Publicado el 3 de octubre de 2024 por Gabriel Delacoste
https://hormigaroja.uy/Las coberturas de campaña y los analistas lo dicen cada día: esta es
una campaña aburrida, de baja intensidad, sin grandes propuestas ni
discusiones de ideas, ni entusiasmo, ni nada.
Si en tantos lugares del mundo la política tomó el tono de la
estridencia del fascismo, una campaña aburrida no está del todo mal. Más
aún si las encuestas muestran, de forma consistente, al Frente Amplio
con una intención de voto muy superior a la de la campaña pasada, en el
entorno del 45%, muchas veces superando a todos los demás partidos
juntos. Lo que hace que tenga buenas chances de ganar con mayoría
parlamentaria. Después de cinco años soportando la mezquindad, la
corrupción, la pérdida salarial y el retroceso de lo público que trajo
este gobierno , la posibilidad de sacar a la derecha es bienvenida.
Cunde, así, el optimismo. Un extraño optimismo que convive con la
ausencia de entusiasmo, de discusión y de expectativas de
transformación. Un optimismo que se recorta contra un fondo de
intranquilidad. Es que las cosas que se hacen para dar tranquilidad al
electorado causan mucha intranquilidad en amplios sectores de la
opinión, la militancia y la intelectualidad de izquierda: los dichos de
Orsi sobre Palestina e Israel, y los de Oddone sobre la desindexación de
los salarios, la idea de que hay que reformar nuestro "sistema de
convivencia" porque frena el crecimiento, o la importancia de la obra de
Vegh Villegas.
Podríamos decir, sin más, que posiciones como estas son inaceptables
desde una posición de izquierda. Pero eso no alcanzaría para comprender
por qué la mayor parte del Frente Amplio y de la opinión de izquierda
acepta esto de forma más o menos resignada. Esta comprensión no puede
limitarse a colocar el problema afuera y a acusar a quienes expresan el
resultado del proceso. Es necesario que nos entendamos como parte de la
historia que dio este resultado.
Muerte y resurrección del progresismo
El Frente Amplio llegó a las elecciones de 2019 después de un
gobierno centrista, con un candidato centrista. El jingle “la ola
esperanza” sonaba a frivolidad cuando nadie esperaba demasiado. La idea de una crisis del progresismo estaba en el aire.
En primera vuelta, el FA solo alcanzó el 39% de los votos (su peor
votación desde 1994). Para el ballotage, gracias a una remontada
protagonizada por una súbita activación de las militancias orgánicas y
dispersas, logró llegar hasta un 49%, es decir que estuvo al borde de
ganar. Aún en un pésimo momento, el FA era capaz de convocar un
resultado electoral respetable. El jefe de campaña de esta remontada
había sido Yamandú Orsi.
A pesar del susto, Lacalle ganó. A pocos días de que asumiera, la
epidemia de coronavirus detuvo todo. El gobierno avanzó a toda velocidad
con su agenda, aprobando en julio de 2020 una ley de urgente
consideración (LUC) que cubría todo tipo de temas, en medio de la
cuarentena. En setiembre fueron las elecciones departamentales, en las
que el FA perdió tres de las seis intendencias que gobernaba: Paysandú,
Rio Negro y Rocha, quedándose solo con Montevideo, Canelones y Salto. En
diciembre de ese año murió Tabaré Vázquez. El primer año en la
oposición no fue amable con el FA.
La izquierda se puso de pie con la juntada de firmas contra la LUC.
Inicialmente, no todos estaban de acuerdo, ni en el Frente Amplio ni en
el Pit-Cnt. El proceso fue controversial y no del todo bien resuelto,
pero después de unos meses lentos tomó impulso y, a pesar de las
restricciones a la movilidad y las reuniones, logró entregar, en julio
de 2021, 800.000 firmas para forzar un referéndum, en un proceso en el
que los comités de base del FA tuvieron un rol protagónico.
En octubre de ese año el FA organizó un Congreso para el balance y la
autocrítica. El documento que surgió de ese Congreso fue contundente:
allí el FA se autocriticó su renuncia a dar la batalla ideológica contra
la meritocracia, el individualismo y el capitalismo; su falta de
capacidad para frenar los procesos de despolitización y
desideologización; la falta de contacto entre el gobierno y las bases;
la incapacidad para generar entusiasmo entre los militantes; el
debilitamiento de la orgánica de la fuerza política; la falta de
protagonismo popular en las discusiones; los intentos de imponer una
línea a los movimientos sociales y el abandono de los vínculos con
éstos; la inconsistencia estratégica y la fragmentación en las políticas
públicas; el excesivo privilegio de la idoneidad técnica frente a la
orientación política; la falta de comprensión de la realidad por fuera
del área metropolitana; y la dificultad para que la agenda de derechos
resuene en “sectores culturalmente refractarios a nuestras propuestas”.
Dos meses después, en diciembre de ese año, el FA tuvo su elección
interna. Fernando Pereira fue elegido presidente con el apoyo de la
mayor parte de los sectores, alcanzando el 67% de los votos. Gonzalo
Civila, secretario general del Partido Socialista, con el apoyo de Casa
Grande y el PVP, obtuvo el 10% e Ivonne Passada el 5%. Pereira podía
jugar para dos públicos: por venir de la presidencia del Pit-Cnt era un
representante de los trabajadores organizados, por sus posiciones
ideológicas y su pertenencia a la Vertiente Artiguista, era un
representante del centro político.
En marzo de 2022 fue el plebiscito sobre la LUC. El No a la
derogación ganó por unas decenas de miles de votos. El oficialismo
mantenía el apoyo con el que ganó en el ballotage del 19, pero la
oposición se consolidaba convocando a la otra mitad del electorado. A
partir de entonces, el FA comenzó a orientarse de cara a las elecciones
de 2024. En este proceso, cuajó una nueva síntesis, distinta de la del
Congreso de 2021. Si la autocrítica oficial había sido básicamente una
crítica desde la izquierda, se asentaba ahora otra perspectiva: el FA
debía evitar disputas ideológicas o culturales, desplegar una política
de cercanía en el interior y no hacer olas.
