miércoles, 4 de abril de 2007

Clara Aldrighi:


Estados Unidos
y los orígenes del terrorismo de Estado

A mediados de agosto de 1970, un policía de la Dirección Nacional de Información e Inteligencia, Miguel Ángel Benítez Segovia, que también era militante del mln-Tupamaros, viajó a Estados Unidos becado por la aid para recibir un curso secreto impartido por la CIA. Había sido seleccionado y promovido por Dan Mitrione semanas antes de su muerte. En una base militar ubicada en Texas fue adiestrado junto a otros 29 policías del Tercer Mundo en el manejo de explosivos, la fabricación de bombas y su utilización en atentados terroristas. Al regresar a Uruguay debía aplicar los nuevos conocimientos en la lucha contrainsurgente.
Por ocho semanas, entre el 21 de agosto y el 17 de octubre, Benítez asistió al Terrorist Activities Investigation Course (tic). La parte teórica de la instrucción se realizaba en la Academia Internacional de Policía (IPA) de Washington y la práctica de campo en Texas. Recuerda el inspector Alejandro Otero: “Conocí a Benítez Segovia. Tenía un seudónimo muy particular, le decíamos la ‘Mecha Benítez’. Lo llevé a mi Departamento de Inteligencia, ingresó como agente. Era un chico muy introvertido. Tenía toda una serie de recaudos de instrucción muy interesantes. Después fue a hacer su curso de cadete y terminó como oficial. Hizo un curso en la policía argentina. Cuando regresó ingresó al departamento, pero a partir de allí no lo vi más. Fue un asistente permanente del comisario (Juan María) Lucas. Creo que Benítez fue la causa del atentado que le hizo el mln. Entregó a Lucas, que lo quería”. En 1970 Benítez era subcomisario de la Dirección Nacional de Información e Inteligencia (DNII). Oriundo de Durazno, había ingresado a la Policía en 1962, a los 18 años.

Como policía de Inteligencia, se ocupaba de la vigilancia de la cnt, de sus actividades y dirigentes. Describió sintéticamente su trabajo en el formulario de inscripción al curso de Estados Unidos, conservado en los archivos del Departamento de Estado: “La sección sindical (de la DNII) monitorea las actividades de los sindicatos a través del mantenimiento de registros de huelgas, violaciones sindicales, etcétera, manteniendo actualizadas las listas de militantes sindicales, especialmente de aquellos que se saben conectados al Partido Comunista. Actualmente participo en el entrenamiento del nuevo personal asignado, realizo interrogatorios a sospechosos, manejo informantes, investigo materias relativas a las actividades comunistas y terroristas y participo en especiales actividades antiterroristas internacionales”. La embajada de Estados Unidos informaba en 1972 a Washington que Benítez era asistente del comisario Lucas y guardián nocturno de la vivienda de los marines en Montevideo.

En 1971 la dirección del mln le pidió que redactara anónimamente un informe sobre las actividades de Mitrione en Uruguay y el curso recibido en Estados Unidos, para ser entregado al director de cine Constantin Costa-Gavras, que se aprestaba a rodar un filme sobre el caso Mitrione. El documento sirvió de base, junto a otros materiales y testimonios, para el guión de la película Estado de sitio, estrenada en 1973. Dos años más tarde, el “Informe Benítez” se volvió particularmente comprometedor para la aid. Contribuyó a la apertura de una investigación del Congreso cuyos resultados determinaron la clausura definitiva del Programa de Seguridad Pública (PSP) de la aid, al que había pertenecido Mitrione.

Benítez no pudo enterarse de la conmoción suscitada por su informe ni de las escenas que lo representaban en Estado de sitio. Se hallaba preso en el penal de Libertad. Su militancia en el mln quedó al descubierto en abril de 1972. El dirigente que le había solicitado el informe conservó una copia, encontrada por la Policía al allanar una casa del mln. Benítez relató posteriormente a Vladimiro Delgado, otro tupamaro de Durazno con quien compartió la prisión, que un jerarca policial dedujo fácilmente su identidad: “Sólo dos personas pueden haber redactado esto. Vos o yo. Yo no fui. Te conviene confesar”. Durante el período en que lo torturaban fue llevado en automóvil por varios policías de civil a una calle apartada. “Bajate, estás libre”, le dijeron. Querían matarlo pretextando una fuga. Benítez se sujetó de la portezuela y gritó pidiendo auxilio. La aparición de algunos vecinos fue providencial.

