martes, 13 de enero de 2026

Camino a la decadencia




El desafío de la izquierda: volver a ser revolucionaria. 

José W. Legaspi
Uy.press 5.12.25


Frente Amplio pos-2000: de la esperanza a la administración

 

Durante décadas, la izquierda uruguaya debatió obsesivamente sobre su identidad: ¿debía ser "democrática" al estilo frugoniano, o "ortodoxa" al modo arismendiano? ¿Era heredera de un humanismo socialista liberal o del marxismo clásico adaptado a la realidad dependiente del país? El juego de espejos se volvió interminable. Pero el problema real -el que atraviesa a la izquierda desde el siglo XXI- no está en esa falsa dicotomía. No es cuestión de elegir entre la democracia liberal como dogma o la ortodoxia como refugio identitario. El verdadero desafío es volver a ser revolucionaria.

Desde los 2000 en adelante, el Frente Amplio transitó un camino que va desde la esperanza popular, acumulada durante décadas de resistencia, hasta la administración responsable del capitalismo criollo. No es un proceso local: forma parte de una tendencia mundial en la que la izquierda, cercada por los límites del Estado liberal, aceptó ser gestora respetable del orden en vez de fuerza transformadora.

Pero en Uruguay este proceso tiene características históricas profundas: un movimiento que nació como síntesis de la rebeldía obrera, estudiantil y popular, terminó convertido en maquinaria electoral, programática, institucional, más preocupada por la gobernabilidad que por la emancipación.

Lo que sigue intenta pensar ese desplazamiento y proponer un punto de inflexión: la izquierda no tiene futuro si renuncia a su carácter revolucionario.

El mito del "debate democrático-ortodoxo" como desvío histórico

Durante años se sostuvo la idea de que la izquierda debía definirse entre dos polos:

  • Demócratas, defensores de una modernidad política liberal y pluralista,
  • Ortodoxos, supuestos rehenes de la teoría revolucionaria del siglo XX.

Ese debate, instalado por historiadores y analistas, funcionó como cortina de humo. La izquierda quedó atrapada en una discusión de museo mientras la ofensiva neoliberal avanzaba sobre derechos, subjetividades y condiciones de vida.

El FA pos-2000 consolidó esa trampa: convirtió la identidad política en un equilibrio simbólico entre estas dos tradiciones, cuando en realidad ambas -cada una a su modo- habían sido herramientas históricas para enfrentar al capitalismo dependiente.

La oposición demócrata/ortodoxa nunca fue un destino: fue un momento táctico de una izquierda que pensaba en clave de lucha por el poder.

La pregunta decisiva sigue siendo otra: ¿para qué existe la izquierda si no es para transformar radicalmente la sociedad?

La metamorfosis del Frente Amplio: del proyecto histórico a la administración

La llegada al gobierno en 2005 marcó la coronación de un largo ciclo de acumulación política. Pero también inauguró su reverso: la absorción del FA por el Estado y la conversión del militante en funcionario.

El Frente Amplio pos-2000 vivió tres procesos simultáneos:

a) Tecnocratización del horizonte político

La planificación reemplazó a la estrategia. La gestión sustituyó a la táctica.
Se gobierna "bien", "seriamente", "responsablemente".
Pero la gestión eficaz no es revolución: es reproducción del orden bajo mejores modales.

b) Desmovilización de la base social

Los movimientos sociales que empujaron al FA hacia el poder fueron progresivamente institucionalizados o neutralizados.
La energía transformadora se volvió "participación en mesas de diálogo", "consultas", "agendas", pero rara vez acción directa.

c) Reducción del horizonte ideológico

La palabra revolución desapareció de los documentos oficiales.
La palabra capitalismo se volvió impronunciable.
El socialismo, un recuerdo romántico.

Como resultado, el FA dejó de ser un movimiento histórico para convertirse en un partido de gobierno. Y cuando el gobierno se vuelve un fin en sí mismo, la política deja de ser herramienta de transformación para ser ejercicio de estabilización.

El progresismo como límite: la izquierda que dejó de incomodar al poder

El progresismo pos-2000 logró avances sociales importantes -redistribución, ampliación de derechos, políticas públicas más robustas-, pero dejó intactas las estructuras de poder económico.

Se ganó ciudadanía; no se alteró la dominación.
Se amplió la igualdad formal; no se tocó la desigualdad material.

