domingo, 27 de julio de 2008

La detención de Bardesio inquieta a fantasmas vivos


Cóndores. La CIA fecundó los embriones


Los inicios del terrorismo de Estado

Clara Aldrighi







En 1964 fue destinado a la Ayudantía de Investigaciones una joven promesa de la inteligencia policial: Nelson Bardesio. De familia colorada, trabajador y ambicioso, había ingresado a la Policía en 1963, con 22 años.

Junto a Atilio Galán, otro joven policía colorado, en diciembre de 1966 comenzó a redactar un proyecto para la creación de una Dirección de Inteligencia de jurisdicción nacional. La familia de Galán estaba vinculada a la de Oscar Gestido, y por ese conducto supieron que el futuro presidente, que asumiría en marzo de 1967, estaba decidido a crear la Dirección Nacional de Información e Inteligencia (DNII), en sintonía con las aspiraciones de la embajada de Estados Unidos. Galán presentó el proyecto a Gestido y al jefe de Policía de Montevideo coronel Raúl Barlocco. "Aunque nuestro proyecto no tuvo andamiento -declararía en marzo de 1972 Bardesio al MLN, durante su secuestro en la cárcel del pueblo- ya que los asesores norteamericanos habían establecido sus propios lineamientos para la creación de la nueva dirección, Galán y yo fuimos incorporados al núcleo original de funcionarios que formarían parte de la Dirección de Inteligencia".

En marzo o abril de 1967 el jefe del Estado Mayor policial, coronel Santiago Acuña, por indicación del gobierno, puso a Bardesio y Galán en comunicación con William Cantrell, el funcionario de la CIA adscripto al programa de asistencia policial de la AID.

El consejero estadounidense solicitó y obtuvo que los dos jóvenes le fueran asignados en comisión y trabajaran en la formación de la Dirección de Inteligencia.

Desde entonces sus energías fueron canalizadas en tareas encubiertas al servicio de la CIA.

Durante 1967 trabajó con Cantrell en la formación de la DNII, ayudando a resolver asuntos administrativos y logísticos. La embajada de Estados Unidos, o más precisamente, la estación de la CIA, invirtió cuantiosas sumas de dinero para equipar las oficinas y laboratorios de la nueva Dirección. Bardesio fue chofer de Cantrell hasta que el consejero partió definitivamente de Uruguay, en marzo de 1970. Todas las mañanas lo llevaba en un jeep de la embajada a 18 de Julio y Paullier o a Jefatura. Al mediodía lo trasladaba a la embajada y al atardecer lo devolvía a su casa.

Fue nombrado responsable de todos los laboratorios especiales de la DNII ubicados en 18 de Julio y Paullier. A mediados de 1970 abandonó su trabajo en la DNII y pasó a depender directamente del Ministerio del Interior, para dedicarse a la preparación de un grupo terrorista organizado por las autoridades de dicho Ministerio.

La responsabilidad de Bardesio en la operativa de la CIA indica que, aunque su protector Cantrell hubiera partido de Uruguay, la Agencia no había prescindido de sus servicios.

El Monje negro de los americanos


La policía investiga en las cloacas de Montevideo


Comisario Alejandro Otero



La República
Domingo, 27 de julio, 2008



En una entrevista concedida en 2002 para este trabajo, el comisario Otero recordaba vívidamente su figura: "Lo cierto es que este señor Cantrell utiliza a un agente, Bardesio, que después fue secuestrado por el MLN, a quien yo saqué a puntapiés de mi despacho.

Eso determinó que el propio director de Inteligencia, el inspector Pírez Castagnet, me mandara a buscar. Me preguntó si le había pegado. Le dije que sí, porque no lo quería ahí.

Tampoco a Atilio Galán. ¿Por qué? Porque no los quería. No me gustaban como personas.

"Bardesio era el monje negro de todos los americanos. Cantrell creo que era devoto de Bardesio. No sé por qué características Bardesio lo había conquistado absolutamente y era el que manejaba todas las cosas".

