sábado, 10 de febrero de 2018

La decadencia del progresismo



no es electoral sino ideológica”
 
Con el politólogo Gabriel Delacoste.

9 febrero, 2018


El politólogo está convencido de que existe una importante base militante en el movimiento sindical y estudiantil, y en el propio partido de gobierno, con “un descontento y un desconcierto muy grandes” y que “tarde o temprano” va a generar una expresión política. Así como sucedió recientemente en Chile y en países europeos, “es ingenuo pensar que esa gente no está hablando, no está haciendo política y no está pensando a futuro”. Pero ¿qué transformaciones son necesarias en un viraje a la izquierda? ¿De qué izquierda estamos hablando? Y otras preguntas emparentadas: ¿puede llegar el Frente Amplio a recomponer el entusiasmo militante? ¿Y sobre qué bases?




En Entre, el libro de ensayos publicado en diciembre, parten de la existencia de un “punto de inflexión” para hablar “de lo que empieza y de lo que termina”. ¿Qué empieza y qué termina?
—Una respuesta corta es que no sabemos, y por eso, para publicar el libro, hicimos un llamado a que se nos respondieran esas preguntas. Personalmente, y en Entre como colectivo (véase Señas), las hemos trabajado mucho. Es más fácil empezar por lo que termina. Si uno mira muchos lugares del mundo –Brasil, Chile, Estados Unidos, Europa–, hay una decadencia muy acelerada de las centroizquierdas que son formaciones políticas pos neoliberales, más de centro que de izquierda, que no paran de perder, de hacer concesiones, de desprestigiarse: el laborismo británico de Tony Blair, el partido democrático en Italia, el Spd en Alemania, el socialismo francés, el PT brasileño, la ex Concertación chilena. En Uruguay, el Frente Amplio (FA) no es ajeno a esa tendencia, no es casualidad que esté teniendo serios problemas como sus primos políticos. Sobre lo que empieza sí que no lo sé. El neoliberalismo está en un momento de esplendor en su capacidad de organizar no sólo la política, sino la vida cotidiana, y hay un resurgimiento muy rápido y espeluznante de la ultraderecha; América Latina no es ajena. Pero, también, ante los espacios que dejan las centroizquierdas aparecen izquierdas nuevas, en los sistemas políticos y en otros espacios. En España, las opciones nuevas de izquierdas aparecieron primero en el 15M, en todo el movimiento de los indignados, y después en Podemos, un partido que nace por fuera de la socialdemocracia. En Reino Unido, se dio dentro del propio Partido Laborista. Están el FA en Chile, el Psol en Brasil. Estamos en un momento interesante, abierto a la creatividad, en el que están apareciendo cosas que no sabemos adónde van a ir. Se están creando las cosas que quizás en algún tiempo logren disputar al neoliberalismo lo que la izquierda no pudo.
¿En Uruguay hay escenarios posibles de afianzamiento de alternativas al progresismo?
—Hay una parte de la izquierda que ya creó una alternativa, puede ser pequeña, pero no hay que olvidarla (Unidad Popular). Pero esta es, justamente, la disyuntiva en la que están muchísimos. No estoy hablando de gente especialmente radical, sino de militantes del movimiento sindical, del estudiantil, del propio FA en las bases y en los sectores. No han aparecido corrientes, ni liderazgos, ni movimientos, ni dentro ni fuera del FA con suficiente fuerza. Hubo intentos, pero ninguno ha logrado irrumpir y generar adhesión en ese espacio de duda por izquierda. Pero la política es muy incierta: nunca sabés si alguien puede hacer una chispa y crear algo nuevo, grande, bueno. Segundo, en algún momento hay que empezar. Las construcciones políticas son largas. Quizás lo primero no es fundar un partido político. Hay un montón de cosas para hacer en diferentes espacios de lo social, lo cultural, lo político no partidario, de lo político partidario no electoral que yo veo moviéndose. A veces, desde el sistema político, se hace de cuenta que esas cosas no importan o no suceden.
—¿A qué te referís concre-
­­tamente?