En setiembre de 2022 estalló el caso Astesiano y, desde entonces, la
agenda política está dominada por la corrupción del gobierno. El
oficialismo se autodestruía y el FA, mirando siempre hacia 2024, se
dedicaba a no interrumpirlo en esa tarea. El Partido Nacional entraba en
una espiral de escándalos, renuncias y recriminaciones mutuas. Cabildo
Abierto, que vio bloqueada la posibilidad de buscar una tercera posición
por lo parejo del referéndum sobre la LUC, no logró encontrar su lugar.
Los colorados estaban en caída libre. De todos modos, la economía
estaba estable y la imagen del presidente se mantenía alta. Se configuró
una extraña situación, en la que un alto nivel de aprobación al
gobierno convivía con una también alta intención de voto a la oposición.
El Frente Amplio, mientras tanto, vivía un proceso de realineamiento
interno. La izquierda se reagrupaba en torno a Izquierda y Libertad -una
alianza entre el Partido Socialista, el PVP, Casa Grande y otras
organizaciones más pequeñas- y al Partido Comunista, que venía creciendo
y tonificando su músculo militante. Estos grupos, junto a algunos
otros, se nuclearon eventualmente en torno a la precandidatura de
Carolina Cosse, intendenta de Montevideo.
Del otro lado, la muerte de Danilo Astori en 2023 profundizó la
pérdida de consistencia del espacio que se venía llamando “astorista” o
“seregnista”. Hacia la interna de 2024, la candidatura de Mario Bergara
no logró consolidarse, y el centrismo frenteamplista apoyó en bloque a
la candidatura de Orsi, del MPP. Orsi desplegó una campaña
extremadamente moderada, hablando en la interna como típicamente hablan
los candidatos en las campañas de ballotage. El mensaje: no hay
necesidad de salir a buscar votos de izquierda.
Los resultados validaron la hipótesis de Orsi: su candidatura ganó
con más de 20% de diferencia, en buena medida gracias a su capacidad de
convencer a los frenteamplistas que su extremo centrismo era la única
forma de derrotar a la derecha. De todos modos, no sabemos lo que
hubiera pasado si la campaña tomaba la forma de una disputa ideológica,
ya que Cosse decidió no disputar por izquierda, sino oponer propuestas
concretas a la vaguedad de Orsi, al tiempo que evocaba la imagen de
Tabaré Vázquez. Sin resolverse, la crisis del progresismo se había
disipado.
El Frente Amplio llega a las elecciones con un programa que se lee
como una lista de temas desarrollados de forma despareja, en la que se
yuxtaponen medidas, consideraciones teóricas e intenciones vagas. Más de
una vez, dirigentes frenteamplistas explicaron que el programa se había
redactado de forma deliberadamente laxa para no condicionar a los
candidatos (cosa extraña, siendo que los programas son justamente el
mandato que el candidato debe ejecutar). De todos modos, algunas cosas
son claras. El hilo conductor del programa es la idea de desarrollo
sostenible, junto a toda la batería de conceptos que bajan desde las
Naciones Unidas y las corrientes neodesarrollistas y
neoinstitucionalistas en los estudios de políticas públicas: sistemas
nacionales, políticas transversales, descentralización, diálogo social,
etc. Pero en algunos lugares clave, aparecen posiciones de izquierda que
hablan de redistribución, políticas universales, planificación y avance
de lo público.
En la medida que la campaña avanzaba, ya con la fórmula Orsi-Cosse
confirmada, el programa se fue “bajando a tierra”, primero en un Plan de
gobierno, luego en un documento de prioridades. En la transición entre
el Programa y el Plan de gobierno, desaparece la palabra
“redistribución”. Si en el Programa se celebra la extensa matriz de
protección social del Uruguay, en el documento de prioridades desaparece
la palabra “universal” y se nombran solamente políticas focalizadas. En
el documento de prioridades no aparecen medidas que den a entender un
aumento relativo del peso de lo público en la economía.
La estrategia del FA, por lo menos desde 2022 y de forma más intensa
desde la consolidación de la candidatura de Orsi, se basa en bajar al
mínimo las expectativas y evitar toda idea que pueda producir discusión.
Las encuestas respaldan este enfoque. Pero sería un error pensar que se
trata de mero tacticismo electoral: esta estrategia es fruto de
definiciones estratégicas que adelantan mucho sobre cómo la mayor parte
de la dirigencia frenteamplista se imagina el próximo gobierno. No se
trata solamente de señales a los indecisos, sino también a los
empresarios y, sobre todo, a la izquierda.
A pesar de que el período entre la derrota de 2019 y la campaña de
2024 estuvo lleno de ambigüedades y empujes en diferentes direcciones,
su resultado fue una consolidación de posiciones de extremo centro que
hace pensar que el cuarto gobierno del FA va a ser más consevador que el
tercero, lo que es mucho decir. Esto nos fuerza a preguntarnos por qué
las posiciones de izquierda no lograron tener un mayor protagonismo en
el proceso. Vayamos algunas décadas hacia atrás para pensar esto.
La larga y compleja relación entre el FA y la izquierda
Cuando el Frente Amplio se creó en 1971, no se definió como de
izquierda. En sus documentos fundacionales no encontramos palabras como
“socialismo” o “revolución”. Sí aparecen otras palabras como nacional,
popular, progresista, democrático, así como el antifascismo y el
antiimperialismo.
Desde la crisis del batllismo en los años 50, se estaba desarrollando
un intenso debate sobre qué proyecto colectivo lo sucedería. Aunque los
uruguayos no querían perder “las libertades públicas” y “las
seguridades sociales” legadas por el batllismo, era claro que su utopía
iluminista se había agotado. El desarrollismo y el nacionalismo,
lindantes con el liberalismo y el conservadurismo respectivamente,
aparecían como alternativas posibles. A estas se sumaba el marxismo, que
crecía a través de las organizaciones políticas que se definían de este
modo y también como corriente intelectual, en un proceso que acompañaba
a la unificación del movimiento obrero en la CNT. El Frente Amplio fue
una síntesis entre la teoría de la dependencia (ala izquierda del
desarrollismo), el nacionalismo popular (ala izquierda del nacionalismo)
y el marxismo. Las nacionalizaciones, la reforma agraria y la oposición
entre pueblo y oligarquía eran coherentes con esta síntesis, que
enfatizaba en el discurso el elemento nacional-popular. Es decir,
desenfatizaba el socialista. El problema del centro está ahí desde el
principio.
