le cobraban menos que a mí. "¿Y ahora qué voy a hacer?", pregunta el hombre, y el otro abre los brazos y hace un gesto ancho como diciendo que ese no es problema de él.
Cuando me lleva a la habitación —para la que hay que salir de la vivienda, entrar a otra casa que está a tres metros en la misma cuadra y subir dos largas escaleras— le pregunto por qué lo echó. El dominicano contesta con voz seca: "Ese hombre está buscado por la Justicia, ese hombre es un violador". "¿Violó a alguien acá?", lo cuestiono. "No, acá no, pero si es violador no puede estar acá, que vaya para otro lado".
En el pasillo veo niños jugando. Dos nenas y un nene que al parecer se cayó y se dio un golpazo, tiene los dos brazos todos raspados y los dos ojos morados —quiero pensar que se cayó y que se dio un golpazo. Cuando ven al dominicano se encierran todos en sus cuartos. Hay un cartel colgado en la pared que dice: "Los niños no pueden estar en los pasillos".
Suena una cumbia. Es Karibe con K a todo volumen. Yesty Prieto canta "desnúdate ahora y apaga la luz un instannn-te". Uso una aplicación para reconocer canciones, que me hace acordar que el tema se llama "La cita". Una señora que canta con Prieto me dice, mientras lava ropa en un piletón, que hace más de dos meses que está ahí, que su marido —que es a veces obrero de la construcción, otras veces hace mudanzas, y otras veces es sereno— se quedó sin trabajo, y que como no tienen garantía de alquiler no pueden hacer otra cosa. "Es esto o la calle", se resigna.
Otro, dominicano, me cuenta que "hace cinco años" que para acá. Que para él está bien. Que no necesita nada más. Que ya consiguió los papeles pero da lo mismo, no gana tanto como para tener una garantía de alquiler: trabaja en un supermercado, tiene 28 años.
Otro hombre, joven, de 21 años, me dice que está probando suerte, que viene de Rivera, que es carpintero, que si conozco a alguien que le pueda dar empleo. A los tres les cobran $ 8.400 por mes la pieza. Los cuartos son tan chicos como en la otra pensión. La señora comparte ese espacio con su esposo y su hija de tres años. "Y sí, estamos un poco apretados".
Entro a la habitación. Está aparentemente limpia. Hay un televisor, también Panavox, también de tubo, pero de 14 pulgadas. Tiene un enchufe con patitas planas y en la pared solo hay para los que son redondos —más tarde pediré un trifásico y me dirán que no hay, que si quiero uno que lo compre. No hay un ropero, solo un fierro colgado de la pared, como para poner perchas.
Es casi la una, de lejos se siente algún llanto de bebé, un poco más lejos el bochinche de un reguetón. Hay olor a frito y porro, emanan no de una, sino de varias habitaciones. La cama tiene sábanas, una manta y hasta una almohada. Parecen limpias. El colchón es digno, un poco duro, pero nada insoportable. El piso es de madera. Cuando pienso que el lugar no está tan mal veo una cucaracha, luego veo dos, luego tres. Son chiquitas y aunque muevo mis pies cerca de ellas no se asustan. Están en su casa.

Todo lo que las pensiones deben tener, pero no

La normativa municipal establece que las pensiones deben tener "habitaciones, baños, área destinada a tender ropa, cocinas, comedor...". De las que visitó El País —que eligió una de las que aparentaba ser peor, en virtud de su fachada, y otra de las que aparentaba ser mejor—, la primera tenía área para tender ropa y la otra no; ambas tenían cocina pero no podían ser usadas por los huéspedes. También se señala que las habitaciones "deberán tener una superficie mínima de siete metros cuadrados para las simples y 10 metros cuadrados para las dobles". La superficie de los cuartos era menor. "Dispondrán de un baño principal común cada seis habitaciones", continúa la norma. En cada una de las pensiones había tres baños y 25 habitaciones, o sea, una cada 8,3.