Refiriéndose a las confesiones de Bardesio a los tupamaros, en las que identificó a sus compañeros policías, militares y civiles del escuadrón de la muerte, Otero acota: "¿Ve? Quizás esa fuera una de mis razones. Yo sabía que Bardesio no aguantaba nada, por eso no lo quería en mi Departamento.

De lo que él dijo y yo conozco, todo era cierto. Pero vaya a saber cuántas cosas más pudo haber dicho que yo no conozco y que a lo mejor no son ciertas.

"No me gustaba Bardesio. Porque yo entendía que mi función se determinaba por mi capacidad y por mi pensamiento.

Por lo tanto, a las orientaciones que emanaban de mis superiores, de repente les hacía caso, de repente no. Eso fue lo que determinó que terminaran echándome. En todos lados donde yo estuve al mando, también en la Dirección de Cárceles, yo no respondía a nadie.

Siempre dije que nunca tuve jefes.

Eso se podrá creer o no, porque después de todo yo era sólo un piojoso comisario.

Que no tenía un peso encima. Que sabía que jugaba con la vida de mi esposa, de mis hijos y la mía propia.

Pero hacía lo que yo quería.

Sólo cuando rezaba ante Dios, hacía mis análisis y me manejaba con ellos.

"A lo mejor alguien me pregunta: ¿Y si a usted le daban determinadas cantidades?

Y bueno, capaz que no le dieron con el precio".




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Un baúl de sueños asesinado en Arica


Era afiliada al PCU. La historia de Mónica Benaroyo, la uruguaya desaparecida en Chile en 1973


ROGER RODRIGUEZ - rogerrodriguez@adinet.com.uy
La república Domingo, 27 de julio, 2008


El cuerpo de la ciudadana uruguaya Mónica Benaroyo fue encontrado decapitado y momificado en el desierto de Arica. Todavía tenía ropas y una caja de cigarrillos. La Comisión para la Paz no pudo confirmar su desaparición. Era afiliada al PCU, según el prontuario de Inteligencia policial.


Mónica Cristina Benaroyo Pecu había nacido en Bucarest, Rumania, en abril de 1925.

Tiene una hermana, Fernanda, un año mayor. Eran hijas del embajador de Irán (Persia) en la capital rumana, pero debieron emigrar cuando, luego de la segunda guerra mundial, rusos y británicos derrocaron al Sha Reza Khan. "Monique", como le decían sus amigos y conocidos, era ciudadana legal uruguaya desde 1954 y se destacaba por haber conocido el mundo gracias a ser hija de diplomáticos. Dominaba siete idiomas. Además del persa paterno y el rumano materno, sabía inglés, italiano, francés, alemán y español. Su conocimiento en idiomas fue lo que le permitió conseguir trabajo en el telégrafo Italcable de Montevideo, donde trabajó hasta 1973. En los años sesenta comenzó a estudiar en la Facultad de Humanidades, donde obtuvo su título de Licenciada en Filosofía, en la cátedra del profesor Emilio Oribe. "Je suis persianne", se presentaba aquella mujer pequeña, de pelo enrulado, que vestía diferente a los universitarios de la época. No tardaron en bautizarla cariñosamente "la persiana". Su soledad es lo que recuerdan sus compañeros. Tenía una triste melancolía, aunque era vivaz y con buen sentido de humor. Aquella Universidad de los años sesenta terminó por convertir a aquella mujer (mayor que sus compañeros de estudio) proveniente de una clase alta, en una intelectual de izquierda. Un prontuario en la Dirección Nacional de Información e Inteligencia (DNII) dice que se afilió al Partido Comunista en octubre de 1971.