En su libro Hidden Terrors (Nueva York, 1978) el periodista del New York Timés A J Langguth, basándose en las entrevistas a policías y militares que realizó en 1976 en Montevideo, confirma que la DNII halló, efectivamente, una copia del informe en un local del mln. Sabiendo que esta pista tarde o temprano lo incriminaría, Benítez resolvió salvar su vida presentándose voluntariamente ante un juez. Preso en Jefatura, sus compañeros de Información e Inteligencia lo golpearon hasta dejarlo agonizante.

“He oído que Benítez fue identificado por Víctor Castiglioni por un documento que había escrito”, observa por su parte Otero. “También he oído lo que significó Benítez como punto de apoyo del inspector Castiglioni. Con Castiglioni siempre tuvimos discrepancias totales y absolutas.”

En la Policía comenzaron a recordar y atar cabos: pese a sus insultos y amenazas contra el mln, Benítez nunca había herido a un tupamaro. “En un reciente operativo –escribe Langguth– tampoco había podido disparar, porque su arma, según dijo, se había atascado.” El 31 de mayo de 1970 Benítez había participado en un “rastrillo” en la zona de Manga en el que actuaron policías de Inteligencia y de la Guardia Metropolitana. El procedimiento culminó con la captura de José López Mercao, un estudiante universitario de 20 años, y de Juan Bentín, cañero de utaa de 32 años. María Esther Gilio describió en Marcha la brutalidad desplegada por la Policía. López Mercao fue herido de cuatro balazos cuando intentaba escapar. El quinto le fue disparado en la cara cuando estaba inmovilizado. A Juan Bentín, tendido en el suelo con cuatro heridas de bala, le provocaron múltiples fracturas golpeándolo con la culata de los fusiles, hasta que un policía de la Metropolitana le hundió la cantonera del fusil en un ojo dejándolo ciego. Comandaba el procedimiento el comisario Lucas. Recuerda López Mercao: “Benítez era subcomisario y estaba presente en el tiroteo de Manga. Se tiroteó conmigo. Después del tiro que me dio Carlos dos Santos, se acercó y dijo ‘Este hombre ya está muerto’. Me salvó la vida. Cuando nos encontramos en Libertad me recordó el episodio: ‘¿Te acordás que alguien se acercó y dijo: Este hombre ya está muerto? Era yo’. Fuimos muy amigos durante el tiempo que compartimos el primer piso de Libertad”.

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En su informe, Benítez describe la actividad de los estadounidenses que formaron el primer equipo del PSP, instalado en Uruguay en enero de 1965. Conoció a los consejeros policiales William Cantrell y César Bernal y al jefe de la misión, Adolph Sáenz. El policía tupamaro observaba los privilegios otorgados a estos extranjeros: muy pocos policías uruguayos podían entrar libremente a la Oficina de Asistencia Técnica del PSP instalada en San José y Yi, pero los estadounidenses tenían libre acceso a todas las dependencias policiales. Incluso a Inteligencia y Enlace, que antes de la creación de la DNII centralizaba el trabajo de inteligencia. Además, recibían diariamente los informes de toda la actividad policial.

