Enviado por Irma Leites
Que mi voz suba a los montes y baje a la tierra y truene, eso pide mi garganta desde ahora y desde siempre. Acércate a mi clamor, pueblo de mi misma leche, árbol que con tus raíces encarcelado me tienes, que aquí estoy yo para amarte y estoy para defenderte con la sangre y con la boca como dos fusiles fieles.
(Miguel Hernandez)
El poder judicial como parte del aparato represivo del Estado, ayer 8 de abril de 2026, confirma una vez más su carácter de clase. Torturadores, violadores, desaparecedores libres o en prisiones Vip o en sus domicilios, son la marca de este tiempo. Al procesar por 12 años a Moises, quien 10 meses atrás matara a su padre, violador, torturador, violento y abusador permanente, deja a las claras para quien es la “justicia”
El llanto de su hermana impactó en una sala colmada de familiares, amigos, trabajadoras, compañeras de trabajo de su madre, educadoras del INAU, docentes y compas vinculadas a la lucha contra la impunidad. Ahí, oímos cómo se aplica a un joven, el código siniestro que nada tiene que ver con un juicio justo. El argumento de la jueza fue que no existían denuncias actuales contra el hombre.
¿Qué esperaba señora jueza que después de que el padre violador fuera liberado al año de ser procesado por “abusos” en vez de violador, la hija y familia volvieran a denunciar? La joven dijo: “Es como si se entrenara para el silencio…” y “ La víctima habla cuando puede y no cuando el sistema quiere” “Mi padre siempre fue una sombra” ¡Una oscura sombra amenazante!… y su hermano la liberó de esa pesadilla.
Pero comenzó otra: la angustia de la prisión de Moises. Las personas que padecimos tortura, cárcel, violación, sabemos que no hay plazos para hablar. Que la presencia del violador es parte de una tortura prolongada en el tiempo, que pasaron décadas para poder contar, que algunas compañeras murieron sin hablar de ello.
Y que la denuncia una y otra vez te hace vivir de nuevo las vejaciones y es un perverso mecanismo que te revictimiza y no permite pasar a ser sobreviviente. Y mucho menos sanar, si es que alguna vez se sana en este sistema opresor. Es como dijo alguien a la salida de la dictadura: el horror carcome. Las injusticias sólo confirman que nada debemos esperar de los de arriba. Y que de alguna manera a este ex “padre violador” y sádico no lo mató Moises, si no lo matamos todas y todos. Tal cual, tendríamos que haber hecho con los represores. Ubicarlos y ajusticiarlos como lo hicieron en Grecia los compañeros que hasta hoy cumplen penas perpetuas. Tal vez por no haberlo logrado estos dramas sociales se reproduzcan. Ir. 9/4/26

