domingo, 18 de diciembre de 2011

Historias tristes en Uruguay

"Trabajo" infantil
No es un juego de niños
Suplemento Domingo El País LEONEL GARCÍA
 Las denuncias por explotación sexual comercial en menores se duplicaron este año respecto a 2010 y equivalen a las realizadas en el cuatrienio anterior. Y aún falta.

Camila tenía 12 años y vestía túnica blanca. Era para ahorrar el boleto y no para ir a la escuela, la que ya había dejado. Venía de un hogar pobre en el oeste montevideano, con carencias de todo tipo. Un hombre de 30 años, vinculado al barrio, se convirtió en un apoyo afectivo primero, su "pareja" luego, su proxeneta al final. A Cristina Prego, trabajadora social de la ONG El Faro, le duele recordar. "Era difícil trabajar de día con una chica que sabías que de noche iba a ser violada". Camila (nombre ficticio) lo asumía distinto: "Salí a trabajar". Era niña, lucía como tal; pero la infancia le era ajena, perdida.
Los expertos no hablan de prostitución infantil. Afirman que el desamparo total en que viven estas niñas no les da la posibilidad de elegir prostituirse o no, y que siempre interviene un adulto que las somete. Por eso hablan de explotación sexual comercial, un delito históricamente presente pero silenciado y hasta naturalizado en el país. Solo así, dicen, se explican los recientes casos en Curtina y Velázquez, localidades de unos 1.000 habitantes donde todo se conoce.
Hay cosas que cambian. En lo que va de 2011, el INAU realizó 38 denuncias por este delito (el 30% en la zona fronteriza con Brasil); en 2010, habían sido 20 (la mitad); entre 2007 y 2009, otras 20. En todo este período, en unos cinco casos las víctimas eran varones; incluso hubo dos casos de travestismo.

Para Luis Purtscher, presidente del Comité Nacional para la Erradicación de la Explotación Sexual de menores (Conapese), la concientización realizada a operadores sociales por este organismo mixto ayudó a esta explosión de denuncias. Además, agrega, el surgimiento de grandes polos de desarrollo en el país, con su flujo de gente, transporte de mercadería y dinero, contribuyó a hacer más visible esta situación.
Pero esta explosión de denuncias no deja de representar un subregistro de casos. Falta mucho y lo principal es un apoyo calificado para las víctimas. La ayuda que hoy se puede obtener en ASSE, INAU o la Justicia no es la ideal, indica Purtscher. Se espera que esto cambie para 2012, con la formación de equipos multidisciplinarios móviles (psicólogo, trabajador social, docente, abogado) que hagan una primera asistencia y seguimiento a cada caso. En Chile hay un plan exitoso muy similar (ver aparte).
desamparo. La pobreza extrema, el abandono, episodios de violencia o abuso intrafamiliar, explotación repetida generación tras generación, y el abandono escolar están presentes en el grueso de los casos. En este contexto, la caricia de un manipulador es un arma.
Si bien el clásico "cafisho" no está ausente, es común que el primer explotador provenga del entorno familiar (incluso los propios padres) o vecinal más inmediato. Según Purtscher, en el 90% de los casos esta relación se basa "más en el pseudonoviazgo, en el afecto y en la protección que en la coacción o la violencia". La manipulación psicológica y la dominación a través de amenazas y drogas, ésta como herramienta de enganche, también están presentes.
Entre los clientes, el abanico es aún mayor. El intachable buen padre de familia es más frecuente de lo que se cree. Por el despacho de la jueza en Crimen Organizado Graciela Gatti han pasado habitués de whiskerías, comerciantes extranjeros de alto nivel económico o camioneros "de paso".
"Estas niñas dejan de ser niñas, asumen funciones de adultos; y no se sienten víctimas: tienen la fantasía de que controlan su situación por la manipulación que sufren", resume Prego. Ella también señala como gran carencia la falta de una respuesta institucional adecuada. Camila, que hoy tendría 16 años, podría haber recibido otra ayuda. "No sé qué fue de ella. La vi por última vez hace un año. Sé que fue madre…". 



