jueves, 21 de mayo de 2026

No se olvidan

 





Luvis Hochimín Pareja


Periodista uruguayo, analista asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

Miles de uruguayos y uruguayas marcharon este miércoles en Montevideo y en otras localidades del interior del país, exigiendo que se desclasifiquen archivos que ocultan información sobre las víctimas desaparecidas en la última dictadura cívico-militar (1973- 1985).

La 30ª edición de la Marcha del Silencio fue convocada por la organización Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos, con el objetivo de rendir homenaje y recordar a los 205 detenidos desaparecidos y reclamar información sobre su paradero.  En un nuevo 20 de mayo, los manifestantes recordaron los asesinatos de Héctor Gutiérrez Ruiz, Zelmar Michelini, Rosario Barredo, William Whitelaw, y la desaparición forzada de Manuel Liberoff, durante operativos ocurridos en territorio argentino en 1976, en el marco del Plan Cóndor.

Miles ancianos y jóvenes macharon ajo la consigna, «30 años marchando. Contra la impunidad de ayer y hoy. Exigimos respuestas. ¿Dónde están?», A 50 años de los asesinatos de Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz, Rosario Barredo William Whitelaw en  Buenos Aires, el presidente Yamandú Orsi publicó un video por la Marcha del Silencio mientras familiares de detenidos desaparecidos y dirigentes políticos insisten en que el gobierno ordene a las Fuerzas Armadas entregar toda la información que aún conservan sobre las desapariciones durante la dictadura.

La consigna reflejó el pedido de los familiares que exhortaron al presidente Yamandú Orsi a no dilatar más la orden a las Fuerzas Armadas para que den información certera sobre dónde están los restos de los desparecidos.


Hasta Marcha del Silencio en Uruguay (REUTERS/Martin Varela Umpierrez)hace poco, el número oficial de desaparecidos en Uruguay era de 197 personas. Sin embargo, la semana pasada el equipo de investigación de la Institución Nacional de Derechos Humanos (INDDHH) incluyó ocho nuevos casos en la lista que elevaron la cuenta hasta 205: tres de ellos se consideran casos activos de búsqueda y otras cinco casos ya aclarados, pero no formaban parte de la nómina. mientras tanto, queda 81 denuncias que aún son estudiadas.

La marcha fue a paso lento y en completo silencio, sin banderas políticas y bajo la consigna «30 años marchando. Contra la impunidad de ayer y de hoy. Exigimos respuestas ¿Dónde están?». Según un comunicado oficial de la Presidencia de Uruguay, inició en la intersección de las calles Jackson y Rivera, donde se encuentra el Memorial a los Detenidos Desaparecidos en América Latina, y se trasladó hasta la plaza Libertad en medio de unsilencio que únicamente se rompió en dos ocasiones: cuando se mencionó el nombre de las víctimas y cuando se cantó el Himno Nacional Uruguayo.

El silencio también habla»: El video transmitido comienza recordando el 20 de mayo de 1976, fecha en la que fueron asesinados en Buenos Aires el senador Zelmar Michelini, el presidente de la Cámara de Diputados Héctor Gutiérrez Ruiz y los militantes Rosario Barredo y William Whitelaw, en el marco del Plan Cóndor y la coordinación
represiva entre las dictaduras de Uruguay y Argentina.Uruguay marchó en reclamo de respuestas sobre los desaparecidos durante la dictadura militar«La memoria es raíz, es lo que nos sostiene”, escribió Orsi en redes sociales al compartir una pieza audiovisual realizada con imágenes de archivo, registros históricos y fragmentos generados con inteligencia artificial, en el marco de una nueva Marcha del Silencio convocada por Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos.

 

Portando los retratos en blanco y negro de los desaparecidos, pañuelos y camisetas con la frase ‘Todos somos familiares’, la gente esperó en las aceras en un silencioso respeto a que pasaran los representantes de la asociación para incorporarse de a poco a una marea interminable de personas. La marcha cumplió con el pacto tácito de romper el silencio solo en dos momentos: uno para escuchar los nombres de las víctimas y otro para cantar el himno nacional.

