jueves, 17 de septiembre de 2026

Fanatismo por la moderación

 


 

 

La chacra, 17 de Setiembre, 2026
Álvaro Jaume (Siempre REDOMÓN!)

(I)

El pasado mes de Agosto, sobre finales, se llevó a cabo aquí en Uruguay la “Semana Progresista”. En particular, el 3er. Congreso Panamericano del Progresismo, inaugurado en el propio Palacio Legislativo. Como no podía ser de otra manera (¡gracias semiótica!), la llamada “Izquierda” en esta era “posmo” es adicta a las gestualidades de jerarquía y PODER. En este marco es que G. Boric, expresidente chileno, relativamente joven, producto de históricas luchas estudiantiles contra el neoliberalismo (2011/12), claro exponente del “frenteamplismo” andino derrotado en las urnas por el fascista A. Kast, entre otras frases inolvidables, sentenció la siguiente: “El fanatismo por la moderación, al final no lleva a ninguna parte”. 

Si lo hubiesen escuchado algunos de los “lonkos” (autoridad Mapuches) presos desde hace décadas en virtud de la ley “antiterrorista” (18314) promulgada por la Dictadura Pinochetista, simplemente habrían asentado con sus cabezas confirmando la verdad de semejante aseveración. ¡Cero “moderación” para con los rebeldes y subversivos Mapuches! Durante su campaña electoral el amigo Boric había prometido no declarar más el estado de Emergencia en la zona de la Araucanía, pero ¡oh! “sorpresa”, ni transcurridos tres meses de su Gobierno, él y su Ministra del Interior Izkia Siches (otra “luchadora” estudiantil de aquellos años), decretan la militarización de la zona.

 Entonces vuelvo los pasos sobre mí mismo: ¡qué ingenuo “el” Jaume de pensar que lo del “fanatismo por la moderación” podía significar una suerte de autocrítica izquierdista respecto a que demasiadas transacciones con las lógicas sistémicas no “llevan a ninguna parte”, es decir, que no producen verdaderas transformaciones sociales. Que se termina validando, legitimando al sistema capitalista en su versión tecno-neoliberal actual, como el único posible y deseable. 

¡Pero NO! Si a los hechos nos remitimos, hay que interpretarlo exactamente al revés: no hay que tener “moderación” ante los reclamos genuinamente revolucionarios como los de la RAM (Resistencia Ancestral Mapuche), ni siquiera pensar “moderadamente” en decretar una amnistía para los más de 100 presos políticos Mapuches o en la anulación de la ley decretada por el criminal de Pinochet. Ingenuidad de quien escribe al suponer —por un instante— que a personajes como Boric podrían quedarles restos de sensibilidad social adquirida en las luchas callejeras contra el Gobierno de S. Piñera una década atrás, como para concluir que por el camino de la “moderación” finalmente no llegarán nunca ¡CAMBIOS REALES! 

Me pareció tan extraña una frase de ese tipo en sus labios, que intentando controlar mi instinto lapidario ante los políticos de esta era posmo (¡tanto los unos como los otros!) me dije a mí mismo: ¿será que la derrota en las urnas el pasado diciembre 2025, de “su” FA (Frente Amplio) tras la candidatura de J. Jara, lo hizo pensar? ¿Será que esa derrota ante ultrafascistas como A. Kast, que precisamente de moderado no tiene nada, le permitió visualizar que ese no era el camino para disputar lugares de Poder? ¿Será que esta nueva camada de dirigentes autoproclamados de “Izquierda” (¡no solo progresistas!) comienzan a entender que en esta particular etapa que transita el Capitalismo a escala Planetaria (“era Trump”), ya la “corrección política” no es reeditable? ¡Decididamente NO! 

Basta considerar el resto de su discurso, en el que en determinado pasaje afirmó: “Lo importante no es que sigamos siendo los mismos convencidos…”, dejando al desnudo su abdicación ante convicciones profundas, consistentes. Bastaba observar su gestualidad, su autocomplacencia por estar disertando desde un PALACIO (no desde una tribuna callejera) y sus referencias comprensivas hacia las nuevas generaciones, la Z consumidora de inventos como el de los “Thérians”, o la “Alfa” seducida sistémicamente con “farmear aura” en las Plazas de las grandes ciudades (también la Independencia fue testigo de estas “batallas”), demostrando que encarna esa diversidad tan reclamada en tiempos “posmo”. Conclusión: ¡su mimetización con la democracia liberal burguesa es ABSOLUTA!

(II)

Y mientras el producto político del Progresismo o la “Izquierda Fucsia” en la actualidad son este tipo de “referentes” (¡suena más “light” que dirigentes!), “los” Boric, Axel Kicillof, Orsi, C. Sheinbaum, etc., del otro lado del mostrador están los tigres de la “batalla cultural” empeñados en confrontar combativa-mente al “Wokismo” (así le llaman al Progresismo) o Marxismo Gramsciano, y al Comunismo. Trump y sus secuaces (Marco Rubio, JD. Vance, P. Thiel…), el icónico Milei, los Bolsonaro, de la Spriella, K. Fujimori, Kast, y varios más. Justamente ninguno de ellos fanatizados por la moderación. Conformando un pelotón político/ideológico nucleado por Trump en el ESCUDO DE LAS AMÉRICAS (hoy integrado por 19 países/amplia mayoría), herramienta autóctona de la ultraderecha para su estrategia geopolítica, fundamental para concretar, asentar, afirmar la doctrina “DONROE” en América Latina. 

Todos estos tigres sí creen en la lucha de clases, lógicamente del lado del Gran Capital, mientras “los otros”, los representantes de la “izquierda caviar” (diría un compinche “lumpen” de estos pagos) se esmeran en los buenos modales, en sostener agendas de “nuevos derechos” y en proyectar “políticas de Estado” que armonicen intereses nacionales. Previo al escándalo internacional que por estos días provocaron las declaraciones de Jacob Coxon (ex Anthropic) augurando una probable destrucción de la Humanidad si no se regula o controla la expansión vertiginosa de la IA, hice un pequeño ejercicio intelectual: le pregunté a una de las tantas IA disponibles quiénes eran los “tecno oligarcas” que respaldaban la gestión Imperialista de Trump a escala Planetaria. La respuesta, sin desperdicio, que citaré textualmente, vale la pena para entender —de forma cabal— el mundo TRANSHUMANO que se nos viene implantando aceleradamente: “A diferencia del conservadurismo tradicional, este bloque promueve una ideología postliberal, centrada en la desregulación absoluta, el uso de la IA para la vigilancia estatal y una visión corporativista/meritocrática que desafía la democracia institucional clásica”. 

Y tipifica al bloque en tres categorías: 

(1) Los megamillonarios como Elon Musk (Tesla, SpaceX, “X” Twitter) o Peter Thiel (Paypal/Palantir). Este último ideólogo de la “Ilustración oscura”, defensor de la incompatibilidad entre “democracia” y Libertad.

 (2) CEO(s) y/o tecnólogos de Silicon Valley, con nombres menos conocidos como David Sacks, el “zar” de S.V., o Marc Andreessen (uno de los redactores del manifiesto “tecno-optimista”) que conforman un CONSEJO ASESOR de la Casablanca (PCAST). 

(3) Caras visibles de las “BIGTECH” como Mark Zuckerberg (Meta), Sam Altman (OpenAI), Jeff Bezos (Amazon), Tim Cook (Apple), Jensen Huang (Nvidia), Sundar Pichai (Google), etc. 

