Un luchador inclaudicable: Reportaje al compañero Jorge Zabalza, el Tambero
26 enero 2021
http://www.eldescamisado.org/2021/01/26/un-luchador-inclaudicable-reportaje-al-companero-jorge-zabalza-el-tambero/
«…El tema es la estaca, hermano. Te tenés que mantener firme como
una estaca, porque en algún momento esa estaca se va a convertir en un
palito de la colmena. Como en una época el deber de todo revolucionario
es hacer la revolución, hoy en día el deber de un revolucionario es no
integrarse ideológicamente al capitalismo, no adoptar sus ideas, es
mantenerse firme. Que somos una minoría es cierto, pero Einstein era una
minoría y cambió el mundo. Éramos más minoría en 1960 que hoy…” “Se ha perdido el discurso que revelaba las contradicciones antagónicas de la sociedad y que te obligaba a ser revolucionario”
Hace unos años, nos llegaba desde la otra orilla un periódico donde
leíamos esa definición. Nos conmovió, tratándose de un momento en el que
presenciábamos a diario cavilaciones, defecciones y actitudes de
cierta complicidad ante el desastre generalizado que nos iba dejando una
democracia que no resolvía la dramática situación de millones de
compatriotas sumidos en la miseria, la desesperanza y el olvido. Había
salido de boca de Jorge Zabalza, “el Tambero”. Si bien lo conocíamos en
función de su larga y extremadamente coherente trayectoria militante,
siempre quisimos poder charlar mano a mano con él.
Jorge Pedro Zabalza Waksman vive en la periferia Montevideana, cerca
del legendario y popular barrio del Cerro, donde conviven trabajadores y
desocupados estructurales, barrio con historia de lucha y presente de
resistencia. El “tambero” tiene 78 años, las ha pasado todas,
clandestinidad, torturas, preso en calidad de rehén durante toda la
dictadura que asoló el Uruguay entre 1973 y 1985. Una vez recuperada la
democracia, fue elegido edil en 1994 por el departamento de Montevideo y
ejerció la presidencia de la Junta Departamental.
Entre 1990 y 1994 dirigió el quincenario Mate Amargo, órgano oficioso del MLN. En 1987 publicó El miedo a la democracia, En 1996 escribió El Tejazo y otras insurrecciones. En 1998 presentó el ensayo titulado La Estaca,
en el cual, analizaba lo que consideraba los límites del Frente Amplio
como fuerza para impulsar un cambio social y se anticipaba al viraje
hacia la socialdemocracia de sus principales componentes. En el año 2009
publicó Raúl Sendic, el tupamaro. Su pensamiento revolucionario,
analizando a fondo los cuatro principales puntos del programa propuesto
por el fundador y líder histórico del MLN (T). A fines de 2019, Zabalza
presenta su libro La leyenda insurgente.
Se ha sobrepuesto a serios problemas de salud y sin embargo ahí anda,
presente en cada conflicto donde se busca justicia, en cada reclamo
popular, en cada lucha de los trabajadores.
Zabalza no es hombre de rendirse. Jamás. No lo hizo en los tiempos en
que lo enterraron 13 años en cárceles-tumba, menos lo va a hacer ahora
que sigue convencido que sus sueños por un Uruguay distinto, mas justo,
están mas vigentes que nunca. Sabe que pagó un altísimo precio por su
coherencia y su entrega. No reniega de ello.
Es un referente obligado para todos los militantes populares que
creen que el mundo debe transformarse en un lugar que merezca ser
vivido. A nosotros, compatriotas de Zabalza de “la orilla de enfrente”,
peronistas y profundamente respetuosos de la historia de lucha del MLN
(T) y de Jorge Zabalza en particular, nos enorgullece que nos haya
dedicado su tiempo. En definitiva, nos hermanan los sueños y la lucha
por la Justicia Social para nuestros Pueblos.
Para quienes en nuestro país que no te conocen o te conoce
poco, o esos sectores de la militancia que sólo tienen algunas
referencias tuyas, del MLN-T, y particularmente de la lamentable etapa
de rehén de la dictadura ¿Podrías hacernos una semblanza de tu recorrido
militante en el campo popular de tu país?
Pertenezco a una familia afín al Partido Nacional, un entorno
político que reverenciaba la gesta revolucionaria de los Saravia. En
Minas, la ciudad donde nací, convivíamos con Nepomuceno Saravia, hijo de
Aparicio y jefe del último levantamiento gaucho en 1935. El culto del
coraje y el sacrificio como valores políticos superiores. Por otra
parte, de adolescente, fui lector de la revista “Bohemia”, que
demonizaba a los “barbudos” de la Sierra Maestra, pero, leyéndola, me
convertí en admirador de Fidel, Camilo y el Ché. Fácilmente los
identifiqué con las montoneras de Aparicio o con la revolución de los
“farrapos” y Gumersindo Saravia. Hacer política a lanza y caballo me
parecía una perspectiva de vida deseable.
Muchos jóvenes blancos, en su momento, tomaron partido por los
republicanos españoles y en contra del franquismo. O enfrentaron al
panamericanismo con Carlos Quijano. Con esa impronta ideológica fue mi
iniciación en la lucha social, integrado al movimiento estudiantil de
los años ’60, primero en secundaria y luego en la FEUU, la Federación de
Estudiantes Universitarios. La militancia estudiantil me condujo a
separarme de la práctica política y electoral de mi padre.
En 1964 los estudiantes tomamos la Universidad en repudio a la
ruptura de relaciones diplomáticas con Cuba Revolucionaria: de la
ocupación salí incorporado a la FAU (Federación Anarquista del Uruguay).
Cultivé lecturas sobre la guerra revolucionaria española, terminé
siendo admirador de Buenaventura Durruti y de los anarquistas españoles.
De ellos, incorporé el rechazo al estalinismo.
Invitado por el MRO (Movimiento Revolucionario Oriental), en 1967
viajé a Cuba Revolucionaria con miras de entrenarme y participar en la
experiencia guerrillera en Bolivia. Sentíamos en nosotros el aliento del
’68. La voluntad de actuar y la expresión muscular de las ideas en
primer lugar, recién luego venía la necesidad de explicarnos los que
hacíamos y nos empapábamos en la teoría revolucionaria. En el viaje fui
leyendo “El Estado y la Revolución”. Fue la primera vez en mi vida
militante, siguieron otras, innumerables.
