viernes, 18 de julio de 2008

Uruguay ||| Un modelo en rojo

Por Walter Falco
http://www.rel-uita.org

Mientras se anuncian multimillonarias inversiones extranjeras, que crearían numerosas fuentes de trabajo y "moverían" la economía nacional, diversos grupos destacan el saldo negativo que presenta el modelo forestal.



En el año 2000, según el último censo agropecuario, los bosques artificiales llegaban a las 660 mil hectáreas. Hasta entonces el crecimiento anual del área plantada oscilaba entre las 50 mil y las 80 mil hectáreas. Pero ese ritmo supuestamente creció luego, debido al aumento de la protección estatal, al desarrollo de servicios e infraestructura, y al incremento de inversiones y compra de tierras para forestar, sobre todo por parte de capitales extranjeros, por todo lo cual se estima que la superficie forestada actual superaría el millón de hectáreas, más del 6 por ciento de las tierras aprovechables del país.

Uno de los centenares de menores

de edad que trabajan clandestinamente

en los plantíos forestales

De acuerdo a la Dirección Forestal del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca, ya en 2002 sólo la superficie subsidiada superaba las 625 mil hectáreas -unas 150 mil más de las que había registrado el censo de 2000-, a lo cual hay que sumar los emprendimientos sin subsidio estatal, que cuatro años atrás alcanzaban las 190 mil hectáreas y que representaban entonces el 28 por ciento del total forestado. De ahí que si las proporciones se hubiesen mantenido constantes, para 2002 el área forestada habría alcanzado las 870 mil hectáreas y superado fácilmente el millón en el corriente año.

Los organismos internacionales y el gobierno han difundido profusamente la idea de que la forestación es una buena opción de "desarrollo" para Uruguay, y los monocultivos forestales se han extendido en vastas zonas del país, incluso en algunos casos en terrenos aptos para la agricultura o la ganadería, excediendo las previsiones originales del llamado plan forestal.

Hoy, un predio declarado de prioridad forestal accede al derecho de cobrar el subsidio y obtener los demás beneficios otorgados por el Estado: 50 por ciento del costo ficto de la forestación; crédito preferencial -tasa Libor más 2 por ciento- del Banco República hasta por el cien por ciento del costo de la plantación con una gracia por diez años para capital e intereses; exoneración de tributos nacionales y municipales, aun de aquellos a crearse, y fuerte respaldo en obras de infraestructura (redes ferroviaria y vial, puentes, puertos).

MÁS DE 500 MILLONES DE DÓLARES EN SUBSIDIOS

Entre 1988 y 2000 el Estado aportó a los emprendimientos forestales 69,4 millones de dólares en subsidios directos, 55,8 millones en impuestos no pagados, 55 millones en créditos blandos y 234,1 millones en obras vinculadas al sector, según un estudio realizado por el economista Joaquín Etchevers, miembro del Grupo de Apoyo Parlamentario (GAP) del Frente Amplio. Un total de 414,3 millones de dólares que desde entonces se incrementaron año tras año, superando sobradamente los 500 millones.

Algunos de esos subsidios no se han pagado y por eso los empresarios sostienen que el Estado les adeuda unos 30 millones de dólares. El gobierno dice que sólo debe 17 millones y anunció que cancelará la deuda mediante la enajenación de algunas de sus propiedades. Cuando en medio de una crisis socioeconómica brutal los presupuestos nacionales le niegan vintenes a sectores más necesitados, continuar priorizando a un sector altamente privilegiado desde hace 16 años se presta a una fuerte polémica.

¿Cuáles han sido los beneficios de semejante esfuerzo pagado por los uruguayos y quiénes se han beneficiado de tales prebendas? Ni siquiera buena parte de los inversores privados uruguayos que pusieron dinero para los emprendimientos colectivos fomentados por los fondos forestales han podido recuperar la inversión, como se ha visto tras el concordato de Paso Alto (véase nota aparte). Sí han ganado las grandes empresas forestales extranjeras asentadas en suelo nacional y unos pocos empresarios locales.

INVERSIONES POCO CONFIABLES

Entre las razones que llevaron a los gobiernos posdictadura a impulsar el modelo forestal debieron pesar, sin duda, las presiones de organismos como el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para forestar con destino a la industria papelera internacional. Unos 16 años atrás, cuando se aprobó la ley de promoción forestal, el precio de la tonelada de madera pulpable rondaba los 60 dólares y la demanda internacional era apreciable.

