lunes, 26 de enero de 2026

La política como construcción colectiva

 

Por Marcos Joel (FB)

La política como construcción colectiva, contra la oligarquía disfrazada de democracia:
 
La política, en su sentido más auténtico y elevado, no es un espectáculo mediático, ni un campo de negocios encubierto, ni mucho menos un mecanismo de dominación disfrazado de representación. *La política bien entendida es, ante todo, la herramienta mediante la cual el pueblo, en tanto sujeto colectivo y soberano, construye su destino histórico, organiza su vida en común y defiende sus derechos frente al poder concentrado.
 
Sin embargo, en las últimas décadas, especialmente en el contexto uruguayo y latinoamericano en general, esa herramienta ha sido secuestrada, desnaturalizada y puesta al servicio de una minoría privilegiada, una oligarquía moderna que, lejos de ostentar títulos nobiliarios, opera desde los consejos de administración, los think tanks neoliberales, los grandes medios de comunicación y, paradójicamente, también desde dentro de las propias instituciones políticas. 
 
Lo que hoy se presenta como “democracia representativa” suele ser, en la práctica, una ficción institucional, en la que una casta política profesionalizada ejerce una representación formal, pero vacía de contenido popular. Estos actores, aunque elegidos mediante votación, rara vez responden a las demandas reales de las mayorías. Más bien, actúan como intermediarios funcionales entre los intereses del capital financiero y las estructuras estatales, reproduciendo un orden que beneficia a unos pocos mientras naturaliza la precariedad, la exclusión y la despolitización de las masas.
 
Aquí radica el quiebre fundamental, falta el factor control. No basta con votar cada cinco años; la democracia real exige mecanismos permanentes de participación, fiscalización y deliberación. Y ese control no puede delegarse indefinidamente, debe ser ejercido directamente por quienes son, en última instancia, los titulares del poder, el pueblo organizado.
 
Pero ¿cómo se logra eso? No mediante consignas vacías, sino a través de un despertar colectivo sustentado en una conciencia de clase históricamente informada. Esta conciencia no es un automatismo; no surge espontáneamente de la miseria o la indignación. Requiere educación popular, organización territorial, memoria histórica y capacidad de síntesis crítica. Es el fruto de la lucha sindical, del activismo barrial, de la militancia feminista, ambiental, estudiantil y antirracista. Es el motor que impulsa las transformaciones profundas, aquellas que no se miden solo en leyes, sino en relaciones de poder.
 
En este escenario, resulta crucial desmontar la narrativa derechista que, con creciente eficacia, ha colonizado el imaginario público. Mediante una maquinaria mediática poderosa, respaldada por conglomerados económicos con claros intereses políticos, se difunde la idea de que “todos los políticos son iguales”, que “la izquierda fracasó” y que “solo el mercado garantiza el progreso”. Este discurso no busca democratizar, sino despolitizar, convertir a la ciudadanía en consumidores pasivos, resignados a elegir entre opciones prediseñadas por las élites.
 
Y es aquí donde reside la trampa más peligrosa, el poder ya lo tienen. No están “buscando” el gobierno; lo ejercen desde hace décadas, incluso cuando no ocupan la presidencia. Controlan los flujos financieros, influyen en la agenda legislativa, moldean la opinión pública y diseñan las reglas del juego económico. Por eso, su confianza en ganar las elecciones de 2029 no es ingenua, es calculada. Saben que el sistema con sus leyes electorales, sus medios hegemónicos, su judicialización de la política y su sesgo anti-popular, fue construido a su imagen y semejanza.
 
Ellos dictan las reglas. Ellos barajan las cartas. Y, sobre todo, ellos marcan las cartas antes de repartirlas.
 
No se trata, pues, de casualidades ni de “malas gestiones”. Se trata de un orden estructural, profundamente arraigado, que reproduce privilegios y neutraliza amenazas al statu quo. Frente a esto, la única respuesta viable no es la resignación, ni la ilusión tecnocrática, ni la apuesta por “figuras renovadas” dentro del mismo marco. La verdadera alternativa es devolver el poder a su único depositario legítimo, el pueblo.
 
Como enseña nuestra propia historia, desde las luchas obreras del siglo XX hasta las movilizaciones por la vivienda, la salud y la educación en el XXI, solo el pueblo salva al pueblo. No hay salvadores externos. No hay mesías institucionales. Solo existe la fuerza colectiva, consciente, organizada y movilizada. 
 
Y esa fuerza no espera permiso para existir. La construimos todos los días, en cada asamblea, en cada protesta, en cada acto de solidaridad, en cada voto informado y en cada palabra que desafía el silencio impuesto.







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