El Muerto |||: Prostitución infantil y el gobierno progresista




Que Pasa El País Domingo 18 de diciembre 2011
Una historia triste
En Villa Velázquez, Sebastián Cabrera
En la plaza principal de Villa Velázquez, enorme y vacía, pueden pasar más de 10 minutos sin que se vea un auto o una moto. Acá, en el interior profundo del departamento de Rocha y con las sierras de fondo, solo se escucha el ruido de las hojas caídas, el viento y de vez en cuando el rugir de algún camión cargado de madera, símbolo de la forestación que trajo algo de progreso al pueblo, aunque tampoco demasiado. Pero, sobre todo, hay silencio en Velázquez. Demasiado silencio.
Este es uno de esos pueblos que luce detenido en el tiempo y donde siempre parece que no pasa nada. Pero algunas cosas pasan: en la villa hay conmoción y dolor por el asesinato de la adolescente Ana Emilia Romero, de 15 años, y de a poco se empieza a hablar sin tapujos de casos de prostitución infantil en este pueblo de algo más de 1.000 habitantes.
Que algunas muchachas, incluso de 12 años, cobraban unos pesos por tener sexo era algo que, hasta que apareció el cuerpo de Ana Emilia en el fondo de un aljibe, solo se comentaba en confianza, o como un rumor o un chisme más.
En la esquina de Hilario Gómez y la calle 14, justo frente a la plaza, hay apenas dos o tres personas en la vuelta, que miran con algo de desconfianza al forastero. Allí está el edificio de la junta local y, unos minutos después del mediodía, el tema excluyente de conversación -como en cualquier otro lugar del pueblo- es el crimen de Ana Emilia y todo lo que lo rodea. Y lo seguirá siendo durante semanas y semanas. Las cuatro funcionarias manejan todo tipo de teorías y especulaciones, como si fuera la novela de la tarde.
"Ana era una chica muy discreta, nunca daba que hablar", dice una de ellas. "Sí, pero hay muchas dudas", acota otra, mientras revisa unos papeles. Y cuenta que es raro que, si la muchacha tenía relaciones sexuales a cambio de dinero, la madre no supiera nada. Luego pregunta: "¿Hasta dónde es prostitución si tu madre te permite andar con uno de 37 años?". Todas coinciden en algo: nadie denunció nada porque, si había prostitución infantil, eso no se veía en las calles del pueblo. Era puertas adentro.
"Mirá, ahí va el que era el novio", dicen casi a coro. Señalan a Rodrigo, un adolescente de 18 años que -mate en mano y con las bolsas de las compras- cruza la plaza. Fue novio de ella durante dos años y medio, hasta poco antes de que cumpliera 15.
Rodrigo se para a conversar. Dice que Ana "tenía sexo por los cigarros", pero que "la otra, la de 12 años" -se refiere a María (no es el nombre real), una amiga de Ana, que está embarazada de Aparicio, trabajador rural de 37 años que también está siendo indagado por este caso-, "lo hacía por plata". Rodrigo habla lento y pausado. Se lo ve triste. Antes de seguir camino, cuenta que desde hace ya unos años "se puso de moda" que las adolescentes "tengan sexo por plata".
Mientras, en la junta siguen cuchicheando. Hasta que, de golpe, las cuatro hacen silencio: acaba de entrar a la oficina el tío político de Ana Emilia. Viene a hacer un trámite y todas se callan. Ya afuera, el hombre se encoge de hombros y dice a Qué Pasa que no la conocía demasiado: "Pero con verla ya bastaba para darse cuenta en qué andaba, ¿no?".
