lunes, 30 de noviembre de 2015

Un torturador de alfombra roja

El torturador Jorge Gundelzoph (y Nin Novoa escuchando en primera fila)



Samuel Blixen

26 noviembre 2015


¿Por qué Jorge Gundelzoph, el “Charleta”, siendo como lo es un sádico torturador y violador, no ha sido todavía procesado por la justicia? Una respuesta simple: el Charleta goza de la misma impunidad que el resto de los represores, porque más que en traidor se convirtió en un esmerado discípulo que pronto superó a sus maestros.




El colega Carlos Peláez se preguntaba en su columna diaria del programa Rompkbzas, de El Espectador, por qué Jorge Gundelzoph, el “Charleta”, siendo como lo es un sádico torturador y violador, no ha sido todavía procesado por la justicia aun cuando, interrogado por magistrados, admitió algunas de las numerosas acusaciones que penden sobre él. La pregunta venía a cuento porque la fiscal Ana María Tellechea solicitó a la jueza penal de 9º turno, Blanca Rieiro, el procesamiento del Charleta por el delito de torturas, en una causa que se habría iniciado en 2013 y que ahora parece tener una primera conclusión. El periodista contrastaba la celeridad con que Héctor Amodio Pérez fue procesado a los pocos días de pisar suelo uruguayo con la dilatada instrucción en el juzgado penal 9º, pese a los numerosos testimonios de víctimas, en su gran mayoría del Partido Comunista.

Amodio y Gundelzoph comparten una misma cualidad: ser traidores a sus respectivas organizaciones y verdugos de sus antiguos compañeros, aquél del Mln, éste del Partido Comunista. Amodio identificaba tupamaros desde una camioneta militar, con aperos de soldado; Gundelzoph cazaba comunistas caminando por 18 de Julio con aires de gigoló; ambos son responsables por muertes en tortura, ambos tienen, además, veleidades de escritor. Pero a diferencia de Amodio, la conversión del Charleta incluyó todas las degradaciones e insanias que ofrece el oficio de torturador. En las salas de tortura de las dependencias de la Dirección Nacional de Información e Inteligencia (Dnii), en Maldonado y Paraguay, el Charleta fue partícipe de los aquelarres que combinaban la picana, la colgada y el tacho, con las violaciones a hombres y mujeres y todo tipo de vejaciones. Allí el ex integrante de la Juventud Comunista tuvo ocasión de desprenderse de todo vestigio de su antigua militancia mediante el exorcismo de castigar con saña a prominentes militantes del Partido Comunista y permitir que los prisioneros encapuchados pudieran ver su rostro, como una forma de advertir y sumar miedos: “Mirá que te conozco”.
Gundelzoph estuvo a la par de todos los policías torturadores de la Dnii, que competían en abandonar su condición humana a golpes de picana. En ese sentido, la pregunta que se formulaba Peláez tiene una respuesta simple: el Charleta goza de la misma impunidad que el resto de los represores, porque más que en traidor se convirtió en un esmerado discípulo que pronto superó a sus maestros. De aquel destacado equipo que integraban los Telechea, los Lemos, los Pre­zza, bajo la batuta del inspector Castiglioni, sólo uno, Ricardo Medina, está hoy tras las rejas; Ricardo Zabala, el policía que secuestró a Julio Castro, fue finalmente liberado por un tribunal de apelaciones que revocó el procesamiento de un juez penal.
No se necesita ser militar para gozar de la impunidad; los policías también están amparados. Pero no todos los traidores. Así que aquella pregunta de Carlitos reclama una respuesta más afinada. ¿Qué cualidades de converso tiene este marrano como para ganarse, primero, la confianza del inspector Héctor Castiglioni y después la del reverendo Sun Myung Moon? Porque el Charleta pasó de la sangre y orines de los calabozos a las perfumadas alfombras del hotel Victoria Plaza; de torturador a editorialista de Últimas Noticias; de violador de adolescentes (entre ellas aquella que un día rechazó sus propuestas amorosas y por eso, sólo eso, fue conducida a Maldonado y Paraguay y obligada a dar lo que había negado) a figurita acicalada de inauguraciones y fiestas, tanto en Montevideo como en Punta del Este, en rol de azafata que se deja fotografiar abrazando a señoras maduras.
Sea como fuere, el Charleta dejó de ser el Charleta para convertirse en el señor Gundelzoph, tal es la alquimia que transmuta la secta Moon, que en Uruguay, con sus diarios, sus hoteles, sus plantaciones forestales y fundamentalmente su banco, el Banco de Crédito, acumuló una importante influencia en círculos políticos, económicos y empresariales, y por tanto, fuerza de presión. Para la secta fue fácil proyectar al Charleta como un representante destacado del emporio de intereses, bendecido muchas veces con fotografías que lo muestran a la diestra del reverendo.
Los círculos políticos aceptaron sin cuestionamientos al señor Gundelzoph e ignoraron el costado tenebroso. Nadie puede hacerse el inocente, porque las iniquidades del Charleta son periódicamente expuestas por sus víctimas, en juzgados y en entrevistas de prensa. Menos el presidente Tabaré Vázquez, que aceptó recibirlo en su despacho, durante la primera presidencia, junto con otros dirigentes de la secta Moon para hacer entrega de una donación: un yate. El compromiso de Vázquez con la secta se había concretado, poco antes de esa fotografía indiscreta (¡qué poco tacto, el del Charleta!) cuando, a instancias del secretario de la Presidencia, Gonzalo Fernández, abogado él de los moonies, decidió pagar 25 millones de dólares a Free Port, dando por perdido un juicio que los abogados del Ministerio de Transporte y el propio ministro, Rossi, creían ganado.
Desde la foto de la Presidencia hasta la más reciente foto en la revista Galería, de Búsqueda, las señales son inequívocas. Ni siquiera el “Pajarito” Silveira, aun cuando se tostara la cara en una cama solar, tendría chance de aparecer en Galería; y el ex canciller Juan Carlos, por más católico que sea, no alimenta esperanzas de ser recibido en la Presidencia. De todas formas, quizás la fiscal Tellechea cambie la pisada, uno de estos días.