 

La vicepresidenta de la República, Carolina Cosse, se hizo presente en la manifestación y en rueda de prensa la definió como “una causa nacional de construcción de verdad, de memoria y de justicia”. “Es un llamado a los mejores valores de nuestro pueblo para construir nuestra propia historia” y a “no leerla en libros escritos por otros”, expresó Cosse y sostuvo que la búsqueda de los desaparecidos debe acercar a los uruguayos, en la medida en que entiende que todos pueden colaborar con acciones tales como “hablar de este tema, no esconderlo y preguntar”.

Durante una conferencia de prensa, Cosse  la definió como «una causa nacional de construcción de verdad, de memoria y de justicia». «Es un llamado a los mejores valores de nuestro pueblo para construir nuestra propia historia» y a «no leerla en libros escritos por otros», afirmó, y sostuvo que la búsqueda de los desaparecidos debe acercar a los uruguayos, en la medida en que entiende que todos pueden colaborar con acciones tales como «hablar de este tema, no esconderlo y preguntar».

“Son 81 los casos que aún continúan en estudio y que reafirman la dolorosa convicción de que el terrorismo de Estado ejerció su oscuro accionar sobre todo nuestro pueblo, dentro y fuera de fronteras”, acotó la organización.

Por su parte, desde el Frente Amplio precisaron que “a tres décadas de aquella primera marcha, seguimos reclamando verdad, memoria y justicia. La dictadura cívico-militar dejó una herida profunda en nuestra sociedad: 205 uruguayas y uruguayos que permanecen desaparecidos, y sus familias continúan esperando respuestas”.

La asociación Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos en Uruguay sostuvio que en estos los treinta años de marchas, y cincuenta años de lucha, «la impunidad sigue presente». «Los archivos siguen dispersos y muchos de ellos ocultos; sigue faltando información y la búsqueda sigue siendo a ciegas. Se hace necesaria una política integral de búsqueda de todo el Estado que implique a todos sus agentes; el compromiso debe ser total e inequívoco», apuntó la asociación.


 

 Gabriela Schroeder: “Todavía hay espacio
para otra lucha”

Víctima de los crímenes de mayo de 1976, cuenta desde
su experiencia su trabajo para “romper” los relatos
falsos y la mirada hacia las nuevas generaciones.

 
Cecilia Álvarez20 de mayo de 2026
Gabriela Schroeder nació el 24 de abril de 1972 en el Hospital Militar. Su madre, Rosario
Barredo, había caído presa nueve días antes, el día siguiente de que en un operativo de las
Fuerzas Conjuntas asesinaran a su pareja, Gabriel Schroeder. A partir de su nacimiento, el
periplo de Gabriela incluyó que sus abuelos y tíos la llevaran a la cárcel a diario durante
varios meses para que su madre la amamantara; un exilio primero en Chile y luego en
Buenos Aires, donde su madre y William Whitelaw se instalaron y tuvieron otros dos hijos.
El 13 de mayo de 1976, Rosario, William, Gabriela, de 4 años, y sus hermanos Victoria (de
16 meses) y Máximo (de 2 meses) fueron secuestrados por un operativo militar y detenidos
en el centro Bacacay. El 21, con la desaparición de Manuel Liberoff, aparecieron los
cuerpos de Rosario y William, asesinados junto a Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez
Ruiz, mientras que los tres hermanos estuvieron desaparecidos e intentaron apropiarlos.
Tras una intensa búsqueda por parte de sus abuelos y tíos –que incluyó la publicación de la
foto de los niños en la tapa del diario Buenos Aires Herald–, los tres niños aparecieron el
29 de mayo en la puerta de un hospital. Victoria y Máximo se criaron con la familia
Whitelaw en Francia, mientras que Gabriela creció en Montevideo con su familia paterna.
En 1990, con 18 años se fue a vivir a Chile, donde estudió ingeniería en acuicultura y tuvo
tres hijos. 25 años después, en 2016, volvió a Uruguay y emprendió un proceso de
reconstrucción de memoria que la llevó a escribir un libro y a presentar una denuncia por
su propio secuestro como niña, que hoy derivó en una megacausa por los crímenes de
varios uruguayos en Argentina.
¿Cómo recordás tu infancia y adolescencia en Uruguay?
A mí me encontraron y enseguida había que sacar a Gustavo [su tío] de Buenos Aires,
porque si no, era el próximo. Mis abuelos ya habían perdido un hijo en el 71, en un
accidente de tránsito, y habían asesinado a mi padre al año siguiente. Al poco tiempo, mi
tío Esteban desapareció y después apareció y estuvo en la cárcel un tiempo más. Todo eso.
Mi abuelo se enfermó, le dio un ACV prácticamente enseguida de todo eso y se murió
cuando yo tenía 9 años.
Fue muy cruzada por todo ese dolor...