Hasta aquí la “info” disponible… y uno queda impresionado con esta precisa radiografía que hace la IA del PODER GLOBAL en el mundo capitalista de hoy (tecnocap. 4.0). En todo caso, lo que omite la IA es que —en la tecoguerra emprendida contra China— lo que constituye la “utopía” de esta élite mundial es la DICTADURA DEL GRAN CAPITAL, terminando con normativas, reglas o leyes que restrinjan su PODER y sus obscenas Riquezas. 

Precisamente es esto lo que le envidian a China: una estructura política vertical de Estado, para ejercer libremente su dominio. Reconozco que grande fue mi sorpresa al comprobar que una herramienta sistémica como la IA es capaz de desnudar una realidad que uno observa críticamente desde una visión —por ejemplo— marxista. 

Pero más grande es mi desazón cuando compruebo que en el campo popular siguen siendo mayorías sectores políticos miopes o comprobadamente demagogos, solapadamente contrarrevolucionarios. 

Mientras las “izquierdas del orden” en América Latina se han venido debatiendo entre crisis de corrupción y síndromes de adaptación sistémica, la llamada ultraderecha viene trabajando su “Batalla cultural” y desplegando una estrategia de poder que les ha rendido sus buenos frutos. No solo en Argentina. En Chile, en Bolivia, en Perú, en Colombia, en Ecuador… Utilizando la tecnología a su favor, claro está, ¡con todo el capital disponible! Desplegando un enorme trabajo de ideologización a través de las redes sociales y apostando a formar militantes rentados, verdaderos AGENTES capaces de digitar, programar y protagonizar un trabajo de masas, o de fraguar resultados electorales como ocurrió en Colombia. La prueba más contundente de esto ha sido la detención en Bolivia de Fernando Cerimedo, argentino, asesor de campañas electorales de: Milei, R. Paz en Bolivia, de la Spriella en Colombia, y hasta su detención, de F. Bolsonaro en Brasil. 

No solo activó campañas empleando GRANJAS DE BOTS con cientos y cientos de celulares interconectados, para producir “Fakenews” (noticias falsas) o construir personajes, o forjar ilusiones de todo tipo, sino que ante el peligro de ser delatado por su pareja (N. Beller/exdiputada del MAS), directamente la manda matar. Ella sobrevive, por eso se conoce toda esta información. Pero de lo que no cabe duda es de los métodos que aplican estas mafias políticas, con dirigentes “top” como Milei, que han reinstalado la era de la CONFRONTACIÓN TOTAL.

(III)

Entonces, frente a un panorama tan devastador, vuelvo al inicio: la frase de Boric, en primera instancia, me jaqueó fuerte. Obvio que el “fanatismo por la moderación, no conduce a ninguna parte”. 

Aunque parece que estos señores de la política progre, como dirían los camaradas en viejas épocas, no caen en provocaciones: no contestan insultos, no caen en agravios, no hablan ni de fachos, ni de ricos, ni de carroñeros explotadores. Ni siquiera se animan a decir que una multinacional de origen belga como KATOENNATIE, que la conozco por empresa negrera y esclavista desde que trabajé en el puerto de Rotterdam en los años 1981/82, a la que en una indigna claudicación el señorito Lacalle, su gobierno le “regaló” el puerto de Montevideo por 60 años, está demostrando con su prepotencia empresarial que la lucha de clases está más vigente que nunca. 

Desde hace casi dos meses, todo el fachaje “de arriba”, medios de prensa, empresarios, políticos coalicionantes, señoritos y señoritas de la clase alta, el “Rafa” Ferber presidente de ARU, y cuanto acomodado anda en la vuelta, le vienen reclamando al Gobierno del simpático y dialogal Yamandú, ¡que declare al Puerto SERVICIO ESENCIAL! Y ante esa letanía que se viene reiterando desde los círculos de Poder y la clase alta uruguaya, la respuesta que viene dando el Gobierno del FA (porque “Ojo”, el problema no es solo Orsi) y la dirigencia frenteamplista, sinceramente y por no ser grosero, ¡más claudicante y lastimosa no podría ser! Prácticamente “quijotesca” ha sido la voz del Ministro de Trabajo (J. Castillo) afirmando que no corresponde el decreto, pues los servicios esenciales tienen otro fundamento. Y lo peor: se resuelve el dilema con una declaración de “SERVICIOS MÍNIMOS”, que no es ni más ni menos que un camuflaje o disfraz de la propia “esencialidad”. Sin duda, volviendo al comienzo, a las palabras del “pillo” (dirían mis nietos) Boric, el “fanatismo por la moderación, no nos está conduciendo a ninguna parte”.

 Esto lo está sintiendo el SUPRA, el medio millón de uruguayos/as que están todos los días lidiando con la pobreza, o los cientos de Olleras y Olleros que cada Miércoles llegan a nuestra Olla del TOLE, con los huesos crujientes de hambre y la mirada gris porque no tienen esperanza de que las cosas cambien. Para cerrar, la gran pregunta: ¿padecemos “NOSOTROS”, los orejanos de hoy, los que en vieja época fundamos al FA (71) con la ilusión de crear una herramienta de lucha necesaria para las GRANDES TRANSFORMACIONES SOCIALES, los que seguimos desde el llano apostando a la CONCIENCIA Y MOVILIZACIÓN de nuestro Pueblo, padecemos la contracara de la psicopatología progre, el “fanatismo por la radicalidad”? Puede ser… pero si algo nos enseñaron los duros tiempos de la Dictadura (insisto con esto), o en esta “Era Trumpiana” los avances logrados en A.L. durante la última década por el Imperialismo tecno fascista y la ultraderecha política, es que las “tibiezas” nos debilitan a nosotros mismos, fortalecen al enemigo, y las tolerancias no conducen a “NINGUNA PARTE”. Sumémosle, para que no nos pase como a los Mapuches, para que no logren aislarnos (que es a lo que apuesta el sistema), para que la RESISTENCIA pueda convertirse en INCIDENCIA POLÍTICA, que la condición necesaria es doble: 

1) Incorporar a nuestra vida personal el desafío militante de romper con los hábitos capitalistas;

 2) Aprender a caminar CON OTROS, ORGANIZANDO Y CONSTRUYENDO LUCHA.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 27 de agosto de 2026

Sentirse pobre


El país que trabaja y se siente pobre
 

25 de agosto de 2026
Por Nicolás Centurión


Casi un tercio de la población uruguaya dice sentirse pobre, aunque la pobreza se sitúa en el 16,6% de la población (unas 578.665 personas) y el 13,2% de los hogares.


Hay una franja considerable de la sociedad que está por encima de la línea oficial de pobreza, trabaja, cobra un salario y cumple con sus gastos básicos, pero vive con un margen tan reducido que cualquier imprevisto puede alterar por completo la economía del mes.

El 31,3% de pobreza auto percibida surge de una pregunta incorporada por el Instituto Nacional de Estadística a la Encuesta Continua de Hogares: si la persona se considera o no pobre. La cifra prácticamente duplica el 16,6% de pobreza monetaria registrada para 2025.

Ambos indicadores miden fenómenos diferentes. La pobreza monetaria establece si los ingresos de un hogar alcanzan para cubrir una canasta determinada; la percepción incorpora elementos menos precisos, pero igualmente relevantes, como las posibilidades de consumo, el endeudamiento, la seguridad económica, la capacidad de enfrentar un gasto inesperado o la expectativa de mejorar en los próximos años.