El asesinato de Ernesto Guevara nos sorprendió en pleno entrenamiento
y, desde allí mismo, me integré al Movimiento de Liberación Nacional
(Tupamaros). Regresé en setiembre de 1968, a un mes justo de la muerte
de Líber Arce, el primer estudiante asesinado por la policía de Pacheco
Areco y, desde ese momento, participé activamente en el sector militar
de la guerrilla urbana. Fui hecho prisionero tres veces, dos ellas
herido de bala, participé en las dos fugas grandes. Luego que los
verdugos experimentaron su política de aislamiento con doce compañeras
sacadas clandestinamente de la cárcel de Punta Rieles, otros nueve
fuimos “flauteados” como rehenes del Penal de Libertad. Nos dividieron
en tres grupos de tres. Durante once años compartimos incomunicación y
privación sensorial con Raúl Sendic Antonaccio y Julio Marenales. En la
noche de doce años, nos propusimos seguir enteros: durante un año y
medio trabajamos una fuga del cuartel de Paso de los Toros; nos
golpearon, pero más de una vez les retribuimos con algún moquete;
simplemente para reafirmarnos en nuestra dignidad nos negamos a firmar
los escritos de la justicia militar; como medida de protesta nos negamos
a dejarnos afeitar; al cumplir los diez años de rehenes hicimos una
huelga de hambre. Cada vez que nos castigaban sentíamos que seguíamos
vivos en nuestras convicciones. En 1984 nos regresaron al Penal de
Libertad. El movimiento popular nos sacó de entre rejas en 1985.
Tu familia directa también es parte de la historia política
uruguaya. Tu padre ha sido un importante dirigente del tradicional
Partido Nacional y tu hermano Ricardo, fue parte de los núcleos
iniciales del MLN-T y es uno de los compañeros caídos en las acciones de
Pando. ¿Qué recuerdos tenés de ellos hoy, a la distancia?
Siguiendo a Carlos Quijano (el futuro fundador del semanario MARCHA),
mis tíos y mi padre, Pedro Zabalza, se apartaron de los sectores más
conservadores del Partido Nacional. La lista de mi padre ganó cuatro
elecciones consecutivas en su distrito electoral, el departamento de
Lavalleja. Fue Intendente, senador de la república y consejero nacional
(cuando el poder ejecutivo en el Uruguay era un colegiado de 9
miembros). Veía en el municipio una empresa de obras públicas, fuente de
trabajo para su clientela electoral, su consigna era “más picos y más
palas”.
Cuando el primer gobierno del Partido Nacional firmó la primera
“carta de intención”, mi padre renunció a su cargo en el colegiado:
entendía que el compromiso con el FMI sólo serviría para agudizar la
pobreza en la ya arruinada “Suiza de América”. Hasta el golpe fue ladero
de Wilson Ferreira Aldunate en el Senado. Perseguido por la dictadura,
en 1980 intervino decididamente en el plebiscito que le dijo NO a la
reforma constitucional que “legalizaba” la tutela militar. Pese a no
compartir mis convicciones, pese al dolor por la muerte de su otro hijo,
mi padre, y en especial mi madre, fueron el mayor apoyo moral y
práctico que tuvimos mi hermana y yo en cárcel.
Luego de haber sido hecho prisionero en la toma de Pando (8 de
octubre de 1969), mi hermano menor, Ricardo Zabalza, fue asesinado por
la “metropolitana” (cuerpo militarizado de la policía). Formó parte de
aquella generación rebelde del ’68 que se transformó en revolucionaria.
Un compañero de su adolescencia lo definió como “un andariego”: era
del “centro” de la ciudad, pero andaba por los barrios jugando al fútbol
donde cuadraba. Compartía sus días y amistad con gurises que no
pertenecían a la clase social en que había nacido. En la escuela
pública, la plaza de deportes y el campito de fútbol, fue incorporando
nuevos modos de ser y de sentir. Inculcada en la vida familiar, su
sensibilidad social se fue transformando en solidaridad, trasfondo de
sus definiciones políticas. Suicidio de clase, le llamaba Ché Guevara.
En la lucha de los estudiantes universitarios se plegó al MLN (T) en
1968. Lo mataron con 20 años. Su forma de enfrentar la muerte estuvo y
está presente en mi modo de encarar la vida y la militancia política. Me
transmitió la entereza ética necesaria para enfrentar interrogatorios,
cárcel y los calabozos cuarteleros, pero, asimismo, para no ceder en la
feria de vanidades de la democracia burguesa. Lo que soy y como soy es
el legado de Ricardo.
Cuál es tu mirada del proceso político del Frente Amplio en
el poder y las enseñanzas que deja? Sabiendo que en una primera etapa
fuiste parte del FA e incluso tuviste una responsabilidad institucional
como legislador o edil por la Ciudad de Montevideo, desde la que en la
práctica mostraste tu coherencia militante, aún contra las posiciones de
tus compañeros de bancada. (Caso Hotel Casino Carrasco)
A modo de preámbulo cabe recordar que los procesos electorales dejan
intacta la arquitectura de poder. La clase dominante ya no gobierna,
pero, a través de sus instituciones y lobbys continúa haciendo política
desde afuera del Estado. En un sistema liberal, maneja en su beneficio
la orientación general de las políticas públicas. La correlación de
fuerzas siempre le es favorable.
En sus documentos fundacionales (1971), el Frente Amplio no se
proponía transitar al socialismo, por cierto. Sin embargo, más allá de
lo escrito, su electorado lo imaginaba como instrumento político para la
transformación revolucionaria. Al restablecerse la democracia liberal
en 1985, el Frente aún mantenía esa imagen transformadora, querían que
fuera mucho más que otro gobierno en el Uruguay, el vehículo para
trasladar poder al pueblo organizado, instrumento de poder político para
la expropiación de los latifundios, para erradicar la propiedad abusiva
de los capitales financieros y de los complejos industriales y
comerciales.
Durante la lucha por anular la ley de impunidad, ese imaginario
radical fue utilizado por la derecha para asustar con el comunismo
internacional y la subversión tupamara. Las capas medias se asustaban y
confiaban sus votos a los partidos conservadores. Sin embargo, con esa
imagen/propósito transformador, en 1990 se logró que el 34% de los
montevideanos apoyaran al Frente y se accedió al gobierno municipal. No
parecía ser necesario cambiar de imagen.
El documento N°6 del Frente Amplio proponía iniciar un proceso de
participación política en los barrios de Montevideo, trasladar la
política al tejido social organizado, descentralizar las grandes
decisiones del gobierno como, por ejemplo, en materia de presupuesto.
Entrañaba la siembra de gérmenes de poder popular, la estrategia de
tender un cerco al enemigo de clase. Los tupamaros acompañamos el
proceso, creíamos que podía ser el comienzo posible de proceso. Sin
embargo, apenas la derecha contraatacó y acusó al Frente de estar
instalando soviets en Montevideo, el gobierno municipal cedió
rápidamente y abortó la descentralización, reduciéndola simple
desconcentración del aparato burocrático municipal.
La moderación fue muy bien recibida por los partidos conservadores,
pero desató resistencias en el movimiento frenteamplista de base. Se
rompió de hecho el cordón umbilical que unía el Frente con la gestión
del municipio. Fue un ensayo o un anticipo del viraje que vendría a
nivel nacional y que se concretó en 1998, en uno de los más prolongados y
azarosos congresos frenteamplistas. Impulsado por los autores del
“documento de los 24”, el Frente Amplio se convirtió en Encuentro
Progresista. La moderación pragmática, impuesta de hecho, sirvió de
instrumento para despejar desconfianzas en la clase media. El caudal
electoral progresista creció y creció, hasta que, en 2005, cuando el ex
“cuco” ya no podía asustar a nadie, accedió al gobierno nacional votado
por la mitad del electorado.
