Por Marcos Joel (FB)
Los hechos de público y notorio conocimiento nos colocan ante una verdad ineludible, la inmensa mayoría de aquello que hoy circula como “información” constituye, en realidad, un dispositivo sistemático de desinformación. No estamos frente a errores aislados, ni a simples tergiversaciones, sino ante una estrategia estructural de dominación cuyo objetivo central es disputar y colonizar nuestros sentidos, nuestra percepción del mundo y, en última instancia, nuestra capacidad de acción colectiva.
Desde una perspectiva sociopolítica y antropológica, toda dominación duradera requiere algo más que coerción material, necesita control simbólico. Por eso, los poderes hegemónicos invierten enormes recursos en saturar el espacio público con relatos fragmentados, contradictorios y emocionalmente manipuladores. El exceso informativo no busca informar, sino desorientar; no busca esclarecer, sino anestesiar la conciencia crítica. En este contexto, la verdad no es negada frontalmente, sino disuelta en un mar de estímulos que impiden distinguir lo esencial de lo accesorio.
El resultado es un sujeto social confundido, temeroso y pasivo, psicológicamente condicionado para reaccionar, pero no para pensar; para consumir discursos, pero no para producir sentido. Este fenómeno no es accidental, responde a una lógica de poder que entiende que quien controla la percepción controla la conducta, y que quien controla la conducta puede gobernar sin necesidad de legitimidad real.
Frente a este escenario, la única posibilidad de construir un pensamiento crítico coherente y emancipador reside en la búsqueda consciente de fuentes de información alternativas, no subordinadas a intereses corporativos, imperiales o financieros. Informarse críticamente no es un acto neutral, es un acto político, una forma concreta de resistencia. Toda la maraña de desinformación dominante es, en esencia, humo ideológico. Un humo que no se disipa solo con el paso del tiempo, sino mediante el ejercicio deliberado del discernimiento colectivo, de la reflexión crítica y de la confrontación consciente con la realidad.
Aquí emerge la pregunta central, que ya no puede ser eludida,
¿Por qué desinforman tanto y de manera cada vez más burda y descarada?
Porque lo que estamos presenciando es propaganda de guerra. Una guerra de nuevo tipo, donde el campo de batalla no es únicamente territorial, sino mental, cultural y emocional. El objetivo no es convencer racionalmente, sino capturar mentes y corazones, secuestrar los sentidos, bloquear la capacidad de pensar con claridad o, directamente, impedir el pensamiento autónomo. Se nos quiere dóciles, temerosos, fragmentados, aislados unos de otros, incapaces de reconocernos como parte de un mismo cuerpo social con intereses comunes.
Y entonces surge la pregunta más incómoda, la que el poder jamás quiere que nos hagamos,
¿Por qué necesitan hacer todo esto?
Porque, en el fondo, son ellos quienes tienen miedo. Miedo a que despertemos. Miedo a que tomemos conciencia de nuestra fuerza real. Miedo a que comprendamos que el poder que dicen detentar no les pertenece. Saben, y lo saben muy bien, que ese poder no está en sus manos, sino enfrente de ellos, encarnado en el colectivo humano organizado, consciente y decidido a actuar.
Nosotros también lo sabemos. Sabemos quiénes tienen la capacidad histórica de transformar la realidad. Pero durante demasiado tiempo hemos evitado asumirlo, ya sea por ignorancia inducida, por comodidad, por temor a las consecuencias o por la ilusión de que otros resolverán lo que nos corresponde resolver a nosotros. Sin embargo, esa evasión tiene un límite. La historia no espera, y las condiciones materiales de existencia empujan, tarde o temprano, a una definición.
Y aquí el punto decisivo, no hay neutralidad posible. No asumir la responsabilidad política colectiva es, de hecho, tomar partido por la perpetuación del orden dominante. El momento de la comodidad ha terminado. El tiempo de la inconsciencia inducida se está agotando. El conflicto ya no es futuro, es presente.
Ese momento que muchos prefieren negar ya está tocando nuestra puerta. Y cuando la historia vuelva a exigir protagonistas, porque siempre lo hace, no habrá lugar para la excusa, la indiferencia ni la pasividad. O asumimos conscientemente el papel que nos corresponde como sujeto histórico colectivo, o aceptamos ser arrastrados como objetos por fuerzas que deciden por nosotros.