La distancia entre ambas cifras permite formular una pregunta que va más allá de la discusión habitual sobre cuántos pobres hay en Uruguay: qué significa, en términos concretos, haber dejado de ser pobre. Una persona puede ubicarse algunos pesos por encima de la línea oficial y continuar viviendo en condiciones de extrema fragilidad. Puede pagar el alquiler y, al mismo tiempo, no tener capacidad de ahorro. Puede sostener el consumo básico mediante crédito o postergar consultas médicas, arreglos domésticos y compras de ropa. Puede tener empleo y no encontrar ninguna posibilidad real de independizarse.

Este problema aparece con mayor nitidez cuando se observa el mercado laboral. El Instituto Cuesta Duarte estimó que durante 2025 alrededor de 512.000 trabajadores tuvieron ingresos laborales sumergidos, cerca del 30% del total de ocupados. Entre los asalariados fueron unos 293.000, uno de cada cuatro. La referencia de los llamados “25 mil pesistas” requiere una precisión: los $25.000 líquidos utilizados por el instituto están expresados a valores de noviembre de 2022 y equivalen aproximadamente a $28.700 a fines de 2025. Es decir, más de medio millón de personas trabajaban por debajo de ese nivel de ingresos.

El dato desarma una interpretación frecuente de la pobreza como un fenómeno asociado exclusivamente a la ausencia de empleo. Una parte importante de la población vulnerable está ocupada. Trabaja en comercios, servicios, restaurantes, tareas domésticas, construcción, actividades rurales o por cuenta propia, pero obtiene por ese trabajo un ingreso que apenas permite sostener los gastos corrientes. La situación es especialmente marcada entre los jóvenes: más de la mitad de los asalariados menores de 25 años se encontraba dentro de la categoría de salarios sumergidos.

La paradoja es que esto ocurre en una economía que no atraviesa una crisis convencional. La inflación está contenida y el salario real promedio ha mostrado recuperación. No hay una pérdida generalizada del empleo ni un derrumbe del ingreso como los que Uruguay conoció en otras etapas. El problema es que los promedios dicen poco sobre quienes se encuentran en los tramos inferiores de la distribución salarial y destinan la mayor parte de sus ingresos a gastos que no pueden postergar.

Desde julio, el Salario Mínimo Nacional se ubicó en $25.383 nominales. El alquiler promedio de los contratos relevados por el INE ronda los $22.245. Naturalmente, no todas las personas que cobran salarios bajos viven solas ni pagan un alquiler de ese monto, pero la relación entre ambas cifras permite dimensionar el problema. Si dos personas comparten un alquiler promedio, cada una debe destinar algo más de $11.000 mensuales exclusivamente a vivienda.

El transporte agrega otra partida inevitable. Un trabajador que utiliza dos boletos STM por día durante 22 jornadas laborales gasta unos $2.200 mensuales una vez considerada la devolución correspondiente al usuario frecuente. Entre vivienda y traslado al lugar de trabajo ya se comprometen más de $13.000. Para una persona con ingresos cercanos al salario mínimo o al umbral de los salarios sumergidos, eso significa que aproximadamente la mitad del ingreso desaparece antes de comprar alimentos.

Una canasta alimentaria austera, construida a partir de precios relevados por el Sistema de Información de Precios al Consumidor y compuesta básicamente por arroz, fideos, pollo, aceite, verduras, pan y algunos lácteos, ronda los $6.000 mensuales. No se trata de una canasta nutricional ideal ni pretende sustituir las mediciones oficiales; simplemente permite aproximarse a lo que cuesta alimentarse con un presupuesto reducido y cocinando en el hogar.

Si a esos gastos se agregan electricidad compartida, una recarga de celular y productos básicos de higiene y limpieza, el desembolso mensual supera los $20.000. Para quien recibe aproximadamente $28.700 líquidos, el margen restante queda en torno a los $8.000.

Para una persona que se mueve cerca del Salario Mínimo Nacional, el saldo disponible puede caer por debajo de $5.000, antes de considerar agua, gas, internet, medicamentos, ropa, calzado, deudas, educación, reparaciones, ocio o cualquier emergencia.

Esa cuenta explica mejor que muchos indicadores por qué alguien que técnicamente no es pobre puede responder que se siente pobre. La cuestión no está solamente en poder pagar lo indispensable, sino en cuánto queda después de hacerlo. Una economía doméstica sin margen convierte cualquier problema relativamente menor en una crisis: una heladera que se rompe, una consulta odontológica, un medicamento no previsto, una mudanza, una garantía de alquiler o unos días sin trabajar.

La línea oficial de pobreza es una herramienta indispensable para diseñar políticas públicas y comparar la evolución social. El problema aparece cuando la discusión termina allí. Entre la pobreza estadística y una capa media con capacidad de ahorro y planificación existe una zona mucho más extensa de trabajadores que viven en condiciones de vulnerabilidad permanente. Son personas que pueden no estar dentro de las mediciones de pobreza, pero tampoco cuentan con la seguridad material tradicionalmente asociada a la clase media uruguaya.

Ese ascensor que tambalea

Durante buena parte del siglo XX, uno de los elementos centrales del imaginario uruguayo fue que el trabajo permitía ascender socialmente, independizarse y construir cierta estabilidad. Esa promesa resulta hoy bastante menos evidente para cientos de miles de trabajadores. El problema no es solamente cuánto cobran, sino cuánto pueden hacer con lo que cobran una vez pagado el costo básico de vivir.

La discusión sobre la pobreza, entonces, debería incorporar una segunda pregunta. No alcanza con saber cuántas personas logran ubicarse por encima de una línea estadística; también importa cuántas pueden sostener una vida con un mínimo de previsibilidad.

Cuando el 31,3% se siente pobre y más de medio millón de trabajadores permanece en niveles salariales sumergidos, la distancia entre ambas cosas deja de ser una cuestión metodológica y empieza a convertirse en un problema económico y político.

En este punto es donde la meritocracia flaquea, cuando las condiciones salariales y económicas erosionan la vida digna y el desarrollo tanto individual como colectivo.

El futuro se juega cada día.


 

 

 

 

 

jueves, 20 de agosto de 2026

Lacalle inaugura la campaña electoral

La segunda vuelta de gobierno


Nico Centurión
Perisferia agosto 12, 2026


Luis Lacalle Pou volvió a hablar en un acto público en la conmemoración de los 190 años de existencia del Partido Nacional. Habló como alguien que pretende volver a gobernar. No anunció una candidatura, pero tampoco necesitaba hacerlo. Hizo algo bastante más importante: empezó a explicar qué clase de dirigente pretende ser cuando llegue el momento de volver a pedir el voto.