Hasta la campaña electoral del 2004, el Frente se había opuesto a las
leyes que facilitaban la inversión de capital extranjero en zonas
francas y en el complejo forestal-celulósico. Eran muchas y sobradas las
razones esgrimidas. La ciudadanía acompañó con su voto esa postura
abiertamente crítica. Sin embargo, luego de acceder al gobierno nacional
en 2005, se dio un giro de 180 grados y el progresismo pasó a impulsar
las zonas francas, la forestación y la celulosa, las mismas políticas
del programa conservador que había denostado anteriormente. Las
corrientes mayoritarias, incluyendo el Movimiento de Participación
Popular (MPP), se ajustaron a la moderación del Frente Amplio, que cada
vez abría más la economía nacional a las inversiones de capital del
exterior. En una palabra, mientras se gobernaba, fue retrocediendo hasta
convertirse en otra institución partidaria del sistema capitalista. El
mismo recorrido del socialismo español y el eurocomunismo.
¿Cuáles fueron las principales limitaciones de esa experiencia, (la del FA)?
La superchería liberal ha terminado por cooptar las mentalidades en
el progresismo. Todo su discurso gira alrededor de la acción
parlamentaria y sobre la gestión del gobierno. La pérdida del horizonte
transformador y la adscripción al liberalismo, anulan su capacidad para
la confrontación política e ideológica. Razón de sus anteriores
victorias electorales, la moderación terminó siendo la causa de la
derrota en 2019. Abrió camino a los poderosos. Es muy grave la
responsabilidad política de los que motorizaron la moderación. Por eso
mismo, a un año de perder las elecciones, todavía no se ha analizado
porqué hubo tantos votantes que le dieron la espalda. Implica derribar
los ídolos con pies de barro.
Hoy día el progresismo hace política solamente en el parlamento y los
medios de comunicación. Evita cuidadosamente salirse de los carriles
prestablecidos por el liberalismo. Ha olvidado la vocación por hacer
política en las calles, el punto de encuentro para la participación,
donde el pueblo discute y llega a acuerdos políticos por afuera de las
instituciones de dominación. Donde en forma activa y directa la masa
diseña rumbos. Se ha desistido del debate ideológico de fondo:
transformación versus conservación, poder popular versus poder
oligárquico. En las campañas electorales solamente se discute gestión y
administración del Estado. Sin embargo, como ser buen gestor es
independiente de la opción ideológica del gestor, se confunden derecha e
izquierda. El Frente abandonó su tarea alfabetizadora y ello ha
generado la confusión que se reflejó en las urnas en 2019.
Que diferencias encontrás en la sociedad uruguaya después de 15 años de gobierno del FA?
Sin dudas, desde el 2005 se comenzó a buscar y se encontraron los
cuerpos de algunos desaparecidos y, asimismo, fueron procesados los
primeros criminales del terrorismo de Estado. También es cierto que se
dieron pasos muy importantes en materia de derechos.
Si bien todo eso es cierto, con el respaldo tácito o expreso del
Frente Amplio, hoy día es propiedad extranjera el 100% de la producción
de celulosa, el 60% de la industria de la madera, el 72% de la
producción de arroz, el 64% de la soja cosechada y el 63% de la
industria frigorífica. Mientras que, en el año 2000, eran uruguayos el
90% de los propietarios agropecuarios, en el 2011, presidencia de José
Mujica, se redujeron al 54%: el 46% eran extranjeros. En el 2018 el 11%
del territorio nacional era de ellos. Estas cifras muestran la
consolidación del modelo extractivo y expoliador de los recursos que
pertenecen al pueblo uruguayo. La apertura irrestricta a las inversiones
extranjeras vino de la mano con la moderación política de la izquierda.
Se puede afirmar, sin duda, que durante el progresismo se aceleró el
proceso de extranjerización de la economía nacional. Ello significó,
nada más ni nada menos, que la consolidación del modelo extractivo y
expoliador de los recursos que pertenecen al pueblo uruguayo. Ni hablar
de la política de “honrar la deuda” … término acuñado para vestir la
dependencia del capital financiero.
La política económica contradijo las expectativas plasmadas en las
resoluciones de los congresos frenteamplistas. Por más que se enojen los
que se niegan a ver la realidad, las consecuencias sociales fueron
rotundas: se sostenía haber sacado a cientos de miles de la pobreza,
cuando, simplemente se los había “asistido” con unos pesos, un
empujoncito para que pasaran por encima de la “línea”, para hacerlos
consumidores de cuarta. La exclusión social, cultural y política no se
puede medir respecto a una canasta de consumo. La falsedad implícita en
ese método cuantitativo quedó en evidencia apenas comenzó la pandemia y
brotaron de la nada familias que corrían a las ollas populares. La mecha
sigue encendida.
Luego de la dictadura militar sobrevino una ola de entusiasmo
“primaveral”: ¡la democracia burguesa era la pócima que todo lo curaba!
La gente creía que era posible disputar el dominio del Estado a la clase
dominante, que era posible avanzar en democracia hacia una democracia
más avanzada. Sin embargo, a pesar del optimismo, refugiado en sus
cuarteles, continuaba al acecho el germen de la “no democracia”. El modo
democrático de dominación pacífica necesita de la tutela militar, de
una fuerza armada que coaccione el inconsciente colectivo, que induzca
el consentimiento necesario al sistema representativo. En Uruguay la
amenaza fascista se mantuvo refugiada en los muros cuarteleros, no hubo
levantamientos “carapintadas”, pero pudieron haber ocurrido.
Se suponía que los gobiernos progresistas, que tuvieron mayorías
parlamentarias durante 15 años, procurarían “democratizar las fuerzas
armadas”, un contrasentido mayúsculo: ¿cómo democratizar la verticalidad
del ordeno y mando? Hubiera sido posible, en cambio, anular de alguna
forma, aunque fuere mínimamente, la influencia política de las fuerzas
armadas. Sin embargo, se recorrió el camino inverso y, una vez moderado,
el progresismo optó por granjearse las de los uniformados participando
en las “misiones de paz” y mejorando su preparación para la represión.
Como es viejo y sabido, los dueños de todo no renunciarán
pacíficamente a sus privilegios y cuentan, para ello con las fuerzas
armadas, su reserva institucional para defensa de sus privilegios. Es un
hecho indiscutible que se mantuvieron intactas las bases materiales del
capitalismo, sus consecuencias sociales y la la amenaza cuartelera, el
complemento de la democracia burguesa. En definitiva, los 15 años
reafirmaron el viejo diseño dual de la dominación, anticipo del regreso
del autoritarismo y del terrorismo de Estado. Se contradijo, en la
práctica, la consigna/deseo de Nunca Más.