Del mismo modo que no es exacto decir que el Frente Amplio nació como
una fuerza de izquierda, también es importante notar que, desde el 71
para acá, en cada momento hubo izquierdas más o menos relevantes que
estaban fuera del FA. Fue el caso inicialmente de tupamaros y
anarquistas, pero también de izquierdas trotskistas, socialdemócratas,
nacionalistas o contraculturales que se encontraban en otros lugares del
sistema político, o fuera de él.
Ciertamente, esto no quiere decir que la izquierda y el FA no tengan
nada que ver. Desde su creación, la mayor parte de la izquierda está
dentro del FA. Su aparición, además, tuvo el efecto de reorganizar la
competencia política uruguaya: si en la mayor parte del siglo XX
competían entre sí el Partido Nacional y el Partido Colorado, acumulando
al interior de cada uno sus alas izquierdas y derechas, la irrupción
del FA tuvo eventualmente el efecto de producir una competencia entre
una coalición de izquierdas y una de derechas. Cosa que a su vez provocó
que este eje ideológico sustituyera a la vieja disputa entre los
partidos tradicionales.
En este punto, para agregar otra capa de complejidad al problema, es
importante notar que hablar de “izquierda” o “centro” tiene siempre algo
de equívoco. Después de todo, se trata de metáforas espaciales que
nombran posiciones relativas. Al dar la imagen de un continuo, estas
metáforas inducen a pensar que las posiciones “moderadas” y “radicales”
responden al mismo proyecto sustantivo, aplicándolo los primeros de
formas más gradualistas, y los segundos de formas más intransigentes.
Esto es un error. Un neodesarrollista no es un comunista moderado, ni un
comunista es un neodesarrollista radical. Incluso más: un
socialdemócrata o un neodesarrollista quieren cosas muy distintas (unos
la desmercantilización, otros la competitividad sistémica), aunque ambos
sean de “centro-izquierda”. Del mismo modo que un anarquista y un
comunista quieren cosas muy distintas, siendo ambos “radicales”. Aunque
el eje izquierda-derecha tiene su utilidad, es importante mitigar los
errores que éste induce, intentando hablar menos de posiciones relativas
y más de posiciones sustantivas.
De todos modos, en el contexto de los 60 y los 70, no era necesario
decir “izquierda” o “revolución” para que se entendiera lo que estaba en
juego. Había un contexto revolucionario global, en el que se
multiplicaban las luchas por la liberación nacional y el socialismo. Las
políticas que estaban en el primer programa del FA involucraban un
enfrentamiento directo con la clase capitalista y el imperialismo, y la
apertura de un camino hacia la socialización.
A aquella ola revolucionaria mundial respondió un contragolpe
reaccionario también de escala planetaria, que se propuso re-estabilizar
el poder de la clase capitalista a través de la eliminación de las
posiciones socialistas haciendo uso del terror, y de la puesta en
práctica el proyecto que, desde los años 40, venían craneando los
intelectuales neoliberales. La expresión uruguaya de ese proceso fue la
dictadura militar.
La resistencia de la izquierda contra la dictadura se entendió a sí
misma como una lucha por la democracia. Cuando finalmente, con el pacto
del Club Naval, se construyó un nuevo régimen democrático, este llevaba
dentro suyo la amenaza del terror, y la marca de ser una democracia liberal.
Esto implicaba claros límites a lo que la izquierda podría hacer dentro
de ella. Esto, sin embargo, no produjo una transformación inmediata en
el discurso de la izquierda. Hasta finales de los años 80, la izquierda
uruguaya seguía hablando de forma muy parecida que en los 70, mientras
se nutría de movimientos como el feminismo, el movimiento estudiantil y
la contracultura.
El Frente Amplio que hoy conocemos se configura entre 1989 y 1992,
con la derrota del voto verde, la entrada del MLN (y otros grupos de
izquierda radical como el PVP) con la creación del MPP, la crisis del
Partido Comunista y la emergencia de los liderazgos de Vázquez y Astori.
El gran problema de ese momento era cómo adaptarse a una situación de
hegemonía neoliberal. Por esto, Astori, un prestigioso economista que
estaba evolucionando desde la teoría de la dependencia hacia el
neoinstitucionalismo, fue elegido como delfín por Seregni. Tabaré
Vázquez, desde la Intendencia de Montevideo, logró maniobrar y desplazar
a Astori. En esos años, la línea de Astori (y Seregni) estaba abierta a
pactos con los partidos tradicionales, mientras la de Vázquez era más
populista, y se apoyaba en los sectores de izquierda: su Partido
Socialista, el Partido Comunista y el MPP. Esto no quiere decir que
Vázquez estuviera contra la política de “corrimiento al centro”. Al
contrario, en 1994 creó el Encuentro Progresista, e insistió en una
“renovación ideológica” hacia un humanismo indefinido. “Progresista”,
así, es un buen nombre para la posición que el Frente Amplio adoptó en
los años 90, influida por el neodesarrollismo de la CEPAL (síntesis
entre desarrollismo y neoliberalismo cuyo lema era “crecimiento con
inclusión”) y la socialdemocracia europea (que estaba desarrollando la
“Tercera Vía”, también una rendición con condiciones frente al
neoliberalismo).
El famoso “corrimiento al centro” del FA son, en realidad, dos
fenómenos distintos que van en la misma dirección: por un lado la
transformación programática, y por otro, la estrategia electoral de
devenir un partido catch-all para mejorar su desempeño electoral. No es
lo mismo elaborar una posición político-intelectual para la gestión que
asumir discursos ambiguos o conservadores para ganar elecciones, aunque
las dos cosas sucedan al mismo tiempo. Esto se daba en un contexto en el
que la crisis del marxismo hacía necesario un aumento del peso relativo
del desarrollismo y el populismo en la izquierda.