Traidores de sus propias organizaciones

 

>>> JORGE "CHARLETA" GULDENZOPH ENTREGO A GONZALO CARAMBULA Y PARTICIPO EN LAS SESIONES DE TORTURA
El siguiente es el informe presentado el 2 de Julio de 1985 por el entonces Senador José Germán Araújo, en el Parlamento.
Pido disculpas al Cuerpo por ello, pero se trata de un testimonio sumamente valioso porque proviene de un hombre conocido por muchos, un inocente que debió enfrentar a la justicia militar. Además, durante todo este tiempo representó al Frente Amplio en la CONAPRO. Me refiero al señor Gonzalo Carámbula, periodista, candidato a diputado y hoy suplente de uno de los miembros titulares. Dice así:
“Cuando fui detenido, estaba almorzando en una parrillada céntrica, en el mostrador, en marzo de 1976. Dos agentes vestidos de particular, se apersonaron, preguntaron mi nombre y me obligaron a dejar lo poco que quedaba de un churrasco con papas fritas. Minutos después, en las dependencias de inteligencia y Enlace, Departamento 5 al mando del Comisario Benítez, pretendieron sin éxito que comiera lo que acababa de vomitar, aquel almuerzo interrumpido. El operativo comenzó con golpes desde que me subieron a la camioneta y me taparon -encapucharon- con un campera. Eran unos cinco agentes conducidos por un tal Pressa que a la vez de llevarme se cercioraron de que era el denunciado por alguien que estaba en la acera. Al llegar al edificio de las calles Maldonado y Paraguay, la brutalidad arreció al tiempo que cambiaban la campera por una capucha de verdad (bota de tela azul, de las que se usan para ingresar al quirófano).
Es prácticamente imposible relatar etapas o detalles de la tortura en orden cronológico. Todo se sucede, se mezcla vertiginosamente: los golpes, las esposas, el traslado incesante, el interrogatorio, los gritos de los torturadores y de los torturados. Queda el martilleo de la pregunta que no se responde, para vencer. En mi caso: ¿Dónde vivís? ¿Domicilio? Quedan fragmentos de las sesiones de torturas. Estuve colgado, desnudo, tomado con cuerdas desde las muñecas envueltas en trapos para evitar huellas futuras. (De todas formas, luego de nueve años, algo se nota en mi mano derecha). Cada tanto venían como a jugar con mi cuerpo, columpio de carne que mecían pesadamente con piñazos, insultos, patadas y preguntas. Para mí había pasado mucho cuando alguien comenzó a acercar pedregullo, o piedritas muy pequeñas, a las puntas de mis pies colgantes.
Desesperadamente, creyendo que era una gentileza de los que hacen el papel de 'buenos', intenté armar a punta de pie un montoncito para apoyarme en algo y reducir el estiramiento, dolor de hombros. Con risa delincuente de serial televisiva, quien acercaba las piedras me advirtió: 'Ahora cuando te moje' -empezó a echar agua- 'la piel se te ablandará y las que ahora juntas se te meterán hasta el c... También en este triste campo, la imaginación no tiene límite. En algún momento me llevaron al submarino del subsuelo o de la planta baja. Consistía en lo que ya todos sabemos. Me ataron boca abajo sobre una tabla que permitía dejar la cabeza colgado. Al levantar el extremo posterior, en el que tenía atados los tobillos, la cabeza se sumergía en un tacho con agua". Despés de esto, agrega un signo de interrogación y continúa: "Participaban de la sesión unas cuatro o cinco personal a juzgar por las voces y el manipuleo de la tabla.
Quizás sorprenda que comente que no me resultaba tan dramático tragar agua hasta pensar en morir, como cuando me sacaban la cabeza pero no me dejaban respirar inmediatamente, presionando la capucha. Recuerdo especialmente que me amenazaban continuamente con 'lo de Balbi', joven militante comunista muerto en torturas en aquellos días. La insistencia con 'lo de Balbi' era mayor cuando estaba en el submarino. La furia aumentaba en los interrogadores en la misma proporción en que uno ganaba la paz de sentirse, vaya paradoja, más fuerte y más digno. La cabeza se permite volar, despegar de la situación concreta del dolor. Hablaba de la furia. 'Me encontré en el medio de lo que después supe era la cocina del tercer piso. Por supuesto, seguía encapuchado y desnudo. De pronto entraron riéndose y comentando cuestiones de fútbol. Comenzó la paliza, luego la picana. Ya casi no me preguntaban nada. Reían. La electricidad me hacía contornear, girar, mover como una 'gallina loca' al decir de un torturador.
