martes, 17 de febrero de 2026

Cardamagate




Marcos Joel (FB)



La Gran Estafa del Astillero y el Legado de la Impunidad:


Lo que intentan vender como un legado de gestión es, en realidad, la arquitectura perfecta de una estafa encubierta, disfrazada con el humo tóxico de una política barata y maquillada por un conglomerado mediático que responde fielmente a los intereses de una oligarquía cómplice. No nos encontramos ante simples errores administrativos, señores, estamos frente a un atentado sistemático contra el Estado uruguayo, donde la coalición multicolor demostró que su única estrategia es la viveza criolla desprovista de cualquier ética republicana.


El caso del Astillero Cardama no es un incidente aislado, es la prueba irrefutable de la negligencia dolosa o, peor aún, de la complicidad activa durante la administración de Luis Lacalle Pou y la gestión de su exministro de Defensa, Javier García. ¿Cómo es posible que se firme un contrato de tal magnitud sin las garantías mínimas de solvencia técnica y financiera? La respuesta duele, pero debe ser dicha con la fuerza de la verdad, porque nunca hubo intención de cumplir, porque el objetivo era otro, porque se buscaba crear las condiciones ideales para vaciar las arcas públicas bajo la fachada de la modernización naval. La rescisión del contrato no fue un acto de corrección, fue el reconocimiento tácito de que la operación estaba podrida desde su raíz, tan burdamente diseñada que ni siquiera lograron sostener la farsa.


Es de una indignidad suprema que todavía haya voces que intenten defender lo indefendible. La astucia de estos funcionarios no es inteligencia estratégica, es la picardía del ladrón que cree que nadie lo ve mientras rompe la cerradura. Deberían callar por vergüenza, deberían guardar silencio ante la evidencia aplastante de que el Estado fue tratado como un botín privado. No hay circo mediático, no hay opereta parlamentaria, no hay relato distorsionado que pueda ocultar lo evidente, se firmó mal, se controló menos y se ejecutó con una desprolijidad que solo puede explicarse si existía un deseo oculto de estafar a la nación.


Y aquí es donde la suspicacia se convierte en certeza. ¿Qué legado quiere proteger la oposición? ¿Acaso el legado de haber convertido la Torre Ejecutiva en una trituradora de documentos? Existe una sombra alargada y aterradora sobre la destrucción de documentación sensible, archivos que claramente incriminaban a los más altos niveles del anterior gobierno. Destruir la prueba es el último recurso del culpable, es el acto final de quien sabe que la justicia podría alcanzarlo. Ese es el triste y patético epitafio del llamado honorable expresidente Luis Lacalle Pou, un mandato marcado por la opacidad, por la huida hacia adelante y por la destrucción de pruebas para salvar la propia piel.


Permitir que Lacalle Pou camine libre, hablando sin rubor, actuando como si nada hubiera pasado, siendo protegido por sus correligionarios que hoy fingen democracia mientras encubren el saqueo, es una afrenta a la dignidad del pueblo uruguayo. Lo están ayudando a consolidar la impunidad, le están diciendo al país que robar al Estado, si se tiene el apellido correcto y los medios adecuados, no tiene consecuencias. Es una falta de vergüenza absoluta, es la normalización del delito de cuello blanco bajo el amparo del poder político. La historia, esa jueza implacable que ellos tanto temen, ya ha comenzado a escribir el veredicto, fueron unos administradores fraudulentos que jugaron con la seguridad nacional y el patrimonio de todos nosotros.
 







lunes, 16 de febrero de 2026

Los therians y los neuro divergentes



 

 

EL CONEJILLO MALO (B.B.), LOS THERIANS Y LOS
NEURODIVERGENTES POLÍTICOS

La Chacra, 15 de febrero de 2026
Álvaro Jaume (¡Siempre REDOMÓN!)


(I)

Semana convulsionada para un “anciano” (75) que intenta desesperadamente entender lo que está pasando a su alrededor. El pasado sábado, una compañera me puso en “órbita posmo”: —¿Sabes lo que es la Comunidad de los Thérians? Ante mi absoluta ignorancia, se puso en plan de “des-asnarme” (aunque en estas épocas comienzo a dudar si los burros son los más “burros”). Los thérians, comienza a explicarme, es el movimiento de aquellos que se autoperciben animales salvajes o exóticos.

