viernes, 5 de mayo de 2017

Botín de guerra

Por botín militar o botín de guerra se considera a aquellos bienes movibles tomados al enemigo por los soldados con el consentimiento de su general.



   La casa de Elena Quinteros sigue en manos del Ejército 40 años después

Según la periodista Rosario Touriño, esto evidencia la falta de políticas de restitución de propiedades vinculadas a militantes políticos.


El departamento donde vivió Elena Quinteros, detenida en 1976 y desaparecida, continúa en manos del Ejército 40 años después. Esta información surgió de una investigación que llevó a cabo el semanario Brecha y que fue publicada el 28 de enero.

Los periodistas pudieron corroborar, a partir de testigos y documentos, que el apartamento de Pocitos ha estado ocupado por oficiales y familiares en la modalidad “vivienda de servicio”.

Según se informa en el artículo publicado por el semanario, el libro “Secuestro en la embajada” de Raúl Olivera y Sara Méndez fue una pieza fundamental en la investigación.

En Televisión Nacional recibimos a la periodista de Brecha, Rosario Touriño, y al coordinador ejecutivo del Observatorio Luz Ibarburu, Raúl Olivera, para conversar sobre la investigación.

“Nos pareció que era un historia importante para investigar y para escribir porque de alguna manera adentraba un poco en todo lo que es el tema de delitos económicos o la inexistencia de políticas de restitución de propiedades que estuvieron vinculadas a militantes políticos”, explicó Touriño.

“A pesar del esfuerzo que hizo la dictadura para hacer desaparecer a Elena, de alguna manera Elena siempre está apareciendo y aparece en las intenciones de periodistas que no se callan sobre estos temas e investigan”, señaló Olivera y agregó que con la aparición de esta investigación tanto la Justicia como el Estado, “que tiene la obligación de investigar y esclarecer las situaciones de todos los casos de desaparición”, deberían hacer algo.

Massini 3044 y Libertad en Pocitos



Rosario Touriño
28 enero 2016

Vivienda de servicio


El departamento donde alguna vez vivió la maestra desaparecida Elena Quinteros y en el que, todo indica, fue detenida en 1976, continúa en manos del Ejército 40 años después. Una investigación de Brecha –a partir de testigos y documentos– pudo corroborar que el inmueble de Pocitos viene siendo ocupado por oficiales y sus familias, en una modalidad que ellos llaman “vivienda de servicio”.