También es importante notar que la acumulación política de la
izquierda entre los 90 y la primera mitad de los 2000 no fue únicamente
un efecto de los corrimientos al centro, sino también el resultado de
los plebiscitos contra las privatizaciones, que demostraron la
existencia de una mayoría social antineoliberal, que afirmaba el valor
de lo público y del viejo legado de la polis batllista. Estos
plebiscitos fueron promovidos por el movimiento sindical, y si bien
eventualmente fueron apoyados por el FA, causaron mucha controversia
interna. Durante los 90, también se desarrolló en el campo cultural y
militante una cultura que buscó una alternativa al neoliberalismo, que
estuvo fuertemente marcada por el levantamiento zapatista de 1994, la
presencia pública de viejos intelectuales como Galeano, el movimiento
estudiantil de 1996 y expresiones como la música de La Vela Puerca.
Para cuando el FA gana en 2004, estos procesos habían llegado a su
punto culminante: la estrategia electoral del corrimiento al centro, la
maduración de una élite tecnocrática y la deslegitimación del
neoliberalismo. Esto último especialmente después de la crisis de 2002 y
del impactante renacimiento de las izquierdas latinoamericanas en esos
años. Es difícil dimensionar el nivel de expectativa y novedad que trajo
la victoria frenteamplista de 2004.
Es sabido que el primer gobierno frenteamplista tuvo una agenda
reformista intensa: reforma de la salud, impositiva, creación del MIDES,
restauración de la negociación colectiva, etc. También hubo problemas
por izquierda, que tuvieron sus momento más agudos con la forma como se
tramitaron los resultados del Congreso de Educación y con el veto de
Vázquez a una ley que hubiera legalizado el aborto. También fue un
período marcado por el conflicto por las papeleras, en el que el
gobierno de Vázquez eligió defender a una multinacional en una zona
franca, desoyendo las críticas ecologistas y profundizando un conflicto
con Argentina que dificultaba la integración regional. Vázquez buscaba
un tratado de libre comercio con Estados Unidos, y llegó a pedir ayuda
militar a George W. Bush ante un eventual conflicto con Argentina.
Cuando esto se supo en 2011, el escándalo fue de tal magnitud que
Vázquez debió retirarse de la política. Durante este período, el FA tuvo
un desprendimiento por izquierda, del que nació Asamblea Popular (luego
Unidad Popular).
En 2004, el sector más votado del FA había sido el MPP. Lo sigue
siendo hasta hoy. Este liderazgo fue ganado con el despliegue de un gran
trabajo territorial, que era una continuidad del comenzado por el MLN
en los 80. Durante los 90, el MPP vivió, a su modo, el proceso del
corrimiento al centro, mutando desde posiciones guevaristas y
autonomistas hacia un nacionalismo popular. Esto bajo el liderazgo
emergente de José Mujica; símbolo de la épica tupamara, víctima de los
horrores de la dictadura, genio de la comunicación con las clases
populares y habilidoso negociador en los mundos de la élite.
Para las elecciones de 2009, el FA decidió ir a internas. Astori
llegaba con el apoyo de Vázquez; Mujica con una alianza entre el MPP y
el Partido Comunista. A pesar de las transformaciones, el MPP todavía
era visto como una organización de la izquierda radical, por lo que
había grandes expectativas de un giro a la izquierda. Efectivamente, fue
un tiempo de importantes inversiones estatales y de políticas
económicas expansivas. Se habló de “protosocialismo”, y de un “gobierno
en disputa”, lo que quería decir que el control astorista de la economía
estaba en cuestión. Era el auge del giro a la izquierda
latinoamericano.
Simultáneamente con las elecciones de 2009 se votó el plebiscito
rosado, que buscaba anular la ley de caducidad. Impulsado por
organizaciones sociales, no llegó al umbral necesario para ser exitoso.
Esa derrota fue vivida como un quiebre por mucha gente de izquierda, lo
que fue agravado por la percepción de que el Frente Amplio no había
acompañado con suficiente fuerza la iniciativa. Este problema fue
amplificado por la creciente alianza de figuras como el viejo tupamaro
Fernández Huidobro (nada menos que ministro de defensa) con los
militares.
Así, se abrió un período de relativa bifurcación entre el
frenteamplismo en el gobierno y lo que se llamó la “izquierda social”.
En el diálogo tenso entre ambos se desarrolló la “agenda de derechos”,
con el protagonismo de movimientos como el de derechos humanos, el
feminismo y la diversidad sexual sumadas a militancias (relativamente)
juveniles conectadas con redes internacionales progresistas y
socialdemócratas. Organizaciones como Cotidiano Mujer, Ovejas Negras y
Proderechos acumularon éxitos legislativos, aprovechando las mayorías
parlamentarias del FA y moviéndose en su marco de alianzas sociales, al
mismo tiempo que nucleaban militancias que sentían cierta lejanía con
los ámbitos partidarios.
Era el tiempo de las “revoluciones de twitter” y de la aparición de
grandes movimientos de masas y nuevas izquierdas luego de la crisis
financiera de 2008. En España, Grecia, Brasil y Chile, de estos
movimientos aparecieron partidos nuevos. En Argentina y Gran Bretaña,
radicalizaciones de los partidos viejos. En Uruguay, ninguna de las dos
cosas. El momento más brillante de estas militancias fue la victoria de
la campaña “No a la baja” contra un plebiscito punitivista impulsado por
Pedro Bordaberry, que hizo pensar a algunos que de ahí podía venir una
renovación “por izquierda”.
Pero la dirigencia del Frente Amplio tenía otras cosas en mente. Para
las elecciones de 2014, dirigentes de los principales sectores fueron
hasta la casa de Tabaré Vázquez para pedirle que saliera de su retiro
para ser candidato a presidente, cosa que aceptó. Muchos militantes
salieron a buscar una alternativa, apareciendo así la candidatura de
Constanza Moreira, que fue acompañada por el PVP (viejo partido
libertario curtido por la represión de la dictadura y la lucha por los
derechos humanos), el Ir (agrupación de militantes asociados
principalmente a la “agenda de derechos”) y otros grupos menores.