Quedo más que perplejo. No por lo de la “autopercepción” —mecanismo muy propio del individualismo “libertario” que se jacta de prescindir de cualquier límite material o fisiológico—, sino por el hecho de imaginar una identificación con animales (¡sic!), particularmente aquellos ajenos al mundo de las mascotas clásicas. Ante mi ignorancia, prisionero yo también de la “ciber-lógica”, hurgo en internet la etimología de semejante palabreja y descubro que viene del griego antiguo (therion), que significa bestia o animal salvaje.

No salgo de mi asombro. ¿Qué lleva a esa necesidad? ¿Qué es lo que produce o conduce a la necesidad de que —sobre todo jóvenes— se sientan a tal punto atraídos psicológica y emocionalmente por un “alter-ser” como para fantasear con semejante mutación? Intento explicarlo yendo al origen que inspira esa necesidad mutante: un constante bombardeo del mundo virtual expresado a través de los miles de millones de celulares y pantallas que han invadido el planeta Tierra. Estas fierecillas digitales tienen la magia de potenciar fantasías de todo tipo, al punto de hacer posible una auténtica “revolución cultural” que supuestamente libera de la esclavitud carnal y terrenal, ¡y permite sentirse/percibirse lo que se quiera! Por ejemplo, uno de esos tigres de Malasia, aunque ni por carambola se sepa dónde queda Malasia, ni se tenga el menor conocimiento real de lo que son semejantes bestias.

Hay que reconocer que el capitalismo como “modo de producción”, diría Don Carlos, pero sobre todo como modo de vida y como modelo civilizatorio que se ha ido implantando casi de forma universal, hoy en día logra producir mercancías mentales de este tenor que son sublimes. Y pensar que allá por el 68 (insisto en que somos esa generación) varios ya hablaban de la “crisis del capitalismo”; luego de la crisis del petróleo (1973), también de la crisis bélica con la derrota en Vietnam... en fin, un cúmulo de predicciones suponiendo la caída del sistema, anunciando su sepultura.

Sin embargo, de aquel capitalismo industrial (2.0) que luego se convirtió en el (3.0) que generó la sociedad de consumo, al actual tecnocapitalismo (4.0) que produce “thérians”, el proceso de implantación mundial de este modelo por ahora parece imparable. Mientras tanto, los procesos genuinamente revolucionarios se han ido deformando, enterrando o simplemente olvidando. Muestra de ello es lo que ocurrió este pasado martes. Bajo la atenta mirada de un Artigas de bronce (el verdadero jamás hubiese imaginado semejante teatralidad), la Plaza Independencia se llenó de caras y rostros, muchísimos de ellos juveniles, que presenciaban o admiraban a decenas de osadas y osados verdaderos humanos convertidos en “thérians”, demostrando cuán libres se sentían para romper con las “cadenas de sus cuerpos o vidas reales”, actuando según sueños, fantasías o aspiraciones animalistas del más variado tipo.

Difícil de digerir... Importa destacar la enorme difusión que tuvo la movida en medios de prensa. Apareció en todos los informativos, en los canales de aire, en los diarios de mayor tiraje. ¿Por qué? ¿Por qué la noticia no pasó desapercibida? ¿Casualidad? En nuestra lucha contra la SOJA-T, archicomprobamos que si se tocan reales intereses de clase, si se apunta contra la lógica extractivista y/o propietarista de los poderosos, o si tan solo se amenazan las cada vez mayores ganancias de las élites financieras, ¡el bloqueo informativo es absoluto! Eso de la prensa neutral, abierta, “democrática” o crítica siempre ha sido un cuento de hadas con el que se pretende camuflar la dictadura del gran capital.

Conclusión: no es un detalle menor que el agite de la comunidad thérians fuese ampliamente difundido. A tal punto se expandió que, en la olla del miércoles, fue tema central. Fany trajo su miniparlante, conectó su celu (con internet bancado por el fondo ollero) y en patota nos amontonamos todos para ver semejante circo. Impactaban los comentarios de esa gran mayoría de cuerpos olleros: flacos, castigados por la suciedad de la calle y la vida, riéndose, enfureciéndose, vociferando ante “tanta pavada”, diría el Sabalero.

Por mis adentros repasaba las imágenes vividas en esa misma Plaza Independencia el 11 de abril del pasado 2025, instancia en que, al cabo de tres meses de preparación y convocatoria, el ollazo que organizamos con tanta paciencia y fervor habrá sumado algo así como unas 500 personas. Realmente sentía pesadumbre y preocupación: ¡qué difícil organizar la lucha! ¡Con qué facilidad el sistema seduce, penetra cabezas y conduce las motivaciones y sensibilidades hacia zonas de “confort ideológico” que no ofrecen peligros para el sistema!