La ley marca sanciones pero evitan cierres

"Aunque no tenemos las cifras cerradas sabemos que hay un aumento, tanto en la cantidad de pensiones como en la de denuncias que se hacen", señala la prosecretaria interina de la Intendencia, Patricia González. La mayoría son por problemas edilicios o de higiene. En teoría, las denuncias deben hacerse ante el Ministerio de Vivienda, que es el que las deriva a la intendencia —en teoría, porque el cuerpo inspectivo de la municipalidad también recibe denuncias de forma directa, y cuando lo hace va a inspeccionar, sostiene González. Según los datos del ministerio, el 80% de las denuncias que se hicieron el año pasado fueron por pensiones que en realidad no estaban habilitadas —ni la cartera ni la intendencia cuentan con cifras sobre la cantidad de reclamos exactos que se presentaron. Muchas son realizadas por organizaciones de inmigrantes. Indocumentados también pueden hacer denuncias, ya que estas son anónimas y no se precisa cédula.




TRATA DE PERSONAS

Desbaratan red de tráfico de cubanos hacia Uruguay

Las prometían residencia, documentos y visa para EE.UU.


La organización cobraba entre 5 y 8 mil dólares por los servicios prestados.

Un ciudadano cubano de 75 años de edad, residente en Uruguay, fue ayer procesado con prisión por "tráfico de personas en reiteración real" y estafa. Debido a que el hombre se encuentra internado en un hospital, cumplirá prisión domiciliaria al ser dado de alta.
También fue procesado pero sin prisión, por el delito de coautoría, un ciudadano uruguayo de 50 años de edad. Ambos se dedicaban a facilitar la llegada de cubanos a Montevideo con la promesa de conseguirles residencia y documentación uruguaya y visa para viajar a Estados Unidos.
Por los servicios prestados les cobraban entre US$ 5.000 y US$ 8.000. Hasta ahora hay 11 testigos de nacionalidad cubana, mayores de edad, que se encontraban en Uruguay a la espera del otorgamiento de los documentos oficiales.
El área de inteligencia del Departamento de Delitos Especiales de la Dirección General de Lucha contra el Crimen Organizado e Interpol, inició la exitosa Operación Antillas-Tráfico de Personas bajo la órbita del Juzgado Letrado Penal Especializado en Crimen Organizado de 2° Turno (a cargo de María Helena Mainard) y la Fiscalía Especializada en Crimen Organizado de 2° Turno (a cargo de Luis Pacheco).
Esa investigación permitió además la identificación de otras personas que integraban la organización, como un representante de una agencia de viajes que colaboraba en la emisión de las reservas de los pasajes, y un contador que justificaba mediante certificados de contenido falso que los cubanos trabajaban desde hace tiempo para una empresa unipersonal del líder de la organización, acreditando sueldos que en realidad no existían, lo cual permitiría la obtención de los documentos oficiales de identidad y de viaje.
Fueron también indagados funcionarios de la Dirección Nacional de Identificación Civil y la Dirección Nacional de Migración, que quedaron en libertad luego de las actuaciones de la Justicia.

El tráfico y la trata.

En la jornada del miércoles 23 fue que se realizaron 3 allanamientos en Montevideo, donde se incautó documentación variada y equipamiento informático, y quedaron detenidas 7 personas, que fueron puestas a disposición de la Justicia. En la tarde de ayer, el Fiscal Especializado en Crimen Organizado, Luis Pacheco, solicitó el procesamiento de los dos hombres por tráfico de personas, tal como después lo sentenció la juez María Helena Mainard.
El tráfico y la trata de personas son delitos casi invisibilizados, que generan fortunas, más de US$ 150.000 millones anuales, compitiendo en volumen con el narcotráfico. En los últimos tiempos, la nacionalidad cubana ha hecho cambiar la lógica de la recepción de refugiados. Los más de 300 isleños que solicitaron el cobijo uruguayo el año pasado hicieron que la cantidad de solicitantes saltara de 85, en 2015, a 409 en 2016, según datos de la CORE.











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