Sin vergüenza: Lacalle insiste en retornar a la presidencia
“Me he vuelto cada vez menos ortodoxo”, dijo Lacalle Pou. La frase puede pasar inadvertida entre los lugares comunes inevitables de cualquier celebración partidaria, pero probablemente sea una de las definiciones políticas más importantes de su intervención. El expresidente se encargó inmediatamente de aclarar que eso no significa cambiar valores y principios según la conveniencia. Su explicación fue más interesante: “Qué lindo ser ortodoxo y hablar de libertad cuando alguien no tiene laburo, no tiene casa, no tiene salud y no puede criar a sus hijos”.
Lacalle Pou entregó la banda presidencial el 1º de marzo de 2025, pero nunca abandonó completamente la competencia por el poder. Administró los tiempos de un expresidente joven, conservó la centralidad dentro del Partido Nacional y dejó transcurrir el período indispensable para que su regreso no pareciera desesperado. Ahora comienza otra etapa y su intervención en el aniversario blanco puede leerse como el kilómetro cero de una campaña electoral extraordinariamente larga.
El discurso de Lacalle debe escucharse desde esa perspectiva. “Si la política es más lenta que las necesidades de la gente, no es la gente la que tiene que frenar, es la política la que tiene que apurarse en dar soluciones”, afirmó. Y enseguida introdujo un elemento todavía poco transitado por la dirigencia uruguaya: “La inteligencia artificial tiene y debe y puede y abracémosla como una manera de acelerar la política y que sea mejor y que se resuelvan antes los problemas”.
No estaba hablando solamente de tecnología. Estaba construyendo una crítica al Estado y, por elevación, al gobierno que ocupa actualmente la Torre Ejecutiva. Política lenta contra necesidades rápidas. Administración burocrática contra resolución. Procedimiento contra resultados.

Yamandú Orsi, con bajos niveles de respaldo


Lacalle está intentando colocarse un paso después de la discusión ideológica tradicional. No reniega de sus ideas, sino que empieza a presentarlas subordinadas a una categoría superior: la capacidad de resolver. Es allí donde adquiere sentido su proclamada heterodoxia. Libertad, sí, pero no como abstracción frente al desempleado. Mercado, seguramente, pero no como respuesta automática frente a quien carece de vivienda, salud o condiciones materiales para criar a sus hijos. Hay en esas palabras un intento evidente de ensanchar nuevamente el lacallismo y de quitarle a la izquierda parte de su monopolio discursivo sobre la cuestión social.
Yamandú Orsi atraviesa un deterioro de aprobación que ya no puede considerarse simplemente ruido coyuntural. Las últimas mediciones conocidas colocaron su aprobación en niveles bajos y mostraron una desaprobación considerablemente superior. Más importante que una fotografía del momento es la tendencia: el gobierno consumió rápidamente una parte del capital político con el que llegó a la Torre Ejecutiva y comenzó a encontrar dificultades dentro de su propio electorado.
Existe una sensación difícil de medir entre una parte de la izquierda y la centroizquierda uruguaya: una extraña orfandad política. Personas que durante décadas construyeron al Frente Amplio, militaron en sus organizaciones, participaron en comités de base, sindicatos y movimientos sociales, votaron elección tras elección a sus candidatos o simplemente entendieron que aquella fuerza representaba determinada visión de la sociedad miran ahora al gobierno con una mezcla de distancia y desconocimiento.
El problema no consiste en que esas personas estén convirtiéndose al Partido Nacional. Probablemente jamás lo hagan. Su decepción corre por izquierda.

Decepción en la base frenteamplista

 Y allí aparece una anomalía fundamental para comprender el próximo ciclo electoral uruguayo: no existe actualmente una fuerza política con dimensión suficiente para recogerla. No hay una organización nacional capaz de contener a ese frenteamplismo desencantado ni una figura que haya conseguido transformar ese malestar en representación política. Existe desencanto, pero todavía no existe vehículo.
El gobierno, mientras tanto, parece invertir una parte considerable de su capital en demostrar moderación frente a sectores que no lo votaron y que posiblemente jamás lo voten. Busca tranquilizar al centro, al empresariado, a actores internacionales y a sectores sociales que observaron históricamente al Frente Amplio con desconfianza. La paradoja es evidente: mientras intenta demostrarles a quienes estaban afuera que no tienen nada que temer, algunos de quienes estaban adentro empiezan a preguntarse qué queda de aquello que ayudaron a construir.
Esa gente difícilmente vote a la Coalición Republicana. Pero una elección no se pierde solamente cuando un ciudadano atraviesa la frontera ideológica y vota al adversario. Se pierde cuando no convence a nadie, cuando deja de defender al gobierno en una conversación, cuando vota sin entusiasmo o cuando simplemente decide quedarse en su casa. Confundir ausencia de alternativa con adhesión sería uno de los errores más graves que podría cometer el Frente Amplio.

 

A ese problema se agrega otro: la falta de proyección y recambio. La generación que protagonizó la llegada de la centroizquierda al gobierno envejeció y ninguna figura de la siguiente generación consiguió todavía reunir simultáneamente liderazgo partidario, conocimiento nacional, capacidad electoral y autoridad sobre el conjunto de la fuerza política. El Partido Nacional tiene un problema exactamente inverso. Su recambio puede ser el mismo hombre que gobernó entre 2020 y 2025.
Luis Lacalle parece haber percibido además que existe espacio para ampliar su frontera.Por eso una de las frases más importantes de su discurso no estuvo dirigida exclusivamente a los blancos. “La unión es como concebir nuestro país: en una policlínica de barrio, cuando se necesita una silla odontológica o que llegue la ambulancia o los remedios, ahí está el pueblo unido, de ese pago, de ese barrio, que son blancos, colorados, frenteamplistas, del Partido Independiente y orejanos”.
La enumeración es demasiado precisa para ser inocente. Lacalle habló en la casa de su partido, pero describió una comunidad política que excede ampliamente al Partido Nacional: blancos, colorados, frenteamplistas, independientes y ciudadanos sin pertenencia partidaria. Es exactamente el universo que necesitaría para volver a construir una mayoría nacional.
“¿Alguien cree que una persona realmente puede no tener ideas?”, preguntó en otro tramo. “Nosotros somos esencialmente cuerpo, intelecto, corazón y somos ideas. Y eso lo tenemos que defender”. El movimiento discursivo intenta resolver una ecuación compleja: defender una identidad ideológica sin aparecer como un dirigente ideologizado. Tener ideas sin ser dogmático. Ser firme sin resultar extremo.
De ahí otra de las definiciones del acto: “Firme con las ideas y suave con las personas. Porque siempre que alguien no puede sostener sus ideas, o que no las quiere o que no las sabe expresar, recurre al agravio”.

 

Luego una frase que puede ser leída retrospectivamente, pero que tiene todavía más interés hacia 2029: “No hay que curar heridas, hay que no lastimar. ¿Alguien cree que uno puede unir en el gobierno si llegó dividiendo en una campaña electoral o en su vida política?”.
Es difícil imaginar una definición más alejada de la estética política de Javier Milei y de las derechas neoreaccionarias que pululan por el sur de América. Ese es otro efecto del regreso de Lacalle Pou que debería empezar a considerarse. Su presencia obtura una parte importante del espacio en el que podría desarrollarse una derecha outsider uruguaya.
América Latina atraviesa un ciclo de liderazgos que construyen poder mediante la ruptura. Milei representa su versión más exitosa en Argentina. Abelardo de la Espriella encarna en Colombia otra expresión de una derecha culturalmente más agresiva y confrontativa. En Brasil, Flávio Bolsonaro aparece como posible continuidad familiar y política del bolsonarismo. Cada sistema produce su propia criatura.
Uruguay probablemente no la necesite. Lacalle puede ofrecer una parte importante del desplazamiento ideológico que demanda la nueva derecha regional sin romper con la institucionalidad tradicional uruguaya. Puede hablar de libertad sin atacar al sistema político, reivindicar el mercado sin dinamitar el Estado, alinearse con Occidente sin convertir cada decisión diplomática en una guerra cultural y disputar sectores populares a la izquierda sin adoptar la estética de la motosierra.
Incluso puede apropiarse de la crítica a la ortodoxia. Ese quizá sea uno de los movimientos más inteligentes del discurso. Cuando Lacalle afirma que se ha vuelto menos ortodoxo porque hablar de libertad significa poco para quien no tiene trabajo, casa o salud, intenta anticiparse a una objeción histórica de la izquierda contra el liberalismo económico. No abandona la libertad: pretende redefinir las condiciones materiales necesarias para ejercerla.
Uruguay puede experimentar así movimientos similares a los que recorren otros países de América Latina mediante mecanismos completamente diferentes. Sin gritos, sin ruptura institucional, sin un personaje que prometa incendiar el edificio para reconstruirlo después.

