Desplegado
en todo el país, el esfuerzo solidario de apoyo alimentario a los más
desprotegidos, sostenido durante meses con aportes solidarios de toda la
comunidad, condujo a la Facultad de Ciencias Sociales y a AEBU a
profundizar en estas iniciativas y tratar de medir sus alcances y
soportes humanos y materiales.
En la confección del estudio «Ollas y merenderos populares en Uruguay
-Tramas para sostener la vida frente a la pandemia» participaron cinco
docentes de la Facultad de Ciencias Sociales, ocho de sus estudiantes y
tres integrantes de la Comisión Técnica Asesora (CTA) de AEBU. La
tercera parte de este trabajo, titulada «Coyuntura y costo económico del
esfuerzo colectivo» estuvo a cargo de nuestra CTA.
Una lectura del resumen efectuado por ella permite conocer la
magnitud de la respuesta alimentaria dada por la sociedad civil. Como
ejemplo menciona que «en los dos meses de mayor actividad (abril y mayo)
las ollas populares prepararon tres millones de platos de comida». Si
se amplía este período «desde la segunda mitad de marzo hasta finales de
julio (cuatro meses y medio), el dato asciende a casi seis millones de porciones servidas».
El pico solidario más alto se produjo en la tercera semana de abril —
destaca nuestra técnica— cuando las ollas populares alcanzaron las 55 mil porciones diarias. (De esas porciones, 47% correspondió al interior y 53% a Montevideo).
Otra parte significativa de la ayuda alimentaria se canalizó a través
de los merenderos populares. En este caso para la Facultad de Ciencias
Sociales y AEBU «desde mediados de marzo hasta finales de julio se
sirvieron un poco más de dos millones de porciones», con un pico máximo
en la última semana de abril, cuando se brindaron 121.400 porciones de
comida por semana.
El estudio también cuantificó el costo por porción para el total del
periodo. Este fue estimado en una suma aproximada de $ 312 millones,
compuesta por $ 270 millones correspondientes a las ollas populares y $
41 millones a los merenderos.
Respecto de las iniciativas que dieron lugar a las acciones solidarias, la investigación ubicó en primer lugar a las experiencias de tipo vecinal:
«Son las principales en todo el país y representan el 43% de las ollas y
merenderos encuestados». Dentro de este grupo, se determinó que «un
cuarto de estas experiencias surge de comisiones de fomento vecinales,
mientras que el restante 75% con colectivos que se creó entre vecinos
para desarrollar la respuesta solidaria colectiva».
El informe también se preocupó por determinar las fuentes de los
insumos mediante un análisis de los principales donantes mencionados por
las ollas y merenderos relevados. Fue así que quedó en evidencia una
«generalizada presencia de lo vecinal» detrás de las donaciones en el
80% de las ollas, hecho que «refuerza la relevancia de la trama
comunitaria», destacó Giudice.
Los docentes de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de
la República que trabajaron en este informe son Anabel Rieiro, Diego
Castro, Daniel Pena, Camilo Zino y Rocío Veas. También colaboraron los
estudiantes Antonella Ceriotti, Gusman Magnone, Josefina Burdiat, Julia
Polgar, Marianne Bernheim, Micaela Traversa, Natashka Umpiérrez y
Valentina Conde. Junto con ellos trabajaron nuestros ya citados
compañeros de la CTA.
En el material analizado opinaron los estudiantes y en algún caso
relataron las experiencias recogidas en los trabajos de campo. Como
ejemplo de ello, puede leerse en el informe completo adjunto el trabajo
de Gusman Magnone sobre la olla Colectivizando Marindia.
Luego del 13 de marzo, cuando se hicieron oficiales los primeros casos de coronavirus
en Uruguay, resurgieron las ollas populares, llevadas adelante por
vecinos, organizaciones sociales, etcétera, para abastecer de alimentos a
quienes el cierre de actividades iba dejando por el camino. Ante esto,
un equipo conformado por docentes de la Universidad de la República,
estudiantes de la Facultad de Ciencias Sociales de esa institución y
técnicos de la Asociación de Bancarios del Uruguay (AEBU) realizaron una
investigación para abordar el tema, cuyo informe final se acaba de
publicar.
