Por botín militar o botín de guerra se considera a aquellas mujeres tomadas al enemigo por los soldados con el consentimiento de su general.
La demanda es contra más de 100 policías, militares, médicos y enfermeras. Afirman que fueron violadas, desnudadas y amenazadas en la dictadura.
Retroactivo
>>> Piden imputación de tres ex militares y un ex policía por torturar a ex presas políticas
Entre los imputados figura el coronel retirado del Ejército Jorge Silveira Quesada, quien actualmente está en prisión en Domingo Arena.
"Pajarito" Silveira
La Fiscalía Especializada en Crímenes de Lesa Humanidad solicitó ayer
el procesamiento con prisión de tres ex militares y un ex policía en
una denuncia presentada por un grupo de ex presas políticas.
El 28 de octubre de 2011, un conjunto de 26 mujeres (ex presas
políticas) pusieron en conocimiento de la Justicia los distintos
apremios físicos y psicológicos a los que fueron sometidas, las
privaciones ilegítimas de la libertad que sufrieron y en especial los
abusos sexuales de que fueron objeto.
El período comprendido en la denuncia abarca desde el año 1972, en
que fueran detenidas las primeras denunciantes, hasta el año 1983 en
donde ocurriera la detención de las últimas. En tanto, los lugares donde
se efectuaron los hechos que se denuncian corresponden a distintas
unidades militares y/o policiales, así como centros clandestinos de
detención (300 Carlos, La Tablada).
Se denunció a decenas de agentes estatales, incluyendo a los
responsables de cada unidad donde estuvieron detenidas, los oficiales y
personal de tropa que actuara en las torturas y tratos crueles,
degradantes y/o humillantes, "hasta los profesionales de la salud que
cooperaran en tan aberrantes actos", indica el documento de Fiscalía.
De la instrucción realizada surge "primariamente acreditado" que
todas las denunciantes (jóvenes de entre 22 y 34 años por entonces)
fueron víctimas de privaciones ilegítimas de su libertad, sometidas a
graves tormentos, y en especial, que en su condición de mujeres
detenidas fueron objeto de diversos abusos sexuales.
La Fiscalía encontró evidencias para formalizar a cuatro personas, ya
que sobre el resto aún no hay material como tomar resolución, ya sea
porque las causas se encuentran en dilucidación, por cuestiones
vinculadas a la prescripción de las causas o por inconstitucionalidad.
Crudo testimonio confirma participación del militar en 1976 en el Batallón 13º de Infantería Blindado
20 de noviembre de 2003,
"No sólo fui torturada sino que también fui violada por el coronel Jorge Silveira"
Lo que sigue es el relato crudo y valiente de Graciela, hoy una mujer
de 46 años, a la que la publicación de las fotos del coronel Jorge
“Pajarito” Silveira provocó “indignación”, porque “está bien lo de la
Ley de Caducidad, pero ese hombre llegó a coronel, le dieron los galones
en democracia, lo premiaron por las atrocidades que hizo”.
Graciela narró durante hora y media lo que vivió entre 1976 y 1980, pidió solamente reservar su identidad, que
LA REPUBLICA
conoce perfectamente, porque es madre de hijas adolescentes y “estos
tipos están sueltos y quién me da garantías, si yo hablara y supiera que
van presos, entonces”. El testimonio de Graciela se suma al de Herminia
Santana, publicado en
LA REPUBLICA, al publicado por Samuel
Blixen en Brecha, sobre la práctica sistemática de violaciones por parte
de Silveira a un grupo de adolescentes, en su mayoría estudiantes del
IAVA, en junio de 1981 en dependencias de Inteligencia de la Policía y a
decenas de relatos aportados por ex presos y ex presas ante la
Justicia, el Parlamento y los organismos de DDHH.
La publicación de las fotos de Silveira por
LA REPUBLICA ha
vuelto a movilizar la indignación y el deseo de que se sepa la verdad.