Ahora Lacalle Pou está manejando a su antojo la maquinaria que dejó
aceitada el progresismo. Tal cual supo recomendar la doctrina de la
seguridad nacional en los ‘50, se está acostumbrando la población a la
“acción cívica” de la policía y del ejército, se promueven y festejan
sus intervenciones en diversas situaciones sociales y políticas. La
presencia uniformada se vuelve habitual. No hay golpe de estado a la
vista, pero, de hecho, se nos está advirtiendo que la maquinaria
uniformada está viva y activa, y que, si es preciso, vendrá el
autoritarismo de nueva generación. Después de todo, Lacalle Pou ya
cuenta con su coalición multi reaccionaria.
Se puede afirmar, sin duda, que durante el progresismo se aceleró, al
mismo tiempo, el proceso de extranjerización de la economía y el
fortalecimiento de las fuerzas armadas. Fue una opción ideológica. En
estos 15 años se cambió todo para no cambiar nada. “A lo Lampedusa”.
Vos sabés que nosotros somos militantes Peronistas, y
reivindicamos la riqueza de un largo proceso histórico, no exento de
serias contradicciones, donde el movimiento obrero organizado sigue
siendo en nuestra concepción una herramienta fundamental en el proceso
de lucha por la liberación nacional y social. ¿Qué rol le asignás vos al
Movimiento Obrero Uruguayo en estos momentos de avanzada del
liberalismo rancio y oligárquico que va -entre otras cosas- por
profundizar la precarización laboral, y suprimir los derechos adquiridos
tras años de lucha de los trabajadores uruguayos?
Los trabajadores del sector público no pueden tener la misma
perspectiva que los clasificadores de residuos o los peones rurales. Es
claramente imposible. Tampoco es lo mismo sufrir el capitalismo siendo
mapuche, quichua o aimara que sufrirlo como asalariado blanco, rubio y
de ojos celeste en USA.
Todas y todos forzados a vender su fuerza de trabajo, pero hay formas
y grados diferentes en el sometimiento y la explotación. Las relaciones
del capital con el trabajo presentan particularidades que no se pueden
obviar, son la sal de la vida. El mundo asalariado no es un continuo
uniforme.
Los sectores asalariados que están más cerca de la cumbre poseen
mayor capacidad de presión y sus reclamos no pueden ser desatendidos.
Logran organizar poderosos aparatos sindicales que, por otra parte, y
lamentablemente, son caldo de cultivo para burócratas. Al movimiento
obrero del Uruguay le llegó la oportunidad deseada con la victoria
electoral progresista, a la cuál habían contribuido casi todos sus
dirigentes y militantes. La práctica política se redujo al parlamento y
la gestión, escamoteando la victoria que legítimamente había logrado la
movilización popular. Todo terminó en adscripción del movimiento social a
la moderación del Frente Amplio.
La presión sobre ministros y parlamentarios progresistas fue
suficiente para restablecer los consejos de salarios y aprobar leyes
favorables al movimiento obrero, como la de responsabilidad penal de las
patronales, pero, cambió totalmente la puntería de la lucha sindical:
quedaron al costado de la cancha la reforma agraria, la nacionalización
de la banca, el no pago de la deuda externa y todo lo que significara
cambio radical en la estructura social. Se dejó de cultivar el
imaginario radical del Congreso del Pueblo, que dio origen a la CNT en
los ´60 y, durante décadas, fue el eje de la cultura política de las
masas asalariadas. Pese al retroceso general, hubo conflictos como el de
los trabajadores del gas por cañería, que parecen indicar que la
radicalización es la metodología de lucha más adecuada para defenderse
de la ofensiva liberal.
Muy diferentes son las condiciones en los subterráneos de la
pirámide. Allí, donde dejan toda esperanza los excluidos, un producto de
la reproducción de la especie que el capital considera sobreabundante y
no deseado. Groseramente marginados de la seguridad social y de los
sistemas públicos de vivienda, salud y educación, sobreviven en sus
territorios con salarios y jubilaciones miserables, rebusques no
salariales y diversas formas de asistencialismo. Carecen de fuerza
suficiente para hacerse oír. Les prometen repartir panes y peces, pero
apenas los asisten con algunas migajas. Salvo como clientela electoral,
los partidos políticos no los tienen en cuenta y los mantienen en el
analfabetismo político, dijera Frei Betto. En Argentina y Chile los
asalariados empobrecidos, que nutren la movilización social, elevan el
punto de mira de sus plataformas y radicalizan los métodos de lucha. No
ocurre lo mismo en Uruguay, donde son arrastrados por la moderación
general.
Con mucha habilidad demagógica, el gobierno de Lacalle Pou exige al
movimiento obrero sacrificarse para combatir la pandemia. Promete que,
en un futuro más o menos lejano, su sacrificio será recompensado con la
recuperación del poder adquisitivo y los derechos perdidos. Cabortero,
Lacalle hace todo lo contrario y favorece los grandes capitales del
campo y la ciudad. Con discurso liberal y látigo en la mano, está
logrando neutralizar a quienes postulan la “oposición responsable”, la
consigna de la resignación. ¿Responsables frente a quiénes? ¿Frente al
gobierno de los dueños del Uruguay? Porque la “responsabilidad” frente a
los multi reaccionarios, es “irresponsabilidad” para con el mundo
asalariado.
El caso de la ley de urgente consideración sirve de indicador: pese a
su inicial oposición frontal a toda ley, en un ataque de
“responsabilidad”, la bancada frenteamplista terminó aprobando casi la
mitad de sus 500 artículos. Desconcertante la actitud tan timorata. La
indignación que provocó resultó en la iniciativa para un referéndum que
anulara toda la ley. Sin embargo, la dirección de la central sindical
salió al salvataje de la conducción progresista: propuso rechazar
solamente los artículos que el Frente no había votado en el parlamento.
Es decir, del rechazo a toda la ley, los moderados pasaron abruptamente
al rechazo a la mitad de la ley. Al discutir este flagrante
contrasentido, 19 de los 50 sindicatos que integran la Mesa
Representativa de la central obrera votaron contra la moderación del
referéndum. Fue un hecho inesperado: la radicalidad parece estar
germinando dentro del movimiento obrero. Puede ser un indicador de los
modos de resistencia y lucha que se vienen para el 2021.
La cuestión de fondo emerge, una vez más, a la superficie: ¿a quiénes
interesa hacer de este jodido mundo una sociedad sin clases? ¿a quiénes
interesa luchar por tal quimera? A los proletarios del mundo unidos,
ellos están llamados a sepultar la sociedad de clases, con su Estado y
su mercado burgueses, a impulsar la transformación revolucionaria. La
consecuencia más trágica de la moderación ha sido el abandono de esa
perspectiva revolucionaria.
Que diferencias encontrás entre la militancia actual y la de
los sesenta y setenta que en el Uruguay parieron a la experiencia
Tupamara?
Una madrugada, allá por marzo de 1967, dormía como una piedra cuando
“el Líbano” me despertó: “flaco” -me dijo- “parece que el Ché está en
Bolivía y nos están invitando a ir. ¿Qué les digo? ¿Vamos?”. 15 días
después llegamos a Praga, a dedo desde el aeropuerto de Barajas… La
preguntita es ¿lo habría hecho así nomás, a los 40 o 50 años de vida?