 

Después de abandonar la Presidencia, Lacalle Pou encontró en el Centro de Estudios para el Desarrollo (CED) -un think tank alineado a la Red Atlas- algo bastante más útil que un lugar desde donde ofrecer conferencias. Como Senior Fellow asumió la conducción del Programa de Alta Dirección para la Gestión Pública, una instancia de formación orientada precisamente hacia personas interesadas en desempeñar responsabilidades públicas. Por allí circulan antiguos integrantes de su administración, empresarios, técnicos y especialistas.
La segunda edición del programa recibió más de 1.500 postulaciones para apenas 35 lugares. Entre quienes participan de la formación aparecen figuras de su anterior gobierno como Azucena Arbeleche y Omar Paganini. ¿Dentro del CED se está confeccionando un gabinete para un futuro gobierno de Lacalle? Ahí tenemos la vidriera de la política de una estructura de formación de cuadros públicos conducida por un expresidente de 52 años con posibilidades concretas de regresar al poder. Algo que no parece estar realizando el Frente Amplio. Porque la formación de un cuadro no solamente se ciñe a lo técnico o la capacidad política o teórica sino también que impregne en la gente y su nombre sea conocido tanto como su rostro.
Se necesitan técnicos, cuadros intermedios, redes profesionales, diagnósticos, ideas, documentos y personas que compartan determinada concepción del Estado. Lacalle dispone ya de la experiencia de un gobierno completo y participa ahora de un ámbito capaz de nutrirse necesariamente para otra administración. “No se puede gobernar un país si no se conoce”, dijo en el acto. “Y conocer es haber tenido la oportunidad de mirarse a los ojos, de conversar un rato, de entender los sueños, las alegrías, las tristezas, las esperanzas y cargarlas arriba del hombro”.
Lacalle puede pasar los próximos tres años recorriendo Uruguay sin ser candidato, hablando sin presentar un programa electoral, formando dirigentes sin designar ministros y criticando sin cargar con las responsabilidades de gobernar. Tiene algo que escasea extraordinariamente en la política uruguaya: tiempo.


 “No se puede ejercer bien el poder si antes no se tiene autoridad. Y esa autoridad intelectual, afectiva, no se construye de un día para el otro: es una construcción casi imperceptible”. Esa expresión podría definir toda la operación política. Lacalle no necesita lanzar su candidatura en 2026. Necesita construir autoridad durante 2026, 2027 y 2028 para que cuando llegue 2029 su candidatura parezca menos una decisión personal que una consecuencia natural.
El Partido Nacional tampoco produjo hasta ahora un sucesor capaz de ocupar enteramente su espacio. Álvaro Delgado conserva estructura y protagonismo. Otros dirigentes blancos tienen aspiraciones legítimas. En el Partido Colorado, Andrés Ojeda construye aceleradamente su propia figura, pero bajo la sombra de Luis Lacalle.
Existe además una dimensión internacional que termina de completar el cuadro.Una delegación de trece legisladores de los partidos Nacional y Colorado viajó recientemente a Israel. Hubo fotografías, reuniones y declaraciones. La invitación provino del gobierno israelí a través de su representación diplomática en Uruguay y el Frente Amplio decidió no participar. Entre quienes viajaron estuvieron figuras relevantes de los partidos que integran la Coalición Republicana.
Estamos observando a una parte de la dirigencia opositora uruguaya —incluidos dirigentes que podrían ocupar lugares importantes en un futuro gobierno— construyendo y exhibiendo relaciones con Israel, uno de los principales aliados estratégicos de Estados Unidos.

Lacalle dispuesto a alinear al Uruguay al polo trumpista



Durante el gobierno de Orsi se acumularon episodios que, considerados individualmente, pueden presentarse como simples gestos diplomáticos o decisiones pragmáticas. La visita al portaaviones estadounidense, las conversaciones con Washington sobre la posibilidad de recibir deportados —entre ellos ciudadanos cubanos— y la proximidad pública de la representación diplomática estadounidense con actores del sistema político muestran una continuidad bastante mayor de la que sugiere la retórica doméstica.
Lacalle tendrá, además, excelentes relaciones con la Embajada estadounidense. Los vínculos políticos y diplomáticos construidos durante cinco años de Presidencia no desaparecen al entregar una banda.
Esto permite plantear una hipótesis incómoda: un segundo gobierno de Lacalle Pou no necesitaría ejecutar un giro copernicano para alinear a Uruguay con Estados Unidos porque encontraría buena parte del terreno preparado. Incluso un gobierno frenteamplista mantiene una relación estrecha con Washington en áreas estratégicas. La alternancia entre izquierda y derecha puede modificar políticas domésticas importantes sin alterar necesariamente algunos consensos fundamentales de inserción internacional.
Por eso el acto por los 190 años del Partido Nacional importa bastante más que la liturgia partidaria. Lacalle no lanzó formalmente una candidatura. Hizo algo más inteligente: comenzó a construir el argumento que podría justificarla. Ahí está la verdadera segunda vuelta.No la segunda vuelta electoral de noviembre, sino la segunda vuelta de un proyecto político que gobernó entre 2020 y 2025 y que puede estar utilizando el período 2025-2030 como una larga transición entre dos administraciones. 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 18 de agosto de 2026

El "fetichismo de la pureza"


 

 

CUBA: AYER, HOY... EL ENGAÑO DE LOS ATAJOS; EL DESCRÉDITO DE LOS FRACASOS. 

La chacra, 16 agosto, 2026 Álvaro Jaume (siempre redomón!)

 

Hace un tiempo apareció en el blog “El Muerto” un artículo escrito por un militante que no conozco personalmente, pero a quien he aprendido a respetar por sus fundadas opiniones críticas, artículo en el que, refiriéndose a la asediada y agredida Cuba de hoy, textualmente hace mención al “fetichismo de la pureza”, y escribe: “Esta postura revela un privilegio epistemológico... quienes nunca han gobernado ni enfrentado una agresión imperialista, pueden permitirse el lujo de la pureza”.

 ¿Lujo de la pureza? Sin duda, una frase que golpea fuerte. Previo al análisis de cualquier contenido, la frase tiene un tinte emocional político, que quienes peinamos canas en la militancia conocemos de sobra: ante embates crueles del enemigo de clase, ante barbaridades humanas como las que produce el actual bloqueo emprendido por NeoCalígula y el renegado Marco Rubio contra Cuba y su Revolución, es evidente que para quienes se sienten de “Izquierda”, solo cabe la denuncia y la SOLIDARIDAD. 

