La partidocracia uruguaya
Por Marcos Joel
El
devenir político de Uruguay ha derivado, sin disimulo ni pudor, en una
partidocracia. No una anomalía pasajera, no un accidente institucional,
una estructura consolidada donde los partidos dejaron de ser
instrumentos de representación popular para erigirse en fines en sí
mismos, en maquinarias de reproducción del poder. Ya no se legisla para
la justicia social. Ya no se gobierna para las mayorías trabajadoras,
para el asalariado que sostiene con su sudor el andamiaje económico del
país. Lo que otrora fue disputa legítima por el bienestar colectivo, por
la redistribución de la riqueza, por la dignidad material del pueblo,
se ha degradado en campaña electoral permanente, en marquesina
publicitaria, en un teatro de vanidades donde el pueblo es espectador
cautivo, aplaudidor forzado, nunca protagonista. Se le convoca cada
cinco años para legitimar con su voto lo que ya fue decidido en
despachos cerrados, en acuerdos de cúpula, en negociaciones donde el
interés de clase brilla por su ausencia.
Hoy,
a la oposición le importa una sola cosa, conquistar el poder en 2029.
Ni el hambre del jubilado, ni la precariedad del trabajador informal, ni
la vivienda negada a las familias populares figuran en su agenda real.
Para alcanzar ese trono, no vacila en convertir la rendición de cuentas
en botín de campaña, en boicotear la transparencia fiscal como si el
erario público fuera coto privado de sus estrategas. Utiliza el control
parlamentario no como herramienta de fiscalización al servicio del
pueblo, sino como arma arrojadiza, como insumo mediático para construir
relato electoral. Es la partidocracia en su expresión más descarnada y
cínica, aquella que desconoce la voluntad popular, que pisotea el
mandato de las urnas, para servir con devoción ciega a los intereses
meramente partidarios, a la lógica de la acumulación electoral por
encima de cualquier compromiso con quienes producen la riqueza nacional.
Pero
el gobierno, y aquí conviene ser analíticos, no la fuerza política
Frente Amplio como proyecto histórico de emancipación, sino el aparato
gubernamental que pretende destruir su nombre suplantándolo con su
mayoría circunstancial que es el MPP, ha dejado meridianamente claro que
opera al margen de toda tradición frenteamplista. Ha sepultado la
histórica política internacional del Frente Amplio, aquella que supo
plantarse con dignidad ante el imperialismo, que tendió puentes con los
pueblos hermanos de nuestra América, que defendió la autodeterminación
frente a los dictados de Washington. La ha suplantado por una diplomacia
servil, genuflexa, subordinada al gran capital transnacional, al amo
del norte y al ente sionista. Se ha despojado de toda retórica
antiimperialista, aquella que fue columna vertebral de la izquierda
latinoamericana, para arrodillarse ante quienes siempre fueron el
enemigo histórico de los pueblos, el Fondo Monetario Internacional, el
Banco Mundial, las embajadas que dictan política económica, los
organismos que imponen austeridad mientras el capital especula sin
freno. Se ha desdibujado hasta convertirse en una simple colectora de
votos, desideologizada, sin programa, sin horizonte estratégico,
obsesionada únicamente con aglutinar sufragios, repartir cargos y
administrar la miseria ajena con lenguaje progresista. Ha traicionado la
esencia del Frente Amplio, ser movimiento, ser pueblo organizado, ser
disputa contra el poder constituido. Hoy es apenas un sello vaciado de
contenido, una marca electoral al servicio de la continuidad del orden
vigente.
En común acuerdo, y aquí
reside la obscenidad mayor, gobierno y oposición han negociado los
principios a cambio del eufemismo de la alternancia. Alternancia,
palabra hueca, mecanismo pulcro para que nada cambie en lo sustantivo,
para que las estructuras de dominación permanezcan intactas mientras los
rostros se turnan en la fotografía. Es la alternancia como seguro de
vida para la casta, hoy gobierno, mañana oposición, pasado mañana
gobierno otra vez, y siempre -siempre- el mismo salario parlamentario,
la misma jubilación de privilegio, el mismo acceso al aparato del Estado
como botín. La política, que debería ser herramienta de liberación de
los oprimidos, se ha convertido en oficio hereditario de una élite que
se reproduce a sí misma. Las mayorías populares, los trabajadores, los
desposeídos, quedan relegados al segundo plano, al pie de página, a la
nota al margen de una historia que otros escriben.