También allí tiraron agua. Descalzo y desnudo tocaban con la picana el charco y mi cuerpo y todo era igual. Me caía, daba vueltas, me paraba, volvía a caer en medio de sus risas. Se terminó. Quedé allí parado. (Hubo también en esa pieza un submarino sui generis, en el fogón de la cocina). ¿Cuánto había transcurrido? ¿Qué vendría ahora? Creo que todos nos hicimos estas preguntas en esas pausas. Entró entonces un personaje que me pareció más bajo y que tenía la voz de aquel Pressa. Tocándome el hombro, dijo: 'Conmigo cantaron varios pesados con cruces encima. Vos que están pa' la ideológica no me vas a joder'. No sentí en las otras formas del castigo, la seña de aquel instante, quizás fuera la inhumanidad directa. Que una persona sola, sin estímulos de público, sin el resguardo y el incentivo bestial del grupo de torturadores, sin estar drogado o borracho, pegara patadas y puñetazos en otra persona apenas vestida con la capucha y las esposas que aferraban las manos a la espalda. Fue sin duda de mis peores experiencias, es mi peor recuerdo. Todavía tengo presente el final de este capítulo; estaba en el suelo cuando me taconeó en la espalda diciendo, con tono de reproche, '¡me hiciste sudar!".
De todo esto está informando a la Justicia uruguaya el señor Gonzalo Carámbula.
"Pocas cosas más memorizo. Me llevaron a un baño y me ataron al caño de la ducha. Siempre tomándome las muñecas pero esta vez puestas a la espalda y estando yo en pie. Nunca olvidaré la desesperación que tenía por tomar algo. Hubo quienes se bañaron cerca mío. Cuando se fueron, lamí las paredes humedecidas por el vapor. Tenía, en ese momento, pantalones. Reclamé en vano permiso para orinar pero tuve que hacerlo encima. Pretender denigrar a veces así, sencillamente, o a veces más groseramente, como cuando me pegaron con un tablón en el pecho y en la boca haciéndome saltar los dientes. No viene al caso explicar el por qué de un intento de autoevasión que ensayé. Las razones quizás estén en la situación que he venido contando, pero mucho tiene que ver esa voluntad ilimitada por alcanzar la libertad, allí individual; por vencer la cárcel injusta, como lo hizo el pueblo, usando todas las armas que la iniciativa crea. Lo mío fue algo parecido a lo que intentaría Elena Quinteros unos meses después. He dicho que el interrogatorio concentraba baterías en el '¿Dónde vivís? ¿Qué domicilio tenés? ¿Con quién vivís? digo ahora que compartía entonces un apartamento con un compañero requerido por el delito de pensar distinto.
La policía, que no concebía mi intransigencia como un valor ético primero y menos como una forma más de lucha, se exacerbaba y descerrajaba más ferocidad. Para aliviar un poco la carga dije que había pasado las noches sin domicilio fijo, con la esposa de un poderoso industrial vinculado al gobierno y que no podía dar el nombre sin provocar un verdadero escándalo. Evidentemente, o no soy un buen artista o no les importaba si se involucraba a un personero de la dictadura. Lo cierto es que la bestialidad seguía en ascenso... Sin embargo, esa excusa me sirvió para hilvanar una 'leyenda'. Dije que estaba dispuesto a denunciar el domicilio de la supuesta mujer, en tanto me llevaran a la terminal en Carrasco del '104'. Ocurrencia que me vino a la cabeza porque unos días antes de ser detenido me habían comentado que de allí para adentro estaba la casa del Embajador de México. La satisfacción de los torturadores no demoró en notarse, luego de estar dos días colgado, de los golpes, de los submarinos y la picana, vino una silla. Obviamente, se mantuvo la capucha, las esposas y los pantalones orinados. En aquella madrugada para mí sin clima, cuando se dispusieron a salir de 'caza de bolches' como ellos decían, me condujeron hasta la terminal.