La militancia más veterana de hoy día, protagonista del pasado
reciente, carga mochilas con vivencias y experiencias, victorias y
derrotas, tiene encima y adentro mucha reflexión y debate. Perciben la
realidad tamizada a través de ese cúmulo de archivos que modulan las
emociones, que guían su acción en función de matices e hipótesis que 30
años atrás se pasaban por alto. La veteranía hace que necesites un poco
más de tiempo para decidirte.
Más libre de compromisos y ataduras familiares y sociales, la
juventud es más lábil, reacciona inmediatamente en cuanto percibe el
calor de los hornos, no debe filtrar su respuesta muscular a través de
la experiencia, no duda un minuto en colocarse en la primera línea de
fuego.
Gracias a esa labilidad florecieron los procesos revolucionarios, en
el San Petersburgo del 17 y en la China del 48, en Playa Girón y en los
movimientos guerrilleros que se multiplicaron por toda América Latina.
La juventud es el jardín de las rebeldías donde florecen la
transformación revolucionaria.
Que hoy día los “tanques pensantes” vean una Suiza de América en la
hegemonía liberal de este Uruguay, no significa que su juventud haya
perdido su potencial para indignarse y reaccionar. No es imposible que,
mañana, de un día para el otro, la juventud uruguaya no soporte más la
presión del sistema que la exprime y se vuelque a las calles y plazas,
como hicieron en 1968, como están haciendo sus pares chilenos, heroínas y
héroes de la más profunda rebelión en la actual América Latina.
En verdad, la juventud no me preocupa. Siempre mantendrá su potencial
rebelde: lo determinan causalidades biológicas y culturales. Que pase a
la acción política o continúe acatando las rutinas prestablecidas,
simplemente depende de un “clic” en la subjetividad.
Los que más me preocupan son esos viejos leones que perdieron sus
colmillos, cuyos rugidos se volvieron tímidos maullidos y que, por
treinta monedas, abandonaron sus posturas revolucionarias y se subieron
al carro de la moderación y la conciliación, tornaron en administradores
del capitalismo o, en última instancia, de las migajas que les dejan
administrar. Ah! Si me vuelven a proponer ir detrás del Ché Guevara a
cualquier lugar del mundo, no dudo un instante: me tiro de cabeza.
¿Existe algún espacio social o político que veas que puede
encarar un proceso de transformación o al menos resistir la tendencia
actual hacia el liberalismo más rancio en Uruguay?
Por lo general, la militancia social en Uruguay ha sido o es votante o
militante frenteamplista. Fueron los que intermediaron con las masas,
reproduciendo y difundiendo el imaginario transformador asociado a la
bandera del Frente. Motor ideológico capilar durante la dictadura, a la
salida de ella y cuando comenzó el ciclo de victorias. A regañadientes,
desde los ’90, comenzaron a atragantarse con cada bruto sapo que les
hacían tragar: el del olvido y perdón, en particular.
El pasaje al pragmatismo moderado desconcertó al pueblo
frenteamplista, fenómeno que se fue profundizando: una parte renunció a
pensar con cabeza propia, se volvieron feligreses que forman filas sin
dudar, díganle lo que les digan. Otra parte de la militancia,
minoritaria al principio, decepcionada, desconfió del nuevo rumbo
emprendido. Se hizo crítica y, aun, muy crítica. En el ballotage de
noviembre de 2019, la mayoría de los críticos “prestaron” su voto al
Encuentro Progresista, pensando en impedir la victoria de la coalición
multi reaccionaria, un modo de defender las escasas conquistas
alcanzadas.
Una vez perdido el gobierno, dada la actitud ambigua para enfrentar
la ofensiva liberal, el proceso se profundizó, la gente recuperó su
mirada hacia abajo y a la izquierda y la desconformidad derivó en franca
disidencia. Hoy día, en el movimiento social existe un espacio
disidente, con intencionalidad transformadora, todavía sin cristalizar,
cuyo desafío consiste en autoorganizarse para desarrollar la capacidad
de hacer política. Un frente grande que abarque las fuerzas sociales y
le tienda un cerco a la clase dominante y su brazo armado.
Latinoamérica tuvo una «primavera progresista» desde 2003 en
adelante, y en la mayoría de los casos, esas experiencias (Uruguay con
Mujica, Argentina con el matrimonio Kirchner-Fernández, Paraguay con
Lugo, Chile con Bachelet, Ecuador con Correa, Brasil con el dúo
Lula-Dilma, etc) culminaron en una transición hacia gobiernos liberales
(Macri en Argentina, Bolsonaro en Brasil, Piñera en Chile, Moreno en
Ecuador, Cartés en Paraguay, Lacalle Pou en Uruguay). ¿Qué pensás que
motivó estos procesos? ¿Sirve para algo un «progresismo» que maquilla
medidas «políticamente correctas», pero en el fondo perpetúa los
esquemas de dependencia que causan la pobreza estructural en nuestros
Pueblos?
Es posible mirar la “primavera progresista” desde otro ángulo. Tomar
como punto de partida el lejano 1492, el año de la introducción violenta
del capitalismo mercantil en nuestro continente. Remontarse a los
orígenes de nuestra identidad, que no fue un plácido encuentro de dos
culturas: descendemos del horror. De un hecho brutal que interrumpió el
desarrollo histórico que transcurría por carriles muy diferentes al de
Europa y que, necesariamente, no tenía por qué conducir al capitalismo…
¿o acaso la historia debe seguir un curso predeterminado que pasa
forzosamente por formaciones capitalistas?
En el comienzo fueron las pandillas de aventureros, vestidos de
armadura y sotana, los autores del mayor genocidio de la historia
humana: 100 millones de víctimas indefensas. La sangre que derramaron
tomó forma de capital inicial para la revolución industrial en Europa.
Fue más grave aún: luego del exterminio masivo, al quedarse sin
suficiente mano de obra, acarrearon más de doce millones de esclavos
arrebatados a los pueblos africanos: cientos de calles y plazas de
América Latina homenajean genocidas o traficantes de esclavos. Sin
embargo, como esa sangre fertilizó la tierra y su espíritu continúa
viviendo en nuestros modos de pensar y de sentir, el análisis de las
clases sociales y de la transformación revolucionaria no puede
desconocer que, en el origen de todo, hubo invasores e invadidos.
Los criminales han sido absueltos por la intelectualidad orgánica. Se
considera que sus crímenes imperdonables fueron necesarios para el
progreso de la civilización. Que debemos agradecer el progreso que nos
ha legado la generosa Europa, su Revolución Francesa, sus ideas
liberales, religiosas y culturales. Claro, hay un absurdo ideológico en
la artimaña semántica: la noción de progreso queda asociada a matanzas
al por mayor. El rol de los intelectuales orgánicos consiste
precisamente en borrar las manchas de sangre que ensucian la expansión
del capitalismo.