Vázquez derrota a Moreira con luz (82% contra 18%), y luego el FA gana
por tercera vez el gobierno, nuevamente con mayorías parlamentarias,
haciendo una elección extraordinaria en el interior (el FA gana, por
ejemplo, en Rivera y Cerro Largo).
De esas elecciones surge un co-gobierno entre Vázquez, Astori y
Mujica, de orientación centrista, que debe tramitar un ajuste por el
empeoramiento de las condiciones de los mercados internacionales,
haciendo retroceder las inversiones públicas y suspendiendo la mayor
parte del planificado sistema de cuidados. En su primer año de gestión,
un conflicto presupuestal con las organizaciones de la educación escaló
al punto que el gobierno decretó la esencialidad (es decir, la
prohibición de los paros y las huelgas), llevando a un punto de quiebre
los vínculos entre el frenteamplismo y amplias militancias de izquierda.
Florecen, en este período, militancias de izquierda no
frenteamplista. Crecen las protestas ecologistas contra las
megainversiones (nucleadas en la ANP), las minorías radicales en el
sindicalismo y los grupos de intelectuales críticos. Pero lo más
importante es la irrupción del feminismo como movimiento de masas,
expresado en muchas organizaciones, la mayor parte ellas nucleadas en la
Coordinadora de Feminismos. Estas militancias buscan autonomizarse de
las redes de alianzas sociales del FA, al tiempo que las militancias de
la “agenda de derechos” y los aliados del frenteamplismo en el
movimiento estudiantil quedan aislados.
Dentro del Frente Amplio también hay movimientos. En el Partido
Comunista surge la figura de Oscar Andrade, dirigente de los
trabajadores de la construcción que logra la ley de responsabilidad
penal empresarial. En el Partido Socialista, Gonzalo Civila, único
parlamentario frenteamplista que objeta a la esencialidad decretada por
Vázquez, es elegido en 2019 secretario general.
Mientras en Uruguay se procesan estas transformaciones, en toda
América Latina las izquierdas están en problemas: Venezuela comienza su
larga crisis después de la muerte de Chávez en 2013, Mauricio Macri
vence al kirchnerismo en 2015, Dilma Rousseff es destituida en 2016.
También en 2016 Trump gana las elecciones en Estados Unidos, seguido de
Bolsonaro en Brasil en 2018, conformando una ola global de crecimiento
de las extremas derechas. Si desde comienzos del siglo XXI las
alternativas de izquierda al neoliberalismo habían protagonizado la
escena política, a partir de mediados de la segunda década del siglo, el
agotamiento de este ciclo daba lugar a alternativas ultraderechistas.
En Uruguay, la debilidad del Frente Amplio y de la situación
económica abría la posibilidad de la victoria de la derecha. Fenómenos
como el nucleamiento de los tecnócratas de la educación en torno a
Eduy21 o el ruralismo de Un Solo Uruguay llevaban agua para este molino.
La derecha ganó liderada por el heredero de la familia Herrera, apoyado
en el neoliberalismo orgánico. La novedad de la elección fue Cabildo
Abierto, un nuevo partido de ultraderecha. Que es inquietante no solo
por esto, sino porque fue fundado por la persona designada por el
gobierno del FA para ser jefe del ejército, y tuvo entre sus creadores a
algunas personas que venían de militar o simpatizar con el FA. El
vector que une el nacionalismo popular con la ultraderecha, latente e
invisible tanto tiempo, producía una desagradable sorpresa.
El FA llegó a las elecciones de 2019 con una interna desarticulada.
El Partido Comunista llevó, con Andrade, por primera vez a su propio
candidato. El MPP presentó a Carolina Cosse, que luego fue candidata a
senadora por la 1001. Mario Bergara intentó nuclear al astorismo, pero
Astori no lo acompañó a él sino a Daniel Martínez, que también era
apoyado por Constanza Moreira y un Partido Socialista que estaba
procesando su cambio de orientación. Martínez buscaba encarnar la
renovación del FA, pero llegó a ser candidato en un mal momento. Su
derrota fue la derrota de la tecnocracia neodesarrollista, y desencadenó
una discusión sobre las insuficiencias del progresismo.
Los primeros años del gobierno de derecha estuvieron marcados por la
pandemia, y los efectos de ésta se confunden con los de la ofensiva
ideológica derechista, el ajuste y el aumento de la represión. Todavía
no tenemos procesado lo que pasó entre 2020 y 2022. Fueron momentos de
mucho miedo y mucha muerte, en los que la política de masas estaba
seriamente limitada e internet organizó buena parte de la vida política.
La interacción virtual, la dificultad para encontrarse, la
desorganización de la vida y la traslación a la política de la dinámica
de los nichos de internet llegaron para quedarse.
La pandemia también fue un tiempo de mucha creatividad militante. Se
multiplicaron las iniciativas solidarias, especialmente las ollas
populares. Las grandes marchas que no pudieron hacerse dieron pasos a
militancias territoriales que llenaron la ciudad de símbolos y pequeños
grupos del feminismo y los derechos humanos. Se desplegaron batallas
micropolíticas con efectos profundos, como la ola de escraches, las
discusiones sobre el amor libre o la multiplicación fractal de la
política de identidad. Fue también el tiempo de la aparición de unas
posiciones políticas raras, nucleadas en torno a la crítica de las
políticas contra el covid, agrupando a gente que venía de la izquierda
con bizarreadas new age y ultraderechismo cultural anti-woke
yanqui. En estos procesos aparecían vectores posibles para la
superación del progresismo. Esto también sucedía en el Frente Amplio. En
su congreso de 2022, el PS aprobó un documento titulado “¿Después del
progresismo, qué?”.
Lo cierto es que, como vimos en el apartado anterior, la crisis del
progresismo se disipó, y ninguna de las alternativas de izquierda logró
ocupar un lugar central. En la post-pandemia, el FA se corrió más aún
hacia el centro (es decir, relativamente, hacia la derecha). Y, lo que
es más preocupante, el ecologismo, el feminismo y la intelectualidad
crítica parecen haberse dispersado y perdido densidad organizativa. Cabe
preguntarse cómo mundos militantes tan dinámicos se desmoronaron tan
rápidamente.