Silveira ascendido a coronel en el primer gobierno de Julio María
Sanguinetti y al Estado Mayor Personal del comandante en jefe del
Ejército, durante el segundo mandato de Sanguinetti, es: un asesino,
violador, secuestrador de bebés y torturador. En la única reacción
política o semioficial conocida el Centro Militar respaldó a Silveira y
consideró la publicación de las fotos y los testimonios como “un ataque a
la Institución Militar”. El resto ha optado por el silencio, sin
comentarios. Salvo
LA REPUBLICA, Brecha, Caras y Caretas,
1410 AM LIBRE,
TV LIBRE y
CX 36, el resto de los medios también. A tanto ha llegado el silencio
que ni siquiera se difundió, salvo en Ultimas Noticias, el comunicado
del Centro Militar. El testimonio cobra especialidad actualidad porque
ocurrió en setiembre de 1976, apenas un mes y medio después, Silveira
fue uno de los oficiales que secuestró clandestinamente a María Claudia
García Irureta Goyena de Gelman. Silveira y el capitán de Coraceros,
Ricardo Medina, fueron quienes entregaron la bebé robada a María Claudia
a la familia policial que la crió. Lo que sigue es el testimonio de
Graciela. Esto ocurrió y es importante que se sepa, aunque se empeñen en
silenciarlo.
“Yo tenía 19 años”
“Mi detención fue en setiembre de 1976. Me fueron a buscar a mi casa
de madrugada. Ese mismo día, después supe, caímos una tanda muy grande
del Partido por la Victoria del Pueblo (PVP). Pensamos que estábamos
siendo seguidos desde mayo o junio de 1976. Luego de que cayó la tanda
de compañeros en (Automotores) Orletti y Elena Quinteros y otra gente
acá. Pensamos que nos estaban vigilando, buscando, investigando, hasta
que en un mismo día caímos unos 60 compañeros. Yo tenía 19 años, estaba
en primer año de la Facultad de Medicina. Mi vinculación con el PVP
había sido conocer un contacto y tener una participación mínima, si se
quiere, en ese momento, porque recién había establecido contacto con lo
que era la resistencia contra la dictadura. Lo que había hecho fue
participar en dos o tres reuniones, donde conocí a Elena Quinteros.
Bueno, en ese momento yo no sabía quién era Elena Quinteros, la conocía
por otro nombre. Después de junio, cuando salió por televisión todo el
asunto de Elena Quinteros, ahí me di cuenta de que era ella. Pasó el
tiempo y no pasó nada y entonces llegó setiembre y ahí caí. La
participación mía en ese tiempo fue bastante poca, de todas formas
pretendían que dijera nombres, fechas, me sacaron la agenda que yo tenía
y me preguntaron por cada uno de los nombres. Lo único que supieron fue
por lo que me habían ido a buscar, que ya lo sabían antes de
torturarme, nada más. Cuando me detienen, me llevan directo al “300
Carlos”, me enteré después que le decían así. Era un espacio enorme, que
tenían dividido: para el lado de la izquierda a las mujeres y para el
de la derecha a los hombres. Había muchísima gente. Inmediatamente
empezaron los golpes.
Estaba vendada con una bufanda bien apretada y las manos las tenía
atadas con alambre. Nos sentaban en sillas y nos asignaban un número.
¿Viste?, una busca fuerzas de cualquier lado, lo que yo pretendía era
que no me destruyeran como persona y tenía como una necesidad de
ubicarme siempre adónde estaba. Era como una forma de luchar contra
ellos. Ellos no querían que supiera dónde estaba y yo entonces quería
saber. Me levantaba la venda, hacía lo posible por ver un poco, entonces
pude ver. Había una escalera para arriba que era donde interrogaban,
gritaban por los números y te llevaban a torturar. En el centro había
una radio con la música a todo lo que daba y policías masculinos y
femeninos.
–¿Policías? le pregunto.