La esquina que une a las calles Ramón Massini y Libertad tiene esa combinación de ajetreo céntrico y vida vecinal que caracteriza a algunos rincones de Pocitos. Allá por agosto de 2015 la convivencia entre las seis familias que habitan el edificio de dos pisos enclavado en el vértice de ambas calles transcurría sin demasiados sobresaltos. Hasta que alguien se enteró de algo, luego de una pregunta trivial y una conversación fortuita. Fue así, de ese modo casual, que a uno de los residentes le llegó el rumor de que en el apartamento 103 había vivido Elena Quinteros y que la vivienda pertenecería al Batallón 13 del Ejército.
La información se instaló como una espina en el ser del inquieto habitante del edificio de Ramón Massini 3044. Pronto sintió la necesidad de comentar la situación a un grupo de amigos. Todos coincidieron en que esa información debía investigarse y conocerse, y que la sociedad debía tener en claro cuál había sido el destino de la vivienda en la que había sido detenida la maestra Elena Quinteros, probablemente el 26 de junio de 1976. Una de las piezas que se tornó fundamental para tirar del hilo de la madeja fue el libro Secuestro en la embajada, de Raúl Olivera y Sara Méndez.
En la página 43 de ese relato –que cuenta la peripecia de la militante del Pvp desaparecida y de quienes lucharon para que el caso no quedara impune– aparecían algunos elementos clave sobre el apartamento y su destino. La unidad había sido comprada, mediante una falsa identidad, por la pareja de Elena, José Félix Díaz, el “Gallego”, probablemente en marzo de 1976. Díaz1 era el responsable en esa época del llamado “Plan de Aparición”, una audaz ofensiva de propaganda contra la dictadura que se venía craneando desde Buenos Aires pero que se iba a desplegar en Uruguay. El primer mojón del plan fue exitoso, ya que el Pvp logró que corredores de la Vuelta Ciclista del Uruguay difundieran un símbolo de la nueva organización política. La movida comprendía, entre otras cosas, la contratación de espacios publicitarios en medios uruguayos a través de un falso ejecutivo de una empresa inexistente. La operación sin embargo tendría que ser poco después suspendida por la feroz campaña de represión contra los militantes del Pvp en ambas orillas del Río de la Plata.
Al principio no era Elena quien vivía en el apartamento de Massini, sino otra militante, Alma Rodríguez, que estaba embarazada. Elena concurría a la vivienda simulando ser la acompañante de la señora de la casa, que estaba sola porque su marido trabajaba en el Interior. Luego de dar a luz Alma abandonó la vivienda, y fue en ese momento que Elena, que tenía entonces 30 años, pasó a vivir en el apartamento. Pero sólo logró permanecer allí por unos meses, ya que en junio de 1976 una patota del Ejército y de la Policía la habría detenido en la propia vivienda para luego llevarla al 300 Carlos, el terrible centro de detención ubicado en el Batallón 13. Ello se desprende del testimonio de Alma Rodríguez, detenida en el marco del mismo operativo, y del de otras presas del también llamado Infierno Grande. Este centro clandestino de torturas (y el batallón todo) dependía de la División 1 del Ejército y del Organismo Coordinador de Operaciones Subversivas (Ocoa). Si bien nunca se pudo establecer con absoluta seguridad la fecha de la detención, en el citado libro se maneja que podría haber sido el sábado 26 de junio, ya que el domingo Elena no concurrió a un encuentro marcado con el dirigente Eduardo Pin, en bulevar España y avenida Brasil.
En una cita al pie de página, Olivera y Méndez consignan el último detalle que se supo acerca del destino del apartamento 103. La unidad del padrón 112.311, “por sentencia interlocutoria” número 227 (del 29 de diciembre de 1979), fue “adjudicada en propiedad” a la División de Ejército 1 por obra y gracia del decreto-ley 14.373. En ese decreto-ley aprobado por la dictadura (en mayo de 1975) se habilitaba a una “incautación provisoria” de bienes vinculados a los “delitos” enmarcados en la ley “de seguridad del Estado y el orden interno”, de 1972 (véase nota de Samuel Blixen). Pero la incautación nada tuvo de provisoria, como Brecha pudo comprobar casi 40 años después. Y además, si se apoyara en el decreto-ley, la requisa se habría convertido en ilegítima, puesto que éste fue derogado en 1985.
VIVIENDA ROTATIVA. La investigación de este semanario pudo comprobar dos situaciones. En primer lugar, la propiedad del inmueble no ha registrado alteraciones desde 1980, a la luz de los documentos oficiales que están en poder de Brecha, obtenidos a través de dos organismos públicos. Los movimientos referidos a la propiedad del padrón 112.311/103 que están documentados en la Dirección General de Registros empiezan en 1961 y terminan en 1980. La última entrada es la correspondiente al 18 de marzo de 1980 y es una “adjudicación”. Cuando se va al detalle de este movimiento aparece que la adjudicación fue realizada por el “Juzgado Militar de Primera Instancia de Primer Turno” y precisamente bajo la sentencia interlocutoria 227 mencionada más arriba. Y que el “adjudicatario” es la “División de Ejército 1”.