A pesar de todo, a mí me criaron con mucho amor, y no es un discurso. Nunca escuché una
palabra de rencor en mi casa. Todo lo contrario. El día que mi abuelo entró en coma, antes
de irme a la escuela, me sentó en su falda para decirme de nuevo todo lo que me amaba y
pedirme que centrara mi vida en el amor y no en el odio, que el odio solo me iba a hacer
mal a mí y que yo siempre tenía que vivir en el amor. Y fue así. Yo creo que eso te salva,
por más que obviamente no era fácil. No solo por la ausencia de tus padres, sino porque
también durante mucho tiempo fui casi la única niña desaparecida y aparecida en Uruguay,
y eso muchas veces te pone en el foco. Desde la directora de la escuela que me negó la
bandera porque “una hija de sediciosos no puede ensuciar el emblema patrio” hasta unas
maestras maravillosas que se confabulaban para cuidarme. Desapercibida no podía pasar.
¿Eso hizo que te fueras a Chile?
Un conjunto de cosas. Tuve que ser muy grande muy chica, y en un momento necesité
poner una distancia, encontrar quién era yo sin todo eso. Si me preguntaban por mis
padres, solo le contaba a quien yo quería contarle, y no tenía por qué compartir mi historia.
Y entonces pasás a ser una persona cualquiera y que te quieren o no te quieren por lo que
sos.
El mayor de tus hijos se vino a Uruguay a estudiar y eso abrió el camino
para tu regreso en 2016. ¿Volviste con ganas de mover cosas en relación
con tu historia y la memoria?
Yo llegué en 2016 y la denuncia la hice en 2020. Fue un proceso que venía de antes. Creo
que hubo un punto de inflexión cuando Mateo Gutiérrez [hijo de Héctor Gutiérrez Ruiz]
empezó a hacer el documental Destino final y fue a Puerto Varas a entrevistarme. Que
alguien de mi edad estuviera en esas cosas me hizo pensar: “Bueno, capaz que hay que
hacer algo”. Después de eso fue el juicio contra [Jorge] Olivera Róvere [exmilitar
argentino responsable de varios centros de detención clandestinos] en Buenos Aires, en
2009. Y ahí fue la primera vez que me vinieron a buscar; fui a testificar y fue muy fuerte.
Fui con mi tío Gustavo. Fueron todos mis tíos, mi hermano, y fue un momento muy fuerte
y disparador. Después me volví a Chile y siguió pasando agua bajo el puente. Pero cuando
llegué acá eran los 40 años del 76, la Fundación Michelini hizo todo un año de muchas
cosas muy lindas desde la cultura, de alegría, y me hicieron una entrevista en Brecha.
Siempre tuve mucha memoria, incluso de nuestro secuestro, pero durante años no dije
nada; pero en ese momento empecé a validar la memoria con gente que yo sabía que estaba
en esos recuerdos, los fui validando y certificando, y dije: capaz que tengo una
responsabilidad y un derecho a hacer algo.
Ahí empezó el proceso del libro El mundo nuevo, que escribiste con el
historiador Ignacio Ampudia. En ese proceso, a partir de tus recuerdos y
de tu ida a testificar como víctima en Argentina surge con claridad que
estuvieron recluidos en el centro Bacacay, aunque siempre se había
pensado que habían estado en Automotores Orletti.



Estaba testificando sobre Bacacay, y eso de que me hayan llamado para decirme “vení a
testificar porque sos víctima” me hizo pensar que había elementos nuevos. Entonces les
planteé a los Michelini y los Gutiérrez Ruiz que quería hacer una denuncia, y lo empezaron
a hablar. Decidí hacerla por mi secuestro, pero no por un tema de victimización, sino por
poner el tema de los niños, sacarlo a la luz, no es solamente “pobrecitos que les mataron a
los papás”. Lamentablemente no somos los únicos, hay muchos y en muchas situaciones, y
me pareció súper importante poder visibilizarlo. Además sabía que al denunciar mi
secuestro se llegaba a lo mismo. Yo denuncio, después Benjamín Liberoff hace la denuncia
y después se unen los Michelini y Gutiérrez Ruiz, y ahí es que [el fiscal especializado en
delitos de lesa humanidad, Ricardo] Perciballe, como estrategia, empieza a unir causas en
las que hay indicios de los mismos operativos y arma esta megacausa.
“Falta mucho”
¿Cómo valorás la denuncia y el avance de la causa?