Soñar Cuba, morir en Arica


Ganó un concurso de monografías sobre la vida del Ché Guevara y terminó becada unos meses en la Universidad de La Habana. Aquella realidad terminó de afirmar sus ideas y fue al intentar volver a Cuba, según algunas fuentes, que viajó a Chile, que mantenía sus relaciones diplomáticas, para tomar un avión. La situación política en Uruguay y un distanciamiento con su hermana, casada con un diplomático, terminaron por llevarla al exterior, según otras versiones. Vendió todos sus muebles del apartamento que habitaba en 25 de mayo y con poco dinero y un baúl repleto de sueños cruzó la cordillera de los Andes. Pero en Santiago su sueño se frustró. Hubo desentendimientos y terminó viviendo en la Casa del Maestro de la capital chilena esperando confirmación de una invitación desde La Habana. Tuvo que conseguir empleo en una firma de Arica, donde se radicó. Terminó trabajando en cultura para la municipalidad. Mónica Benaroyo también tenía un hermano de crianza, Enrique Colman, hoy de 85 años, que es el único familiar que denunció su caso a la Comisión para la Paz durante el gobierno de Jorge Batlle. Enrique había perdido contacto con Mónica luego del golpe de Estado del 11 de setiembre de 1973. Una vez recibió un llamado telefónico de alguien que le dijo haber visto a Mónica en el Estadio de Santiago. Le pidieron dinero y ropas para ella. Se los dio, pero nunca más supo de su paradero. También el embajador uruguayo Roberto González Casal dio esa versión, que ahora se confirma era mentira.



Dos compañeras de trabajo y un catedrático la recuerdan
Inteligente, culta y frágil


Graciela Torresani y Mary Armelius, dos compañeras de trabajo en Italcable, recuerdan a Mónica por su ternura e inteligencia, aunque su soledad y melancolía eran otras de sus características. El profesor Juan Flo también da testimonio de aquella estudiante cuya monografía final sobre Heidegger juzgó. "Trabajé con ella 8 años. Ella era telefonista en Italcable.

Vivía casi enfrente, en un apartamentito de 25 de Mayo y Zabala. Contaba que de niña tenía mucho dinero y hasta una caballeriza. Había vivido una buena vida, pero después de salir de Rumania estuvo por Italia y finalmente en Uruguay. Su hermana trabajaba en IBM, pero no se llevaban. Se fue a Chile poco antes del golpe. Sabíamos que era comunista. Era inteligente y culta.

Había sufrido polio y le habían quedado secuelas en un lado de la cara y una pierna, quizás por eso era solitaria...", cuenta Graciela. "Trabajé con ella desde 1964 hasta 1972. Hablaba mucho con el profesor Eugenio Petit Muñoz que la iba a visitar. Sabía muchos idiomas. Fumaba mucho.

Cuando cobraba se compraba un cartón de cigarrillos Exeter. Vivía sola. Leía mucho, sobre todo filosofía. No cocinaba. Adoraba a sus dos sobrinas, en las que gastaba mucho de su sueldo, pero no se llevaba con la hermana. Era una persona que te atrapaba con su conversación y su cultura", la recuerda Mary. "Era alumna de la Facultad. Cursó "Estética" a fines de los sesenta con el profesor Emilio Oribe. Yo juzgué su monografía para titularse en filosofía. Era curiosa, apasionada, algo ingenua... Durante algunos meses conversamos con frecuencia. Militaba como estudiante, aunque era mayor que yo. Era un personaje peculiar en su elegancia y su ropa. Supe de ella cuando estuvo en Arica, trabajando en la alcaldía. No supe más.

Siempre me quedó la angustia de su destino... la veía frágil", comparte el profesor Flo.





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El represor Julián “Laucha” Corres Pidió ir al baño y desapareció





El próximo lunes iba a ser juzgado por delitos de lesa humanidad. Pidió ir al baño y se fugó. Lo buscan intensamente.