—Si uno habla en la chiquita con militantes estudiantiles, sindicales o frenteamplistas, hay un descontento y un desconcierto muy grandes. Es ingenuo pensar que esa gente no está hablando, no está haciendo política y no está pensando a futuro. Y yo a eso le juego algunas fichas. Son muchas cosas que se están organizando por lo bajo y que pueden hacer algo mucho más grande de lo que se percibe de afuera. Hay ambientes intelectuales que se están preguntando muchas cosas: Zur, Hemisferio izquierdo, Prohibido pensar, algunos espacios en la Universidad. Por supuesto, hay una izquierda frenteamplista, está todo lo que está pasando con el feminismo. No veo todo eso como un bloque, no lo es, pero me parece que están pasando cosas y que mucha gente no le está pidiendo permiso al FA para hacer política y organizarse de una manera que hace tres o cuatro años no sucedía.
—¿Visualizás que una escisión por izquierda en Uruguay podría tener en el futuro una adhesión como la lograda por el Frente Amplio de Chile?
—He navegado la estructura del FA uruguayo mínimamente (véase recuadro), pero he visto muy de cerca un montón de microdinámicas políticas vinculadas a la búsqueda del consenso, quién dijo qué de qué, en qué ámbito se deciden las cosas –mesa o plenario– y otro montón de cosas que no se pueden decir porque si las decís, tal se ofende. Parecen pequeñeces, pero tienen efectos macropolíticos no menores y son un gran freno a la audacia de la izquierda. La militancia es buenísima, pero esos mecanismos la frenan. No sé si va a haber necesariamente un quiebre del FA, lo que está pasando es algo más profundo. En las encuestas –no es que crea en ellas, pero hay que mirarlas–, veo un FA en un 30 por ciento, cerca del Partido Nacional (PN), algo inédito desde finales de los noventa. Eso te dice que hay una gran masa frenteamplista no marginal que llegó al punto de decir que no lo va a votar –no es menor históricamente–, y cuesta pensar que en algún momento no tenga algún tipo de expresión en lo cultural o en lo político.
—¿De qué dependería, entonces, la concreción de un nuevo espacio de izquierda?
—Quizás para estas elecciones es un poco tarde, pero en el largo plazo es muy difícil que no suceda. ¿Qué sería una escisión por izquierda del FA sin el Partido Comunista, sin una parte del Partido Socialista, una parte del Mpp, el Pvp?
—Otra manera de preguntarlo es hasta qué punto esos sectores estarían dispuestos a continuar la batalla fuera del FA.
—Mientras el FA gobierne, hay un muy buen argumento a favor de decir que hay mucho que pelear en la interna, y es verdad. Si bien no todos están de acuerdo con la gente que lo está haciendo, puedo entender por qué lo hace, sin dudar de sus credenciales izquierdistas. También las bases, la militancia han subestimado su propia potencia, que es enorme, y se ha subordinado excesivamente a lógicas sectoriales y gubernamentales. Yo vi a la bases derrotar unificadamente a la dirigencia del FA en un congreso en el Palacio Peñarol y no subestimaría la posibilidad de que eso vuelva a ocurrir. En los sectores hay mucha gente muy desconforme, en Casa Grande, en casi todo el FA. El tema es cuántas veces tienen para disputar la interna como Constanza en 2014 —ahora está (Óscar) Andrade, quien quizás sería un buen candidato— o qué tanto tiran la toalla y dicen “esto siempre va a ser propiedad de los tecnócratas, está perdido definitivamente, qué hacemos en su lugar”. Estas discusiones se están dando y por ahora la mayoría de la militancia frenteamplista está decidiendo disputar la interna. Pero ¿si hay una derrota electoral, una esencialidad, un líder carismático o una formación de izquierda extrafrenteamplista interesante, pujante, atractiva? Estamos a una de estas cosas de distancia de que ocurra algo como ha pasado en otros países. Las organizaciones políticas no son eternas ni son sagradas.
—¿Puede el partido de gobierno reconquistar a los desencantados?