Después de trescientos años de encomiendas, mitas y exterminio, vino
la generación de españoles americanos (así les decían), herederos de la
cultura criminal de aquellas bandas de depredadores que, fogoneados por
el Imperio Británico, inventaron la gran mentira de las “independencias
nacionales”. En realidad, nos dividieron en 20 enclaves portuarios para
facilitar el desarrollo de la industria manufacturera europea que, cada
día más, necesitaba consumidores. Los criollos rompieron los lazos con
las monarquías absolutas de España y Portugal, pero, a la vez, se
subordinaron a las burguesías liberales europeas, tan criminales los
unos como los otros.
¿Qué cambió para los pueblos originarios con la tan mentada
independencia? ¿Qué cambió para los trasplantados forzosos desde el
África? En esencia nada, se redobló el holocausto con la conquista de
los desiertos, sierras y selvas, las últimas trincheras de los pueblos
perseguidos: invadieron todo lo que sus padres y abuelos no habían
podido invadir. Pese a sus pretensiones, eran vulgares mayordomos en los
noveles Estaditos, simples funcionarios de la burguesía industrial
europea y, por consiguiente, sus valores eran muy racistas, su filosofía
de vida y su cultura justificaban el terrorismo de Estado como una
necesidad del “orden y progreso”. La consciencia del mal cometido por
los criollos afloró repetidas veces en los discursos de Moreno,
Castelli, Monteagudo y José Artigas, pero, más temprano que tarde, sus
ideas y sentimientos humanistas pronto fueron borrados de la memoria
oficial por los mayordomos.
El progreso es, para occidente, la creación de condiciones favorables
a la reproducción ampliada del capital, un significado que contiene un
gigantesco contrasentido: progresa el 1%, se sume en la miseria al 99%.
La versión capitalista del progreso entraña injusticia social,
desigualdades y marginación… y, además, sobre todo, continuar con las
discriminaciones racistas producto de sus 500 años de crímenes. ¿Es éste
el significado de progreso que asumiremos para la revolución social?
Los proyectos de transformación revolucionaria implican justicia y
reparación a las víctimas, asumir la culpabilidad que heredamos en los
crímenes cometidos. Si proyectamos una Patria Grande, ella debe
comprender la restitución de los territorios arrebatados, donde los
pueblos originarios decidirán autónomamente de qué modo desarrollarán
sus antiquísimas culturas, sus modos de pensar, de sentir y de producir.
Sería un contrasentido espantoso proponer la autodeterminación de los
pueblos, pero, al mismo tiempo, obviar la cuestión de la herencia
maldita de los invasores ibéricos y de nuestros “padres fundadores”.
El progresismo supone entender que nuestra historia es la
continuación de la historia de Europa, que naturalizamos el capitalismo y
los asumimos como propio. Sin embargo, el capitalismo en América Latina
comprende, de manera inseparable e insalvable, la invasión, el
genocidio y el salvajismo racista.
La “primavera progresista” debe ser evaluada en función de cómo se
avanzó en saldar la deuda histórica con los pueblos originarios y los
descendientes de los secuestrados en África. No es posible hablar de la
segunda independencia y a la vez continuar sometiendo las identidades de
los sectores históricamente más importantes de nuestras sociedades. No
es coherente hablar de autodeterminación de los pueblos y pretender, al
mismo tiempo, determinar el destino de los pueblos que sometieron
nuestros ancestros.
Podrías hacer un balance preliminar de esta primera etapa del gobierno de Lacalle Pou?
Se vive bajo el ataque del coronavirus, una consecuencia de la actual
forma de producir alimentos: monocultivos transgénicos, granjas para el
engorde estabulado de pollos y cerdos, deforestación y contaminación de
las corrientes de agua. Además, sobre todo, la combinación mortífera de
antibióticos, antivirales, transgénicos, pesticidas y fertilizantes
tóxicos. Es el capitalismo 5G, que aniquila los equilibrios de la
naturaleza en aras de los grandes negocios de Bayer/Monsanto, Syngenta,
BASF, Cargill, Bunge y Born y otras corporaciones. Se agranda la
distancia entre el puñado de los privilegiados y los miles de millones
sin esperanza.
El desastre universal colorea la coyuntura: no se puede analizar a
Lacalle sin dar cuenta de la pandemia. Se está haciendo política a
partir de la confusión y el miedo que provoca el desastre sanitario y la
imprevisibilidad: nadie sabe cómo será la vida en el 2021que comienza
ahora. La catástrofe fue fundamental para que amainaran los vientos de
pueblo que soplaban en América Latina. El COVID-19 llegó en auxilio de
las clases dominantes. No logró apagar el incendio, pero aplanó la curva
ascendente de la radicalización de los pueblos que habían tomado calles
y plazas.
En Uruguay el ataque sobrevino a los pocos días que Luis Lacalle Pou
asumiera la presidencia. Como en todo el mundo, el pueblo quedó sumido
en la incertidumbre y el desconcierto. El novel presidente recurrió al
arsenal ideológico del liberalismo, el discurso que encubre las
desigualdades y desconoce la existencia de clases sociales en lucha. Es
la vieja fantasía, todas y todos igualmente responsables de enfrentar la
crisis sanitaria, pero, en la realidad, los y las trabajadoras corren
el riesgo de contagio todos los días, en el lugar de trabajo
(especialmente los que atienden la salud) y en el transporte público.
Son sacrificados para mantener rodando la actividad económica, pero el
beneficio va a los mismos bolsillos de siempre. La “libertad
responsable” no logra disimular la mayor responsabilidad que debieran
tener los irresponsables que manejan el Estado.
Una actitud responsable desde el Estado hubiera consistido en
estimular la solidaridad social, financiándola especialmente,
sacrificando el déficit fiscal y las reservas monetarias en aras del
desarrollo humano y humanista de la sociedad. Incluyendo contribuciones
forzosas de los grandes capitales (confiscaciones de cuentas bancarias
inclusive) y su distribución entre los que se mueven en la informalidad
total. En cambio, el pregón del “quédate en casa” tiende al aislamiento
social y a destejer el tejido social, a trabar las actividades
colectivas, salvo las que interesan económicamente. De todas maneras,
desoyendo a presidencia, por iniciativa popular, en Montevideo brotaron
más de 400 ollas populares. Los que siempre van a la paliza, están dando
el ejemplo de cómo se tiende la mano al prójimo.
El programa neoliberal se siguió aplicando como si no hubiera
pandemia. Antes del año de gobernar, la coalición multi reaccionaria ya
había aprobado su ley de urgente consideración y el presupuesto
quinquenal, compendio de más de mil artículos orientados, en general, a
reducir la parte del producto bruto destinado a masa salarial y a
pasividades y aumentar la que llevan los que invierten capital. En enero
2021 habrá “tarifazo”, un impuesto encubierto que recorta el poder
adquisitivo y engorda el bolsillo central del Estado. En carpeta está la
reforma del sistema de seguridad social orientada a reducir el gasto
presupuestal que significa pagar jubilaciones y pensiones. Desde el
pique, sin estridencias, pero sin piedad ni falsos escrúpulos, Lacalle
Pou va imponiendo el proyecto económico y social de los dueños del
Uruguay, la política de los privilegios y la rentabilidad para los
dueños del Uruguay.