–Militares responde , policías militares. Te daban pastillas para
ver si dormías y de eso yo nunca quise tomar nada, tenía miedo de que me
drogaran. Con el tiempo hasta llegué a saber cuáles eran los números de
la gente, porque asociaba los números con los gritos. Por ejemplo,
sabía que a un número lo iba a seguir otro, porque interrogaban a uno y
después al otro que tenía vinculación. Cuando no nos torturaban
estábamos sentados en un colchón. No había día ni noche, porque
torturaban las 24 horas, se sentían los gritos, cuando me llevaban a
interrogarme veía por debajo de la venda las piernas de los compañeros
que estaban colgados, pude ver a compañeros a los que les estaban
haciendo el submarino”.
Graciela describe así su primer encuentro con el entonces capitán Jorge “Pajarito” Silveira.
–La única vez que me levantaron la venda fue así: me sentaron en un escritorio y me levantaron la venda y era Jorge Silveira.
–¿Lo conocías?
–No, en ese momento no, pero por la voz supe que era el que siempre me interrogaba.
–¿Siempre te interrogó Silveira?
–Sí, a mí sí, en algunos momentos sentí las voces de otro, pero él
estaba siempre. Era la voz que mandaba en los interrogatorios. Yo sentía
gente alrededor, pero los otros no me preguntaban nada, el que
preguntaba, siempre era Silveira. Un día me llamó, me hizo sentar,
porque yo no decía lo que ellos querían y es que yo no tenía mucho para
decir, en verdad. Pero, bueno, me llamó y me sentó en un escritorio. Me
dijo que me sacara la venda. Yo pensé: si ahora me saco la venda y le
veo la cara es porque me van a matar.
Me saqué la venda y me dijo: “Mirame nomás, no tengo problemas en que
me mires. Esto es una guerra. Yo estoy de este lado y ustedes están del
otro y yo no tengo vergüenza de estar de este lado, estoy convencido de
estar de este lado. Si algún día, que no va a pasar, yo estoy del otro
lado, tampoco me va importar. Yo estoy convencido de lo que estoy
haciendo”. No sé por qué lo hizo. No es como dice (coronel Manuel)
Cordero, que el interrogatorio servía para sacar datos; creo que había
mucho más que eso. Querían sacar datos, pero además querían destruirte
como persona. Querían destruirte, acabar con tu ideología, como no
podían hacían todo eso. Ellos veían que hacían todo eso y pasaban los
años y la gente seguía en esa resistencia y en esa lucha, entonces
querían destruirte como persona, volverte loco.
La violación
Las sesiones de tortura se sucedían, Silveira se ocupaba
personalmente de Graciela y en medio de los golpes, la picana y el
submarino, consistente en sumergir la cabeza del deten
ido en un bidón con agua y orín hasta que los pulmones están por
estallar, le preguntaba siempre si era virgen. Graciela, en medio de
aquella locura no entendía la relación de eso con las preguntas y la
tortura. Lo descubrió pronto.
“Silveira una de las cosas que siempre me preguntaba era si era
virgen. ¿Qué tiene que ver eso dentro de un interrogatorio? Siempre me
preguntaba eso, desde el primer día, apenas llegué. Al poco tiempo supe
por qué preguntaba. Porque no sólo fui torturada sino que también fui
violada, por él.
–Graciela, cuando decís que te violó: ¿fue en el marco de un interrogatorio?
–No, me llevó y me violó.
–¿Había más gente?
–No sé si había más gente, sólo recuerdo su voz.
–¿Te sacó la venda?
–No, esa vez no.
–¿Estabas vendada y con las manos atadas con alambre?
–Sí.
–¿Te vino a buscar?
–No, él no te iba a buscar. Venían soldados, gritaban tu número y te
llevaban a un cuarto donde estaba él y entonces cerraba la puerta. A
veces yo gritaba tanto que venían otros, abrían la puerta y le decían:
“¿qué es lo que está pasando?, ¿Qué le estás haciendo?”. Después
cerraban y Silveira seguía.