El progresismo se volvió el rostro amable del capitalismo periférico.
Una izquierda sin conflicto, sin antagonismo, sin ruptura posible:

  • Una izquierda que negocia, pero ya no disputa.
  • Una izquierda que administra, pero ya no confronta.
  • Una izquierda que celebra reformas, pero no imagina revoluciones.

La promesa de "ser mejores gestores" que la derecha es la peor derrota ideológica.

El vacío teórico: cuando la izquierda abandona la crítica radical

La pérdida del horizonte revolucionario no fue solo práctica; fue teórica.
A partir del 2000, la producción intelectual de la izquierda se refugió en:

  • categorías sociológicas neutras
  • el lenguaje del desarrollo y la innovación
  • el tecnocratismo de políticas públicas
  • la obsesión por la gobernanza

Se abandonó la crítica del Estado como aparato de clase, la crítica del imperialismo, la crítica de la propiedad privada y la crítica del capital como relación social.

Se olvidó algo básico: no se puede transformar aquello que se deja de analizar en términos de poder.

Recuperar la palabra revolución: tarea urgente

Reivindicar la revolución en el siglo XXI no implica repetir esquemas del pasado. No se trata de levantar modelos ajenos, ni reescribir manuales soviéticos, ni reanimar nostalgias.

Significa algo más simple y más profundo:

  • volver a nombrar al enemigo: el capital;
  • volver a pensar el poder desde abajo;
  • volver a confiar en la organización popular;
  • volver a creer que la historia puede romperse.

Volver a ser revolucionarios es volver a politizar la vida, volver a disputar el sentido común, volver a incomodar.
La izquierda que no molesta al poder es una izquierda decorativa.

Recuperar el Frente Amplio como herramienta de lucha

No se trata de abandonar el FA, ni de destruirlo, ni de reemplazarlo. Se trata de recomponerlo como movimiento político-social, no como maquinaria electoral.

Esto implica:

  • recuperar la mística de base, no la logística de campaña;
  • reconstruir cuadros ideológicos, no consultores;
  • articular luchas sociales y sindicales, no solamente bancas parlamentarias;
  • hacer del programa un horizonte transformador, no un documento de marketing.

El FA debe volver a ser lo que fue: la síntesis de una voluntad de cambio radical.

Si no lo hace, será una fuerza agradable, competente, razonable... y absolutamente incapaz de modificar la estructura injusta del Uruguay contemporáneo.

Conclusión: ni demócratas ni ortodoxos - revolucionarios

La izquierda uruguaya no necesita definirse frente a debates del pasado. Necesita responder una sola pregunta: ¿quiere administrar el capitalismo o transformarlo?

Si quiere lo primero, ya tiene el camino avanzado.
Si quiere lo segundo, debe volver a ser una izquierda de ruptura: crítica, militante, estratégica, organizada.

La historia no espera a quienes dudan. La izquierda que renuncia a su vocación revolucionaria deja de ser izquierda.



 

sábado, 10 de enero de 2026

Veleta



 Por Marcos Joel (FB)
 
¿Quién asesora a Orsi?
 
 
Claramente, no es alguien que exprese ni represente al Frente Amplio como proyecto histórico y político. Él mismo se encargó de marcar esa distancia cuando afirmó, con una liviandad preocupante, que la fuerza política es una cosa y el gobierno es otra. Esa frase no es inocente, es una declaración que desideologíza. Es la renuncia explícita a una identidad política, a un programa colectivo y a una responsabilidad histórica frente al pueblo que lo votó.
La confirmación de esa deriva llegó cuando reivindicó la noción de “alternancia”, una palabra presentada como virtud democrática pero que, en contextos de dependencia estructural, no es más que un eufemismo para justificar el continuismo del modelo, el recambio de administradores del mismo orden injusto y la claudicación de cualquier horizonte transformador. La alternancia, sin contenido popular ni soberano, es apenas la coartada elegante de la derrota.
Orsi se expresa siempre desde la ambigüedad calculada, desde la tibieza discursiva, desde una prudencia que no es responsabilidad sino miedo. No habla como un estadista ni actúa como conductor político. Se comporta como una figura funcional a intereses que nada tienen que ver con la ampliación de la soberanía nacional, sino con su reducción sistemática. No hay en su discurso una sola definición clara que confronte el poder real, ni una sola toma de posición que incomode a los centros de dominación.
Lo más grave no es solo lo que dice, sino lo que calla. Es incapaz de señalar cuál es la verdadera dictadura contemporánea,
la que expulsa inmigrantes y criminaliza la pobreza,
la que invade países soberanos,
la que secuestra y persigue dirigentes políticos,
la que asesina a su propia población,
la que desconoce deliberadamente el derecho internacional para invadir, matar y saquear.
Ese silencio no es diplomacia. Es sumisión. No es moderación. Es complicidad activa.
Entonces la pregunta se vuelve inevitable,
¿Quién te puso ahí, Orsi?
¿La voluntad popular o los intereses que siempre operan en las sombras?
¿Por qué esa cobardía permanente?
¿Por qué ese servilismo obsceno frente al poder imperial?
Y si existe algún tipo de presión, si hay amenazas o condicionamientos, al menos deberías tener la dignidad de guardar silencio. Tal vez alguien podría perdonar la torpeza comunicacional, aunque eso ya es inadmisible en quien pretende conducir un país. Lo que jamás se perdona es la entrega consciente, la traición disfrazada de pragmatismo, la claudicación presentada como sensatez.
Porque la historia no absuelve a los tibios.
La historia no recuerda a los ambiguos.
La historia condena a los entreguistas.
Y cuando los pueblos despiertan, no piden explicaciones, pasan factura.
 