La tala indiscriminada y el consumo de bosques nativos en todo el planeta provocaban una deforestación acelerada -a razón de 15 millones de hectáreas por año, cantidad equivalente al 90 por ciento del territorio nacional- con consecuencias predeciblemente pésimas para el mundo todo. Era necesario sustituir a los bosques tropicales como fuente de madera pulpable para la fabricación de papel y cartón, aunque la demanda de la producción papelera no fuera la única causa del daño. Uruguay, con poca población campesina y abundante tierra apta subutilizada, era un lugar ideal para implantar el modelo forestal. Se esperaron entonces muchos beneficios y no se previeron -o se ocultaron deliberadamente- los perjuicios probables.

Dormitorios utilizados por los trabajadores

forestales en las plantaciones

Es típico que en el mercado hortícola nacional, en determinado momento, la cebolla se ponga cara. Al año siguiente todos plantan cebolla. Consecuencia: la cebolla está tan barata que su precio no alcanza para pagar ni los costos de plantación. A la cosecha siguiente nadie planta cebolla y su precio sube hasta el punto que se hace necesario importarla. Lo mismo ocurre a veces con otras hortalizas. Las bajas y alzas de los precios en esos rubros son cíclicas y el horticultor y el consumidor las soportan, en parte con diversificación y en parte con resignación. Algunos creen que tales sobresaltos en la producción y el mercado se evitarían si la producción se planificara y no se dejara el precio librado a los vaivenes de la oferta y la demanda. Ahora bien, si se eligen pinos o eucaliptos en lugar de cebolla, y se pierde con los precios del mercado, entonces no hay marcha atrás. Porque el gobierno apostó exclusivamente al mercado internacional y no previó ni planificó alternativas, y porque la forestación tiene retorno recién a los siete años, como mínimo, y en ese lapso pueden cambiar muchas cosas, como efectivamente sucedió: la presión de los organismos internacionales surtió efecto y en muchos países del Tercer Mundo surgieron grandes plantaciones monoespecíficas. Muchos de esos nuevos productores ingresaron al mercado internacional, la oferta creció, la demanda se contrajo, los precios internacionales bajaron a menos de la mitad. Al mismo tiempo, a las crisis regionales y locales se sumó la del petróleo, que triplicó los precios de los fletes, lo que redujo aun más los márgenes de rentabilidad. Cuando los plantadores uruguayos comenzaron a cosechar para vender al exterior cayeron en la cuenta de que aquella rentabilidad fabulosa prometida en los años noventa se había reducido a casi nada. Actualmente el precio internacional de la tonelada pulpable oscila entre los 23 y los 28 dólares. El Fondo Forestal de la Cámara de Industrias (CIU) sigue sosteniendo desde su página web, al igual que otros fondos similares, que la inversión forestal "es la más segura, rentable y confiable". Pero algunos inversores están ansiosos por vender sus árboles pues saben que, con suerte, podrán recuperar al menos una tercera parte del capital invertido.

UN CAMIÓN CADA CINCO MINUTOS

Sin embargo, no todos los inversores están ansiosos, pues nadie podría soportar más plantaciones ni cortes mayores, aunque todavía reste sin forestar algo más del 13 por ciento de país declarado forestable. De acuerdo con una investigación realizada en 2000 por el ingeniero Carlos Pérez Arrarte1 la movilización de la cosecha en el territorio y las operaciones de exportación a ultramar "desarrollarán una gran presión sobre la infraestructura física del país (...). En el año 2003 se cosecharán 6,6 millones de toneladas, para 360 días significa que se deberán desplazar a las terminales cada día 18.333 toneladas; suponiendo camiones de 30 toneladas de carga neta (45 bruta), significa 611 camiones por día, o unos 25 camiones por hora las 24 horas. Si la mitad se embarca por Montevideo -hipótesis probable- implicaría un camión llegando a la ciudad cada cinco minutos, las 24 horas al día, los 360 días del año". Así no hay carretera ni ciudad ni país que aguante.

Los agrotóxicos se manipulan sin ninguna

protección para los seres humanos

y para el ambiente

Puesto que la venta al exterior, salvo en determinadas condiciones, ya no es tan rentable como se preveía, la instalación de plantas celulósicas parece ser una buena solución para muchos cultivadores forestales, pues significaría un gran ahorro en fletes, entre otros supuestos beneficios. Entre el 70 y el 80 por ciento de los monocultivos locales se han orientado a la producción de madera pulpable, en cuyo caso la corta oscila entre el séptimo y el décimo año, mientras que la producción orientada a madera sólida demanda un crecimiento de 15 años como mínimo y puede llegar a los 20 y hasta los 25 años en algunos casos.

Ocurre que la instalación de las plantas de celulosa es fuertemente cuestionada por organizaciones ambientalistas, grupos de agricultores y organizaciones sindicales y vecinales.

¿MÁS EMPLEO O MÁS DESEMPLEO?