Una parte de la explicación puede ponerse a cuenta del agotamiento
acumulado durante la pandemia y la post-pandemia. Otra parte a problemas
ideológicos, como la tendencia a la atomización de ciertas formas de
horizontalismo radical y de identitarianismo. Otra, al fracaso de todos
los intentos de superar “por izquierda” a las centro-izquierdas que
venían de los 80: Syriza, Podemos, Corbyn, Sanders, a lo que se suma la
vuelta de Lula aliado de la derecha tradicional brasileña. La derrota de
la constituyente chilena, que marcó el desmoronamiento de una revuelta
que era vista como la apertura de un camino nuevo, quizás tuvo el efecto
más destructivo. La peste, la guerra y la fascistización terminaron de
matar las expectativas de futuro. No es raro que haya una crisis de
militancia.
La forma como el frenteamplismo social operó en este período también
tuvo efectos en esta dirección. La desarticulación de la “Intersocial
grande”, en la que había organizaciones de todo tipo, tamaño y
orientación política para pasar a una “Intersocial chica” en la que
estaban solamente el Pit-Cnt, la FEUU y FUCVAM es un buen ejemplo de
como se “ordenó” la militancia social. La forma como se condujeron las
negociaciones sobre si ir por una derogación total o parcial de la LUC
tampoco ayudó.
Quizás como eco de las discusiones en la interna peronista en
Argentina, la idea de “crisis del progresismo” volvió a aprecer, pero
habiendo sufrido una mutación. Ahora, criticar al progresismo implicaba
sumarse a ataques más o menos antiintelectuales al feminismo, las
contraculturas y todo lo que vagamente pudiera asociarse con lo
posmoderno. Esto fue favorable a la re-legitimación de la tecnocracia
centrista, simultánea a una re-creación de la alianza entre el astorismo
y el MPP, ahora hegemonizada por este último. El electorado
frenteamplista, además, hacía muchos años que, cada vez que tenía que
definir entre una opción más de centro y una más de izquierda, elegía la
de centro. Se establecía así una realimentación en la que la dirigencia
se hacía más posibilista y conservadora, argumentando que era la gente
la que iba en esa dirección, haciendo que mucha gente, siguiendo a sus
dirigentes, hiciera lo mismo.
Para el escenario electoral de 2024, este Frente Amplio de extremo
centro llega con ventaja. La derecha liberal está débil: el PN lame las
heridas de los escándalos de corrupción, el Partido Colorado, después de
una elección interna calamitosa, apuesta todo a la nada de Ojeda. Y la
ultraderecha no logra, todavía, montar un fenómeno político: Cabildo
Abierto no repunta, los imitadores de Milei no llegaron ni siquiera a
los 500 votos que le permitían presentarse, y sólo el conspiracionismo
de Salle muestra señas de dinamismo en ese costado.
En medio de esta chatura electoral, se destaca la intensa discusión
sobre la seguridad social. Un plebiscito impulsado por el movimiento
sindical se propone revertir la reforma impuesta por la derecha, fijar
la edad mínima de jubilación en 60 años, la jubilación mínima en el
salario mínimo y eliminar las AFAP. Se trata de una reforma muy
ambiciosa, que divide a la izquierda y unifica contra ella a la mayor
parte del sistema político y los ambientes tecnocráticos. Sus apoyos
también son trasversales: muestran simpatía con la reforma las personas
de clase trabajadora tanto de izquierda como de derecha. Mucho de la
relación de fuerzas y los problemas de los próximos años se juega en el
resultado y el nivel de apoyo de esta iniciativa.
De este repaso, podemos observar, por lo menos, dos cosas: por un
lado, que hubo muchos intentos, muy distintos entre sí, de reactivar la
izquierda y de revertir el largo corrimiento al centro; por otro, que
ninguno de ellos lo logró… todavía. Se hace necesaria una elaboración de
estos fracasos y derrotas, que no caiga en el moralismo, en los
prejuicios o en echar la culpa a otro. Y que no reniegue de todas las
cosas que sí se lograron y se construyeron en el camino. En fin, que
aprenda algo y logre pararse en lo que hay para construir algo nuevo.
Las tareas
Es muy importante que el Frente Amplio gane las elecciones. Aunque
solo sea para sacar a la derecha del gobierno. Si no se frenan las
reformas neoliberales, estas pueden producir efectos irreversibles en
zonas claves de la sociedad, el estado y la economía uruguayas. Cada
militante, intelectual o ciudadano puede aportar para construir esta
victoria.
La militancia de izquierda tiene un desafío particular, ya que la
estrategia de la conducción del Frente Amplio se basa en bajar las
expectativas y desactivar el entusiasmo militante. La racionalidad de
esta estrategia se basa en la búsqueda de un electorado de centro y
despolitizado. Podríamos decirlo así: como se asume (con o sin razón)
que las cosas que entusiasmarían a la izquierda asustan al electorado,
la falta de entusiasmo de la izquierda es un indicador de la
probabilidad de la victoria, y, paradójicamente, del optimismo
(resignado) de la propia izquierda.
El problema con esto es que se corre el riesgo de que esa misma falta
de entusiasmo produzca una desmobilización que inhiba el despliegue
militante necesario para ganar la elección. Si la campaña de Orsi se
pasó de rosca de centrismo e indefinición, la militancia de izquierda va
a tener que salvar, como en 2019, al Frente Amplio de si mismo. Si
desde arriba se busca desactivar su entusiasmo, tendrá que entusiasmarse
a sí misma.
Será necesario caminar por una línea fina: la izquierda necesita
entusiasmarse sin ilusionarse. No soportamos otra desilusión. Es
ridículo pensar que si gana el Frente Amplio todo va a estar bien, o que
vamos a volver a la normalidad. Pasaron demasiadas cosas, y los
problemas no se van a ir a ningún lado. Ganar las elecciones es solo un
primer paso, que por si mismo garantiza muy poco.