 
Caída de Maduro es buena noticia “en la medida que el régimen autoritario deje de existir y aparezca una democracia”, dijo Orsi
 

El canciller venezolano afirmó que el presidente Orsi “carece de autoridad sobre la vida política de la República Bolivariana de Venezuela”: “Invitamos al presidente Orsi a ocuparse de los asuntos de Uruguay"






miércoles, 7 de enero de 2026

Desinformación


Por Marcos Joel (FB)

Los hechos de público y notorio conocimiento nos colocan ante una verdad ineludible, la inmensa mayoría de aquello que hoy circula como “información” constituye, en realidad, un dispositivo sistemático de desinformación. No estamos frente a errores aislados, ni a simples tergiversaciones, sino ante una estrategia estructural de dominación cuyo objetivo central es disputar y colonizar nuestros sentidos, nuestra percepción del mundo y, en última instancia, nuestra capacidad de acción colectiva.
Desde una perspectiva sociopolítica y antropológica, toda dominación duradera requiere algo más que coerción material, necesita control simbólico. Por eso, los poderes hegemónicos invierten enormes recursos en saturar el espacio público con relatos fragmentados, contradictorios y emocionalmente manipuladores. El exceso informativo no busca informar, sino desorientar; no busca esclarecer, sino anestesiar la conciencia crítica. En este contexto, la verdad no es negada frontalmente, sino disuelta en un mar de estímulos que impiden distinguir lo esencial de lo accesorio.
El resultado es un sujeto social confundido, temeroso y pasivo, psicológicamente condicionado para reaccionar, pero no para pensar; para consumir discursos, pero no para producir sentido. Este fenómeno no es accidental, responde a una lógica de poder que entiende que quien controla la percepción controla la conducta, y que quien controla la conducta puede gobernar sin necesidad de legitimidad real.
Frente a este escenario, la única posibilidad de construir un pensamiento crítico coherente y emancipador reside en la búsqueda consciente de fuentes de información alternativas, no subordinadas a intereses corporativos, imperiales o financieros. Informarse críticamente no es un acto neutral, es un acto político, una forma concreta de resistencia. Toda la maraña de desinformación dominante es, en esencia, humo ideológico. Un humo que no se disipa solo con el paso del tiempo, sino mediante el ejercicio deliberado del discernimiento colectivo, de la reflexión crítica y de la confrontación consciente con la realidad.
Aquí emerge la pregunta central, que ya no puede ser eludida,
¿Por qué desinforman tanto y de manera cada vez más burda y descarada?
Porque lo que estamos presenciando es propaganda de guerra. Una guerra de nuevo tipo, donde el campo de batalla no es únicamente territorial, sino mental, cultural y emocional. El objetivo no es convencer racionalmente, sino capturar mentes y corazones, secuestrar los sentidos, bloquear la capacidad de pensar con claridad o, directamente, impedir el pensamiento autónomo. Se nos quiere dóciles, temerosos, fragmentados, aislados unos de otros, incapaces de reconocernos como parte de un mismo cuerpo social con intereses comunes.
Y entonces surge la pregunta más incómoda, la que el poder jamás quiere que nos hagamos,
¿Por qué necesitan hacer todo esto?
Porque, en el fondo, son ellos quienes tienen miedo. Miedo a que despertemos. Miedo a que tomemos conciencia de nuestra fuerza real. Miedo a que comprendamos que el poder que dicen detentar no les pertenece. Saben, y lo saben muy bien, que ese poder no está en sus manos, sino enfrente de ellos, encarnado en el colectivo humano organizado, consciente y decidido a actuar.
Nosotros también lo sabemos. Sabemos quiénes tienen la capacidad histórica de transformar la realidad. Pero durante demasiado tiempo hemos evitado asumirlo, ya sea por ignorancia inducida, por comodidad, por temor a las consecuencias o por la ilusión de que otros resolverán lo que nos corresponde resolver a nosotros. Sin embargo, esa evasión tiene un límite. La historia no espera, y las condiciones materiales de existencia empujan, tarde o temprano, a una definición.
Y aquí el punto decisivo, no hay neutralidad posible. No asumir la responsabilidad política colectiva es, de hecho, tomar partido por la perpetuación del orden dominante. El momento de la comodidad ha terminado. El tiempo de la inconsciencia inducida se está agotando. El conflicto ya no es futuro, es presente.
Ese momento que muchos prefieren negar ya está tocando nuestra puerta. Y cuando la historia vuelva a exigir protagonistas, porque siempre lo hace, no habrá lugar para la excusa, la indiferencia ni la pasividad. O asumimos conscientemente el papel que nos corresponde como sujeto histórico colectivo, o aceptamos ser arrastrados como objetos por fuerzas que deciden por nosotros.
La disyuntiva es clara y brutal, o despertamos, nos organizamos y ejercemos el poder que nos pertenece, o seguiremos siendo administrados, manipulados y sacrificados en beneficio de intereses que jamás nos representaron. La historia no se escribe sola. La escriben los pueblos cuando deciden dejar de obedecer y comienzan a gobernar su propio destino.
 