A la vuelta de la plaza está la escuela. Por primera vez allí hay una niña embarazada: María está de seis meses y medio, y en la escuela harán todo lo posible para que apruebe sexto año antes de dar a luz. Un referente educativo de la ciudad, que pide no ser identificado, dice que en Velázquez "hay un núcleo de prostitución infantil "y que "son las propias madres las que las prostituyen".
En concreto, se trata de al menos dos familias (una de ellas la de Ana Emilia) donde las hijas tenían sexo por dinero. Son casos puntuales, ya que en la escuela hay 167 niños. Pero la visión de las autoridades educativas es que "hay que focalizar a este grupo e intervenir" para solucionar la situación.
Los responsables de la salud de la localidad tienen la misma visión. Uno de ellos, que también pide no ser identificado, dice que "asombra que estas cosas pasaran al lado" y que hasta hace poco "nadie se daba cuenta". Es que en Velázquez, dice la fuente, "existe una promiscuidad importante en niñas de 11 y 12 años, que se prostituyen, pero la situación está restringida a algunas pocas familias" y se arrastra desde hace un par de años.
LA FAMILIA. "Nos vemos a las cuatro en el club", dice por teléfono Eduardo Romero, el padre de Ana Emilia, quien está separado de la madre de la chica. Es jornalero y trabaja "en el monte" cerca de Lascano, pero interrumpe sus tareas para ir a Velázquez a hablar con Qué Pasa. Un poco antes de las cuatro de la tarde, Romero llega al pueblo en una camioneta blanca, pero es la hora de la siesta y el club está cerrado, así que la charla se da en la puerta de la casa de su hermano, mientras él -con boina tejida en la cabeza, a pesar del calor- arma un cigarro.
Romero lamenta no haber ido a la fiesta de 15 de su hija, pero no quería encontrarse con su ex mujer. Dice que un personaje del pueblo fue el que le armó el cumpleaños y que quería llevarla a Maldonado para prostituirla. "Pero el amor de su vida era Rodrigo", dice Romero. De hablar entreverado, relata que "la verdad de las cosas es que Ana Emilia andaba con gurises de 30 y pico de años y ejercía la prostitución".
Quienes la conocían, dicen que Ana Emilia era sociable y simpática. En los bailes del club no se solía emborrachar ni era el centro de la reunión, más bien pasaba desapercibida, cuentan algunos. No iba al liceo y, según su madre, pensaba todo el tiempo en cómo conseguir dinero "para comprar celulares y championes".
Olga Nahir de los Santos vive con sus hijos en un rancho humilde de techo de paja, a una cuadra y media del aljibe donde apareció muerta Ana Emilia. "El pueblo está horrible, no es el mismo", dice ella, sentada en el sofá del living, donde hay ropa tirada por todos lados. Sobre la mesa, varias galletas de campaña y un tarro de margarina. En un rincón, el arbolito de Navidad.
A su lado están la pequeña Yamila y Sebastián, la hija más chica y el hijo más grande. Con Ana Emilia eran siete hermanos, pero Olga piensa unos segundos cuando Qué Pasa le pregunta cuántos hijos tiene. "Cinco", se apura a responder Sebastián. Olga hace un silencio y dice que no, que "son seis, además de Ana".