La realidad es que un gobierno frenteamplista de orientación
neodesarrollista y nacionalista no va a resolver ninguno de los
problemas que tenemos delante. Es más, los problemas van a seguir
creciendo, y probablemente algunos de los impulsos del reformismo
neodesarrollista sean activamente contraproducentes. La desesperación
por relanzar el crecimiento económico y atraer inversiones va a llevar a
asumir mayores costos ambientales, y las reformas necesarias para
llamar la atención del capital trasnacional van a herir la capacidad del
estado para controlar la economía. Además, en medio de las turbulencias
globales actuales, nada asegura que esta estrategia sea exitosa, y
menos aún que pueda producir un círculo virtuoso de crecimiento
económico y mejora de los indicadores sociales.
De fondo, la cuestión es relativamente sencilla: los problemas que
tenemos no se resuelven con más crecimiento económico, porque la forma
como se ha dado el crecimiento económico en las últimas décadas es parte
del problema. Necesitamos una transformación radical de la relación del
ser humano con la naturaleza, y eso necesita revolucionar las
relaciones sociales. Esto no se va a hacer de un día para el otro, pero
hay que tener claro el rumbo para no dar pasos hacia atrás creyendo que
son pasos hacia adelante. Y ese adelante solo puede ser un socialismo
basado en una planificación ecológica y democrática. El problema con el
neodesarrollismo no es que sea demasiado pragmático y despolitizado, es
que no es suficiente realista, y que no es capaz de enfrentar los
problemas.
Peor aún. Los legados de la vieja polis, del viejo estatismo
económico, del viejo estado de bienestar batllista, de la educación
pública, pueden correr peligro si una administración frenteamplista muy
convencida decide ir a fondo con una reforma neodesarrollista que
subordine al conjunto del estado y la sociedad a una estrategia de
competitivdad. Esto es grave en sí mismo, pero también por sus
consecuencias a futuro, porque las cosas que se hagan para ganar
competitividad hoy pueden producir retrocesos inmensos en las
capacidades de construir capacidad de planificación y democtratización
de la economía mañana. La izquierda va a necesitar desplegar una
estrategia defensiva capaz de frenar eventuales reformas educativas
tecnocráticas, construcciones de institucionalidades pseudo-estatales
(fideicomisos, tercerizaciones, pps, etc.), tratados comerciales, zonas
francas, etc.
Es decir, la necesidad de desplegar estrategias defensivas contra el
avance neoliberal no termina con una eventual victoria del FA. Para eso
va a ser clave el poder que tengan, dentro del gobierno y del FA, las
posiciones de izquierda. Entre las personas que van a asumir cargos
relevantes en caso de que el FA gane las elecciones van a haber muchas
personas (de todos los sectores) que no son neodesarrollistas puros: hay
socialdemócratas, dependentistas, feministas, ecologistas, batllistas,
marxistas, etc. También será importante la capacidad de movilización y
articulación de los movimientos sociales. Especialmente importantes
serán la relación de fuerzas en el movimiento sindical, la capacidad de
renacer que tenga el ecologismo y la densificación de las militancias
territoriales. Pero lo más necesario va a ser cultivar mucha
inteligencia para para navegar las complejas relaciones entre el centro y
la izquierda frenteamplistas, y entre la izquierda frenteamplista y la
no frenteamplista.
La mala noticia es que si estas estrategias defensivas son exitosas,
estas implican el riesgo de llevar al gobierno del FA a la parálisis y
la inconsistencia estratégica. Es necesario que todas las partes estén
preparadas para este problema. Sobre todo porque esto no es causado
porque haya gente de centro y de izquierda, o gente buena y mala, sino
por la tensión entre las exigencias del capital (y su capacidad de
escarmiento en caso de que no se cumplan) y los intereses de las bases
sociales del Frente Amplio.
Todo esto no significa que nada bueno pueda pasar en los próximos
años. No hay que cerrarse a la posibilidad de que se abran
oportunidades. Según la forma como se definan los cargos y, más
adelante, las disputas presupuestales, va a haber oportunidades de
desplegar en algunas áreas políticas públicas interesantes, incluso en
colaboración con la tecnocracia neodesarrollista. También, si el FA
tuviera mayoría parlamentaria, van a existir canales por los que avanzar
en el terreno legislativo. Que en la campaña no haya cosas interesantes
en agenda no quiere decir que estas no puedan suceder durante el
período de gobierno. Incluso, no podemos descartar que Orsi y Oddone se
revelen como políticos más creativos y flexibles de lo que se han
mostrado hasta ahora, o que las situaciones que vengan los fuercen a
buscar nuevas ideas.
A estas tareas defensivas y estas eventuales posibilidades de
avanzar, hay que agregar un conjunto de tareas que podríamos llamar de
retaguardia, que son probablemente las más importantes para el período
que viene. Estamos en medio de una crisis generalizada de la militancia,
que es trasversal a todos los campos partidarios, sociales e
intelectuales, y a todas las posturas políticas. Este es un problema
enorme, porque es imposible hacer nada si no hay nadie para hacerlo. Por
lo tanto, la primera tarea tiene que ser la reconstrucción de los
mundos militantes. Hacer esto implica enfrentar el enorme desafío de las
mutaciones micropolíticas de los últimos años, descubriendo los sujetos
sociales y las formas organizativas que efectivamente serían, en las
condiciones actuales, capaces de reproducirse y construir poder.
Esto necesita, a su vez, de una comprensión profunda de las formas y
los efectos de la fragmentación de la clase trabajadora. Como esbozo
grueso, podemos decir que esta se encuentra dividida en tres grupos: los
trabajadores "clásicos" más o menos industriales, formales y
sindicalizados; los trabajadores altamente calificados y globalizados,
con tendencia a organizarse por causas y en pequeños grupos; y los
trabajadores precarizados, pauperizados y tendientes a organizarse con
lógicas territoriales y comunitarias. Si no entendemos que estas
fracciones de clase tienden a producir culturas y formas organizativas
distintas, y que están permeados de formas específicas por la ideología
neoliberal, no vamos a ser capaces de plantear de forma correcta el
problema de la unidad.