 El relato que cimienta la percepción del uruguayo promedio es, lisa y llanamente, basura ideológica. Un producto manufacturado por los medios de desinformación hegemónicos, diseñado no para informar sino para domesticar. Carece de toda profundidad crítica y de cualquier anclaje histórico serio. El receptor, ese sujeto promedio moldeado por décadas de pedagogía neoliberal, no está llamado a pensar, sino apenas a replicar, a repetir como loro lo que le inoculan a diario bajo el rótulo de “noticia”.

Pensar cansa. Pensar incomoda. Y por eso se renuncia al pensamiento. Lo que los grandes medios martillan todos los días no es información: son mentiras funcionales, engaños sistemáticos, humo discursivo y paja mental cuidadosamente elaborada para mantener a la población en un estado de pasividad dócil. El resultado es un sujeto políticamente analfabeto, incapaz de distinguir entre propaganda y realidad material.

El uruguayo promedio no tiene la menor noción de lo que ocurre en el mundo. Desconoce por completo las dinámicas de la geopolítica, los procesos de acumulación global, las disputas entre bloques de poder o las formas contemporáneas del imperialismo. Todo lo que “sabe” le llega filtrado, recortado y adulterado por medios que cumplen una función disciplinadora, idiotizar, banalizar, embrutecer. Un bombardeo constante de trivialidades, noticias falsas y relatos edulcorados que anulan cualquier posibilidad de pensamiento autónomo.

Desde una perspectiva psicológica y antropológica, este fenómeno no es casual. El individuo promedio ha sido entrenado para temerle a la crítica y a la diferencia. Se le ha inculcado la obediencia como virtud y la mediocridad como refugio emocional. No existe sentido crítico ni creatividad del pensamiento; solo la repetición mecánica de la inmundicia televisiva y digital. No se reflexiona, se vomita discurso ajeno.

Prefieren el confort anestésico de la mentira a la incomodidad de la verdad. Optan por la falsa sensación de seguridad que ofrece el relato dominante antes que arriesgar un mínimo gesto de autenticidad intelectual. Es más cómodo padecer la rutina del dolor conocido que enfrentar la posibilidad, incierta pero liberadora, de algo mejor. Más fácil ser cobarde y vivir bajo el temor constante a perder migajas de estabilidad que asumir la dignidad de la aventura emancipadora.

Aquí se expresa con crudeza la esclavitud moderna, no necesita cadenas visibles ni capataces armados. Se sostiene sobre el miedo, el individualismo y la renuncia voluntaria al pensamiento. El uruguayo promedio es mediocre, y lo sabe. Pero esa mediocridad le brinda seguridad ontológica; lo protege del vértigo de la libertad. Es un esclavo contemporáneo que se refugia en su propia necedad, negando la realidad para no tener que transformarla.