Olga tiene el rostro serio, pero no se la ve emocionalmente destrozada, como uno pensaría que está una madre cuando su hija de 15 años murió hace unos días. A veces, claro, la procesión va por dentro. "Hay que encontrar a los culpables", dice.
Ella no sabe si su hija tenía sexo por dinero, pero le parece raro que fuera así. Su versión es distinta a la del padre. "Acá plata nunca traía, ella siempre andaba con falta de plata", dice Olga. "Y estaba desesperada por comer, así que imposible (que se prostituyera), nunca tuvo plata. Si no, andaría llena y no arrasaría con todo lo que había".
En el living de la casa de Isaura Olivera, una vecina que vive hace cuatro años en Velázquez, hay una foto de Ana arriba de la chimenea. Ella era algo así como una segunda madre para la chica, quien pasaba mucho rato en su casa. De hecho, Isaura "arregló" a Ana para la fiesta de 15 y denuncia que la madre la hacía prostituirse. "La trataba peor que a una perra. Acá estaba todo tapado y tuvo que ocurrir una tragedia para que salga a la luz".
ALJIBE. A menos de tres cuadras de la plaza, ya en las afueras de Velázquez, está la casa de paredes coloradas donde Ramón Barreto -de 68 años, que hacía changas y tiempo atrás revistó en el Ejército, único procesado por delito del homicidio al cierre de esta edición- alquilaba una pieza por 1.200 pesos.
Allí, en esa pieza, a unos metros del aljibe, estrangularon a Ana Emilia después o durante la relación sexual que Barreto (y no se sabe si alguien más) tuvo con la adolescente. La ataron con alambres en la cintura, en las piernas y en un brazo, y también la ataron a una batería, antes de meterla en el aljibe.
Según consta en el auto de procesamiento, Barreto confesó (después de dar versiones contradictorias) que el 28 de noviembre citó a Ana Emilia y la esperó borracho. "Fuimos al cuarto. Le pedí que se desnudara, dejó la ropa en la silla, yo me puse el preservativo y ahí empezó la historia". Pero Barreto dice no acordarse cómo terminó ella en el aljibe. El certificado del médico forense, Gustavo Vitancurt, indica que murió por asfixia y considera que hubo contacto sexual "probable" previo a la muerte.
Barreto dijo a la jueza que mantenía relaciones sexuales con adolescentes y no con mujeres mayores: "me atraen las niñas". El padre de Ana dice que, por lo que ha oído, su hija "solía ir a la casa de él a cambio de plata".
Pero todos en el pueblo aseguran que esto "no lo hizo solo el viejo", que hay más gente involucrada. El mismo Barreto lo dijo en el juzgado antes de admitir su participación en el asesinato: "Deben de haber sido dos personas… con lo que pesa el cuerpo muerto más la batería". Y cuando confesó su participación, le preguntaron si hubo otra persona. Él asiente con la cabeza, en señal de que sí: "Alguien que me hubiera ayudado con todo este relajo, yo ya estoy en el degüelle (…). A mí me cuesta creer que lo haya hecho solo". El padre de Ana afirma que dará 15 o 20 días más a la Justicia y, si no se aclara del todo el crimen, cortará la ruta.