Poco después de la llegada de Bernal, Benítez advirtió que en el Instituto de Enseñanza Profesional de la calle San Martín comenzaron a impartirse “extraños cursos”. En un nuevo campo de tiro construido al efecto, se entrenaba a policías y cadetes militares en “tiro defensivo” contra siluetas: debían descargar las seis balas dentro del círculo, como para matar al enemigo. También practicaban con escopeta de perdigones, el arma que causaría tantos muertos y heridos durante la represión de 1968. Hasta entonces, se les había enseñado que antes de disparar el policía debía esperar a que el criminal lo hiciera primero, o disparar al aire, porque su función no era represiva sino preventiva. Pero los nuevos cursos de “tácticas defensivas” dirigidos por los estadounidenses enseñaban directamente a matar. Sáenz, Bernal y Cantrell tenían como objetivo en 1966 crear poderosos cuerpos de Policía que combatieran la prevista insurgencia de masas. Se proponían consolidar una milicia metropolitana de alrededor de mil hombres, con una estructura similar a los Texas Rangers, entrenada para disolver manifestaciones, atacar y dispersar cualquier tipo de concentración. Para ello fortalecieron a la Guardia Metropolitana. Al mismo tiempo, se proponían formar un centro de inteligencia cuyos funcionarios recibieran instrucción especial en espionaje, obtención de información y operaciones “especiales”: asesinatos y acciones de sabotaje.

“Al constituirse la DNII entre 1967 y 1968 –proseguía el “Informe Benítez”–, Cantrell instrumentó cursos en inteligencia y contrainteligencia, obtención de información y operaciones especiales. El consejero policial suministraba recursos económicos para el pago de informantes, en especial del Partido Comunista, cuyos dirigentes eran atentamente estudiados y vigilados. Cantrell se distinguía entre sus camaradas por el conocimiento preciso de los problemas de Uruguay. Siempre lo acompañaba un funcionario policial, Nelson Bardesio, que también trabajaba como su chofer.” Afirma Benítez que Bardesio era un “agente confidencial” de la embajada de Estados Unidos.

Antes de la llegada de Mitrione los consejeros de Seguridad Pública se rodearon de un grupo de fieles colaboradores: José Pedro Macchi, Juan María Lucas, Juan Carlos Lemos Silveira, Raúl La Paz, Antonio Pírez Castagnet, Pablo Fontana, Guillermo Arévalo y Nelson Bardesio. Casi todos fueron enviados a la IPA y otras escuelas de Washington. Las becas que otorgaban los consejeros a superiores y subalternos para recibir cursos en Estados Unidos eran un premio muy ambicionado: representaban la posibilidad de capacitarse y al mismo tiempo de pasar unas “lindas vacaciones”; transformándose, al regreso, en “agentes confidenciales de la camarilla del FBI”.

Hasta 1969 los instructores estadounidenses concentraron sus esfuerzos en las actividades de inteligencia y vigilancia de los sindicatos y sus dirigentes. Se había creado una escuela para “líderes de sindicatos rompehuelgas”. En la Policía orientaban cursos de estudio de los factores económicos que podían provocar huelgas masivas, a fin de prevenirlas y enfrentarlas adecuadamente. También diseñaron cursos de “guerra psicológica” para oficiales de la DNII y de las unidades militarizadas. “Detrás de la cobertura de la Oficina de Asistencia Técnica –observaba Benítez– se podía sentir la implacable garra de la CIA y el FBI.”

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Con la llegada de Mitrione en julio de 1969 los cambios en la Policía se hicieron rápidamente visibles. El nuevo jefe de la División de Seguridad Pública conocía al comisario Lucas porque había sido su profesor en la IPA. En Uruguay se volvieron grandes amigos. Ambos imprimieron un giro sustancial a los interrogatorios de presos políticos. “Ahora –dijo Lucas al enterarse de la designación de Mitrione para reemplazar a Sáenz– tendremos a alguien que nos apoyará en nuestras actividades.”

Como resultado del trabajo de Mitrione, los interrogatorios a los detenidos comenzaron a realizarse en forma “más tecnificada”. Se modernizaron los procedimientos de inteligencia, se destinó más equipamiento a las actividades de espionaje y cobró nuevo impulso la lucha contra el “comunismo internacional”. Un número mayor de policías fue becado a Estados Unidos para recibir cursos especiales y se intensificó la tortura a los prisioneros políticos, aplicada desde entonces en forma generalizada, desde las inyecciones de pentotal hasta el ultraje moral y físico. “Cantrell utilizaba el espionaje, sobornaba, y se aseguraba –al menos como fachada– de que no se empleara la tortura. Mitrione era el tipo de hombre que adopta de inmediato la línea dura.”