Y mientras tanto, el sistema avanza sin resistencia, celebrando la docilidad de quienes confunden prudencia con sumisión y paz con resignación.

Por Marcos Joel
 
 
 
 
 
 






 

martes, 6 de enero de 2026

Tío Caimán y la siesta revolucionaria

 


 

 “TÍO CAIMÁN, SU COLMILLO INMUNDO”
Y LA SIESTA REVOLUCIONARIA… ¿DESPERTAREMOS?

La Chacra, 4 de enero de 2026
Álvaro Jaume (¡siempre REDOMÓN!)

 

I.

Ayer despertamos con la noticia del secuestro de Nicolás Maduro. Bronca, impotencia y, si soy sincero, hasta incredulidad. Desde hace tiempo, uno de los amos del mundo, el Sr. Donald T., venía anunciando la intervención en las históricas tierras de Bolívar. Las costas venezolanas se convirtieron en teatro de operaciones: despliegue de barcos, hundimiento de decenas de lanchas pesqueras, un gigantesco portaaviones, aviones y miles de efectivos militares. ¡Según Trump, para combatir el “narco-terrorismo”!

Pero en este intenso año de gobierno de este sujeto, a pesar de las tantas amenazas, insultos y contramarchas, uno podía suponer que en pleno siglo XXI las viejas prácticas colonialistas y supremacistas ejercidas con total impunidad podrían encontrar cierto límite. La “locura” de violar la soberanía de una nación, secuestrar a su presidente constitucionalmente electo —más allá de todo cuestionamiento posible sobre la instancia electoral— parecía algo propio de la cinematografía yanqui o del pasado, no de esta era del metaverso que nos ha tocado vivir.

Es cierto que no han sido pocas las intervenciones e invasiones norteamericanas (más de 40) en América Latina en la historia moderna. También es cierto que han existido operaciones similares a la de Maduro en épocas anteriores, como el arresto del general Noriega, presidente de facto de Panamá, quien a fines de 1989 fue derrocado mediante invasión yanqui y conducido a EE. UU. para ser juzgado por supuesto narcotráfico.

Todavía me cuesta, más que creer, asumir lo que ha pasado. No porque, tal como estipula el catecismo progresista o “woke”, se me haya ocurrido pensar —ni por un instante— que el imperialismo fuese un concepto históricamente perimido o una antigua curiosidad propia de Lenin y su libro (“fase superior”…). Si bien el Frente Amplio uruguayo (con Vázquez, Mujica y Astori a la cabeza, descansen en paz), junto al equipo de tecnócratas neoliberales que lo formó desde los años 90, ha intentado convencernos de que ni la superpotencia USA, ni el FMI, ni el Banco Mundial eran “los de antes”, que habían cambiado, el mismísimo Trump, con su MAGA (¡América grande otra vez!), se ha encargado de demostrar a los “aggiornados” —y confirmar al resto— que imperialismo y realidad siguen de la mano.

La canción Tío Caimán —del grupo Quilapayún, que identifica al Tío Sam como un caimán que “habla inglés” y mete su colmillo inmundo donde quiere— está más vigente que nunca.

Por supuesto, toda la campaña ideológica, política y mediática que se instaló en Occidente luego del mes de julio —señalando a Maduro como el gran dictador de Sudamérica, supuestamente vinculado a un cartel de droga, presentando a Corina Machado como premio “Nobel de la Paz”, y describiendo a Venezuela como epicentro de una de las grandes diásporas modernas con más de siete millones de emigrantes— eran todas señales de que podía repetirse el fenómeno del “colmillo interventor”.

Y obviamente que el contexto geopolítico de finales de 2025 contribuyó a animar el espíritu conquistador. Nuestra América del Sur se fue pintando de blanco para alegría de Trump y su acólito Marco Rubio. En Argentina, Milei —el súbdito más fiel del amo— se confirmó electoralmente. Kast ganó en Chile; Noboa en Ecuador; Rodrigo Paz en Bolivia; Peña ya instalado en Paraguay; J. Jerí —aunque transitorio— en Perú, con perfil de derecha.

Conclusión: de lo que hoy se denomina “izquierda”, es decir, “progresismo”, quedaron Lula en Brasil, Petro en Colombia, y dejo para el final —¿cómo definirlo, arrepentido o desteñido?— al “canario” Orsi, quien esquivó todos los temas (incluido el genocidio en Palestina) para no incomodar, pero que en Foz de Iguazú no firmó contra Venezuela y ayer se animó a condenar el secuestro del matrimonio Maduro/Flores.