En la introducción del estudio se subraya que con la pandemia “un
nuevo ordenamiento mundial parece estar estableciéndose”, y que la
crisis sanitaria dejó al desnudo “problemas sociales ya existentes, pero
que se radicalizan en el nuevo contexto, como ser las relaciones de
desigualdad, injusticia, opresión y la necro política económica sobre la
cual se sostiene un sistema ecológicamente insustentable”.
En el “reacomodo mundial” se vacila, por un lado, entre un tipo de
gestión política de la crisis “que radicaliza las técnicas desplegadas
en la sociedad disciplinaria intensificando formas de dominación”, y por
otro, entre manifestaciones y luchas que intentan instalar un “nuevo
sentido común”, generando “un punto de inflexión, que ante la
indignación, rechace la anterior normalidad para crear nuevos horizontes
civilizatorios”.
El estudio sostiene que las medidas desplegadas por el gobierno
“fueron sistematizadas tanto a nivel nacional como internacional,
incluso con particular atención de distintos organismos ante la
curiosidad que generó el relativo control de la pandemia en Uruguay”.
“Sin embargo, no tuvieron la misma visibilidad y sistematicidad las
formas de solidaridad que emergieron desde la sociedad civil para hacer
frente a la crisis”, se agrega.
En cuanto a la metodología de la investigación, se explica que para
“caracterizar cuantitativamente y poder construir distintos perfiles
cualitativos de los entramados solidarios alimentarios, se realizó una
encuesta con 50 preguntas que llevó promedialmente 30 minutos por
iniciativa cuando se realizaba telefónicamente y una hora en los casos
presenciales, y que en muchos casos se realizó en el Call Center de la
Facultad de Ciencias Sociales, que prestó sus instalaciones”. Así las
cosas, se identificaron cerca de 700 experiencias, de las cuales
aproximadamente 40% pertenece a Montevideo “y el resto se encuentran
distribuidas en el resto del país”.
Números
El estudio abarcó 433 de esas 700 experiencias. El 60% de estas
“funcionan solamente como olla, el 33% llevan adelante una olla y un
merendero y el 7% solamente merendero”. A su vez, en promedio de todo el
país, “cada olla funciona tres días a la semana, sirviendo 180
porciones de comida por día”. En cuanto a los merenderos, “cada uno
funciona también en promedio tres días a la semana, sirviendo 124
porciones por día”.
La investigación consigna que al distinguir entre Montevideo y el
interior se percibe una diferencia en el tamaño de las experiencias: “En
promedio las ollas de Montevideo sirven 212 porciones diarias, mientras
que en el interior se sirven 161. En sintonía con esto, los merenderos
de Montevideo sirven 167 porciones promedio por día, mientras que los
merenderos del interior sirven 101”.
“En relación a la evolución temporal, a partir del análisis realizado
se constató que la cantidad de ollas populares aumentó en forma
exponencial desde el momento en que se decretó la pandemia y las medidas
preventivas de aislamiento, a mediados de marzo, hasta la primera
semana de abril. Luego continuó aumentando pero a un ritmo menor,
alcanzando el máximo registro la primera semana de mayo, con 574 ollas
en funcionamiento en simultáneo. De estas, 322 se encontraban en el
interior y 252 en Montevideo”, se agrega.
También se señala que abril y mayo fueron los meses con mayor
cantidad de personas alimentándose en ollas populares, con unos
2.959.000 platos de comida. Además, si se considera el período que va
desde la segunda mitad de marzo hasta finales de julio, el dato asciende
a 5.919.000 porciones servidas.
A comienzos de junio la cantidad de ollas populares “fue decreciendo
paulatinamente, debido principalmente a la escasez de recursos, a la
imposibilidad de las personas organizadoras de sostener la iniciativa o a
la menor demanda de alimento”. “No obstante, un número muy importante
de ollas continuaron y continúan hoy brindando alimento a quienes lo
necesitan”, se añade. En cuanto a quienes organizan las ollas y
merenderos, se señala que “las experiencias de tipo vecinal son las
principales en todo el país”, y representan 43% del total.