La jueza Marcela López trabaja sobre la "hipótesis" de que haya "una segunda persona" responsable del homicidio, dice el vocero de la Suprema Corte de Justicia, Raúl Oxandabarat. Por ahora no hay una investigación puntual en relación a una red de prostitución infantil, dice Oxandabarat, aunque tampoco "es descabellado que exista una organización detrás dedicada a explotar a las niñas", ya que "allí tenemos personas muy jóvenes ejerciendo la prostitución y además se desprende de las actuaciones que estas personas recibían dinero por la actividad sexual".
César de los Santos, un vecino muy querido en el pueblo, es el dueño de la casa donde vivía Barreto. Pero desde que se encontró el cuerpo, decidió irse a lo de uno de sus 11 hermanos. Hoy volvió por primera vez después de varios días e invita a pasar al fondo de la casa: muestra el aljibe y luego señala la ventana de su dormitorio (a unos 20 metros). "Está lejos, yo no escuché nada", relata. Pero no quiere hablar mucho: "No puedo, la Justicia está investigando".
Camina lento y tiene la mirada perdida. Igual es amable y muestra la batería a la que fue atada Ana Emilia. "Yo ya le había dicho a él que no trajera más niñas... Lo que pasa es que tomaba". Un vecino, que vive enfrente, entra a la casa a saludarlo y se pone a escuchar. "Mi padre fue policía 30 años. A mí me criaron con otros valores de vida", dice De los Santos.
Otro de los indagados es Aparicio, el trabajador forestal que habría dejado embarazada a la niña de 12 años, quien vive en una casa humilde a un par de cuadras de la casa de De los Santos. Aparicio está trabajando en el campo a media tarde y en su casa atiende Hilario, su padre, un peón de estancia que hoy vino a ver a su hijo debido a todo lo que ha pasado. "Él no tiene nada que ver", dice Hilario, un hombre bajito, sesentón y de manos curtidas. "Acá el problema son las madres, son las peores", dispara Hilario. "Hay gurisas de 11 y 12 años preñadas, esto es un puterío corrido".
Pero esta versión de prostitución infantil y libertinaje no es compartida por todos en Velázquez. Por ejemplo, Giselle, la encargada de la farmacia, dice que "no se puede generalizar" y su compañera agrega que no le gusta que "se ensucie a Velázquez" porque haya una niña de 12 años embarazada.
El maestro Pedro Terra, presidente de la junta local hasta 2010, piensa que el problema de Velázquez es el progreso, que trajo una población flotante de hombres que viene a trabajar en la forestación. "De un día para el otro aparecen 50 personas y no sabemos quiénes son ni de dónde vienen", dice Terra. "Antes nos conocíamos todos. Ahora no tanto".
COPAS. Al costado de la ruta 15, que atraviesa el pueblo, está el "Bar y Parrilla El Hornero", que en rigor es un bar de copas donde no se sirve comida, ni hay parrillada. Al dueño le dicen "el Mená" y es todo un personaje local. Ahora hay cuatro personas acodadas al mostrador tomando whisky o cerveza.
"¡Cómo está Velázquez! Se puso complicado para viejos como vos", bromea uno de los parroquianos al dueño del bar. "Ah, pero sería lindo tener cerca un poco de carne fresca", responde "el Mená". El humor negro también está en Velázquez. Después el hombre se pone serio y dice que aún no puede creer todo lo que pasó. "Pero en estos casos es mejor no haber visto nada y no saber nada".
Uno de los parroquianos reafirma ese concepto: "Sí, sí. Yo, sordo, ciego y mudo". "El Mená" sostiene que buena parte de los problemas pasan porque las adolescentes andan por la calle hasta las 12 de la noche. "¡Y no puede ser que ahora los padres no puedan pegar una buena cachetada de vez en cuando!", dice.
Un cartel anuncia que este 24 de diciembre hay baile en el club (tocan Los Dukes) y otro avisa que "no se fía". Pero tomar es barato: la medida de whisky nacional sale 25 pesos y el importado 35. "El Mená" saca todo para largar una partida de casín, mientras Juan -uno de los clientes- dice que el drama de Velázquez es que "acá la gente toma y se pone agresiva". De hecho, dicen que Fernanda -la dueña del prostíbulo local- suele afirmar que en Aiguá (donde tiene otra sucursal) la gente es menos agresiva. "Barreto, cuando está fresco, es un tipo impecable", cuenta Juan.
La tardecita cae en el pueblo y Florencia, la enfermera de la policlínica, se prepara para volver a la ciudad de Rocha, donde vive. "Este es un pueblo raro, muy raro. Las chiquilinas jóvenes salen con tipos grandes", dice. "Acá todos sabían pero nadie denunciaba. Pero ¿sabés qué? Las locas del quilombo son las que manejan todo. El piquete en la ruta pidiendo justicia, por ejemplo, lo organizaron ellas".
A eso de las seis de la tarde aún no llegó Fernanda al prostíbulo. A esa hora duerme. El que prepara las cosas para abrir en un rato es Pino, su marido. De afuera, es un galponcito de techo de chapa y no dice mucho, pero por dentro está ambientado con luces de diferentes colores. "Acá tenemos solo tres o cuatro pibas y todo en regla", dice Pino, un cincuentón de pelo largo y bigote.
Pone el termo y el mate arriba de la barra y está irritado porque más temprano escuchó a Jorge Traverso en radio Oriental hablar de "una trama de explotación sexual" en Velázquez. "¿Una red de prostitución infantil? ¡Cómo agrandan las cosas! Se les fue la mano", dice Pino. "Habrá dos o tres gurisas que hacen unos pesos, pero no una red". El antídoto para que no ocurran crímenes terribles como el de Ana Emilia, asegura él, es "el quilombo". Acá, dice Pino, la gente se descarga.

