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lunes, 22 de junio de 2009

¡Elecciones, Dr. Gómez!


Enviado por Horacio Fontova

“¡Elecciones, elecciones, Dr. Gómez!” gritaba el valet alisando su chaleco a rayas mientras el Dr. Gómez daba vueltas en la enorme cama. Era el día del Teresio y estaba amaneciendo en Arrendina, aquel extraño país de arrabales melancólicos.

El Dr. Gómez se levantó enfundado en su pijama de seda, se sacudió sudoroso y exclamó “¿Elecciones, Porkyns?”

“Sí, creo que de candidatos, doctor”, respondió el valet.

“¿Candidatos a qué, Porkyns?"

“Creo que de candidatos a candidatos, doctor”.

El Dr. Gómez sabía que algo nuevo iba a suceder aquél día del Teresio. Mientras se duchaba y refregaba jabón por sus pliegues pensaba “¿Qué pasará esta vez?”.

El sabía lo que era eso que llaman proselitismo porque había trabajado toda su vida como cirujano esteticista “arreglando candidatos” para partidos políticos. Ahora, ya retirado, se dedicaba a pasar los últimos años de su vida en su mansión de la elegante zona de Oligos con quien lo acompañó durante tantos años, su valet Porkyns.

Bajo la ducha todavía, el Dr. Gómez comenzó a recordar a algunos de esos personajes de la política que había tenido en sus manos. Más de uno había sido cortado y vuelto a coser y hasta hubo a quien se le extirpó una joroba. Todos terminaban luciendo el colmo de agradables, desprovistos de verrugas, granos y hasta de funciones inadecuadas como defecar, orinar o exudar mucosidades por la nariz.

Recordó a uno, el Dr. Cogumelli, que terminó protagonizando un escándalo mayúsculo en plena campaña. Resulta que a este Cogumelli, Gómez lo fue transformando de a poco en un curioso androide a medida que iban llegando los nuevos modelos de candidatos usados en el Norte. Recordaba cuanto trabajo le había llevado este fenómeno.

Ocurrió que en cierta ocasión, al Dr. Gómez, producto del cansancio, se le colaron algunas neuronas de un candidato brasileño en el cerebro de Cogumelli, lo que hizo que en medio de uno de los discursos finales de su campaña, este Cogumelli se pusiera a cantar desaforadamente “¡E vocé aí, me da um dinheiro aí, me da um dinheiro aí!”, hasta tener que sacarlo del palco babeando enloquecido en medio del estupor de los partidarios.

Por supuesto, volvió a manos del Dr. Gómez, quien lo desarmó, conservó las partes utilizables y el resto fue a parar a una fábrica de salchichas subsidiaria de una de las multinacionales que solventaba la fabricación de estos personajes.

-"¡Cuántos recuerdos!"- pensaba el Dr. Gómez mientras se secaba la zona varicocélica. Porkyns esperaba impertérrito con algunas ropas colgando en sus brazos.

-"¿Qué tal si celebramos el día del Teresio como corresponde, eh Porkyns, y después de votar almorzamos algo de vaca?"-

Ya vestido, el Dr. Gómez tomó su perinola de votar, Porkyns tomó la suya, y salieron rumbo a la mesa electoral que les correspondía.

La zona de Oligos estaba más tranquila que de costumbre ese día en que en Arrendina se adoraban imágenes del antiguo Teresio, muchas de ellas de humilde plástico marrón, otras, como las que se ostentaban por los pagos de Gómez, de ébano reluciente.

Conducida por Porkyns, la aerodinámica “voiture” avanzaba silenciosamente por las hermosísimas costaneras de Buen Carbono, la capital de Arrendina, con el Dr. Gómez arrellanado en el asiento posterior.

Ya llegando a la mesa electoral de un colegio de la orden de las Rositas, Gómez le espetó a Porkyns de mal humor “¡Aquí vamos a hacerla bien corta, Porkyns, me muero de hambre!”.

Una turba de religiosas le dio una acalorada bienvenida, lo acompañaron hasta el cuarto de votar prodigándole mil y una galanterías a este viejo personaje que también tenía su larga historia en el rubro religioso. Una vez dentro del cuarto, el Dr. Gómez observó la negra mesa redonda circundada por las fotos de todos los candidatos, tomó su perinola y la hizo girar en el centro. Después de un par de giros, fue chupada velozmente por la foto de uno de estos señores, se encendió la luz de “Tilt” y así Gómez aliviado y secándose con las toallitas que para tal fin había en toda mesa electoral, salió y con una palmada en la espalda lo invitó a pasar a Porkyns.

El Dr. Gómez esperó un buen rato charlando a diente descubierto con algunas religiosas y firmando autógrafos a muchos votantes que lo habían reconocido. Al rato salió Porkyns y en medio de vivas y aplausos se encaminaron a la salida y abordaron la voiture. Porkyns metió pata hasta Oligos, donde los esperaban unos buenos trozos de carne para ser preparados deliciosamente como siempre lo hacía el noble valet.