—Si pudo el laborismo británico, el partido de izquierda más de derecha del mundo, que fue a la guerra de Irak con Bush, el FA puede. Me parece que no es inconcebible. Ahora, no lo encuentro muy probable en el mediano plazo. Eso no quita que no puedan ocurrir cosas buenas con el FA gobernando, o aparecer formas políticas o liderazgos interesantes. No sé si el FA puede volver a enamorar, pero le va la vida en eso. Si no puede, va a vivir una lenta agonía hasta… No sé cuál sería el punto de desastre del FA. Podría, incluso, ganar sin enamorar y transformarse en una especie de maquinaria política catch-all. Le ha pasado a partidos con pedigrís izquierdistas dignos. Pero también, como te decía, hay una base moral militante de izquierda que no es chica –no hablo del FA, hablo de la izquierda– con sus numerosos vasos comunicantes en alguna parte del FA que, tarde o temprano, va a generar una expresión política, me resulta difícil pensar que no.
—¿Cuáles son, a tu criterio, las transformaciones políticas que determinarían un viraje a la izquierda?
—El problema de la tierra, ahora en boga, es un problema que los gobiernos del FA decidieron tratar a través de un productivismo que favoreció siempre al gran capital, la extranjerización y el monocultivo. Ahora se está demostrando que ese modelo no sólo genera todo tipo de problemas ambientales y sociales, además fortifica a los actores más reaccionarios. No sé cuál es la solución, pero un viraje a la izquierda debería plantear el problema de la tierra que es histórico y viene de las profundidades del batllismo –incluso del siglo XIX–, de la izquierda llamada sesentista, que decidió olvidarlo en algún momento en favor del modelo capitalista. El problema de la economía social –cooperativismo, formas asociativas o formas colectivas de propiedad del modelo de producción– es absolutamente central. El cooperativismo de vivienda es algo que siempre estuvo en el corazón de la izquierda uruguaya, viene de las mejores tradiciones anarquistas, socialistas. Que un porcentaje mayor de la economía esté en manos de los trabajadores organizados no es sólo una cuestión de justicia, es una cuestión de poder. Un tercer aspecto, que se ha subestimado mucho y ha sido catastrófico en los gobiernos del FA, ha sido la cultura. Me resulta increíble que teniendo de su lado prácticamente a toda la intelectualidad haya hecho de la cultura una política muy mercantil, muy conservadora. Un proyecto transformador también tiene que pasar por la cultura y ahí la izquierda ha sido bastante negligente.
—En el plan de salida de la llamada crisis de los “cincuentones”, y con una interna complicada, el Frente Amplio resolvió limitar las comisiones de las Afap. No hay muchos antecedentes de regulaciones del capital de esta naturaleza. ¿Cómo evaluás esta medida en estos términos de izquierda que venimos analizando?
—Estuvo relativamente bien saldada. Si de verdad es el primer paso a la eliminación del lucro, es una excelente noticia porque hay mucho capital ahí. Uno de los temas es desandar las reformas neoliberales, pero espero más que eso. El caso chileno es interesante. Allí, la magnitud de la victoria del neoliberalismo es inconcebible para quienes vivimos en Uruguay: se privatizó todo, la educación es un sistema de váuchers… Veinte años de gobiernos concertacionistas de centroizquierda básicamente hicieron parches en el neoliberalismo más salvaje. Con la creación del FA, la entrada del Partido Comunista y de parte del movimiento estudiantil al gobierno, se empezaron a cuestionar las concesiones ideológicas que la izquierda hizo al neoliberalismo. Si bien las políticas concretas que está proponiendo el FA chileno son bastante moderadas, en eso está mucho más adelante. En Uruguay, todavía no ha habido en lo social, ni en lo cultural ni en lo político una masa crítica de disputa de las concesiones que la izquierda hizo al neoliberalismo desde los noventa. Eso hay que construirlo.
—El director de la Fundación Liber Seregni, Agustín Canzani, no comparte la idea de que el progresismo está agotado y entiende que para que el FA “tenga chances de ser gobierno” debe llegar a una síntesis que “tome cuestiones de la izquierda y del progresismo”. De lo contrario, afirma, “se transformaría en una izquierda testimonial o en una socialdemocracia cuasi anodina”.1