Un sitio con mucho de historia

A mitad de camino entre la ciudad de Rocha y Lascano, está Velázquez. En 2004 se la denominó "capital histórica", ya que allí estaba la pulpería del caudillo blanco Bernardino Olid, protagonista de la Guerra Grande. Muy cerca del pueblo se desarrollaron las batallas de India Muerta. Y en Velázquez vivió de chico el poeta y periodista Constancio Vigil, fundador de la editorial Atlántida en Buenos Aires.

Pueblo trágico

"Para Velázquez hay un antes y un después de este caso tan chocante", dice el maestro Pedro Terra, presidente de la junta local hasta el año pasado, cuando el pueblo dejó de tener autonomía y pasó a depender de la Intendencia Municipal de Rocha.
A pesar de lo que dice Terra, hay al menos tres antecedentes relativamente cercanos de asesinatos no aclarados en la villa, que le dan un aire algo trágico a este pueblo de 1.136 habitantes, según la estimación de 2010.
Hace unos tres años apareció en el Embalse de la India Muerta, a unos kilómetros de Velázquez, el cuerpo de un joven. Nunca se supo qué pasó allí ni quién lo mató.
También hace unos años -dicen los vecinos- apareció muerto un monteador forestal, en lo que se especula fue un ajuste de cuentas.
Más atrás en el tiempo, en la década de 1990, el pueblo se vio conmovido por el asesinato de un pequeño productor rural, también a unos kilómetros de la localidad. En teoría lo mataron para robarle en su casa en el campo, cuenta la gente de Velázquez.
Pero ninguno de esos casos fue tan trágico como la muerte de Ana Emilia Romero, que está rodeada de denuncias de explotación sexual.
"Este siempre fue un lugar bastante tranquilo", dice Berta Castro, la encargada de la vieja oficina de Antel, que sigue teniendo sus clientes en el pueblo. Castro también era cronista para algunas radios y diarios rochenses, en la época en que no había teléfono celular ni internet.
 Curtina
FRancisco Faig
En agosto de 1994 el periodista César di Candia entrevistó a la médica rural María Mirandette, que llevaba seis años trabajando en la policlínica de Curtina, un pueblo que queda por ruta 5 a unos 50 kilómetros al sur de la ciudad de Tacuarembó y que hoy tiene 1.037 habitantes. No fue un reportaje anodino.
Mirandette dijo que en Curtina las adolescentes tenían "relaciones sexuales y cobran por eso"; "le hablo de prostitución clandestina, no controlada y por lo tanto expuesta a todo tipo de enfermedades".
También mencionó que existía el derecho de pernada: a una jovencita de catorce años le habían hecho saber que en su noche de bodas iría el patrón de su marido a desposarla. La médica lo impidió. Hurgó, y pudo saber que esos casos eran relativamente frecuentes. Y reflexionó: "El cáncer de estos lugares es precisamente eso: el sentirse las personas en todo momento bajo el dominio de otras que tienen más dinero o más poder o más inteligencia".
Curtina era un infierno de repetidos escenarios de violencia doméstica, hombres ganados por el alcoholismo, pobreza, prostitución de niñas adolescentes, clientelismo e ignorancia.
Diecisiete años más tarde, un operativo de la unidad especializada en violencia doméstica de la policía descubrió allí un caso de explotación sexual comercial de jovencitas de catorce y quince años. Las crónicas han señalado, como había dicho Mirandette en su momento, que estas prácticas abusivas eran desde hace mucho tiempo un secreto a voces en Curtina.
En el medio de esta tragedia que ahora sale a la luz pública, importa señalar la siguiente diferencia sustancial que habla de una positiva evolución de nuestra sociedad. Hoy, se procesa con prisión a los involucrados en este caso de prostitución adolescente; en 1994, la que tuvo que renunciar a su cargo fue Mirandette. En efecto, a los pocos días de la publicación del reportaje -que fue incluso considerado como agraviante por la Junta Departamental de Tacuarembó-, la doctora entendió que debía irse del pueblo, porque luego de sus denuncias corría peligro su propia vida.
Se terminó así, vilmente, con la mensajera. Pero perduró allí el feroz entramado de violencia contra los más débiles -los niños y jóvenes, y en particular las mujeres- que ella se atrevió a narrar. ¿Y cuántos Curtina, verdaderos infiernos terrenales para los más indefensos, quedan hoy? Más de los que imaginamos.
Son demasiados los pueblitos en los que las relaciones políticas y económicas de patronazgos y clientelas comportan una profunda indignidad. Ella es justificada, en el discurso conservador tan afecto al mundo rural, con cierta práctica caritativa de lógica feudal.
En estos años se han multiplicado las políticas que procuran enfrentar la violencia doméstica, desde el Estado y a través de la concientización social sobre esta terrible, extendida, silenciosa e inadmisible realidad cotidiana.
Con mayor determinación y eficiencia, debemos ir más a fondo. Porque oprobios como los que denunció con coraje María Mirandette en 1994 son, lamentablemente, verdad.