El Dr. Gómez se quitó la ropa y envuelto en su elegante robe de chambre se puso a buscar algo de música, sosteniendo en una mano un vaso con finísimo bourbon de Dallas. Con el majestuoso fondo de Wagner fue hasta la cocina, donde Porkyns manipulaba carne y especias. Apoyado en el marco de la puerta y haciendo tintinear el vaso lo observó sonriendo en silencio, hasta que a boca de jarro le preguntó “¿Por quién votaste, Porkyns?”.

Porkyns tardó algo en darse vuelta y luego tieso le respondió “El voto es secreto, Dr. Gómez” mientras de uno de sus ojos brotaban lágrimas producidas por la cebolla.

El ojo que había pertenecido a un viejo político arrendino, y que ahora formaba parte de los requechos con los que estaba armado Porkyns, el silencioso valet.





miércoles, 22 de abril de 2009

¿Y ahora?


Enviado por Horacio Fontova

La pregunta sigue siendo “¡Oh! ¿Y ahora quien podrá ayudarme?”, ante la metástasis de candidatos, de coaliciones de renegados ávidos de poder, exclamando a diestra y siniestra “¡No contaban con mi astucia!” sin siquiera un ápice de la gracia del viejo y querido Chapulín Colorado.

La situación es desagradable, las arañas andan disfrazadas, pero no hay que perder la esperanza.

Aunque “esperanza” sea una palabra no muy pronunciada por nosotros, los zurditos cultores del cine iraní, los cosmos y liberartes, los cronopios de la calle Corrientes, los que en aquellos tiempos después de hablar horas en La Paz acerca de Ginsberg, Kerouac, París '68, Whitman y el gurú Maharashi nos íbamos a emocionar en secreto escuchando a Sandro.

De la misma forma que hace un tiempo, entre una Bersuit y un Tom Waits, sin querer se nos escapó una sonrisa viendo a Diego Torres cantándole “Color esperanza” al desvencijado, finado Juan Pablo II, coreado por miles de fieles que no tienen la menor idea del Banco Ambrosiano, ni de como murió Juan Pablo I, ni de Licio Gelli y la P2, ni de que Jesucristo no usaba anillos de rubí ni fastuosas cofias sobre la cabeza.

Y esto me trajo a la memoria un cuadro que ví en una galería, hace años, cuando yo vivía en Bogotá. No me acuerdo de que pintor colombiano era, pero me quedó grabado para siempre. En él se veía el interior de una iglesia, típicamente ornamentosa y dorada, completamente vacía, y en medio del pasillo central Jesús parado, casi desnudo, en harapos, sangrando con los brazos abiertos y mirando todo el oropel a su alrededor, con una expresión de tremenda sorpresa, como diciendo ¡¡¡¿¿¿Pero qué carajo hicieron???!!!

Entonces la tarea de corregir alguna cosa se hace un poco mas pesada de lo que podríamos imaginar, porque la locura del sistema en que vivimos parece que viene gestándose desde hace mucho tiempo.

Pero más allá de la desazón que produce pensar en todo esto, sé que algo se puede hacer y que para eso no hay medidas, sino calidades. Que por lo menos se le puede poner un poco de onda a la cosa y que hay ejemplos por todas partes.

Esquinas llenas de jóvenes malabaristas que tuvieron que aprender a hacerlo y andá a hacerlo vos, valientes y coloridas travestis trabajando por los bosques de Palermo –y ya lo dice el viejo I-Ching: "no hay ninguna ley que indique cual es el camino a seguir"-, estatuas vivientes que a ver como te la bancás quietito aunque sea durante diez minutos, escuchar en el barrio a la tardecita una voz cantora de puro pueblo que anuncia la llegada de los cartoneros entonando un “¡¡¡Llegaron los pobres!!!” o ver que mis gatos después de unas corridas, ataques y mordidas se lamen apasionadamente entre ellos.

Se sabe que los gatos no tienen que votar ni enterarse de que los usurpadores yanquis arrasaron en Irak con lo que quedaba de la antigua cultura de los sumerios, ni de que son los padrinos de la engreída Israel y que vienen por más (el agua, que se está por acabar) ni de que marcas multinacionales publicitan imaginarias ayudas a los desposeídos, ni de que nuestras minas de oro ya no son nuestras, ni de que supuestos políticos, en realidad miserables delincuentes, siguen ansiando manejarnos, ni de que etc., etc., etc.

Así es que una vez mas llega el momento, como nunca deja de llegar, minuto a minuto, de hacer algo para contribuir a desmoldear esta enorme masa de la que formamos parte.

Aunque más no sea pegando un moco sobre la estatua del general Roca, tirando a la basura algún libro de Sarmiento, quemando un cuaderno Rivadavia o en mi caso particular tratando de abandonar algunas actitudes egoístas, como la de servirme siempre una porción mucho mas grande de queso y dulce que la de mi mujer.

Y lo recordó Saramago: “Dios no lo hizo todo. La felicidad quedó a cargo nuestro.”

www.elortiba.org