Hasta ahí lo que consigna el registro oficial. Pero el hecho de que al día de hoy el apartamento 103 continúa siendo utilizado por el Ejército se ha podido comprobar a través de testigos que han visto salir uniformados de la vivienda, otras pruebas documentales, y finalmente a través de un diálogo mantenido por periodistas de Brecha con el actual ocupante, un teniente de segunda (por lo menos ese era su rango en 2010) que vive con su esposa, pequeña hija y mascota en el lugar desde hace cuatro meses.
El vecino que comenzó a recabar datos en agosto pasado descubrió algunas cosas. Primero, que anteriormente la propiedad había sido ocupada por otro militar. Es posible, a la luz de facturas de servicios bancarios y entes públicos que llegaron al edificio, que se tratara del coronel Reinaldo Albornoz Arjona. Este oficial de alto rango, de 50 años, es el actual director de la Escuela de las Armas del Ejército, que depende del Instituto Militar de las Armas y Especialidades (Imae). Precisamente el actual residente del 103 es también instructor en el Imae, en la especialidad de logística. Quizás sea una pieza que pueda estar conectada o no, pero el director general del Imae es el general Gustavo Fajardo, un oficial que fue segundo comandante de la División de Ejército 1 en 2014.
Para este artículo, periodistas del semanario lograron entablar un diálogo con el actual ocupante del edificio, un militar que aparenta ser menor de 40 años. El oficial dijo no estar al tanto de si el inmueble que ocupa pertenece al Ministerio de Defensa.
 —¿Ustedes son inquilinos?
No. Es una vivienda de servicio. No se alquila. Es como el lugar de todos los oficiales del Interior. Es como un usufructo…
—O sea que se lo dan, pero no tienen que pagar nada.
Claro, siempre y cuando estés en actividad.
—¿Sin plazo?
No, hay plazo sí.
—Es decir que quienes viven van rotando…
Claro. Lo mismo pasa en cualquier unidad o lugar del Interior. Nosotros –mira a su esposa– nos enteramos dos días antes de que viniéramos para acá. No sabíamos dónde nos iba a tocar.
—¿Entonces otros oficiales de su generación pueden estar viviendo también en otros apartamentos?
Todos los oficiales, a no ser que tengan una casa propia. Cuando vos te casás tenés derecho a una vivienda de servicio, siempre y cuando haya una disponible.
—¿Usted sabía la historia de este apartamento?
Ni idea. Yo llegué hace cuatro meses a este apartamento. Venimos del Interior.
—En este apartamento vivió una desaparecida. Elena Quinteros.
Pah, ni idea.
INTERROGANTES. En el proceso de esta investigación se abrieron varias interrogantes. ¿Cuál es la situación legal del inmueble, en virtud de la derogación del decreto-ley de la dictadura? ¿Alguien tiene derechos sucesorios para reclamar? Brecha no pudo aún detectar si existe algún litigio sobre el inmueble, pero sí que en democracia no ha habido ninguna política de restitución en relación con esta propiedad. El asunto no deja de estar entrelazado con la inexistencia de una política de memoria que también se preocupe por restituir propiedades confiscadas por las Fuerzas Armadas, o en todo caso incorporar con mayor decisión a la trama urbana huellas públicas del terrorismo de Estado, algo que excede largamente las cuestiones meramente legales.
La situación oculta del apartamento de Massini también conduce a otras preguntas e interpela las políticas de transparencia del Ministerio de Defensa. ¿Cuál es el fundamento que ampara entregarles a oficiales como “viviendas de servicio” inmuebles que pertenecieron a desaparecidos o que fueron incautados por el régimen militar? O con una mirada más amplia, ¿cuál es el sistema de beneficios sociales de que gozan los oficiales, cuáles son los criterios de distribución y quién los paga?
Son las autoridades del Ministerio de Defensa quienes tienen que responder estas y otras inquietudes. Por lo pronto, al término de la feria judicial el Observatorio Luz Ibarburu solicitará en un escrito que presentará en el Juzgado Penal de Primer Turno (a cargo de Juan Carlos Fernández Lecchini), entre otras cosas, que se investigue sobre la propiedad de Massini y Libertad, en el marco de la causa de Elena Quinteros. Es, otra vez, a partir de los ciudadanos que no se resignan a encubrir bajo el manto de la normalidad cotidiana historias como la narrada, y desde la sociedad civil, que el Estado es emplazado a investigar.
  1. Sobre Díaz pesan complejas acusaciones. Hugo Cores, en su libro Memorias de resistencia, dice que “conocía nombres y direcciones de compañeros que luego fueron secuestrados”. No fue torturado en Orletti, y “después de entregar a los compañeros y trabajar para el grupo de Gavazzo, recobró la libertad”. Cores ubica la delación de Díaz entre las tres más graves, ya que “apenas detenido se plegó a los militares”.