(II)

Si el martes lo cerré con un aprendizaje, el miércoles con otro. Caen a la cena tribal mis nietos y, ya de pique nomás, salta un nombre para mí absolutamente desconocido: un tal “Bad Bunny”. Tan desconocido que ni entendía lo que me querían decir... pedí que me lo deletrearan hasta que finalmente logré captarlo. Su traducción literal: “conejito malo” (en inglés).

Descubro que este es el apodo de un puertorriqueño relativamente joven (32) llamado Benito A. Martínez Ocasio, del palo del reguetón, ganador de premios Grammy este año; famoso no solo por reivindicar el idioma español y a los migrantes, sino por confrontar directamente con la política fascista del “Neocalígula” Trump y su “Gestapo” privada, el ICE (por sus siglas, la fuerza de control de inmigrantes).

El anciano Jaume, anclado en las nostalgias del 68, viene a descubrir tres días después que este amigo “BB” fue la estrella del megashow montado para la final del fútbol americano (Super Bowl 2026). Espectáculo que fue visto por más de 125 millones de personas, que tuvo más de 4 mil millones de reproducciones en diferentes redes y una inversión multimillonaria por parte de grandes corporaciones capitalistas multinacionales como Microsoft o Zara (la más grande del mundo en prendas), que justamente se encargó de vestir a “BB”.

La “bendita tec” (maldita cuando se convierte, como es normal, en adicción) de hoy en día me permitió ver —a través de la pantalla— semejante espectáculo. Sin lugar a dudas, es la mejor muestra ideológica y política de lo que este capitalismo (4.0) puede producir; en particular, de lo que es el imperialismo norteamericano, de su ideología supremacista, racista y xenófoba, y de cómo puede en esta era producir aún megaespectáculos de porte impresionante que logran penetrar casi todos los rincones del planeta.

En términos políticos, “BB” resonó también por el mundo entero justamente porque, al decir de mis nietos, hizo calentar a Trump al punto de que salió a condenarlo públicamente, lo que fue ampliamente festejado por muchísimos de la Generación Z y el wokeismo en general. Los tres pecados casi “mortales” que cometió Benito fueron:

  1. Cantar todo en español.

  2. Reivindicar que América es toda una y no solo USA; por eso desfiló con las banderas de todos los países americanos (obviamente también flameaba la masónica uruguaya).

  3. Cuestionar concretamente la política antiinmigratoria que “Neocalígula T.” lleva adelante dentro de EE. UU., resaltando casos bochornosos como los dos asesinatos del ICE en Minnesota (Nicole Good / Alex Pretti).

¿Cuánto incide esto en la confrontación al “monstruo”? Ya es un tema más discutible. ¿Cómo se dilucidan las contradicciones a la interna del aparato político del imperio? Es todo “otro cantar”. Por algo eligieron a “BB” para la ocasión, siendo más que conocida su postura. Lo indiscutible es que el capitalismo parece mágico a la hora de absorber sus propios conflictos en su mecánica de perpetuación; pero también que pequeños gestos de rebeldía como este de “BB” frente al omnímodo ejercicio del poder que hacen el Tío Caimán y los “Chicos del MAGA”, da esperanzas en la lucha y restablece ciertos códigos de dignidad en contrapartida al miedo y la sumisión que despierta su poder.

Por lo menos uno se oxigena y no sufre vergüenza ajena como ocurrió cuando vimos (semanas atrás) al “combativo” G. Petro poco menos que derretirse en sonrisas y abrazos con el amo rubio en el Salón Oval de la Casa Blanca.


(III)

Paradójicamente hoy temprano, mientras armaba el mate y me preparaba para escribir estas líneas, en lugar de reguetón —que nunca escucho (salvo en la olla la otra mañana, para conocerlo)—, puse en mi humilde “huevito”, viejo y cascoteado, canto popular para templar “el alma”, diría el paisano... ¿Y qué canción me apareció de una? “Cielo del 69”, de Los Olima.

¡Qué canción! ¡Qué confianza nos teníamos en aquellas épocas! No en que el capitalismo se iba poco menos que a caer solo por efecto de una crisis terminal, sino en que íbamos a derrotarlo con poder popular en las calles. Sentencia la canción: “el mango vayan soltando, ya no existe la sartén”... Transmite la sensación térmica de aquel momento histórico: “¡Cielo del 69, con el arriba nervioso y el abajo que se mueve!”.

