martes, 17 de agosto de 2010

El bote


4º Batallón de Infantería de Colonia

Aquella tarde me tocó ir entre las primeras. A las mujeres nos llevaban a bañar a la enfermería, que quedaba bastante lejos del barrancón, donde nos habían trasladado, pasado poco más del primer mes. Nos separarían dos cuadras o tal vez tres, no puedo establecerlo con precisión, cualquier distancia resultaba fatigosa, para alguien que pasaba todo el día en custodiada inmovilidad.
A esta altura, por lo menos para los que estábamos en el barracón, el baño era un acontecimiento, si no diario, frecuente y ya incorporado a la rutina de aquellos días, que empezaron siendo de pesadilla, de caos, siguieron interminables, y ahora eran sencillamente de espera.
Es curioso, pero así, sentado de cara a la pared, los ojos vendados, incomunicado, uno espera, más que algo trascendental, algo nimio, pequeño, apenas capaz de posibilitar un cambio de posición, la comida, la ronda del enfermero, el baño.
El baño era obligatorio y contra-reloj.
-Rápido, ¡tenés diez minutos y van nueve!
Nunca llegué a ubicarme con cierta satisfactoria exactitud en aquel inmenso cuartel de Colonia; a mi naturalmente escaso sentido de la orientación se sumaba la ceguera de la venda. Sin embargo, la enfermería me resultaba inconfundible. Allí había pasado el primer mes, y evidentemente algún misterioso mecanismo de conservación hacía que la reconociera. El baño estaba pegado al consultorio del médico. En frente a la puerta de entrada estaba la bañera, a la izquierda, un retrete, y contra la pared del medio, una pileta. Una vez adentro, sin la venda, las manos sueltas se deshacían con rapidez de la ropa, la camisa colgaba del picaporte, tapando el ojo de la cerradura, una toalla se extendía a modo de cortina, colgada de un alambre que –pasando por delante de la bañera- atravesaba la pieza.
Algunos soldados, no todos –es justo recordarlo- matizaban la guardia con incursiones al baño de las “pichis”. Nos afanábamos en defender una privacidad que ya no existía.
Un preso es un invadido, deciden por él el momento de ir al baño, le eligen la ropa que puede usar, leen y censuran sus propias cartas, lo desnudan, lo golpean y tratando de penetrar en sus secretos más queridos, le rompen el alma.
Bordeando o atravesando el casino de tropa, se llega, siempre demasiado pronto, a la sala de tortura. Se puede reconstruir el camino que lleva hasta allí, pero nunca el de regreso, no recuerdo haber vuelto una sola vez, sobre mis pies.
Han dejado de trompearme la cara, el tibio sabor de la sangre que me llega hasta la boca, es lo único familiarmente humano en aquella atormentada oscuridad. Desnuda, las manos atadas en la espalda, miro con los ojos vendados hacia la voz que me interroga, sonora, inconfundible, correcta dicción de un oficial.
Una patada me sorprende de atrás, levantándome hasta hacerme caer, pero ya me levantan para atarme –ahora sí hasta inmovilizarme totalmente- a un tablón; trampolín de la muerte, el tablón me sumerge en el horror del submarino, me inundo, me ahogo, pero la muerte se detiene…
-¿Sabés qué son estas gomas?, otra vez la voz. – Aire comprimido, no te va a poder co… ni un elefante – sentencia inconfundible, sonora, prolija, la correcta dicción de la voz del torturador.
Marzo recién empezaba, caluroso ese año, el calor estaba a mi favor, caminaba despacio, el soldado no me apuraba. Robándole siempre una rendijita a la venda, mis ojos saltaban de un escalón a una zanja, del pasto a las baldosas, un olor me distraía hasta la cocina, que debía estar allí nomás, el ruido de un motor que se aleja, voces de soldados cera y lejos…
-¡Hay tuco! ¡Qué tuco! ¿Cómo la metiste? –grita la voz de un bayano-.