–¿Silveira te torturaba personalmente?
–Sí.
–Además de la violación, ¿Silveira te aplicaba picana, submarino?
–Sí, todo. Más que nada conmigo fueron golpes en los muslos. Con un
palo o algo así que estaba recubierto. Me hacía bajar los pantalones y
me pegaba en los muslos. Quedaba destrozada de las piernas, me pegaba
mucho, tanto, que cuando volvía para la silla yo misma me hacía el
plantón. Me quedaba parada, porque no podía sentarme, si me sentaba me
dolía mucho más.
Desde los 13 años yo sabía que se torturaba, conocí compañeros que
salieron que me contaron de la tortura, sabía a que estaba expuesta
militando. Pero fue tanto lo que nos hicieron. Bueno, yo tenía 19 años y
no me podía callar, les pegaba, los insultaba, yo qué sé.
Eso lo enojaba mucho a Silveira, me pegaba mucho y me decía: “¿Te crees que sos el Che?, sos una guacha, ¿entendes?”.
Graciela explica, si eso es posible, los recursos que su mente buscó
para escapar al horror y a la locura: “Me pasó una cosa medio extraña,
me pasó tres veces: cuando me llevaban en la camioneta, cuando la
violación y en otro interrogatorio; me pareció como que me iba del
cuerpo. Como que veía las cosas de arriba, como que yo no era yo. Para
tratar de mantener mi psiquis bien siempre dije que tortura era tortura.
No importa si era violación, picana, submarino, colgada, violación o si
era psicológica, siempre era tortura. No solamente era para interrogar,
era para destrozar, no lo consiguieron conmigo, ni con muchas otras
compañeras que pasaron por lo mismo”.
“Antes de sacarme del 13° de Infantería me llevaron a un cuartito
chiquito que tenía una cortina y me dijeron: “lea y firme”. El papel
decía que no había sufrido malos tratos. Yo les dije que no firmaba eso
porque yo había sido torturada. Fue decirles eso y se enfurecieron, yo
tenía el pelo muy largo, me agarraron del pelo, me arrastraron por todas
las escaleras y me torturaron de nuevo. Me torturaron para que firmara
que no me habían torturado. Al final firmé y yo me sentía muy mal,
porque me parecía una traición. Después lo hablé con las compañeras en
el Penal y me dijeron que no, que eso no era así, que no tenía valor”.
Graciela luego de permanecer en el “Infierno grande” del 13 de
Infantería fue trasladada a varios cuarteles, donde permaneció
incomunicada. En uno de ellos, en el 4° de Caballería, se reencontraría
con Silveira. El capitán del OCOA primero la hizo llamar y le mostró a
un grupo de oficiales a la muchacha de 19 años que había violado, él se
rió, los otros festejaron su hazaña. Pero luego, parece que se preocupó,
Graciela no menstruaba, entonces “Pajarito” ordenó una revisación
ginecológica. En realidad fue otra sesión de tortura, Graciela quedó
sangrando por varios días luego de que “un hombre que dijo ser
ginecólogo” la “atendió”: “tenían miedo que hubiera quedado embarazada”.
“Después de que salimos del Infierno –cuenta Graciela– me llevaron al
4° de Caballería, allí fue espantoso. Desde el soldado de menos rango,
hasta el más alto oficial eran brutales. Estaban los compañeros, los
insultaban, los degradaban. Les decían: “vieron les trajimos dos
mujeres” y se reían. Nosotros estábamos en un sótano y la guardia estaba
arriba, en una escalera y se comentaban entre risas las cosas que
habían hecho en la tortura y que habían aprendido nuevo y eso. Seguía
incomunicada. Nos llevaban una vez al baño durante el día, el resto del
día teníamos que hacer ahí en un tarro.