¿Y hoy? ¡Qué momento tan distinto! Por algo la tecnodictadura del trumpismo no necesita andar con máscaras. Abiertamente declaran que la mentada “democracia” —esa que con Orsi a la cabeza festejó sus 40 años aquí en el paisito— ya es un modelo perimido. Dice Peter Thiel, supermagnate que asesora a Trump y el “uno” de su equipo pensante: “¡Democracia y libertad son incompatibles!”.

En el mundo de hoy, en esta etapa y según la actual correlación de fuerzas, se marcha al ritmo de estos personajes y sus conspicuos socios como Netanyahu, Milei y tantos más... Por eso se pudo, olímpicamente, masacrar Palestina, bombardear Irán, secuestrar a Maduro, asfixiar Cuba, amenazar nuevamente a Irán... Por algo se ríen del mentado “NOM” (Nuevo Orden Mundial) y de la Agenda 2030 con sus ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible); EE. UU. se retira de 66 organismos internacionales, etc., etc.

En definitiva, estos vanguardistas de ultraderecha que se han dedicado a dar la “batalla cultural” contra el progresismo (lo que la posmodernidad llama “izquierda”), hoy por hoy están a la ofensiva y se resisten a que “los despeine la historia” (Cielo del 69).

Entonces, llegado a este punto, uno que se siente una hormiguita en un planeta gigante, que no hace tanto se definía como heredero de las mejores tradiciones del marxismo y del anarquismo, ¡ahora debería definirse como un neurodivergente político! Recurriendo a la IA (inteligencia artificial) que, según G. Hinton (uno de sus padres), se sustenta en un paradigma “biológico y no lógico” (redes neuronales), neurodivergente significa: “personas cuyos cerebros funcionan, aprenden y procesan la información de manera diferente a lo que se considera típico o estándar”.

Pues bien, hoy por algo está de moda en boca de todos los Generación Z, Z+1, Z-1 (¡o cualquier otra variable que nos guste!) esta palabrita tan aggiornada a tiempos de thérians, de Shakira o Bad Bunny; a tiempos de neurodivergencia en que todo vale. Lo típico o estándar de hoy en día sería haber enterrado a Marx o Bakunin, haber enterrado el concepto de revolución social como pasado histórico, o considerar la “revolución tecnológica” como un proceso irrefrenable, pasando a engrosar las filas de los “neuroconvergentes”. Y, por supuesto, escuchar “Cielo del 69” como una curiosidad cultural que pinta una época ya “superada”...

Pues bien, es desde este punto de vista que me declaro un neurodivergente político que se resiste a los patrones de normalidad posmoderna y transhumana que hoy determinan las conductas sociales y políticas. Un N. D. que sigue creyendo en el valor de una olla popular como escuela de lucha; en dar la pelea con el nuevo movimiento social surgido en el territorio en este fin de año, llamado Coordinadora Canaria en Lucha por el Agua; empecinado en seguir en la tierra produciendo con las manos y manteniendo La Chacra como espacio colectivo para los “condenados de la tierra” (F. F.).

En fin, como dice el amigo tano, el joven filósofo Diego Fusaro, luego de escribirse 600 páginas en su libro Historia y conciencia del precariado: “¡La esperanza está en la lucha!”. ¡Y es tal cual! Sin lugar a dudas, ya tendremos otro cielo distinto al presente y semejante, en espíritu de lucha, al cielo del 69. Depende del compromiso que cada uno de nosotros asuma ante la encrucijada que estamos viviendo.

¡Son tiempos definitorios!






lunes, 26 de enero de 2026

La política como construcción colectiva

 

Por Marcos Joel (FB)

La política como construcción colectiva, contra la oligarquía disfrazada de democracia:
 
La política, en su sentido más auténtico y elevado, no es un espectáculo mediático, ni un campo de negocios encubierto, ni mucho menos un mecanismo de dominación disfrazado de representación. *La política bien entendida es, ante todo, la herramienta mediante la cual el pueblo, en tanto sujeto colectivo y soberano, construye su destino histórico, organiza su vida en común y defiende sus derechos frente al poder concentrado.
 