Además, sobre la hora, Lacalle fogoneó la anuencia del parlamento
para suspender la libertad de reunión, con el fin de salvar vidas, dice,
y por un breve período de tiempo, argumenta. En realidad, el propósito
político es dejar sentado el antecedente, dar una señal bien fuerte: “si
lo entendemos necesario, estamos decididos a recurrir al
autoritarismo”. Es la batalla de ideas: preparan el terreno subjetivo
para las luchas que vendrán, tal y como aconseja la “técnica del golpe
de Estado”. El “regreso del monstruo” es el hecho político.
Por otra parte, la peste cuestiona la capacidad de la clase dominante
para resolver los problemas sociales de mayor gravedad y, en
consecuencia, abre serios interrogantes sobre el modo liberal de hacer
política. La discusión entre la libertad de mercado y la regulación
desde el Estado parece ociosa, simplemente propone la opción entre dos
formas de capitalismo… ¿no habrá llegado el momento de pensar en un
destino no-capitalista para la sociedad post catástrofe? A la barbarie
de liberalismo habría que oponerle las ideas revolucionarias, parece ser
el momento.
El momento de discutir cómo se derriban las pirámides. Imaginar otras
formas de organizar el poder político, con todas y todos iguales, con
espíritu comunitario. No más competencia feroz como modo de las
relaciones humanas. En eso consiste la transformación revolucionaria, en
encontrar formas de planificar y centralizar la producción social,
mientras se desarrollan la vida en comunidad y la gestión autónoma de la
producción.
El momento para hablar de cómo abolir el capital privado abusivo.
Cómo quitar la conducción de la economía a los expropiadores de
plusvalía. No más el salario como modo de sobrevivir. Es posible
organizar la producción con espíritu de cooperación, sin explotación.
Distribuir de acuerdo con las necesidades de cada cual. Imaginar la
política y la economía sin Estado y sin mercado.
Si el capitalismo crea las condiciones para los tsunamis que no puede solucionar ¿es tan radical proponerse erradicarlo?
Qué mirada tiene sobre el sector agrario de tu país? Aquí
venimos desarrollando una propuesta denominada «La Marcha al Campo» que
se propone para aportar a la lucha contra la pobreza y desocupación
estructural (sintéticamente) la utilización de tierras fiscales y
bosques nativos (en nuestro país hablamos de millones de hectáreas) para
la creación de unidades asociativas en forma de cooperativas de
trabajo, que impliquen una propuesta de transformación a mediano y largo
plazo, de desconcentración poblacional en mega-urbes, que frene la
sangría poblacional del campo a la ciudad, que produzca alimentos de
manera sustentable y que por supuesto, genere fuentes de trabajo entre
cientos de miles de desocupados que tiene nuestro país, incluyendo
además acciones de capacitación, puesta en valor de infraestructura
olvidada (la red ferroviaria, por ejemplo), construcción de viviendas en
nuevas colonias agrícolas, etc.
¿Ves factible algo similar en el Uruguay? ¿Como está
conformada la tenencia de la tierra? ¿Sería una solución viable promover
la vuelta al campo también en Uruguay, como forma de enfrentar la
desocupación y la pobreza?
Cuando la marejada popular nos sacó de entre rejas, Raúl Sendic
Antonaccio ya se había armado con una idea parecida a “La Marcha al
Campo” y, desde el pique, se dedicó a organizar el “Movimiento por la
Tierra y contra la Pobreza”.
Su punto de partida era ese 11% de la población de Montevideo, la que
vivía en asentamientos irregulares, en condiciones de exclusión social y
política, cuyo árbol genealógico los vinculaba al trabajo en el campo,
ya fuere porque pertenecían a la última ola de expulsados por el
latifundio, o porque lo habían sido sus padres o sus abuelos. La
existencia de la marginación urbana es consecuencia directa del
latifundio, de su modo de aumentar la rentabilidad vinculado a la
concentración de la propiedad, la expulsión de trabajadores y pequeños
propietarios y su consecuente emigración hacia la periferia urbana.
En Uruguay, entendía Raúl, no existe campesinado, por lo cual, el
“hambre de tierra” es propio de las familias del territorio marginado.
Es la solución a la miseria de su vida. De esa manera, la cuestión
agraria queda ligada a la solución a la marginación social. En primer
lugar, era preciso que “toda la tierra que exceda las 2.500 hectáreas en
propiedad privada no cooperativa pasará de pleno derecho… a la
propiedad del Estado”. Expropiación sin pagar indemnización ninguna:
bastante usufructuaron los latifundistas de su propiedad abusiva,
bastante explotaron la riqueza natural que pertenece al pueblo, decía
Raúl en las “mateadas”.
La gestión del cúmulo expropiado debía quedar en manos del Estado,
que podría administrarla directamente – en Uruguay hay ejemplos de ello-
o entregar la gestión gratuitamente a familias de colonos, que podrían
usufructuarlas individualmente o en forma de cooperativas agrarias al
estilo de la que existe en Cololó, departamento de Soriano. A cada
familia cooperativista o usufructuaria se le entregaría una hectárea
para instalar vivienda, jardín, gallinero, huerta, etc. La reforma
agraria es el inicio del proceso revolucionario.
El propósito era radicar en el campo una buena parte de las familias
marginadas en las plantas urbanas y privilegiar un nuevo modo de gestión
de la tierra, repoblar la tierra y gestionarla colectivamente, un
modelo totalmente opuesto al del latifundio. Transformar el modo de
gestionar la producción agropecuaria en escuela de una nueva filosofía
de vida, formar en la cooperación y el comunitarismo las mujeres y
hombres que será las columnas humanas de la transformación
revolucionaria.
Luego de la desaparición física de Raúl Sendic Antonaccio, quedaron
unos pocos militantes agrupados alrededor de su memoria y de sus ideas
sobre la reforma agraria necesaria para resolver la cuestión de la
pobreza. La moderación ideológica abarcó la renuncia total a la reforma
agraria. Por parte del MLN (T) y del Movimiento de Participación Popular
(MPP), ambos totalmente integrados a la moderación liberal, cuidadosos
de no hacerse sospechosos de radicalismo revolucionario.
En el año 2009 publicaste un libro acerca del Raúl Sendic. ¿Nos podés hacer una breve semblanza del compañero?
Hombre de pocas palabras, Raúl Sendic Antonaccio se dirigía directo a
la almendra del asunto, a la cuestión del poder, es decir, analizaba
cómo, unos lo ejercen al hacer política y otras y otros se someten a las
políticas de los poderosos. Ahí estaba, según Raúl, “el alma de los
hechos”, como decía Onetti. Esa manera de percibir la realidad le
permitió entender cada uno de sus actos o de sus dichos como una forma
de resistir el ejercicio de poder al que lo sometían. La lucha por el
poder se concretaba en cada bala que le tiraron y en cada golpe de puño
que le propinaron. Entender así el mundo lo hizo transitar invicto los
interrogatorios y calabozos cuarteleros: sin rendirse nunca.