Que la denuncia de esta niña haya derivado en esta megacausa ya me parece un ganar-
ganar enorme, aun cuando falta mucho, y ese es un palo que le estoy dando a la prensa

todo el rato, porque cada vez que hablan de la causa ponen Michelini-Gutiérrez Ruiz, y no

es la causa Michelini-Gutiérrez Ruiz, tampoco es la causa Michelini-Gutiérrez Ruiz-
Barredo-Whitelaw-Liberoff. Es la megacausa, eso es lo importante. Se empezó a hablar

mucho más y más fuerte del Plan Cóndor y a ver que era una cosa sistematizada, no hechos
aislados. Entonces me parece que eso ya es algo. Respecto de nuestra causa en particular
tengo bajísimas expectativas porque los acusados fallecieron o están por. ¿Qué queda?
Tratar de extraditar a [el militar en situación de reforma Manuel] Cordero, que no va a
poder ser. Entonces, la verdad es que la expectativa respecto de que realmente haya un
juicio, que llegue una acusación de alguien relacionado específicamente con lo que nos
pasó a nosotros, es casi nula. Pero mi idea y mi motivación no es justicia para mí, es poner
en la mesa la verdad y construir la memoria. Que todavía haya posibilidad realmente de
llegar a acusar y llegar a sentencias me parece esperanzador, pero de lo nuestro en
particular no tengo muchas expectativas.
Además, en el transcurso, ayudar a romper relatos que se repiten y se repiten también
respecto de mamá y Willy. Por todos lados se habla de los militantes tupamaros... No,
habían renunciado hacía dos años al MLN, habían creado Nuevo Tiempo, estaban en
conversaciones no solo con Michelini y Gutiérrez Ruiz, sino con muchos más. Estaban
buscando lo mismo, pero sin las armas, y por eso eran mucho más peligrosos, porque a
estas personas las alimentaba la causa armada, si no, no tenían razón de ser. Pero entonces,
dale con el discursito de los militantes tupamaros a los que mataron para poder ensuciar a
Michelini y Gutiérrez Ruiz. No es así, es una falta de respeto a la memoria de mamá y de
Willy. Es una falta de respeto por todo lo que ellos lucharon y por lo que ellos murieron. Y
esa quizás es ahora mi causa, además de la de los niños. Poner eso en contexto. Hay
muchos relatos falsos, como lo de mi padre, como lo de las “muchachas de abril”: toda la
vida diciéndote que murieron en un fuego cruzado. Nosotros sabíamos que no había sido
así y por eso hicimos la denuncia. Y por eso hay una sentencia, con una investigación