Sin embargo, en las últimas décadas, especialmente en el contexto uruguayo y latinoamericano en general, esa herramienta ha sido secuestrada, desnaturalizada y puesta al servicio de una minoría privilegiada, una oligarquía moderna que, lejos de ostentar títulos nobiliarios, opera desde los consejos de administración, los think tanks neoliberales, los grandes medios de comunicación y, paradójicamente, también desde dentro de las propias instituciones políticas. 
 
Lo que hoy se presenta como “democracia representativa” suele ser, en la práctica, una ficción institucional, en la que una casta política profesionalizada ejerce una representación formal, pero vacía de contenido popular. Estos actores, aunque elegidos mediante votación, rara vez responden a las demandas reales de las mayorías. Más bien, actúan como intermediarios funcionales entre los intereses del capital financiero y las estructuras estatales, reproduciendo un orden que beneficia a unos pocos mientras naturaliza la precariedad, la exclusión y la despolitización de las masas.
 
Aquí radica el quiebre fundamental, falta el factor control. No basta con votar cada cinco años; la democracia real exige mecanismos permanentes de participación, fiscalización y deliberación. Y ese control no puede delegarse indefinidamente, debe ser ejercido directamente por quienes son, en última instancia, los titulares del poder, el pueblo organizado.
 
Pero ¿cómo se logra eso? No mediante consignas vacías, sino a través de un despertar colectivo sustentado en una conciencia de clase históricamente informada. Esta conciencia no es un automatismo; no surge espontáneamente de la miseria o la indignación. Requiere educación popular, organización territorial, memoria histórica y capacidad de síntesis crítica. Es el fruto de la lucha sindical, del activismo barrial, de la militancia feminista, ambiental, estudiantil y antirracista. Es el motor que impulsa las transformaciones profundas, aquellas que no se miden solo en leyes, sino en relaciones de poder.
 
En este escenario, resulta crucial desmontar la narrativa derechista que, con creciente eficacia, ha colonizado el imaginario público. Mediante una maquinaria mediática poderosa, respaldada por conglomerados económicos con claros intereses políticos, se difunde la idea de que “todos los políticos son iguales”, que “la izquierda fracasó” y que “solo el mercado garantiza el progreso”. Este discurso no busca democratizar, sino despolitizar, convertir a la ciudadanía en consumidores pasivos, resignados a elegir entre opciones prediseñadas por las élites.
 
Y es aquí donde reside la trampa más peligrosa, el poder ya lo tienen. No están “buscando” el gobierno; lo ejercen desde hace décadas, incluso cuando no ocupan la presidencia. Controlan los flujos financieros, influyen en la agenda legislativa, moldean la opinión pública y diseñan las reglas del juego económico. Por eso, su confianza en ganar las elecciones de 2029 no es ingenua, es calculada. Saben que el sistema con sus leyes electorales, sus medios hegemónicos, su judicialización de la política y su sesgo anti-popular, fue construido a su imagen y semejanza.
 
Ellos dictan las reglas. Ellos barajan las cartas. Y, sobre todo, ellos marcan las cartas antes de repartirlas.
 
No se trata, pues, de casualidades ni de “malas gestiones”. Se trata de un orden estructural, profundamente arraigado, que reproduce privilegios y neutraliza amenazas al statu quo. Frente a esto, la única respuesta viable no es la resignación, ni la ilusión tecnocrática, ni la apuesta por “figuras renovadas” dentro del mismo marco. La verdadera alternativa es devolver el poder a su único depositario legítimo, el pueblo.
 
Como enseña nuestra propia historia, desde las luchas obreras del siglo XX hasta las movilizaciones por la vivienda, la salud y la educación en el XXI, solo el pueblo salva al pueblo. No hay salvadores externos. No hay mesías institucionales. Solo existe la fuerza colectiva, consciente, organizada y movilizada. 
 
Y esa fuerza no espera permiso para existir. La construimos todos los días, en cada asamblea, en cada protesta, en cada acto de solidaridad, en cada voto informado y en cada palabra que desafía el silencio impuesto.







El Foro de Davos

 


 

 

EL FORO DE DAVOS, LA CONFRONTACIÓN
GEOPOLÍTICA Y LAS MICROLUCHAS

La Chacra, Canelones, 25 de enero de 2026
Álvaro Jaume (¡siempre REDOMÓN!)

 

(I)

Nuestro lema en la Olla del Tole, que ya va para seis años de funcionamiento, ha sido insistentemente el mismo:
¡LA FUERZA DEL AMO RADICA EN LA DEBILIDAD DEL ESCLAVO!