En materia de empleo la realidad y las perspectivas que ofrece la industria forestal uruguaya son deplorables. Según el censo agropecuario de 2000 el sector ocupa a menos de 3 mil trabajadores permanentes: 2.962 para ser exactos. En el momento del censo el área forestada era de 660 mil hectáreas. Un trabajador cada 222 hectáreas. Las peores previsiones para el complejo forestal hablaban de un trabajador cada 100, que era el promedio agropecuario en ese momento. Ni siquiera lo peor se cumplió.

El censo registró 157.009 trabajadores en el medio rural. Los trabajadores forestales representan apenas el 1,88 por ciento de esa cifra, mientras que la superficie cultivada era superior al 4 por ciento del total cultivable. El censo utiliza como unidad de medida comparativa la cantidad de trabajadores ocupados cada mil hectáreas. La forestación ocupa el último lugar en la tabla de posiciones en todo el país, con cuatro trabajadores. Le siguen la ganadería vacuna extensiva, con seis, el arroz, con ocho, y la ganadería ovina, con nueve. En la otra punta se ubican la avicultura (211), la viticultura (165), la horticultura (133) y la suinocultura (128). Se estima que el personal zafral contratado anualmente en la industria oscila entre 5 mil y 7 mil trabajadores, pero la cifra es muy variable y difícil de determinar debido al alto nivel de desregulación e informalidad. Además de escaso, el empleo forestal es muy mal remunerado y se trabaja en pésimas condiciones (véase nota aparte). Las cifras son ilustrativas: el desplazamiento de otras actividades agropecuarias, incluso hasta la tradicional ganadería extensiva, en favor de la forestación no sólo no ha mejorado la oferta de empleo sino que ha provocado la pérdida neta de puestos de trabajo. La famosa promesa de que la inversión forestal significaría más empleo resultó desmentida por la realidad de campos monoclonados y semidesérticos.

DE PUEBLO FLORIDO A PUEBLO SECO

Una reciente investigación del especialista Víctor Bachetta (véase recuadro) en las zonas forestadas de los departamentos de Paysandú y Tacuarembó mostró que muchas poblaciones subsistentes en el complejo agropecuario han debido emigrar o simplemente han desaparecido ante el avance de los monocultivos forestales. En algunos casos por la falta de trabajo, en otros por la creciente infertilización de la pradera que vuelve imposible la agricultura y el pastoreo.

No es la Edad Media, es una cocina

para trabajadores forestales

Las plantaciones forestales resecan los suelos, los dejan sin agua, los vuelven infértiles, los granjeros se ven obligados a abandonar las tierras donde ya no pueden cultivar. Esto les ocurrió o les está ocurriendo a los pobladores de localidades como Cerro Alegre, camino Sadam, ruta 14, paraje Pense (en Soriano), Piedras Coloradas, Las Flores, Pueblo Seco, Celestino, arroyo San Francisco, arroyo Valdez, Arroyo Negro, Colonia 19 de Abril (Paysandú), Rincón de Zamora, Cerro del Arbolito (Tacuarembó) y seguramente esté ocurriendo en un sinnúmero de localidades aledañas o enmarcadas en zonas de foresta artificial que no han sido aún estudiadas bajo esta perspectiva. Lo cierto es que el campo se viste de árboles monoclonados y se despuebla de gente. La emigración del campo a la ciudad dejar de ser amenaza y se transforma en una realidad tan dura como los troncos que empujan al desarraigo.

Simultáneamente, la crisis provocada por la baja rentabilidad presiona a los pequeños y medianos inversores forestales a vender sus propiedades, que son adquiridas por las grandes empresas extranjeras. Se opera entonces en el sector un doble proceso: concentración de la tierra y extranjerización.

Por si todo esto fuera poco tampoco se cumplió la promesa del ingreso de grandes divisas para el país gracias a la forestación. En 2000 las exportaciones forestales sumaron 109 millones de dólares, apenas 2,86 por ciento del total, que ese año trepó a los 3.805 millones de dólares. En 2003, pese al sostenido aumento de las plantaciones y del impresionante apoyo estatal al sector, las exportaciones forestales apenas sumaron 5 millones más a la cifra alcanzada en el año censal. Y aunque el monto representa algo más del 20 por ciento de incremento respecto del semestre 1997-2002, en el cual las exportaciones del sector promediaron los 80 millones de dólares, las importaciones alcanzaron similar guarismo en el mismo rubro, en igual período. Eso significa que el país no ganó un solo peso con la forestación. Peor aun: perdió, y mucho.


1 Pérez Arrarte, Carlos. "Impacto de las plantaciones forestales en Uruguay", Montevideo, revista Biodiversidad, 2000.

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