Historial. Corres se desempeñó en el centro clandestino de detención conocido como "La Escuelita" de la ciudad de Bahía Blanca y fue detenido el 3 de abril de este año por personal de Interpol y con una orden del juez Federal 1 Alcindo Álvarez Canale en momentos en que salía de un edificio ubicado en Uruguay y Córdoba, en la zona de los tribunales porteños .

El represor tenía una orden de captura internacional que había sido solicitada por el juez Federal 1 Álvarez Canale, en el marco de la causa por secuestros, torturas, homicidios y desaparición forzada de personas durante la última dictadura militar.

El día de la detención el magistrado había señalado que "Corres fue detenido en la Capital Federal por personal de Interpol que tras ello lo puso a disposición del juez Canicoba Corral del juzgado Federal 6".

"Yo había solicitado una orden de captura internacional para Corres quien desde hace tiempo estaba prófugo de la Justicia", afirmó el magistrado bahiense.

"Corres era un teniente y según los datos que figuran en el expediente del Juicio de la Verdad, estaba a cargo de La Escuelita junto con Santiago Cruciani, quien falleció el año pasado", agregó el juez Alvarez Canale.

Luego de analizar la causa judicial el magistrado procesó al ex militar por considerarlo partícipe necesario en delitos de lesa humanidad cometidos en el V Cuerpo del Ejército y en el centro de detención "La Escuelita" por lo que dispuso la prisión preventiva y un embargo por 28 millones de pesos.

A raíz de la fuga de la delegación de la Policía Federal de Bahía Blanca se dispuso un amplio operativo cerrojo en la terminal de ómnibus de la ciudad como así también en todas las rutas de acceso a esta ciudad del sur bonaerense.





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ARGENTINA ||| EL PEOR ACUERDO


Martín Caparrós (Crítica)



Nunca hubiera pensado que alguna vez podía llegar a estar de acuerdo con el hijo de puta del ex general Luciano Benjamín Menéndez. Y sin embargo, ayer...

Ayer, en su alegato final, Menéndez, ex jefe de una de las unidades militares más asesinas, el Tercer Cuerpo de Ejército, hombre de cuchillos tomar y de presos matar, peroró en su defensa. Dijo, en síntesis, que las fuerzas armadas argentinas pelearon y ganaron para "evitar el asalto de la subversión marxista". Y yo también lo creo.

Con algunos matices. La subversión marxista –o más o menos marxista, de la que yo también formaba parte– quería, sin duda, asaltar el poder en la Argentina para cambiar radicalmente el orden social. No queríamos un país capitalista y democrático: queríamos una sociedad socialista, sin economía de mercado, sin desigualdades, sin explotadores ni explotados, y sin muchas precisiones acerca de la forma política que eso adoptaría –pero que, sin duda, no sería la "democracia burguesa" que condenábamos cada vez que podíamos.

Por eso estoy de acuerdo con el hijo de mil putas cuando dice que "los guerrilleros no pueden decir que actuaban en defensa de la democracia". Tan de acuerdo que lo escribí por primera vez en 1993, cuando ví a Firmenich diciendo por televisión que los Montoneros peleábamos por la democracia: mentira cochina. Entonces escribí que creíamos muy sinceramente que la lucha armada era la única forma de llegar al poder, que incluso lo cantábamos: "Con las urnas al gobierno/ con las armas al poder", y que falsear la historia era lo peor que se les podía hacer a sus protagonistas: una forma de volver a desaparecer a los desaparecidos. Me indigné y, de tan indignado, quise escribir La Voluntad para contar quiénes habían sido y qué querían realmente los militantes revolucionarios de los años sesentas y setentas.

(A propósito: es la misma falsificación que se comete cuando se dice, como lo ha hecho Kirchner, que este gobierno pelea por realizar los sueños de aquellos militantes: esos sueños, está claro, eran muy otros. En esa falsificación, Kirchner y el asesino ex se acercan; ayer Menéndez decía que "los guerrilleros del 70 están hoy en el poder", sin ver que, si acaso, los que están alrededor del gobierno son personas que estuvieron alrededor de esa guerrilla en los setentas y que cambiaron, como todo cambió, tanto en los treinta últimos años que ya no tienen nada que ver con todo aquello, salvo para usarlo como figura retórica).