Cuando el dominado es pasivo, se siente inferior y se resigna por impotencia, no solo engrandece la figura del dominador, sino que le allana el camino para que ejerza su dominación/opresión sin conflicto y sin dificultad. Lo potencia en el ejercicio del PODER. Surge así la impunidad y el despotismo.

Claro que decirlo resulta fácil, o más bien evidente; pero sentir fuerza para rebelarse, sentir (¡no digo pensar!) que “se puede” cuando uno está en el fondo de la bolsa, castigado por la pobreza, por las miserias humanas y por los fracasos, ES OTRO CANTAR. Nada fácil resulta imaginar que es posible torcerle el brazo al gigante, como lo intentó David con Goliat, máxime cuando el grado de dominación es tal que la propia VIDA parecería estar en sus manos.

Tal fue lo que nos ocurrió este año con el tema de la carne y los alimentos básicos que recibimos del Municipio de Toledo y de la Intendencia Canaria. Los poderes ejercidos desde la Alcaldía y el Departamento de Desarrollo Humano amenazaron con restricciones, controles o registros especiales.
Y ocurrió lo imprevisto para las autoridades: ¡REBELIÓN!

Discusión, movilización en la calle y varias negociaciones con diálogo. Finalmente, la cosa se resolvió favorablemente y tuvimos todo lo necesario. Pero bien que nos costó —como colectivo— elaborar primero la reacción y no la resignación; incorporar la reflexión, calibrar riesgos e instrumentar luego una táctica concreta de respuesta.

Fue todo un proceso que, aunque acotado temporalmente, implicó para la OLLA cambiar su auto-percepción de resaca social (estigma que nos persigue cotidianamente) y, por consiguiente, crecer en dignidad. Pero, fundamentalmente, animarse a romper con esa sensación de que “no somos nadie”, de que no importamos y de que de antemano estamos perdidos. ¡CONDENADOS!

Lógicamente, como esta pulseada culminó en triunfo, crecimos significativamente como colectivo social.

Quien viene leyendo se preguntará qué cuernos tiene que ver este “episodio infinitesimal” (algo que tiende a cero) en el marco planetario con relación al título: FORO ECONÓMICO MUNDIAL (WEF), realizado en Davos, Suiza, esta semana que termina.

Son dos las razones que me llevaron a este arranque.

UNA: insisto en la línea de articular teoría con práctica, partir de hechos reales —y de nosotros mismos implicados en ellos— para ir construyendo una NUEVA TEORÍA POLÍTICA que nos permita comenzar a salir del “fondo de la bolsa” en el que hoy se encuentran las fuerzas genuinamente revolucionarias, asfixiadas por este tecno-capitalismo 4.0 que no da tregua con su receta mágica: individualismo, consumismo y adicción tecnológica.

DOS: si analizamos semióticamente todo el desarrollo del Foro —quiénes asistieron, cómo llegaron a Davos, cómo hablaron y qué dijeron—, con la grandilocuente puesta en escena difundida por el mundo entero (era de la comunicación digital masiva), pretendiendo impresionarnos con el triunfo del capitalismo como ÚNICO MODO DE VIDA, confieso que tuve que hacer grandes esfuerzos para no sentirme como se sienten normalmente nuestras olleras y olleros: ¡en el fondo de la bolsa planetaria!

Paradójicamente, lo bueno de la revolución tecnológica es que nos permite a cada uno diseccionar y desmenuzar todo lo que allí sucedió.

Sin duda, este Foro 2026 tuvo mayor relevancia que muchos de los anteriores. Para empezar, hubo cambio de autoridades: ya no está el histórico Klaus Schwab y la presidencia es compartida por el noruego Børge Brende y nada menos que el CEO fundador de BlackRock, Larry Fink, fondo de inversión que cerró 2025 con activos que superan los 14 billones de dólares, cifra jamás alcanzada por capital privado alguno en la historia de la humanidad.

En segundo lugar, asistieron no solo la élite financiera y económica mundial, sino políticos del más alto nivel, como Trump y el viceprimer ministro chino He Lifeng. Numerosa concurrencia que demuestra la jerarquía otorgada al evento.