De acuerdo. Por algo ha resultado tan indignante la servil postura del MPP, el gobierno de Orsi, y ciertos sectores del FA, ante el GENOCIDIO en Gaza, llevado adelante por la alianza Imperialismo-Xionismo (Trump-Netanyahu). Históricamente, para un militante que intentaba ser revolucionario DE VERDAD, ciertos posicionamientos, ciertas reacciones, se convertían en una cuestión de PRINCIPIOS: ¡cuestionar al OPRESOR en defensa del OPRIMIDO resultaba indiscutible! Pero parecería que en esta época de “TURBOCAPITALISMO”, de “Sociedad Paliativa” —diría el coreanito (BCH)—, la palabra Principios no estaría incluida en el diccionario de lo que se entiende por “Izquierda” o “Progresismo”. Suena a fundamentalismo “jurásico”, ¡prehistórico! Pues bien, volviendo al caso de Cuba, ante el redoblado bloqueo que vive en este momento el pueblo cubano, sufriendo una asfixia material, económica, que se asemeja en parte a lo que es un genocidio de facto, no quedaría otra que la denuncia de este brutal atropello, y las correspondientes respuestas solidarias que cada cual (países, estados, gobiernos, organizaciones políticas y/o sociales) pueda concretar según sus posibilidades.

 Denuncia política del plan imperialista, solidaridad práctica, y nada de hacer fenomenología sobre el porqué ocurren las cosas de la manera que ocurren. Pero la aseveración de este compañero sobre el “fetichismo de la pureza” va aún mucho más lejos: desprecia la ÉTICA como sustento clave para un quehacer político diferente al del enemigo, e instaura la teoría de que cuando se gobierna o se sufren agresiones como la que soporta Cuba hoy, la “pureza” resultaría “un lujo”. No tendría cabida. Según su mirada, metidos en el barro de la vida política, no hay que andar con purismos ni principismos de ningún tipo. Desde que me conozco militando (más de 60 años han pasado), esta ha sido una de las clásicas polémicas que nos han atravesado reiteradamente. 

Ya con el uso de la palabra “fetichismo” induce a pensar que la ÉTICA en política vendría a ser como un adminículo de segundo orden. Si nos atenemos al origen de la palabra “fetichismo”, viene del griego “facticius”, que significa hacer, derivado luego en algo “artificial” (hecho por el humano), con cierta connotación de magia o hechizo. De quien mejor aprendí su utilización ha sido de Don Carlos, al referirse al fetichismo de la MERCANCÍA en El Capital. Justamente apostando a desnudar el supuesto valor mágico que se le atribuye en el sistema capitalista al dinero, a los objetos (productos) materiales, como si tuviesen un valor propio, inmanente a ellos mismos, cuando lo que está por detrás, oculto, es el trabajo humano real con la EXPLOTACIÓN a que está sujeto en dicho sistema. Entonces —desde un punto de vista marxista— hablar de fetichismo es quedar en la “apariencia”, sin captar lo esencial; es quedarse atrapado en el “hechizo”. 

¿Y qué significa “pureza”? ¿A qué alude cuando emplea este concepto en su análisis político? Por el contrario, por contraposición a pureza: ¿ha de inferirse una visión maquiavélica de que en la “política real”, esa que se hace cuando se gobierna o se lleva adelante un proceso revolucionario, VALE TODO? ¿Es “lujo” tener principios, tener una ética que marca la diferencia entre el proceder de los “unos” defensores de una clase dominante, del PODER y el “statu quo”, y los “otros” (¡nosotros!) que pretenden revolucionar, subvertir las cosas? Pero además: ¿desde cuándo un enemigo no agrede? ¿Qué contestarían los bolcheviques del 17, los artiguistas y Don José cuando el Directorio Porteño (con Posadas al frente) a principios de 1814 le puso precio a la cabeza del Libertador, o Mao y el Partido cuando el Kuomintang de Chiang Kai Shek comenzó a matar comunistas en abril de 1927? ¿O a Ibrahim Traoré en la Burkina Faso de nuestros días (Sahel/África), intentando retomar algunos de los pasos iniciados por T. Sankara en su Revolución Socialista de 1984? Más allá de las particularidades cubanas con un bloqueo general que supera los 60 años, todas las revoluciones de corte socialista han sido asediadas, agredidas, combatidas de mil formas distintas por los representantes políticos y militares del Capital, y del Imperialismo a lo largo y ancho del Planeta. 

Entonces flaco favor le hacemos a nuestra UTOPÍA REVOLUCIONARIA de plasmar en la Tierra un genuino COMUNISMO, una sociedad sin clases, sin PODER OPRESOR, si callamos, silenciamos, ocultamos los graves errores (no pocas veces “horrores”) de los procesos revolucionarios vividos en estos pasados dos siglos. O peor aún: si pretendemos justificarnos. Justificar procedimientos corruptos, privilegios, elitismos, ejercicios impunes de Poder, o injusticias sociales de todo tipo en virtud de las prácticas del enemigo o en las “inevitables” reglas y crueldades del sistema. La Cuba de los 60 fue para muchos de nuestra generación un FARO que alumbraría el camino hacia un posible NUEVO SOCIALISMO, alternativo al capitalismo de Estado en que habían caído la URSS y todos los países de la Europa del Este. 

Pero ojo: era la Cuba del Che, que siendo ministro de Industria, en lugar de quedarse como cómodo burócrata en su oficina, arrancaba a cortar caña los fines de semana cumpliendo con el trabajo voluntario. No la de un mesiánico Fidel, convertido en palabras e interminables discursos, incapaz de entender que la verdadera REVOLUCIÓN no solo “está afuera”, sino adentro de uno mismo, combatiendo la arrogancia, el autoritarismo, y el clásico estilo dirigentista. En el proceso desatado en los 70/80 fue quedando “apagada” esa OTRA Cuba, y con Fidel a la vanguardia fue ganando no el “fetichismo de la pureza”, sino el del “REALISMO”. 

Porque el asedio o la agresión hacia cualquier tipo de Socialismo emergente, y los desafíos inherentes a todo proceso de transformación sistémica, obligaron a repensar políticamente con “sentido de realidad”, degenerando luego en prácticas contrarias a los ideales revolucionarios primigenios. Se fue instalando un discurso precisamente antagónico al del fetichismo de la pureza, el del “pragmatismo” convertido en el nuevo fetiche. El del “posibilismo” como hechizo para orientar transiciones (¡cuando no traiciones!) o para ahuyentar el temor a las derrotas y sus dolorosos costos. Así fue que Cuba emprendió el camino del llamado “Socialismo Real”, es decir, el de la ortodoxia soviética. Así fue que surgieron los “Eurocomunismos”, los “Socialismos S.21”. 

(II)

 Finales de 1983. Transcurrían mis últimos años de exilio en Holanda, magullando el quiebre, el tropezón de los emblemáticos procesos revolucionarios, cuando decido juntar unos pesos (los obreros del primer mundo podían darse esos “lujitos”) para visitar Nicaragua. ¡Un antojo militante! Conocer de cerca una Revolución aún —suponía yo— no fosilizada. Una necesidad existencial de comprobar que en los HECHOS, en la práctica de la Vida (no en los discursos), una Revolución podía arrimarse más a esa UTOPÍA inspiradora de todas nuestras luchas. 