En el estudio se destaca que en 51,5% de las experiencias se infiere
“que existía un grupo, colectivo, institución o movimiento organizado
previo a empezar la olla o merendero; como ser comisiones de fomento
vecinales, clubes deportivos, sindicatos, colectivos militantes, centros
culturales o grupos artísticos”. “De la otra mitad de las experiencias
inferimos que en su mayoría surgieron como colectivos organizados a
partir de la pandemia para hacer frente solidariamente al hambre. Esto
relativiza la idea instalada en el sentido común sobre la
‘espontaneidad’ del surgimiento de las ollas y merenderos frente a la
emergencia social y sanitaria”, se subraya.
También se destaca que “aproximadamente la mitad de las experiencias
que expresan querer trascender la olla y/o merendero tienen interés en
sostener la elaboración de alimento de manera solidaria y estable, a
través de un merendero fijo o comedor”. Para los investigadores esto
puede evidenciar “la visualización de una realidad crítica estructural
de hambre, además de un proceso colectivo fortalecido que quiere
profundizar su tarea”.
Perfiles
En cuanto a los organizadores, en el estudio se señala que el total
de personas vinculadas a la organización semanal de las ollas y
merenderos encuestados es 3.774, y si se expande este dato “al total de
las experiencias registradas, se puede decir que 6.100 personas han
estado sosteniendo semanalmente las ollas y merenderos en el período
estudiado”.
“En promedio cada experiencia tiene nueve personas organizando
semanalmente. En Montevideo el promedio es de 11 personas, mientras que
en el interior es de ocho. Vale recordar que existen importantes
diferencias en el promedio de personas organizadoras según el tipo de
experiencia, siendo las cooperativas de vivienda y trabajo los
colectivos más grandes, con 20 organizadores, mientras que las de tipo
familiar tienen en promedio cuatro personas organizando”, se agrega.
Sobre el perfil de los organizadores de las experiencias encuestadas,
se indica que 57% son mujeres, 42% varones y 1% “otras
identidades/sexualidades”. Esa diferencia se acentúa al analizar sólo
los merenderos, ya que allí 68% de las personas organizadoras son
mujeres. En cambio, en las ollas las mujeres representan 54,4%.
“Además, resalta el perfil mayoritario de jóvenes entre los
organizadores, siendo las personas entre 18 y 39 años el 55% del total a
nivel país, seguido por las personas de entre 40 y 59 años con el 35%,
las mayores de 60 con el 6% y, por último, los menores de 18 años tan
sólo el 4% del total”, se subraya. Del total de personas organizadoras
encuestadas, “38% estaba desocupada al momento de ser encuestada la o el
referente de cada olla”.
Por último, sobre los principales donantes de recursos y alimentos,
se destaca “la generalizada presencia de lo vecinal, siendo donante en
el 80% de las ollas, lo que refuerza la relevancia de las tramas
comunitarias, además de ser el principal tipo de grupo organizador”,
como se mencionó antes. También se resalta que “los primeros tres
actores donantes más mencionados no son actores institucionales u
organizaciones, sino vínculos cercanos, directos y territoriales que
componen el entramado cotidiano de las ollas: vecinos (80%), comercios
locales (54%) y donantes particulares (47%)”.
Entre las reflexiones finales del estudio, se señala: “Uruguay viene
de una década y media de crecimiento económico inédito (producción de
riqueza). Pese a ello, en apenas dos semanas de inactividad miles de
personas no tuvieron para comer. Muy poca de esa riqueza acumulada
estuvo disponible para cuando se la necesitaba, y frente a ello, un
esfuerzo colectivo, masivo y potente da respuesta”. Por último, se
calcula que el costo económico del trabajo no remunerado destinado a
sostener las iniciativas solidarias desplegadas es de “aproximadamente”
188 millones de pesos.