La disyuntiva es clara y brutal, o despertamos, nos organizamos y ejercemos el poder que nos pertenece, o seguiremos siendo administrados, manipulados y sacrificados en beneficio de intereses que jamás nos representaron. La historia no se escribe sola. La escriben los pueblos cuando deciden dejar de obedecer y comienzan a gobernar su propio destino.
El relato que cimienta la percepción del uruguayo promedio es, lisa y llanamente, basura ideológica. Un producto manufacturado por los medios de desinformación hegemónicos, diseñado no para informar sino para domesticar. Carece de toda profundidad crítica y de cualquier anclaje histórico serio. El receptor, ese sujeto promedio moldeado por décadas de pedagogía neoliberal, no está llamado a pensar, sino apenas a replicar, a repetir como loro lo que le inoculan a diario bajo el rótulo de “noticia”.
Pensar cansa. Pensar incomoda. Y por eso se renuncia al pensamiento. Lo que los grandes medios martillan todos los días no es información: son mentiras funcionales, engaños sistemáticos, humo discursivo y paja mental cuidadosamente elaborada para mantener a la población en un estado de pasividad dócil. El resultado es un sujeto políticamente analfabeto, incapaz de distinguir entre propaganda y realidad material.
El uruguayo promedio no tiene la menor noción de lo que ocurre en el mundo. Desconoce por completo las dinámicas de la geopolítica, los procesos de acumulación global, las disputas entre bloques de poder o las formas contemporáneas del imperialismo. Todo lo que “sabe” le llega filtrado, recortado y adulterado por medios que cumplen una función disciplinadora, idiotizar, banalizar, embrutecer. Un bombardeo constante de trivialidades, noticias falsas y relatos edulcorados que anulan cualquier posibilidad de pensamiento autónomo.
Desde una perspectiva psicológica y antropológica, este fenómeno no es casual. El individuo promedio ha sido entrenado para temerle a la crítica y a la diferencia. Se le ha inculcado la obediencia como virtud y la mediocridad como refugio emocional. No existe sentido crítico ni creatividad del pensamiento; solo la repetición mecánica de la inmundicia televisiva y digital. No se reflexiona, se vomita discurso ajeno.
Prefieren el confort anestésico de la mentira a la incomodidad de la verdad. Optan por la falsa sensación de seguridad que ofrece el relato dominante antes que arriesgar un mínimo gesto de autenticidad intelectual. Es más cómodo padecer la rutina del dolor conocido que enfrentar la posibilidad, incierta pero liberadora, de algo mejor. Más fácil ser cobarde y vivir bajo el temor constante a perder migajas de estabilidad que asumir la dignidad de la aventura emancipadora.
Aquí se expresa con crudeza la esclavitud moderna, no necesita cadenas visibles ni capataces armados. Se sostiene sobre el miedo, el individualismo y la renuncia voluntaria al pensamiento. El uruguayo promedio es mediocre, y lo sabe. Pero esa mediocridad le brinda seguridad ontológica; lo protege del vértigo de la libertad. Es un esclavo contemporáneo que se refugia en su propia necedad, negando la realidad para no tener que transformarla.
Y mientras tanto, el sistema avanza sin resistencia, celebrando la docilidad de quienes confunden prudencia con sumisión y paz con resignación.
Por Marcos Joel



El miedo es un recurso ancestral, “Quien vive temeroso, nunca será libre” escribió alguna vez Quinto Horacio Flaco (Basilicata, 8 de diciembre de 65 a. C.-Roma, 27 de noviembre de 8 a. C.) principal poeta lírico y satírico en lengua latina.
ResponderEliminarReflexión tardía, eso tendrías que habertelo cuestionado cuando el 3 de setiembre de 2021 Alvaro Delgado dijo: “Siempre dijimos que no era obligatoria la vacuna, pero es una obligación ir a vacunarse, es un acto de solidaridad. Lo que va a pasar es que va a haber un mundo para los que están inmunizados y otro para los que no quisieron hacerlo”.
ResponderEliminar