El 19 de Julio de 1979 (el mismo día que me liberaron en el Penal) los Sandinistas entraron triunfantes a Managua. Viajé en Marzo de 1984. Corrían entonces casi 5 años de experiencia liderada por el FSLN. Estuve unas tres semanas, visitando, dialogando, entrevistando encumbrados dirigentes del Frente (los hermanos Ortega, entre otros) y discutiendo con funcionarios del naciente Estado. Ni qué hablar, conversando con “nicas de pies descalzos”, “loítas”, campesinos, trabajadores, militantes de base. Todo registrado en un libro que nunca publiqué, que simplemente manejo como material de discusión con compañeros/compañeras, para dilucidar qué pasa con nuestras Revoluciones, por qué tanta distancia entre la TEORÍA y las concreciones históricas. 

En su momento significó para mí un punto de inflexión en la mirada, en el análisis político de los procesos. Rescaté la vigencia del libro de G. Orwell, escrito en 1945, titulado: REBELIÓN EN LA GRANJA. La historia de una Revolución traicionada, en alusión a la Bolchevique del 17. Y hoy, más de 40 años después, al enfrentarme a posturas como la de este compañero que tipifica de “lujo” inadmisible “la pureza revolucionaria”, que habla del “fetichismo de la pureza”, retomo el final del libro (pág. 185): “... transcribo ahora la respuesta, que ante mis críticas, me dio otro compañero mientras discutíamos sobre Nicaragua: pero loco, vos pretendés cosas perfectas... Lo perfecto no existe...” o ésta otra: “Sabés hermano, yo no puedo criticar a la revolución Cubana o a ninguna otra, cuando están siendo atacadas por el Imperialismo. No puedo criticar al débil cuando el fuerte lo está agrediendo”. 

Insisto, 40 años después, mi respuesta a estos comentarios con los que cierra el libro escrito en aquel entonces, es muy sencilla: ¿En qué quedó la historia Sandinista? La Nicaragua de hoy, la del ex-comandante D. Ortega: ¿en qué ha resultado? Siempre han existido los militantes que necesitan tranquilizar sus conciencias negándose a la crítica del “producto” que resulta de nuestra lucha; negándose a mirar de frente las carencias o errores (repito: sino horrores) que tienen los procesos autodenominados “socialistas”. Que lo justifican todo debido a las agresiones o maquiavélicas jugadas del enemigo. 

Parados desde ese lugar, jamás seremos capaces de arrimarle brasas al “fuego de la Utopía”. Por empezar, porque evadimos la responsabilidad política que nos cabe ante derrotas y/o fracasos, sin captar o reconocer que las fortalezas del enemigo se originan precisamente en nuestras propias debilidades. Ejemplos, sobran. 

Una de las manifestaciones más visibles de la “decadencia roja” que alimenta la “batalla cultural” de la ultraderecha en esta última década, ha sido la de la CORRUPCIÓN. Ni uno solo de los procesos progresistas que irrumpieron en A.L. a principios de este nuevo Siglo, se salvaron de esta “pandemia”. Salvo el Pepe, ni uno solo de sus máximos exponentes pudo zafar de las acusaciones de corrupción, acomodo, enriquecimiento, etc. Pero la más grandiosa de las incoherencias la ha encarnado el histórico líder J.L. Rodríguez Zapatero, del PSOE español —hoy sumido en escándalos de corrupción de toda índole— que en una de sus comparecencias a la Justicia, declarándose inocente, sostiene públicamente: “SER SOCIALISTA ES TENER POCO, Y DAR MUCHO”. Impresionante frase, ¡notable!

 Afirmación que al cabo de los días se satura de hipocresía porque nada más ni nada menos que a él, al “puro” Zapatero, se le descubre un cofre-fort con joyas, evaluadas en 1.3 millones de euros (por supuesto no declaradas). Entonces frente a tanta hipocresía o descaro, frente a tanto discurso cínico, no debería sorprendernos que los pueblos “voten mal” o descrean en la “Izquierda” o el “Socialismo”. 

En resumen, constatando semejantes contradicciones, semejantes incoherencias entre discurso y práctica, entre la UTOPÍA enunciada/anunciada y la “distopía” realizada, si será necesaria la incorporación de la ÉTICA al “hacer político”, a las luchas y transformaciones que pretendan ser revolucionarias, que pretendan cambiar de raíz al régimen imperante. Para no seguir alimentando el “amor” al capitalismo, el descrédito en los ideales de un MUNDO NUEVO, la desconfianza en la política y para que no se concluya que NADA ES CAMBIABLE, es hora de asumir que el camino del “fetichismo, no de la pureza, sino del pragmatismo”, está llevando a la ruina a las luchas por la EMANCIPACIÓN SOCIAL. Justamente la obsesión por “gobernar”, o por tomar el “Poder” a cualquier precio, sin trazar un camino de PRINCIPIOS, es la que ha conducido a “traiciones” de todo tipo. Desde el Pepe y el Ñato negociando la Impunidad con los milicos de la Dictadura; Tabaré y el mismísimo Pepe comiendo un asado en Anchorena (marzo, 2007) con el BUSH invasor de Irak; desde Orsi coqueteando con los sionistas criollos (no olvidar que nos compran carne) negándose a hablar de Genocidio, subiendo a un Portaaviones yanqui o negociando con Trump la deportación de cubanos; desde la dirección del PC cubano conversando con Marco Rubio o “la” Delcy Rodríguez negociando directamente con Trump la permanencia del Chavismo en el Poder a cambio de la prisión de Maduro y su Sra.; desde Neocalígula viajando a China para abrazarse con el “Emperador comunista” de Xi y juntos mostrarse como dueños del Planeta, o negociando con la Teocracia Iraní porque no pudo con ella; hasta el fascista de Zelenski aceptando ahora —a regañadientes— iniciar conversaciones con el “zar” Putin, todos, todos, han transitado o transitan la ruta del “realismo”... No se dan el “lujo” de la pureza. Están de acuerdo con la tesis de este compañero. En cambio quien esto escribe, sostiene la tesis opuesta. En lugar de “lujo”, se convierte en CONDICIÓN NECESARIA. No será condición suficiente, pero decididamente sí necesaria. Así lo demuestran los procesos de los tiempos de ayer y de hoy. Es la degradación de la política reducida a la ley del “mal menor”, y las manipulaciones patológicas del PODER, las que nos han traído hasta aquí. Es hora de preguntarnos por qué multitudes de migrantes admiran al capitalismo; por qué una Revolución con más de 60 años de historia tiene una diáspora de unos 3 millones, mantiene abismales injusticias sociales o una triste y enorme distancia entre la forma de vida de los dirigentes, y la de los dirigidos. ¿Es solo por el maldito bloqueo? Los hechos nos vienen golpeando feo la cara, y además es cada vez más urgente combatir la degradación mental y cultural que viene provocando en los pueblos la ultraderecha visceralmente anticomunista. Combatirla con actitudes y conductas militantes que demuestren que política y ética, en lugar de ser un Oxímoron (tal como lo afirmó un compañero Canario, de origen lumpen), CAMINAN DE LA MANO. ¡ES EL GRAN DESAFÍO!