También echó a andar una nueva estrategia para contrarrestar la agitación estudiantil en Secundaria. Como primer paso, la DNII debía obtener informaciones detalladas sobre los dirigentes estudiantiles, creando una red de espías en los liceos, preparatorios y utu. Aportarían información calificada que permitiría planificar acciones incisivas. El comisario Lucas fue encargado de crear y gestionar la red. Se organizaron reuniones con personas de ultraderecha y comenzaron a distribuirse en la ciudad panfletos “fascistas”, se apalearon jóvenes de izquierda y se lanzaron campañas periodísticas en las que se denigraba la lucha estudiantil. Observa Benítez que de estas iniciativas y reuniones nació, después de la muerte de Mitrione, la organización juvenil de extrema derecha Juventud Uruguaya de Pie (JUP).

Mitrione hizo colocar cámaras fotográficas ocultas en el aeropuerto de Carrasco y el puerto de Montevideo para fotografiar los pasaportes de los viajeros a países socialistas. Introdujo un nuevo tipo de cámara cuya película no debía ser sustituida con frecuencia. Dedicó una atención especial a la Guardia Metropolitana. Impulsó el reclutamiento de personal para aumentar sus efectivos, hizo llegar nuevas partidas de gases lacrimógenos y armas de mayor calibre, más apropiadas para entablar combate con brigadas militares que para disolver grupos de manifestantes. La Oficina de Seguridad Pública (OPS), que dirigía en Washington el PSP, envió a su pedido pistolas y revólveres 9 milímetros, metralletas calibre 45 y ametralladoras calibre 30.

Ordenó incautar las publicaciones que llegaban por correo de los países socialistas. Era inadmisible, decía, que se utilizaran los servicios del Estado para introducir “toneladas de material subversivo”. Con la complicidad del jefe de la oficina central de Correos, las bolsas con material sospechoso eran enviadas semanalmente a la DNII. El oficial de Inteligencia Raúl La Paz supervisaba la requisa. Sus subordinados revisaban cuidadosamente el contenido de la correspondencia y evaluaban la importancia del material impreso. Registraban a los destinatarios e investigaban si ya poseían un expediente en el fichero de Inteligencia. De lo contrario les iniciaban uno nuevo, que conservaba el Departamento 3 de la DNII. Era habitual observar en la vereda de 18 de Julio y Paullier a numerosos camiones en fila descargando bolsas de correo.

Con Mitrione los cursos de entrenamiento policial realizados en el Interior cobraron nuevo impulso. Antes de su llegada, señalaba Benítez, versaban sobre actividades policiales tradicionales: inteligencia, contrainteligencia, lucha contra el “comunismo internacional”, el “problema creado por los sindicatos” y el entrenamiento “defensivo”. Mitrione eligió instructores más calificados, entre ellos al oficial Juan Carlos Lemos, y creó nuevas asignaturas, como reclutamiento y manejo de informantes y tipos de interrogatorio “a diferentes niveles”. También puso en marcha una selección para enviar a Estados Unidos a los policías que recibirían los cursos tic. Su propósito era elegir personas del Interior del país.

Disponía de abundantes recursos financieros y los distribuía generosamente. Durante su gestión, “los fascistas, traidores y vagos tenían los bolsillos llenos. Lucas, su lugarteniente, también sacó, ocultamente, ventajas de la situación. Cantrell no era así, era lo opuesto. Entregar dinero a informantes era un asunto delicado y se debía estar muy en contacto con la situación”.

Mitrione no se cansaba de repetir en los ambientes policiales que una fuerza policial poderosa era un escudo del país contra el comunismo. La Policía constituía su primera línea de defensa. Si en el futuro, pese a todo, el “poder comunista” lograba debilitar esa primera línea, sería necesario poner en acción la segunda: las fuerzas combinadas de Policía y Ejército. Si se comprobaba que también este recurso resultaba insuficiente, las Fuerzas Armadas debían poner manos a la obra. En la Jefatura de Policía se comentaba que Cantrell era un técnico y Mitrione un hombre de acción.