Pero la singularidad de este Foro es que dejó al rojo vivo las contradicciones de la gobernanza mundial. La confrontación geopolítica quedó al desnudo. Para el globalismo y la Agenda 2030 hubo un retroceso claro. La ofensiva política la tuvieron el “Neocalígula” Trump y sus secuaces —presidentes de América Latina, África y Asia—, pero no Netanyahu (a quien se le prohibió la asistencia), marcando la nueva era antiprogresista (anti-woke) de un capitalismo ultraconservador, “libertario” y guerrerista, combinado con la agresividad imperialista de viejas épocas.

Mientras Trump hablaba, detrás suyo se alineaban al menos veinte dirigentes políticos apoyándolo servilmente. Este Calígula del siglo XXI se dio el lujo de dictaminar cómo será la reconstrucción de Gaza/Palestina, proponiendo una “JUNTA DE PAZ” sin autoridades palestinas, pero invitando países y personalidades, como si el mundo marchara a su antojo.

¿Democracia? ¿Autodeterminación de los pueblos? ¿Libertad?
Tras destruir, matar y masacrar a un pueblo entero, se permitió hablar orondo de reconstrucción inmobiliaria y turística de la Franja. ¡Qué impunidad!

¿Para qué una ONU? ¿Organismos multilaterales? ¿Derecho internacional? Pura cháchara, instituciones descartables.

Y atención: si al inicio de su mandato muchos creyeron que la guerra comercial y política contra China era más pose que realidad, con el secuestro de Maduro y toda la operativa sobre Venezuela quedó en evidencia que la alianza yanqui-sionista actúa dispuesta a todo.

Comprar Groenlandia, intervenir en Irán, apoderarse del petróleo venezolano, administrar fondos venezolanos desde Catar (unos 300 millones de dólares depositados por EE. UU.) y seguir amenazando al “patio trasero” (Doctrina Monroe): Cuba, Colombia, México.

Con Europa desdibujada y en pánico, la única figura que osó confrontar públicamente al “Emperador” fue el primer ministro canadiense Mark Carney. Ex banquero de Goldman Sachs, progre típico, pero con un discurso que trascendió lo políticamente correcto, defendiendo el protagonismo de las potencias medias en oposición a los “imperios depredadores”.

Dijo Carney:
“Los poderosos tienen su poder, pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de llamar a las cosas por su nombre y de actuar juntos.”

La reacción del AMO-T no se hizo esperar: amenaza de aranceles del 200 %. Calígula hacía locuras; este también.

Si algo le faltaba a Davos, lo aportó Elon Musk con su utopía transhumana: robots humanoides OPTIMUS, IA pura, y el pronóstico de que para 2030 desaparecerá el 80 % de los puestos de trabajo.
¡Cerrá y vamos!


(II)

Me sentí identificado con el canadiense porque, desde su lugar de poder capitalista, se animó a disentir, a ser disruptivo ante el clan de burócratas y tecnócratas ultrafachos que manejan el mundo según sus intereses, y llamó a la acción de los débiles.

En la Olla, nuestra gran obsesión es no autodestruirnos, no sembrar peste emocional interna, no errar en quién es el enemigo y contra quién hay que apuntar si se lucha por la DIGNIDAD Y EL CAMBIO.

Este Foro mostró que el enemigo no es monolítico y que tiene grandes contradicciones. Es momento de romper la pasividad. Palestina, Venezuela, Groenlandia, Irán, Cuba nos lo exigen.

Como diría Galeano:
“Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo.”

 

 

 

 

 

jueves, 22 de enero de 2026

Fin de una época


Por Marcos Joel (FB)


El mundo no atraviesa una crisis más dentro de los ciclos habituales del sistema internacional. Lo que estamos presenciando es un reordenamiento profundo, casi geológico, de la estructura del poder global. Las placas que durante décadas sostuvieron una aparente estabilidad, el dominio económico occidental, la ilusión de progreso continuo, la promesa de integración al mercado mundial, se desplazan, colisionan y se fracturan. Este movimiento es cada vez más ruidoso e inmediato, con consecuencias irreversibles. En ese contexto de transformación brutal, Uruguay aparece como un país detenido en el tiempo, aferrado a un relato que ya no se corresponde con la realidad material que lo rodea.
 
La negación opera como mecanismo defensivo de una sociedad que envejece. No se trata solo de un envejecimiento biológico, sino también político, cultural y simbólico. Uruguay se mira a sí mismo con categorías del pasado, con una confianza heredada de un Estado de bienestar que ya no existe y de un orden mundial que dejó de garantizar estabilidad a los países periféricos. Mientras el mundo acelera, el país desacelera, y esa asimetría se paga con marginalidad estructural.
 