basada en la metodología de autopsia histórica, que lo que sentencia es que fueron
asesinados, estaban desarmados. No hubo ningún enfrentamiento. Esos relatos son
importantes, y ahí es donde le sigo pegando palos a la prensa, porque no los recoge. Y
entonces, por mucho que la sociedad civil y las familias impulsemos, peleemos, si no
tenemos la amplificación de los medios, no llegamos a que el Estado, que sigue un poco
ausente, tome las medidas que faltan.
Entonces, todavía hay espacio para otra lucha. El Estado responde a un llamado, un
llamado de la sociedad civil que se amplifica y de alguna forma lo presiona. Necesitamos
eso, necesitamos presión para que realmente puedan aparecer los desaparecidos, para poder
obtener más verdad y justicia. No puede ser una fiscalía de lesa humanidad que tiene dos
pesos. Hacen un trabajo quijotesco. El Estado puede apoyar. El Estado debería dar una
orden a las Fuerzas Armadas. Falta mucho.
Mi mamá: “Una conexión total y absoluta”
¿Qué recordás de tus padres?
De mi padre tengo muchas anécdotas, recogí muchas durante la elaboración del libro.
Gente de todo tipo y color lo describía exactamente igual: como un oso grande, cariñosito,
temperamental, entrañable, con mucho carácter. De Willy tengo el mejor de los recuerdos.
Están los recuerdos de los hechos y está la memoria de las sensaciones, de las emociones.
Y lo que más me queda de mamá y Willy, esos dos años, es esa cosa casi mágica de que, a
pesar de todo lo que pasaba alrededor y de todos los horrores que estaban pasando, yo
vivía feliz, alegre, era una chica súper sociable. Hasta ese 13 de mayo. Y no es menor,
porque es una sensación muy fuerte, muy de adentro, de un hogar feliz. De mi mamá, una
conexión total y absoluta, una sensación de ser una sola. Se enojaba porque a mí me
gustara tanto Meteoro, ese personaje que gana siempre. Mi último recuerdo con Willy es en
el baño de Bacacay, lavándonos las manos. Me sentó en la bañera, hablamos, le pregunté
de nuevo por qué estábamos ahí y dónde estaba mi perro, el Corbata. Fue un intercambio
muy, muy cariñoso con él. Yo no sabía que era la despedida, pero fue la despedida. Con
mamá tengo el recuerdo de cuando la llaman para llevársela, y yo ir corriendo a agarrarme
de ella, “quiero ir contigo” y mamá diciéndome que no, que me tenía que quedar. Y
recuerdo que dijeron “bueno, la llevamos a ella también”, y fue la única vez que recuerdo
sentirla nerviosa, no sé si descontrolada, y me dijo que fuera a ver a Máximo, mi hermano,
que estaba llorando. Y ahí ya no sé.
Hiciste todo este trabajo con el libro de reconstrucción de tu historia,
también con las causas judiciales. Pero sos ingeniera, estás trabajando
como directora de Innovación en el Ministerio de Industria. ¿Cómo te
llevás con la memoria y con el futuro?
Mi mirada siempre fue para adelante, siempre fue para adelante. Lo que pasa es que no
podés mirar para adelante negando lo que está atrás. El dolor, la única forma de trabajarlo,



de alivianarlo, es encararlo. Si barrés bajo la alfombra todo el tiempo, un día vas a tener
una montaña de polvo, no se va a ir. Para mí esto de trabajar por la memoria, de poder
hacer pequeños aportes para poder llegar más o menos a un relato lo más verídico posible,
denunciando hechos que lo que buscan, además de sanar uno como persona, es sanar como
sociedad y alertar de que estas cosas pasaron y de las consecuencias que tuvieron; eso es
una mirada hacia adelante, es una mirada hacia las nuevas generaciones.
Integrás el Colectivo Jacarandá. ¿Qué es?
Es un colectivo maravilloso de construcción de la memoria pero desde la cultura y desde
una mirada que muchas veces aporta mucha belleza y ternura, sin dejar de lado el relato
doloroso, sin obviar nada de eso, que es como tenemos también que empezar a abordar esta
temática, porque la oscuridad no la podemos combatir con oscuridad, solo la podemos
combatir con luz.
¿Y cómo ves a la sociedad en general con este tema?
Yo creo que hay una mayor sensibilización. Lo ves en las marchas del 20 de Mayo, que son
cada vez más masivas y en las que el rango etario es cada vez más amplio. Pero todavía
falta romper con ciertos relatos instaurados, todavía hay un camino muy importante por
hacer. En la sociedad civil los que empujamos seguimos siendo mayormente los que
estuvimos involucrados; cada vez igual se va uniendo más gente, porque se sensibiliza y
entiende que es una causa necesaria, pero ojalá se vayan uniendo cada vez más y un día los
que lo impulsemos no seamos los que lo vivimos en carne propia. Yo creo que hay algunos
avances, pero falta y es muy difícil hoy, con cómo son las comunicaciones y en un mundo
que está cada vez más agresivo. Por un lado, veo una mayor sensibilización hacia la causa,
pero, por otro, veo un nivel de agresividad en otro sector que antes no veía. En X me
agredieron como nunca me habían agredido en ninguna red. Me fui. Dicen: “¿Qué quieren?
Revancha...”. Si acudir al sistema judicial, que es nuestro derecho, es revancha, estamos
realmente mal.

 

 

 

 













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