Este panorama insufló coraje a los comandantes del MAGA, empezando por “papá Donald”. Por último, el atractivo más adictivo que tienen la mayoría de países del “patio trasero” del Tío Caimán —es decir, nosotros— son nuestras riquezas naturales, atractivas para cualquier imperio: en el caso de Venezuela, las mayores reservas petrolíferas del planeta; en Uruguay, el agua. Entonces: ¿se justifica cierta incredulidad mía o miopía política ante tamaño atropello? Racionalmente, quizás no; pero me invadió esa irresistible tendencia emocional de creer que no se atreverían a tanto.

Y cierro esta primera reflexión con la fuerza de aquellos grandes discursos antiimperialistas no solo de Maduro, también de Delcy Rodríguez (nueva presidenta), de Diosdado Cabello y otros dirigentes del PSUV, que nos transmitieron que los bolivarianos estaban blindados ante cualquier ataque yanqui, que existían milicias populares y un millón de reservistas… como si eso hubiera detenido la furia del colmillo adicto.

Quizás ingenuamente, uno soñaba que tan altisonantes palabras pudieran tener algún efecto paralizante. Sumado a las declaraciones solidarias de Rusia y China, no parecía verosímil semejante impunidad… ¡pues no! ¡Si habrá que seguir aprendiendo! Desde el nombre de la operación, “resolución absoluta”, pasando por la ejecución a cargo de un comando de élite llamado “Delta Force”, bombardeando ciudades, produciendo apagón en Caracas, hasta vencer los tres anillos de seguridad que rodeaban a Maduro (con el costo de unos treinta cubanos fallecidos), queda en evidencia que el adversario no descansa y no tiene límites para defender sus intereses. Bienvenida la Doctrina Monroe, y otra que “democracia”, si se trata de ejercer poder, defender privilegios y hacer negocios.

II.

¿Y nosotros qué? Los pueblos: ¿se rebelan, se sublevan? ¿O duermen la siesta de la esclavitud? ¿O se resignan ante tanto poderío? ¿O se contentan con negociar con los amos, como lo está haciendo en este preciso momento Delcy Rodríguez, directamente con Trump y Rubio?

Pensar que ella y su hermano Jorge (presidente del Legislativo) son hijos de un exguerrillero (MIR), asesinado bajo tortura el 25 de julio de 1976 por haber secuestrado a un ejecutivo norteamericano, mercenario y explotador, y que hoy se sientan en la mesa con Donald, Marco, Delcy, Diosdado y Vladimir P. para “mantener la paz” en Venezuela… ¡qué tristeza profunda! ¡Cuánta hipocresía y cinismo!

El superdictador Donald —ese que con insufrible arrogancia amenazaba anoche desde el Air Force One a Cuba, Colombia y México; ese que fomentó (¿organizó?) el asalto al Capitolio tras perder elecciones; ese que amenazó a Lula con aranceles del 50 % si no liberaban a Bolsonaro— se considera responsable de la “transición en Venezuela para administrar su petróleo”, como si fuese su jardín en Mar-a-Lago. Y apesta a cinismo: si los mayores consumidores de droga son los norteamericanos, el mundo entero lo sabe.

Es un Trump que tiene un gran mérito: habla claro, sin tapujos, y se comporta como si el planeta Tierra fuese un cuartel bajo su mando.

¿Entonces? ¿Qué más necesitamos para salir del letargo o despertar de la siesta? Dicen que a algunos pueblos originarios, cuando llegaron los arrogantes conquistadores, solo algunos fueron comprados con espejitos de colores. ¿Y a nosotros con qué intentan comprarnos? ¿Con consumismo, individualismo, democracia, institucionalidad y corrección política?

Frente a los atropellos insensibles que estamos viviendo hoy: ¿es tan descabellado imaginar que en un futuro —quizás no tan lejano— a Orsi o quien sea presidente lo secuestren para llevarse tranquilamente las aguas de nuestro acuífero Guaraní? Esto lo razonábamos algunos, la otra tarde, en la Plaza Libertad participando en la primera protesta… Así como con lo de Palestina, nuestro granito de arena es seguir batallando conciencias y seguir saliendo a la calle.

 

 

 

 

 

viernes, 2 de enero de 2026