No
existe política de izquierda en Uruguay. Existe una casta política
aferrada a sus privilegios, blindada por la impunidad, sostenida por un
sistema que garantiza su perpetuación.
Hubo
un intento genuino, y es deber de la memoria no olvidarlo. Cuando se
fundó el Frente Amplio en 1971, nació una fuerza constructora, plural,
combativa, verdaderamente popular. Obreros, estudiantes, intelectuales,
campesinos, sectores medios empobrecidos confluyeron en un proyecto que
desafiaba al orden oligárquico. Pero aquel germen de transformación se
truncó bajo el terrorismo de Estado, se mutiló en los calabozos de la
dictadura, en las salas de tortura, en el exilio forzado, en la
proscripción. Miles de compañeros pagaron con su libertad, con su
cuerpo, con su vida, el atrevimiento de imaginar un país distinto. Y lo
que sobrevivió a la noche cívico-militar terminó diluyéndose, lenta pero
implacablemente, en el neoliberalismo que impuso su agenda tras la
posdictadura, repetidos intentos de privatización, desregulación,
flexibilización laboral, apertura irrestricta al capital especulativo.
La transición democrática no trajo la justicia social; trajo la
aceptación disciplinada de las reglas del mercado. Aquella fuerza
transformadora no es hoy más que un nostálgico eslogan repetido en actos
vacíos, una liturgia sin fe, un nombre sin sustancia.
El
individualismo galopante, esa ideología invisible que el capitalismo
inocula como sentido común, se ha encargado de instalar la falsa
percepción de que ser combativo es algo vetusto, de que la izquierda es
reliquia de museo, de que la lucha de clases es concepto perimido.
¡Mentira! ¡Mentira construida desde los medios de comunicación
concentrados, desde las usinas de pensamiento liberal, desde la academia
domesticada! Ser de izquierda es, hoy más que nunca, exigir el
verdadero cambio estructural. No se trata de refundar partidos ni de
peregrinar nostálgicamente a los orígenes como si la historia fuera una
pieza de museo a restaurar. Se trata de comprender, con claridad, que
para mejorar las condiciones materiales del pueblo trabajador primero
hay que derribar las estructuras que perpetúan los privilegios de la
clase política, los fueros parlamentarios que funcionan como escudo de
impunidad para legisladores que legislan en causa propia; el manoseo
sistemático de la justicia, instrumentalizada según la conveniencia del
poder de turno; la complicidad obscena entre poderes del Estado que
blinda a la casta política mientras criminaliza la protesta social; el
financiamiento opaco de campañas que convierte la democracia en subasta
al mejor postor.
No se trata de
pedir reformas cosméticas. Se trata de arrancar de raíz el régimen de
privilegios. Se trata de que la política deje de ser carrera lucrativa
para unos pocos y vuelva a ser servicio colectivo. Se trata de que el
presupuesto nacional responda a las necesidades del pueblo y no a las
exigencias del capital financiero. Se trata de que la soberanía popular
no sea frase de campaña sino práctica cotidiana de participación, de
decisión, de poder real.
Que la
partidocracia ceda, de una vez y para siempre, el paso a la democracia
verdadera, al gobierno de las mayorías trabajadoras, al poder popular
organizado, a la izquierda que no se arrodilla, que no negocia
principios por cargos, que no confunde gestión con transformación, que
no llama progresismo a la administración dócil del capitalismo. La
izquierda verdadera no pide permiso. La izquierda verdadera construye
poder desde abajo. La izquierda verdadera no se arrodilla ante el amo
del norte ni ante el gran capital. La izquierda verdadera se organiza,
combate y vence.