—En el mejor sentido de la palabra, socialdemocracia implica mucho más Estado, mucha más redistribución, muchos más impuestos (al gran capital) y un horizonte socialista al final del camino. Eso, el FA no lo tiene; está claramente a la derecha de la socialdemocracia. Es posible que sin una síntesis entre izquierda y progresismo el FA no tenga chances de gobernar, pero no necesariamente estoy pensando en eso, porque hay construcciones de largo plazo… La decadencia del progresismo no es electoral, sino ideológica. El progresismo responde a una construcción histórica muy específica. Tiene que ver con los finales de los ochenta, la crisis de la caída del muro de Berlín, la reconstrucción de la socialdemocracia europea en clave liberal (Felipe González, Tony Blair, Anthony Giddens). Los progresismos se hacen de esa corriente y esa corriente está muriendo en todo el mundo: me cuesta creer que sobreviva en Uruguay. Como toda tradición política, dejará su legado y habrá que disputarlo. Pero la izquierda no está muriendo. Ahora, hay algo más profundo en lo que no estoy de acuerdo: no creo en el corrimiento al centro. No es que no creo moralmente, no creo estratégicamente. El corrimiento al centro parte de la base de que las preferencias ciudadanas están dadas y como por izquierda no ganamos, tenemos que ganar un cacho de centro. Si se hiciera un trabajo cultural, ideológico y de organización por izquierda, no se tendría que ceder al centro. Eso, primero, tengo que quererlo, como quiso la izquierda nacional en los cincuenta y sesenta o una partecita del batllismo a principios del siglo pasado. Eso el FA hoy no lo quiere.
¿Percibís una crisis de pensamiento?
—Hay una crisis de pensamiento, pero es una crisis muy fértil. Se están leyendo cosas nuevas. En Uruguay hace poquito nadie conocía a Raquel Gutiérrez. Se lee El comité invisible, el pensamiento descolonial está llegando a la Universidad. Es mentir decir que si los partidos de izquierda se corren al centro, aceptan los preceptos básicos del neoliberalismo, logran un grado de distribución en las márgenes y competitividad sistemática a través de la mejora de la infraestructura y la educación, pueden hacer crecer el salario para siempre. Lo vemos en la decadencia del Estado de bienestar europeo y las izquierdas latinoamericanas. Necesitamos otras estrategias y los intelectuales tienen un rol muy importante. Como el periodismo o el pensamiento independiente, tienen que ser antenitas, aprender a ser un poco más creativos, pensar un poco menos en términos de método, objetivos generales y específicos, y dejar permearse por lo que está pasando, hacer propuestas políticas, asumirse como ciudadanos, como sujetos de historia. En esto, la Universidad juega un rol muchas veces contraproducente porque forma intelectuales para que no sean capaces de pensar así.
¿Podés poner algún ejemplo?
—Hay muchas excepciones, pero, en general, en la Universidad enseñan a pensar de una manera muy estereotipada, muy miedosa. Eso te hace perder sensibilidad, dejar de escuchar. Hay que ser riguroso, metodológico, leer, estudiar, por supuesto, pero hay algo más básico. Uno lee en los grandes ensayistas uruguayos de otros tiempos una inteligencia capaz de decir cosas directamente. Hay algo en el pensamiento directo que con el pensamiento metodológico se pierde.
—Hay, de parte de los sectores conservadores, una intención de eliminar fronteras entre izquierda y derecha. Se argumenta, por ejemplo, que los progresismos tampoco eliminaron la pobreza.
—Cuanto más a la derecha se corra la izquierda, más fácil se le hace a la derecha decir que derecha e izquierda son lo mismo. Si Lacalle Pou me corre por izquierda con temas ambientales, tiene razón. Si Mieres dice que no se ha cuidado el patrimonio de las empresas públicas, tiene razón. Lo que no quiere decir que tengan razón en sus posiciones. La izquierda ha cometido errores, algunos de gestión y otros de orientación política, que permitieron que ese discurso floreciera. La izquierda tiene que tener la autoestima suficiente como para decir: no sólo estoy en contra del neoliberalismo, estoy en contra de que la izquierda se le parezca. Lo que es curioso de ese discurso que borra izquierda y derecha es que es enunciado por una derecha que se está radicalizando hacia la derecha. Si uno ve el discurso de Novick y los evangélicos del PN, que el Partido Colorado está reclutando como candidato a un economista neoliberal ortodoxísimo (Ernesto Talvi) y que el portaestandarte al final del día va a ser Lacalle Pou, no se trata de una derecha que se haya corrido al centro, sino que está usando todas las tácticas retóricas para mover la cancha. Pero es una derecha de derecha y eso tiene que ser dicho como primer paso para desmontar todo este discurso.
  1. Véase:


El final feliz

Izquierda socialista, feminista, ambientalista y anticolonial”

Hay sectores de la izquierda que ponderan la clase sobre otras desigualdades. Aparece una especie de discusión sobre la jerarquía de las luchas. Vos te has definido como feminista,¿lo ves como un dilema?
—Hay una izquierda que se quedó con la idea de que la lucha anticapitalista significaba que iban a venir grandes fábricas, propiedad del Estado, con muchos obreros. Eso no se sostuvo nunca y a la vista está. Eso no quiere decir que no se pueda ser socialista o comunista hoy. Lo que quiero decir es que para serlo, para tener una idea fuerte de la igualdad, de comunismo, de emancipación, uno tiene que pensar que el trabajo doméstico (no remunerado) es trabajo y que su carga tiene que ser redistribuida. Que los bienes comunes son finitos y tienen que ser administrados racionalmente, no sólo para el crecimiento económico. Que las relaciones sociales han sido capturadas por el capitalismo y por otras estructuras más antiguas que deben ser liberadas para fines políticos emancipadores y eso también es lucha anticapitalista. Jerarquizar las luchas significa pensar que las luchas son ontológicamente separadas, y esa separación es una construcción como lo es también su alianza. Y ahí hay una construcción teórica necesaria de análisis y de propuestas que permitan dar un sustento fuerte a estas alianzas. El único final feliz de esta historia es una izquierda socialista, feminista, ambientalista y anticolonial. Y, por supuesto, antimperialista. Pero estas son las cosasque dividen a la izquierda: la concepción de que son diferentes, compartimentos estancos, y que la ganancia de una es la pérdida de la otra. Me considero muy simpatizante de Marx y los pensadores posteriores, y no por eso pienso que la única que vale es la lucha obrera. Los marxistas deben actualizarse, leer sobre marxismo contemporáneo, que justamente valoriza el trabajo doméstico sobre la acumulación originaria y sobre el propio colonialismo. La mayoría de la izquierda uruguaya nunca fue marxista y no tiene la obligación de serlo. Tal como creo que no hay superioridad moral de una lucha sobre otra, el marxismo tiene que bajarse del caballo y no pensar que es la única teoría del cambio social. Hay que poder dialogar de igual a igual. La política necesita de la escucha.
  

Su paso por Casa Grande

—¿Cómo fue tu militancia en el FA?
—Fui siempre simpatizante del FA, pero no militante. Milité en Casa Grande desde la campaña de Constanza (Moreira) hasta finales de 2017. Si bien sé que la militancia y el FA siempre dejan heridas, no fue mi caso. Mi paso por el FA fue muy feliz. No es menor, Constanza siempre habló de ser políticamente felices. Me integré en su campaña porque estaba absolutamente convencido de que alguien tenía que desafiar a Tabaré Vázquez y terminé estando en esa organización que fue apareciendo y luego fue Casa Grande.
—¿Qué motivó tu desvinculación de Casa Grande?
—Fue desafortunado cómo un espacio amplio que podía incluir al Ir, al Pvp y a mucha gente que estaba en los límites del FA, no logró mantenerse.
—El respaldo a la candidatura de Daniel Martínez a la Intendencia determinó que esos sectores retiraran el apoyo a Moreira.
—Sí, fue uno de los factores. Son decisiones tácticas sobre las que no necesariamente tengo opinión muy fuerte. El hecho para mí es lo que terminó pasando. Hubo un tramo muy enriquecedor para mí: la construcción de la organización, lo que implicó la entrada al FA, aprendí mucho de política en el plenario y el congreso. Incluso en el FA viví mucha más libertad intelectual que en la Universidad. Entré a esa campaña para desafiar a Vázquez y su gobierno no me sorprendió. Pero llegué a la conclusión de que estas trabas del FA, de las que hablaba, hacían muy difícil aportar a la interna el tipo de cosas que yo podía aportar y preferí moverme a un espacio más cultural, donde siento que, sin perder simpatía a compañeros que siguen ahí, puedo militar, pensar y actuar desde otro lugar. Me cuesta mucho militar en un sector del FA con mi diagnóstico político. Prefiero seguir teniendo vínculo con el FA, pero también con mucha gente que está afuera, intentar tener olfato e inteligencia para crear y pensar discursos en un espacio político
más amplio.

Señas

Gabriel Delacoste (29 años) es licenciado en ciencia política y estudiante de la maestría de Estudios Latinoamericanos en la Facultad de Humanidades (Udelar). De 2014 a 2017 militó en el sector frenteamplista Casa Grande. Actualmente es uno de los integrantes de Entre –“un colectivo de cultura y política que aspira a generar diálogos entre diferentes disciplinas y posiciones”–, que en diciembre editó Entre: ensayos sobre lo que empieza y lo que termina (Estuario, 2017).













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