 

 

 

 

 

lunes, 17 de agosto de 2026

Crónica de una traición a las mayorías

La partidocracia uruguaya

Por Marcos Joel  

El devenir político de Uruguay ha derivado, sin disimulo ni pudor, en una partidocracia. No una anomalía pasajera, no un accidente institucional, una estructura consolidada donde los partidos dejaron de ser instrumentos de representación popular para erigirse en fines en sí mismos, en maquinarias de reproducción del poder. Ya no se legisla para la justicia social. Ya no se gobierna para las mayorías trabajadoras, para el asalariado que sostiene con su sudor el andamiaje económico del país. Lo que otrora fue disputa legítima por el bienestar colectivo, por la redistribución de la riqueza, por la dignidad material del pueblo, se ha degradado en campaña electoral permanente, en marquesina publicitaria, en un teatro de vanidades donde el pueblo es espectador cautivo, aplaudidor forzado, nunca protagonista. Se le convoca cada cinco años para legitimar con su voto lo que ya fue decidido en despachos cerrados, en acuerdos de cúpula, en negociaciones donde el interés de clase brilla por su ausencia.

Hoy, a la oposición le importa una sola cosa, conquistar el poder en 2029. Ni el hambre del jubilado, ni la precariedad del trabajador informal, ni la vivienda negada a las familias populares figuran en su agenda real. Para alcanzar ese trono, no vacila en convertir la rendición de cuentas en botín de campaña, en boicotear la transparencia fiscal como si el erario público fuera coto privado de sus estrategas. Utiliza el control parlamentario no como herramienta de fiscalización al servicio del pueblo, sino como arma arrojadiza, como insumo mediático para construir relato electoral. Es la partidocracia en su expresión más descarnada y cínica, aquella que desconoce la voluntad popular, que pisotea el mandato de las urnas, para servir con devoción ciega a los intereses meramente partidarios, a la lógica de la acumulación electoral por encima de cualquier compromiso con quienes producen la riqueza nacional.

Pero el gobierno, y aquí conviene ser analíticos, no la fuerza política Frente Amplio como proyecto histórico de emancipación, sino el aparato gubernamental que pretende destruir su nombre suplantándolo con su mayoría circunstancial que es el MPP, ha dejado meridianamente claro que opera al margen de toda tradición frenteamplista. Ha sepultado la histórica política internacional del Frente Amplio, aquella que supo plantarse con dignidad ante el imperialismo, que tendió puentes con los pueblos hermanos de nuestra América, que defendió la autodeterminación frente a los dictados de Washington. La ha suplantado por una diplomacia servil, genuflexa, subordinada al gran capital transnacional, al amo del norte y al ente sionista. Se ha despojado de toda retórica antiimperialista, aquella que fue columna vertebral de la izquierda latinoamericana, para arrodillarse ante quienes siempre fueron el enemigo histórico de los pueblos, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, las embajadas que dictan política económica, los organismos que imponen austeridad mientras el capital especula sin freno. Se ha desdibujado hasta convertirse en una simple colectora de votos, desideologizada, sin programa, sin horizonte estratégico, obsesionada únicamente con aglutinar sufragios, repartir cargos y administrar la miseria ajena con lenguaje progresista. Ha traicionado la esencia del Frente Amplio, ser movimiento, ser pueblo organizado, ser disputa contra el poder constituido. Hoy es apenas un sello vaciado de contenido, una marca electoral al servicio de la continuidad del orden vigente.

En común acuerdo, y aquí reside la obscenidad mayor, gobierno y oposición han negociado los principios a cambio del eufemismo de la alternancia. Alternancia, palabra hueca, mecanismo pulcro para que nada cambie en lo sustantivo, para que las estructuras de dominación permanezcan intactas mientras los rostros se turnan en la fotografía. Es la alternancia como seguro de vida para la casta, hoy gobierno, mañana oposición, pasado mañana gobierno otra vez, y siempre -siempre- el mismo salario parlamentario, la misma jubilación de privilegio, el mismo acceso al aparato del Estado como botín. La política, que debería ser herramienta de liberación de los oprimidos, se ha convertido en oficio hereditario de una élite que se reproduce a sí misma. Las mayorías populares, los trabajadores, los desposeídos, quedan relegados al segundo plano, al pie de página, a la nota al margen de una historia que otros escriben.

No existe política de izquierda en Uruguay. Existe una casta política aferrada a sus privilegios, blindada por la impunidad, sostenida por un sistema que garantiza su perpetuación.

Hubo un intento genuino, y es deber de la memoria no olvidarlo. Cuando se fundó el Frente Amplio en 1971, nació una fuerza constructora, plural, combativa, verdaderamente popular. Obreros, estudiantes, intelectuales, campesinos, sectores medios empobrecidos confluyeron en un proyecto que desafiaba al orden oligárquico. Pero aquel germen de transformación se truncó bajo el terrorismo de Estado, se mutiló en los calabozos de la dictadura, en las salas de tortura, en el exilio forzado, en la proscripción. Miles de compañeros pagaron con su libertad, con su cuerpo, con su vida, el atrevimiento de imaginar un país distinto. Y lo que sobrevivió a la noche cívico-militar terminó diluyéndose, lenta pero implacablemente, en el neoliberalismo que impuso su agenda tras la posdictadura, repetidos intentos de privatización, desregulación, flexibilización laboral, apertura irrestricta al capital especulativo. La transición democrática no trajo la justicia social; trajo la aceptación disciplinada de las reglas del mercado. Aquella fuerza transformadora no es hoy más que un nostálgico eslogan repetido en actos vacíos, una liturgia sin fe, un nombre sin sustancia.

El individualismo galopante, esa ideología invisible que el capitalismo inocula como sentido común, se ha encargado de instalar la falsa percepción de que ser combativo es algo vetusto, de que la izquierda es reliquia de museo, de que la lucha de clases es concepto perimido. ¡Mentira! ¡Mentira construida desde los medios de comunicación concentrados, desde las usinas de pensamiento liberal, desde la academia domesticada! Ser de izquierda es, hoy más que nunca, exigir el verdadero cambio estructural. No se trata de refundar partidos ni de peregrinar nostálgicamente a los orígenes como si la historia fuera una pieza de museo a restaurar. Se trata de comprender, con claridad, que para mejorar las condiciones materiales del pueblo trabajador primero hay que derribar las estructuras que perpetúan los privilegios de la clase política, los fueros parlamentarios que funcionan como escudo de impunidad para legisladores que legislan en causa propia; el manoseo sistemático de la justicia, instrumentalizada según la conveniencia del poder de turno; la complicidad obscena entre poderes del Estado que blinda a la casta política mientras criminaliza la protesta social; el financiamiento opaco de campañas que convierte la democracia en subasta al mejor postor.

No se trata de pedir reformas cosméticas. Se trata de arrancar de raíz el régimen de privilegios. Se trata de que la política deje de ser carrera lucrativa para unos pocos y vuelva a ser servicio colectivo. Se trata de que el presupuesto nacional responda a las necesidades del pueblo y no a las exigencias del capital financiero. Se trata de que la soberanía popular no sea frase de campaña sino práctica cotidiana de participación, de decisión, de poder real.

Que la partidocracia ceda, de una vez y para siempre, el paso a la democracia verdadera, al gobierno de las mayorías trabajadoras, al poder popular organizado, a la izquierda que no se arrodilla, que no negocia principios por cargos, que no confunde gestión con transformación, que no llama progresismo a la administración dócil del capitalismo. La izquierda verdadera no pide permiso. La izquierda verdadera construye poder desde abajo. La izquierda verdadera no se arrodilla ante el amo del norte ni ante el gran capital. La izquierda verdadera se organiza, combate y vence.