Un día me llamaron y me llevaron a otro lugar en el cuartel, yo no
sabía dónde iba. Era un escritorio, había varios militares, parecían
oficiales y estaba Silveira. Me hicieron parar delante de todos esos
militares y Silveira se reía y les decía: “esta es la chiquilina que les
contaba” y todos se rieron. Entonces me devolvieron al sótano y a los
dos días me fueron a buscar otra vez.
Me llevaron a otro cuarto dentro del cuartel y me recibió uno que
dijo que era ginecólogo, que me iba a revisar. Yo no entendía por que,
¿qué iban a hacer un Papa Nicolaou en la tortura? Yo tenía 19 años y
nunca me habían hecho una revisación ginecológica, fue la primera vez.
Pero no fue una revisación, fue una salvajada, me lastimó mucho, estuve
sangrando varios días. Yo tuve otras revisaciones y por más que te
pongan especulo, no te hacen lo que me hizo ese hombre, me destrozó. Yo
creo que querían saber si no estaba embarazada después de la violación.
Porque yo no menstruaba, pero no menstrué durante meses, a muchas
compañeras les pasaba lo mismo y se llama amenorrea de guerra.
Después me llevaron al Batallón 14°, estaba todo el día sentada en
un colchón. Hasta que nos llevaron a un juez militar que me procesó y me
llevaron al Penal de Punta Rieles.
Me procesaron, es cómico, por ‘atentado a la Constitución en grado de conspiración seguido de actos preparatorios'”.
Punta de Rieles
“En el Penal de Punta Rieles –continúa diciendo Graciela– fue
terrible, porque la tortura psicológica nunca paró, el hostigamiento
tampoco, a todo el que pudieron volver loco, lo hicieron, buscaban
destrozarte y hostigarte siempre todo el tiempo. Pero había algo muy
importante, el apoyo, la solidaridad de las compañeras. Nos cuidábamos
mucho.
Cuando estaba en Punta Rieles, en un celdario que era el altar,
porque eso antes era un convento, había una compañera que estaba muy mal
psíquicamente. Empezó a estar mal, mal y fue hostigada permanentemente.
Le gritaban, le decían cosas todo el tiempo, buscaban ponerla peor,
sobre todo de noche. La sancionaban, la aislaban, le sacaban la visita,
trataban de que estuviera cada vez peor. Comenzó a hacer intentos de
suicidio. Entonces las presas nos turnábamos de a dos para estar siempre
al lado de ella, de noche dos nos quedamos despiertas porque se iba
para el baño y metía los dedos en los enchufes y eso. La cuidamos
durante muchos meses y ellos siempre hostigándola. Venían de noche, yo
los vi, la insultaban le decían de todo, la hacían arrodillar y besarles
las botas. Fue muy hostigada, por más que quisimos ayudarla era
imposible luchar contra eso. Y un día cuando vino una compañera gritando
que había firmado la libertad y fuimos todos a saludarla, la compañera
fue al baño y se ahorcó con una cadena de
la ventana. Hicieron todo lo que pudieron para que se matara.
En 1979, otro episodio, una compañera ya había firmado la libertad,
pero después de que firmabas la libertad te tenían un mes o dos más como
mínimo. Después que firmó la libertad, era una muchacha joven, se
enfermó, al principio parecía una gripe. Tenía mucha fiebre y como había
compañeras que eran médicas o estudiantes avanzadas de medicina,
pidieron por favor que la vieran. La vio el médico y le mandó aspirina.
Las compañeras siguieron insistiendo a pesar de que por protestar las
sancionaban, las ponían en un calabozo aisladas, siguieron reclamando
que la atendieran. Pero no hicieron nada y la compañera murió. Jovencita
y con la libertad firmada. Por lo que se murió de una pericarditis, las
compañeras sabían que iba a morir y por eso protestaron, pero el médico
dijo que no. El doctor era Marabotto”.