En la oscuridad

En las últimas salidas a la calle de Elena Quinteros la premonición de una fatalidad estaba tan enquistada que el plan de fuga, en caso de ser detenida, estaba elaborado hasta el último detalle en su mente. Pero no se lo reveló a nadie. Vivía la zozobra de la ola de detenciones de militantes del Pvp en Buenos Aires, que había seguido a la captura, a fines de marzo y por la Prefectura del puerto de Colonia, de otros tres compañeros cuando pretendían ingresar al país en una casa rodante.
Elena pudo haber sido detenida el 24 o el 26 de junio, pero no se sabe con precisión por quién. Un policía afirmó en un testimonio que el operativo fue de los “yerbas” con apoyo de la Dirección de Información e Inteligencia de Jefatura. Un capitán de navío retirado aseguró que Elena fue torturada en el garaje de los Fusileros Navales (Fusna) dentro de la casa rodante incautada en Colonia, hasta que se produjo su traslado intempestivo, explicado en parte por el descontento entre algunos oficiales de la Armada.
Sí se sabe que el último domingo de junio de 1976 Elena fue vista en el 300 Carlos, el centro clandestino de detención que funcionaba en las instalaciones del Batallón 13 de Infantería. Y se sabe también que el entonces capitán Jorge “Pajarito” Silveira supervisó los detalles de su traslado, en la mañana del 28 de junio, hasta las inmediaciones de bulevar Artigas y Rivera, donde supuestamente Elena iba a “entregar” a un contacto. El plan de Elena era burlar la vigilancia, saltar un muro, introducirse en los jardines de la embajada de Venezuela y solicitar asilo político. La hicieron bajar de un Volkswagen verde que la siguió a pocos metros mientras Elena caminaba por bulevar desde Charrúa hacia el Obelisco. La seguía también, muy de cerca, una pareja vestida de civil que no pudo impedir su carrera para entrar en el jardín de la sede diplomática. Desde allí gritó pidiendo auxilio, pero mientras los funcionarios de la embajada primero acudían al balcón del primer piso y después bajaban a la puerta principal, los represores tomaron a Elena de los pelos para conducirla hasta el auto. El secretario de la embajada logró, ya en la vereda, asir a Elena de una pierna, pero fue finalmente golpeado en la cara y no pudo impedir que la prisionera fuera metida en el Volkswagen, que arrancó con la puerta abierta. En el forcejeo Elena sufrió la fractura de su pierna.
La detención de la dirigente del Pvp es tan oscura y desconocida como su desaparición. No se sabe dónde ni cuándo fue ejecutada, ni dónde fue enterrado su cuerpo. En estos 40 años transcurridos han surgido numerosas versiones, pero las excavaciones en el Batallón 13 y en el contiguo predio del Servicio de Material y Armamento no arrojaron resultados hasta ahora. La lápida de silencio que los militares de la dictadura pusieron sobre toda información del destino final de Elena (y de los restantes cientos de desaparecidos) en realidad tiene origen en las mentiras y las fábulas de los cortesanos civiles de los militares, en este caso el ministro y los principales funcionarios diplomáticos de la cancillería: Juan Carlos Blanco, Guido Michelin Salomón, Álvaro Álvarez y Julio César Lupinacci, que discutieron “qué hacer con la mujer”: aceptar su secuestro y entregarla al gobierno de Venezuela, que la reclamaba en función de la violación de la sede diplomática; o no entregarla, lo que significaba una sentencia de muerte. Obsecuentes con los mandos militares, los diplomáticos mintieron descaradamente, durante años, ante diversos organismos internacionales, sosteniendo la fábula de que había huido hacia el exterior en un vuelo de Pluna.
A seis meses de cumplirse 40 años de su de-saparición definitiva, la revelación de que el apartamento de Elena ha sido utilizado hasta hoy por la División de Ejército 1 como botín de guerra es una anotación al pie que está a tono con toda la perversidad de esta historia. n
S B



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