-Como con arroz, responde entre risas la voz del que me lleva.
En el 4º Batallón de Infantería de Colonia funcionaba un centro de instrucción de reclutas (CIR). Pululaban por el cuartel soldados de todos los rincones del país, por supuesto, no todos tenían contacto directo con los presos, pero para la gran mayoría los presos éramos una atracción, un pasatiempo.
A los compañeros hombres los humillaban por estar presos, en el caso de las mujeres, no sé si nos humillaban por presas o sencillamente, por mujeres.
-¿Cuántos años tenés? –oigo la pregunta en el mismo momento en que me levantan la capucha.
-Diecinueve, -contesto mirando la cara del oficial que tengo enfrente.
-¿Cuánto te dieron? Continúa el oficial visiblemente molesto.
-De seis a dieciocho años, -respondo.
-¡Estas son cosas para hombres! ¡No te das cuenta! –termina gritándome, con incompresible indignación, al tiempo que me hace desaparecer nuevamente debajo de la capucha.
Subí los tres últimos escalones que me separaban del piso rojo de la enfermería. Doblamos a la derecha, caminé por el ancho pasillo de distribución de los consultorios, de repente, mis ojos se toparon incrédulos con un bote. No podía darme vuelta para confirmarlo. ¿Un bote? No, no podía ser, el infierno tiene también su coherencia, y estaba segura de no tener una alucinación (¿de qué color era?, el piso de la enfermería es rojo, el bote ¿verde?). Llegamos a la puerta del baño.
-Mirá la pared –ordena el guardia- mientras se separa para meter la cabeza y medio cuerpo dentro del baño, para inspeccionar.
-Entrá, -dice- y dame la venda. Sale y se ubica del otro lado de la puerta.
Estaba nerviosa, la idea del bote me inquietaba más a cada momento. El agua caía ruidosamente, el jabón, como un pescado, resbalaba entre mis manos distraídas, ¿un bote?, mi cabeza recorría el camino del regreso.
-Guardia, estoy pronta- avisé golpeando la puerta. El soldado abrió la puerta. –Date vuelta, indicó, y me colocó la venda. –Vamos, ordenó con aburrimiento.
Mis ojos, una cámara fotográfica a punto de ser disparada, enfocando cada tramo del lado izquierdo del corredor de la enfermería, por la rendija de la venda.
Ahí estaba, casi sobre mis pies, no lo habían sacado, lo pude recorrer en todo su largo, ¡un bote!, ¡cómo no lo vi desde el primer momento! ¿cómo se me ocurrió pensar en un bote?
Tal vez no quise verlo. ¡Asesinos! ¡Bestias!
Sigo caminando con aquella imagen aplastándome el corazón. Como una piedra cae rompiendo la superficie del agua en círculos de estupor, la imagen del ataúd me llegó hasta el fondo, trastocándome, dejándome rota, perpleja. Una pregunta empezaba a ocupar toda mi cabeza ¿quién? ¡quién! Sabía una sola cosa, y aquella única certeza, dolía más que cualquier duda.
Uno de nosotros había muerto en la tortura.

DEDICADO A “CHIQUITO” PERRINI, DETENIDO EN CARMELO EN 1974, TRASLADADO AL CUARTEL DE COLONIA, DONDE FUE TORTURADO HASTA LA MUERTE.

Del libro: “MEMORIA PARA ARMAR - 1"
Testimonios coordinados por el Taller de Género y Memoria ex- Presas Políticas.

(Marys Yic)

1 comentario:

  1. Cuanto horror.
    Lei este articulo ayer, y no deje de pensar.
    Como es que los milicos pueden ser tan hijos de puta. Como un ser humano puede encarnar tanta maldad, abyeccion y depravacion.
    Yo naci durante la dictadura y me enloquece de rabia y tristeza pensar las cosas que pasaban mientras yo iba al jardin y la escuela.
    Eran chiquilines, pienso en la gente que conozco de 19 años y no se me ocurre como podrian sobrevivir en esos campos de concentracion.
    Que juventud maravillosa la de esos años y que caro les costo a los que murieron, a los que sobrevivieron y a los que el miedo de la epoca nos marco para toda la vida.

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