Me liberaron de la capucha y las esposas como lo requerí. Descendimos y comenzamos a caminar para 'marcar' la casa de quien -imaginariamente- me había 'enterrado'. Cuando caminaba flanqueado delante por dos agentes y detrás por tres, temblaba en mi la idea de la libertad. Buscaba ansiosamente la casa que tuviera las características que me habían reseñado (jardín al frente, dos pisos, verja) y buscaba el escudo de la República de México. Cuando estuve frente a una residencia que se me antojó con tales señales, me zambullí por sobre un portón al grito desesperado de '¡Embajador, embajador' ".
Todo este relato de Carámbula, señor Presidente -tanto a él, como a mí, como seguramente al resto de los señores senadores- nos hace imaginar con más claridad todo lo que pudo haber pasado por la cabeza de Elena Quinteros aquel día de junio de 1976.
Continúa diciendo Gonzalo Carámbula:
"Los agentes quedaron paralizados durante unos segundos, pero ya cuando alcancé la escalera exterior de una casa que nada tenía que ver con México, sentí a mi costado, en la pared, el impacto de un balazo. Inmediatamente, como si hubieran llegado con esa bala, todas las manos y puños que antes sentí en la tortura otra vez sobre mí, en frenesí más intenso y cuando mi esperanza quedaba aferrada a un pestillo arrancado de una puerta que no se abrió. Es poco lo que recuerdo de los días inmediatos posteriores. Algunas escenas como cuando estaba en un piso, boca abajo, y me dieron un inyectable. Recuerdo que grité, o me pareció gritar, que no cantaría y que tampoco lo haría con pentotal y me contestaron que se trataba de un calmante. Recuerdo otro episodio, uno que para mí es algo especial. Estaba de plantón cuando se puso delante de mí un funcionario y me dijo:
"Así que no se te puede pegar, he'. A Gonzalo Carámbula le habían puesto un cartelito en la espalda que decía: "Prohibido tocar; está roto". Pensó unos minutos y comenzó a tocarme simplemente con la punta de sus dedos. Me parecía aquello una nueva golpiza porque mi cuerpo estaba hincado y amoratado. La "pera podrida" me llamaban los propios torturadores. Pero no satisfecho, volvió a las preguntas del principio: "¿dónde vivís?, y con comentarios de mi intento de fuga.
Esta vez me pateaba, despaciosamente pero me pateaba; me pateaba los pies hasta que me hizo salta las uñas de los dedos grandes. Sobre estos extremos pueden atestiguar familiares y amigos que me vieron a los cincuenta días, cuando el Juez militar de 3er. Turno no halló causa para abrir un expediente y el de 5º Turno tomó mi testimonio para incorporarlo a un expediente sobre la Universidad". Hasta la Justicia Militar, tuvo que reconocer la inocencia de Gonzalo Carámbula; y a inocente, a todos los inocentes de todos estos años, les han hecho este tipo de cosas. También pude constatar la presencia en todo ese período de Jorge Gundelzoph" el de la secta Moon "a quien también conocía de antes. Recuerdo particularmente que discutía con otros oficiales y les insistía sobre la necesidad de dotar a los jóvenes de Secundaria de una ideología, que no bastaba con perseguir a los comunistas. Según información posterior que pude obtener, esta persona que creo fue la que corroboró mi identidad desde la acera, según conté al principio, participó en el Congreso que realiza la Secta Moon en el pasado mes de marzo de 1984.
Por último, quiero señalar por la importancia que pueda tener para el esclarecimiento del caso Quinteros, que cuando estuve detenido en las circunstancias relatadas, conversé en más de una oportunidad con el agente apodado el "Cacho", a quién podría reconocer y estoy dispuesto a reconocerlo ante la Justicia. Esta persona, que trabajaba entonces según sus dichos como mozo del "Bar Hispano", denotaba su deformación cuando comentaba con naturalidad, sin tener noción de que hablaba de una vida, que si él hubiera estado el día de mi tentativa de autoevasión, hubiera acertado en el tiro. "El que te tiró era un aprendiz, yo te hubiera dado en el medio del lomo".





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