domingo, 25 de octubre de 2026

Un nuevo bloque negro: lo indomable toma las calles



Regino Martinez


“Ahora se trata de caminar, ahora es la hora de caminar” M. Capella


Miles de personas, sobre todo jóvenes, se cubren el rostro y ensayan nuevas figuraciones colectivas de lo indomable. Con métodos anarquistas (directos, descentralizados, autónomos y solidarios) las protestas han desbordado en estos días toda previsión en Francia, Bélgica, Albania y ahora Italia.

Si la política es pensar, hacer e imaginar en común la vida en común, hoy las calles la están haciendo de sobra. La indiferencia generalizada que se daba por descontada ya no existe y reaparece la idea de que nadie es prescindible, frente a un sistema que descarta a millones de personas. El capitalismo no logra cerrar la creación ni la contestación, ni logra presentarse como el fundamento último de lo social, y cada tanto la calle nos lo recuerda. Hay una palabra para esa imposibilidad: anarquía, la no existencia de un mando que ordena la vida desde arriba y para siempre.

Sin embargo, sería un error leer estas protestas solo por lo que rechazan: el recorte a los servicios públicos, la reestructura de explotación, la policía. Esa reacción es parte del impulso, pero hay también mucha afirmación en el fuego callejero. Lo que incomoda a los poderes y descoloca a los defensores del orden es otra cosa. Las formas de vida que no tienen a la jerarquía como punto de referencia, la creación de reglas propias, los modos de autodefensa popular que no desaparecen. Allí donde se arma una caja de resistencia, se organiza el cuidado de quien cae, se comparte la comida o se decide en asamblea cómo responder, se está instituyendo el otro mundo. Y ese mundo ya existe y se expresa en las calles sin que ninguna instancia suprema lo ordene. Por eso lo que se expande no son solo las tan necesarias tácticas de “guerrilla urbana”, de las que habla tanto la prensa, sino las ideas-fuerza de la autoorganización de lo común.

Aquí está el límite de la izquierda partidaria. No se trata solo de que quiera cooptar estas potencias y convertirlas en votos. Su problema de fondo es que piensa la unidad política como algo que debe encarnar una instancia separada, y esa separación entre quien decide y quien acata se apropia de lo que la gente ya sabe hacer. La derecha agita el miedo al caos y quiere convencernos de que la jerarquía es el único orden posible; la izquierda institucional llama a restablecer los cauces estatales, y se postula como salvadora. Dice conocer a la gente mejor que la gente misma, como si el pueblo fuera algo establecido que hay que administrar.
Progresismo y derecha no son exactamente lo mismo, pero comparten un supuesto: que sin alguien que mande no hay orden. Es un prejuicio muy antiguo, que trata como excepción la vasta trama diaria de cooperación, cuidado y ayuda mutua que nunca ha dejado de sostener la vida colectiva. Los profesionales de la política esperan que todo se resuelva con el Estado, pero ¿y si fueran las instituciones populares, sin poder separado, las que se potenciaran esta vez?

Hoy es necesario no confundir la masividad y la radicalidad de las protestas con un terreno ganado al capital y su Estado. Lo saben quienes están en la calle, y conviene que lo sepamos todos. El pulso de estos días mide el músculo acumulado antes, las ideas, las convicciones, los saberes prácticos y, a la vez, las capacidades de crear lo nuevo. Por eso no basta con la rabia: hay que afirmar otras fuerzas y potenciar las prácticas que ya sostienen lo común antiautoritario.

Cubrirse el rostro no borra la diferencia: ensaya otras formas de identidad. «Solo el pueblo salva al pueblo» deja de ser una consigna cuando el pueblo no es una esencia previa sino una composición que cambia al instituir lo que comparte. Son identidades sin esencias universales ni destinos escritos, profundamente políticas, que sacuden el imaginario conservador: el de la derecha y también el del progresismo, defensor del orden instituido que separa explotados de explotadores. La generación “six-seven” puede fracasar, pero está peleando y hasta puede hacer que reingrese en el imaginario colectivo la idea de cambio radical.

Quienes hace dos días se resignaban a una Europa entregada al neoconservadurismo hoy contienen el aliento, casi rezando. Pero el rumbo no está en manos de ningún dios ni de ningún partido, sino de la gente en la calle. Nada está escrito. Nuestra tarea no es solo resistir tal o cual dispositivo de dominio, sino potenciar la auto-institución aquí y ahora, sosteniendo las redes y las reglas comunes ahora y cuando baje la marea. Hay que defender lo común sin someterlo a un nuevo amo e inventar formas concretas, audaces y efectivas.







 

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