Es curioso cómo se reescribió aquella historia. Hoy la mayoría de los argentinos tiende a olvidar que estaba en contra de la violencia revolucionaria, que prefería el capitalismo y que estuvo muy satisfecha cuando los militares salieron a poner orden. "Ostentamos el dudoso mérito en ser el primer país en el mundo que juzga a sus soldados victoriosos, que lucharon y vencieron por orden de y para sus compatriotas", dijo el asesino –y tiene razón. Pero la sociedad argentina se armó un relato según el cual todos estaban en contra de los militares o, por lo menos, no tenían ni idea. Es cierto que no podían haber imaginado que esa violencia era tan bruta, tan violenta, pero había que ser muy esforzado o muy boludo para no darse cuenta de que, más allá de detalles espantosos, las fuerzas armadas estaban reprimiendo con todo.

El relato de la inocencia mayoritaria se ha impuesto, pese a sus contradicciones evidentes. Los mismos medios que ahora cuentan con horror torturas y asesinatos las callaron entonces; los mismos partidos políticos que se hacían los tontos ahora las condenan; los mismos ciudadanos que se alegraban privada y hasta públicamente del retorno del orden ahora se espantan. Y todos ellos conforman esta masa de ingratos a la que se dirige el muy hijo de exputa: "luchamos por y para ustedes" –les dice y, de hecho, los militares preservaron para ellos el capitalismo y la democracia burguesa. Pero la sociedad argentina se ha inventado un pasado limpito en el que unos pocos megaperversosasesinos como éste hicieron a espaldas de todos lo que ellos jamás habrían permitido, y les resulta mucho más cómodo. Como les resulta mucho más cómodo, ahora, indignarse con el ex que repensar qué hicieron entonces, a quién apoyaron, en qué los benefició la violencia de los represores, y lo fácil que les r
esult
ó, muchos años después, asombrarse, impresionarse e indignarse.

El ex Menéndez es, sin duda, un asesino, y ojalá que se pudra en la cárcel. Es obvio que no es lo mismo la violencia de un grupo de ciudadanos que la violencia del Estado, pero es tonto negar que nosotros proponíamos la guerra popular y prolongada como forma de llegar al poder. Y también es obvio que la violencia de los militares no les sirvió sólo para vencer a la guerrilla: lo habrían podido conseguir con mucho menos.

Durante mucho tiempo me equivoqué pensando que los militares habían exagerado: que la amenaza revolucionaria era menor, que no justificaba semejante despliegue. Tardé en entender que los militares y los ricos argentinos habían usado esa amenaza como excusa para corregir la estructura socio-económica del país: para convertir a la Argentina en una sociedad con menos fábricas y por lo tanto menos obreros reivindicativos, para disciplinar a los díscolos de cualquier orden, y para cumplir con las órdenes reservadas del secretario de Estado USA, su compañero Kissinger, que les dijo en abril de 1976 que debían volver a convertir a nuestro país en un exportador de materia prima agropecuaria.

Es lo que dijo el ex: "¡Y nosotros estamos siendo juzgados! ¿Para quién ganamos la batalla?". Porque es cierto que la ganaron, y que su resultado principal no son estos juicios sino este país sojero.

Ése es el punto en que casi todos se hacen los boludos. La indignación siempre fue más fácil que el pensamiento. Supongo que es mejor que muchos, para sentirse probos, prefieran condenar a los militares antes que seguir apoyándolos como entonces. Pero no deja de inquietarme que todo sea tan fácil y que sólo un asesino hijo de puta suelte, de vez en cuando, ciertas verdades tremebundas.

27 DE JULIO DE 2008 - COMCOSUR / MONTEVIDEO



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