El declive demográfico es quizá el indicador más crudo de esta decadencia. Las estadísticas revelan una realidad imposible de disimular, nacen menos personas de las que mueren, año tras año. La base poblacional se estrecha, mientras la cúspide se ensancha. Esta inversión de la pirámide demográfica no es solo un problema previsional o fiscal; es una señal de agotamiento social. Un país que no se reproduce es un país que ha perdido la expectativa de futuro. Sin nuevas generaciones suficientes, se erosionan la creatividad, la innovación y la capacidad de sostener un proyecto colectivo.
 
La disminución sostenida de la población económicamente activa profundiza este cuadro. Cada vez menos trabajadores deben sostener a una población inactiva creciente, lo que vuelve inviable cualquier sistema de redistribución. Esta tensión no es coyuntural, es estructural, y ningún parche técnico puede resolverla sin un replanteo profundo del modelo económico y social. Sin embargo, ese debate no ocurre. Se posterga, se diluye o se oculta detrás de discursos tranquilizadores que ya no convencen.
 
A la crisis demográfica se suma un fenómeno igualmente devastador, la expulsión sistemática de la juventud. Uruguay invierte recursos en educación, formación y capacitación, pero no ofrece un horizonte donde ese capital humano pueda desplegarse. Jóvenes profesionales, técnicos y trabajadores calificados emigran no por deseo, sino por imposibilidad. El país se convierte en una plataforma de formación para el exterior, mientras se vacía internamente de energía transformadora. Esta fuga no es anecdótica; es una sangría silenciosa que compromete cualquier posibilidad de renovación estructural.
 
Quienes se quedan, especialmente en los sectores más vulnerables, enfrentan una realidad aún más dura. El avance de las drogas, y en particular de la pasta base, no puede analizarse como un problema moral ni exclusivamente criminal. Es la expresión extrema de una sociedad que ha abandonado a parte de su población. Allí donde no hay trabajo, ni educación de calidad, ni expectativas reales, la droga funciona como escape y como condena. La autodestrucción no es una elección libre, es una consecuencia social.
 
El Estado, lejos de ofrecer una respuesta integral, administra el desastre. La política pública oscila entre el asistencialismo crónico y la represión punitiva. Subsidios que garantizan supervivencia, pero no dignidad; cárceles que se llenan, pero no resocializan; operativos que exhiben control, pero no transformación. La superpoblación carcelaria no es un error del sistema, sino parte de su lógica, gestionar la pobreza mediante el encierro. Así se consolida una cultura carcelaria que atraviesa los barrios, moldea subjetividades y naturaliza la violencia como lenguaje cotidiano.
 
En el plano político, la ausencia de un proyecto nacional es cada vez más evidente. No hay una estrategia clara de desarrollo, ni una lectura realista del lugar que Uruguay ocupa, y podría ocupar, en un mundo en disputa. Las expectativas depositadas en el actual gobierno se erosionan rápidamente. Las promesas de cambio se diluyen en una práctica de continuidad, moderación y subordinación. El desencanto no genera rebeldía, sino resignación, y la resignación es el terreno más fértil para el estancamiento.
 
Mientras tanto, el contexto internacional se vuelve cada vez más hostil para los países pequeños y dependientes. El mundo entra en una fase de competencia feroz por recursos estratégicos, agua, tierras fértiles, energía, minerales. Las corporaciones transnacionales actúan como brazos ejecutores de esta disputa, avanzando sobre territorios con el respaldo, explícito o implícito de Estados débiles o cómplices. La explotación se presenta como inversión; la pérdida de soberanía, como modernización; el saqueo, como desarrollo.
 
Uruguay, carente de una estrategia soberana, se ofrece como espacio de extracción antes que como sujeto político. No defiende su territorio como proyecto colectivo, sino que lo administra como mercancía. Y en ese proceso, no es solo la tierra lo que se entrega, sino el futuro mismo de su población.
 
El mundo que está naciendo no será más benigno ni más justo. Será más desigual, más violento y menos tolerante con quienes no logren adaptarse. En ese escenario, Uruguay no se prepara para resistir ni para transformarse. Avanza, casi sin advertirlo, hacia una forma de desaparición silenciosa, la de su pueblo como actor histórico. El territorio permanecerá, pero vaciado de sentido, administrado por intereses ajenos. Y el sistema global seguirá su marcha implacable, indiferente a los pueblos que queden en el camino.