Al salir de entre rejas, esperaba un mundo que había cambiado mucho,
en particular, el Uruguay ya no era el mismo de los ’60, pero Raúl no
había perdido su manera revolucionaria de ver el mundo, se negó a
moderarse y ceder ante el empuje de las ideas liberales. Esa firmeza en
las ideas se traslució en cada acto público, mateada o frente a la
presión del periodista. En abril de 1986, le contestó a Víctor Lavagno
de la revista “Crisis”:
– “Y actualmente ¿la revolución ha vuelto a la literatura?
– Visto en perspectiva histórica, estamos en un momento de
acumulación de fuerzas, tanto en Uruguay como en otros lados, pero de
ninguna manera hemos perdido las esperanzas en un cambio total que
transforme el hombre y la sociedad. Nosotros pensamos en una vía
socialista que cuente con la mayoría del pueblo” […] “Históricamente se
ha demostrado que el pueblo es estratega, o sea, que no basta con hacer
un movimiento con una plataforma muy pulida y hermosa, sino que hay que
mostrar un aparato capaz de llevar esa plataforma a su meta”. […] “El
pueblo ve en los frentes una alternativa válida para llegar al poder, de
allí el éxito en Centroamérica de los frentes formados por movimientos
que a veces tienen ideologías muy diferentes entre sí. Nosotros debemos
aprender de esa historia, pulir acuerdos y desacuerdos y constituir
grandes frentes como aparatos idóneos para llegar al poder” […]
– ¿Ya no ve el socialismo como la panacea?
– Lo que no se ve es que sea tan fácil la creación de una
sociedad socialista perfecta. Es claro que en los países
subdesarrollados el socialismo significa un salto tremendo cuantitativo
en el nivel de vida y en la justicia social, pero ya no hay esa mística
de que venía el socialismo e inmediatamente surgía un hombre nuevo, que
traía consigo un cambio radical de la mentalidad humana. Hoy tenemos una
visión más realista pero no menos deseable de una sociedad socialista.
– ¿Y esa visión realista cómo se traduce en materia de métodos?
– En el hecho de que jugamos en la legalidad cuando es
necesario, con los frentes cuando son necesarios y con la lucha violenta
cuando es necesaria, siempre siguiendo lo que el pueblo está pidiendo
en cada etapa. Los pueblos de estas latitudes ya han tenido demasiada
violencia, y ahora están pidiendo legalidad, entonces, se hace así.” […]
“Si mañana se hiciere aquí una experiencia socialdemócrata, fracasaría.
Nosotros necesitamos soluciones drásticas sobre la propiedad y la
explotación de la tierra y de la industria, como demostró la experiencia
cubana. También el factor nacional debe ser predominante, tanto en lo
político como en lo cultural, aunque siempre con una visión regional de
unión con los países que padecen los mismos problemas”.
En otra entrevista, de noviembre de 1987, dejó documentado que:
– ¿Se siente o se ha sentido usted derrotado?
– Nunca me he sentido derrotado, porque nosotros dimos la
lucha hasta el último cartucho y cedimos ante un poder militar
superior…”
– ¿Han abandonado definitivamente los tupamaros la lucha armada?
– Nosotros nos comprometimos a respetar esta legalidad que
se nos ha dado y ahora hacemos lo que el pueblo reclama en el país. Que
es un poco de paz. […] De manera que en mi país el Estado de Derecho
deja mucho que desear y el gobierno comparte el poder con las Fuerzas
Armadas. En Uruguay no está consolidada la legalidad democrática y
nosotros estamos dispuestos a defenderla si se ve amenazada…”
En el acto del Estadio Franzini, el 19 de diciembre de 1987, Raúl sentenció:
– “La urgencia de una unidad opositora, la urgencia de un
Frente Grande hoy es para detener esta extranjerización.
Extranjerización al capital financiero internacional a través de la
venta de tierras […] Extranjerización por las zonas francas,
extranjerización al acatar la política económica decretada por el Fondo
Monetario”. […] Hay que aumentar los salarios para devolver al pueblo
trabajador uruguayo por lo menos el poder adquisitivo que le quitó la
dictadura. Eso no se puede transar.
No hay que pagar un dólar más por deuda externa. Ésta configura
una estafa descomunal y no se puede seguir quitando el alimento, la
salud y la enseñanza a los uruguayos para darle más capital al gran
capitalismo. Esto tampoco admite transacciones ni fórmulas intermedias.
Las empresas sobre endeudadas que deben a la banca estatal más
que su capital, deben pasar al poder del Estado y, a través de éste, a
sus trabajadores. […] Hay muchas empresas en las mismas condiciones;
concretamente 900 de ellas han sido calificadas por el propio Estado
como insolventes para pagar su deuda con esos bancos, y no hay una
acción conjunta de los sectores progresistas hacia su control popular.
Y tenemos el agro, cada vez más olvidado a medida que se va
despoblando y, en consecuencia, perdiendo votantes. […] Nada de esto se
puede negociar. Ha habido demasiado diálogo con los militares fascistas.
Y ha habido demasiada poca concertación para el cambio”.
[…] “En definitiva, estamos por la unidad, por la unidad sin
exclusiones. Pero no reunirnos para transar, para contemporizar con el
gobierno. Tampoco estamos para transar con el que transa. Como se ve,
somos bastante imbancables, compañeros”.
No formar un movimiento político para transar ni para transar con los que transan.
Con la autoridad de ser el fundador y la referencia histórica del
movimiento, los dichos de Raúl Sendic Antonaccio expresaban el modo de
ser y de sentir de la enorme mayoría de los tupamaros: habíamos sido
derrotados, pero no queríamos rendirnos nunca. Jugábamos en la
legalidad, la voluntad popular se imponía, pero, se hacía política en la
legalidad apostando a la formación de las columnas humanas que
lucharían para instalar el poder organizado del pueblo trabajador. Jugar
en la legalidad no significaba transar con el poder, ni transar con los
que transan.
Mientras Raúl vivió, nadie, ninguno de los hoy integrados en cuerpo y
alma a la democracia burguesa. Cuestionó su mirada de lucha por el
poder. Para incorporarse al pragmatismo liberal y al olvido y perdón de
los crímenes de lesa humanidad, debieron esperar que se apagaron los
ecos del enorme cortejo que lo acompañó hasta el cementerio de La Teja.
Recién entonces se sintieron fuertes para abdicar de los postulados de
Raúl: transitar la legalidad es necesario, en determinados momentos, no
para siempre. La cuestión es cómo aislar a los dueños del poder, los de
afuera de fronteras y los de entrecasa. Cómo aislar las ideas que
propagan sus operadores intelectuales, sean orgánicas o apóstatas que
cruzaron de vereda.
Colaboraron con la entrevista: Jerónimo Meincke, Sabino Ledesma, Ramiro Mases, Rubén Bonelli y José Rey