El instructor estadounidense atendía en el primer piso de San José y Yi, al lado de la Oficina de Guardia de la Dirección de Investigaciones. Pero Mitrione no iba frecuentemente a Jefatura. Lo hacía para supervisar algún trabajo especial o los problemas relacionados con los oficiales becados a Estados Unidos. Despachaba sus asuntos y recibía a los policías uruguayos en la embajada. Su oficina estaba situada en uno de los pisos altos. Sentado frente a su escritorio, daba la espalda a grandes ventanales visibles desde la calle. Un policía uruguayo le hizo notar lo peligroso de su posición. “No te preocupes, estas ventanas pueden parar una bala calibre 45”, le respondió Mitrione, en su español coloreado por el acento portugués.

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El “Informe Benítez” revela la responsabilidad de Mitrione en el incremento de las torturas policiales. “Nunca nadie lo ha visto torturar a un prisionero por sí mismo. Pero ha dirigido ciertos interrogatorios. Aconsejaba averiguar todo sobre el prisionero antes de interrogarlo, sus posibles debilidades y vicios, para facilitar el trabajo de ‘quebrarlo’.”

Los policías de Inteligencia narraban en Jefatura un episodio que lo caracterizaba. Cierto día vio llegar a un dirigente del sindicato bancario, arrestado en el transcurso de una huelga. Observó en silencio la actitud arrogante que mantenía frente a “la gente común del departamento”. Entonces sugirió el método que debían aplicar sus carceleros para hacerle perder la calma y doblegarlo. Debían desnudarlo y forzarlo a mantenerse de pie contra una pared. De a ratos, un policía joven se le pondría detrás para burlarse y humillarlo. Luego se lo mantendría encerrado en una celda sin comer ni beber. A los tres días se le pasaría debajo de la puerta un recipiente con algo de agua mezclada con orina.

“Hasta la llegada de Mitrione, observa Benítez, la Policía torturaba a los prisioneros con agujas eléctricas muy rudimentarias que se traían de Argentina.” Mitrione hizo llegar por valija diplomática otras agujas eléctricas “muy modernas”, con alambres de diferentes grosores. Algunas eran tan finas que podían ser insertadas entre los dientes. El hombre de confianza de la embajada de Estados Unidos, Nelson Bardesio, las recogió en el aeropuerto de Carrasco.

Langguth pudo determinar el origen de los instrumentos aportados por Mitrione para las picanas eléctricas. Provenían de la Technical Service Division (TSD) de la CIA. La TSD tenía dos oficinas de apoyo en América Latina. Una de ellas, en Panamá, proporcionaba gases lacrimógenos, armas y equipos antidisturbios a policías y militares latinoamericanos. Los destinados a Montevideo eran transportados habitualmente en aviones militares, que traían alimentos típicos de su país para los funcionarios de la embajada. Observa Langguth que durante el gobierno de Pacheco la Guardia Metropolitana hacía un uso dispendioso de gases lacrimógenos suministrados por Estados Unidos. “Sus jefes importunaban constantemente a sus contactos estadounidenses para obtener más suministros de Panamá.” La segunda oficina de apoyo de la TSD se hallaba en Buenos Aires. Envió a Uruguay las agujas y generadores eléctricos empleados por la Policía en la tortura. “También provinieron de la oficina bonaerense de la TSD –señala Langguth– las partidas de explosivos utilizados en Uruguay por el escuadrón de la muerte, como la gelinita traída por Bardesio de Buenos Aires.” Aunque en sus declaraciones al mln, en la Cárcel del Pueblo, Bardesio dijo haberla obtenido de un jerarca de la Secretaría de Información del Estado (SIDE) –el capitán Nieto Moreno– a pedido del subsecretario de Interior uruguayo Carlos Pirán. Por cierto, la SIDE y la CIA mantenían en Argentina una íntima relación, análoga a la simbiosis de la CIA y la DNII en Uruguay. William Cantrell, por lo pronto, era un destacado funcionario de la Agencia Central de Inteligencia.

1 comentario:

  1. ta buenísimo esto que escribió clara aldrighi decile muerto que le mando saludos, toto de madrid

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