Graciela destaca que para los oficiales, Punta Rieles era como un
feudo: “era normal para ellos llevar a toda su familia, hacían fiestas
en una piscina que tenían atrás, los gurises venían y nos miraban como
si fuésemos monas. Barrabino era como un señor feudal, andada a caballo
por el Penal y tenía un alférez que se llamaba Fajardo, que corría al
lado del caballo llevándole la espada”.
Graciela, recuerda muy claramente a Jorge “Pajarito” Silveira en el campo de concentración femenino de Punta Rieles.
Silveira era uno de los que permanentemente hostigaba a las presas,
pero además llevaba a su familia a recorrer sus dominios. Solía recorrer
las barracas y celdas con su pequeño hijo de la mano, que entonces
tendría “unos dos años” y usaba la presencia del niño para hostigar y
recordarles a las presas que esa edad tendría Simón Riquelo, el hijo de
Sara Méndez, que estaba presa allí y tenía a su hijo desaparecido.
Sara había visto a Simón por última vez en 1976 cuando el entonces
mayor José Nino Gavazzo se lo arrancó de los brazos en Automotoras
Orletti , en Argentina, un lugar donde Silveira fue también varias veces
a secuestrar y torturar uruguayos.
“Silveira estaba encargado del S2 (Inteligencia). Se paseaba como un
señor feudal. En algunos aspectos era como un lugar de recreo. Atrás
tenían una piscina, llevaban a la familia, hacían fiestas. Silveira
paseaba por el penal con un nenito de la mano, que tendría dos años o
algo así, era el hijo. Nosotras pensábamos que era una forma de
presionarnos, era un hostigamiento en especial contra Sara, (por Sara
Méndez, que estaba presa allí y tenía a su hijo Simón Riquelo,
desaparecido). Silveira una vez entró a la barraca donde estábamos y con
el nenito de la mano, nos lo mostró y dijo: “La edad de mi hijo debe
ser la que tiene el hijo de Sara, ¿no?”. Nadie le contestaba nada, ¿qué
le podías contestar a algo así?”.
“La foto: indignación”
Graciela firmó la libertad en 1980 y como había pasado hacía poco
tiempo lo de la compañera que murió, la soltaron enseguida. Graciela
recuerda: “ese día estaba juntando bosta de vaca y una milica dijo mi
número y el de otra compañera y nos pusieron aisladas y con orden de no
hablar con nadie.
No pensábamos que nos iban a soltar tan rápido, recién habíamos
firmado la libertad y esperábamos estar un mes más. No dejaban que nadie
se acercara, cuando nos dimos cuenta que nos soltaban, igual abrazamos a
todas las compañeras que pudimos, sancionaron a varias, pero igual nos
gritaban y nos saludaban”.
Graciela explica, que la publicación en
LA REPUBLICA de las
fotos del coronel Jorge “Pajarito” Silveira, actuó en ella como un
revulsivo. “La foto me provocó indignación. Parece increíble. Bueno está
la Ley de Caducidad, como dicen, todo lo que quieran. Pero que este
hombre haya llegado a coronel, se haya retirado como coronel, que los
galones que fue ganando los fue ganando en democracia y que se los
dieron por lo que hizo. Fue premiado. Fue premiado sabiendo todas las
atrocidades que hizo.
El dijo una vez que no tenía miedo de estar en ese lugar, pero ahora
sí tiene miedo, ¿de qué tiene miedo?, ¿de que le saquen fotos? Es muy
poco hombre y ahora tiene miedo. Mientras nosotros estamos pasando por
mil y un problemas, mientras hay compañeros que estuvieron 10 y más años
presos que se mueren sin jubilación porque no se vota la ley para los
ex presos, Silveira está jubilado como coronel. ¿De qué justicia y que
amnistía hablan? Si muchos compañeros con más de 70 años no se pueden
jubilar porque no les reconocen los años de presos, presos por defender
la democracia, por resistir a la dictadura y a Silveira lo premian”. *