Tenemos que ser capaces de pensar las diferencias políticas no
solamente como controversias ideológicas (o, peor aún, morales), sino
como expresiones de tendencias estructurales y, mejor aún, como la
posibilidad de una división del trabajo entre organizaciones y
movimientos con diferentes capacidades que pueden construir, juntas,
ecologías en las que se potencien entre sí en realimentaciones
virtuosas.
Naturalmente, nada de esto es particularmente útil si no se sabe qué
hacer. Parte de las tareas de retaguardia implican nada menos que
construir las ideas para un proyecto alternativo. Esto necesita de mucho
estudio, mucha discusión y mucha escritura. También de mucha militancia
y experimentación. La izquierda está muy lejos de tener la densidad
intelectual necesaria para plantear un proyecto capaz de disputar la
hegemonía neodesarrollista. Lo primero es entender que nuestras
limitaciones no son culpa de ellos. Para superarlas, tenemos que
tomarnos en serio la construcción de nuevas ideas, que no se limitan a
propuestas de política pública, sino que necesitan de sus fundamentos
ideológicos, éticos, de sus narraciones históricas, de su articulación
con las ciencias… Para desplegar un proceso de este tipo es necesario
crear espacios adecuados para este trabajo, sabiendo que la academia,
ensimismada en su burocratización, no está en condiciones de hacerse
cargo de esta tarea.
El esfuerzo creativo para inventar un proyecto de esta escala es tan
grande como el que desplegó la izquierda en los años 60 (y, otra vez, en
los 80 y 90). Si en aquel momento fue necesaria más de una década, no
hay razón para pensar que esta vez la cosa va a ser más rápida. Y si
esos procesos necesitaron de intentos sucesivos, discusiones en
diferentes planos, tranfosrmación de instituciones existentes y creación
de nuevas, no deberíamos pensar que esto vaya a ser más ordenado.
La crisis y, por lo tanto, la superación del progresismo empezaron
hace rato, pero están lejos de estar terminadas. Debemos recordar que el
batllismo siguió siendo una fuerza electoral formidable 40 años después
de su agotamiento. Y que, en 1962, se proclamó el “réquiem para la
izquierda”, como si la incipiente izquierda de los 60 se hubiera
abortado tempranamente, justo antes de que el proceso cuajara en la
creación de la CNT, las jornadas del 68 y el Frente Amplio. Los procesos
políticos son sinuosos, y momentos de resignación y atomización como el
actual pueden ser la antesala de explosiones de creatividad.
Como entonces, va a ser necesario redescubrir el arte de la discusión
política franca y leal, y mucha inteligencia para encontrar alianzas
inesperadas. Abrir el espacio para la discusión es una tarea
fundamental, y esto implica, en un primer momento, una disputa contra el
centrismo, que va a intentar cerrar toda discusión con la excusa de que
las disputas internas favorecen a la derecha. Pero, en un segundo
momento, va a ser necesario pensar también en las partes valiosas del
desarrollismo y el nacionalismo popular, que si bien por sí solos llevan
a callejones sin salida, articulados con perspectivas socialistas
pueden llegar a ser parte de un proceso virtuoso. Un neodesarrollista,
en el contexto adecuado, puede ser un cuadro para la construcción de una
economía planificada, y un populista puede ser un excelente intérprete
de una línea de masas y de la construcción de una autoconciencia
colectiva. La izquierda no va a poder ser hegemónica si no es capaz de
crear una narración en la que quepan sus aliados. Más aún porque estos
aliados expresan, de algún modo, la fragmentación de la clase
trabajadora.
Lo que la izquierda tiene que evitar por todos los medios es
colocarse en el lugar de la “conciencia crítica” del centrismo. Esto es
una pérdida de tiempo, en primer lugar porque para ser conciencia
crítica de alguien, es necesario que ese alguien tenga algún respeto por
uno. Y en segundo lugar, porque esa actitud es autolimitante, y nos
encierra en la negatividad, el moralismo y la amargura, inhibiendo
nuestra capacidad de desarrollar una visión propia.
En este momento tan resignado, es fundamental defenderse del cinismo.
El realismo sobre la gravedad de la situación social, ecológica y
geopolítica, y sobre las dificultades para la construcción de lo nuevo,
no puede ser excusa para no intentar enfrentarlas. Lo que más quiere la
derecha (y el centro) es que aceptemos que no podemos nada. El problema
es que aceptar esto es también aceptar un futuro en el que cunde la
mediocridad fascista, la vida colectiva colapsa y la Tierra se hace
inhabitable.
Tenemos que entender que este es un momento extremadamente inestable,
en el que va a haber muchas decepciones, derrotas y sufrimiento, pero
también muchas oportunidades. La historia no es lineal, y muchas veces
pequeños grupos que encuentran una buena idea o una forma organizativa
eficaz pueden producir vuelcos en la situación. Las multitudes, lo hemos
visto muchas veces en las últimas décadas, pasan súbitamente de la
pasividad a la agresividad y descubren despliegues insólitos de deseo
revolucionario. No podemos dejar que la frustración nos impida estar
atentos a estas posibilidades. Al contrario, tenemos que usar nuestros
fracasos como oportunidades para aprender. Solo entendiendo por qué pasó
lo que pasó, la necesidad histórica de lo que nos trajo hasta acá y las
potencias del presente podemos dar un paso hacia adelante.
Si la inercia lleva al colapso ambiental y la desintegración social,
nuestro trabajo es encontrar y potenciar la autoconciencia y buscar
contratendencias. Usar las contradicciones y las inestabilidades en
favor de la emergencia de lo nuevo. No podemos renegar de lo que la
historia nos ha dejado, y eso incluye al Frente Amplio y a muchos
elementos del estado y de la cultura uruguaya. Además, por supuesto, de
las militancias y organizaciones. Somos los que estamos, y nadie va a
venir a resolvernos los problemas.
Contamos, además, con toda una tradición revolucionaria, naturalista,
socialista, internacionalista y latinoamericanista, en la que podemos
apoyarnos. Vienen situaciones muy difíciles, necesitamos madurar muy
rápido las capacidades para enfrentarlas. Si lo logramos, tendremos un
futuro.