¿Uruguay es distinto al resto?

 

TOMER URWICZ
Unos 79.400 niños y adolescentes trabajan en Uruguay. Leticia es un caso. Es una niña más que ve coartado el disfrute de su pubertad por el tintinear del metal en un tarro. "¿Una monedita?", pregunta en la salida de un hipermercado de la calle Scosería. Y la gente le da lo suficiente como para colaborar con su madre soltera para llenar la olla; alimento que debe alcanzar para sus otros cinco hermanos.
Es hincha rabiosa de Nacional y fan de Los Wachiturros. Sobre la mesita de luz de su cuarto de chapas una foto la muestra alta y delgada, como una princesa. Pero en la calle es una niña tirada contra una pared, mendigando y sin complacerse de sus 12 años. Mientras pide, apenas rinde en la escuela, si es que va. Se duerme, no presta atención y ya repitió dos años. La prima, quien la acompaña en la puerta del supermercado, ni siquiera concurre al colegio. Ambas son muestras del trabajo infantil. Dos casos visibles, aunque no de los que más hay. "El mendigar, la recolección y clasificación de residuos no es significativa en cantidad (1.300 en total), pero sí tiene una peligrosidad importante", explica el inspector nacional de Trabajo, Juan Andrés Roballo. Un peligro que la madre de Leticia no visualiza, aunque sí le asusta "que un cuidacoches borracho le quiera hacer algo". El 75% de la labor realizada por niños entre 5 y 14 años es considerada "peligrosa". Asimismo, en esas edades está prohibido que desempeñen cualquier tipo de trabajo.
Diferente es luego de los 15 años. "Los mayores de 15 años, según determinados requisitos del INAU, pueden trabajar", asegura la coordinadora del área de Trabajo Infantil de la ONG Gurises Unidos, Cecilia Menoni. De todas formas, agrega, "la idea es que no se vulneren los derechos de los niños y adolescentes. Si por cuidar a los hermanos chicos el niño deja de ir al centro educativo, deja de ser un niño. Esta realidad se aplica al derecho de recrearse o cualquier otra actividad inherente a esa edad". Y Roballo coincide: "En la Convención de Derechos del Niño no aparece el trabajo como un derecho, en todo caso, más derecho tienen a ser niños y no trabajar".
Martín (16 años) trabaja desde los ocho años. Dice que le gusta. Nadie lo mandó a cortar el pasto de los vecinos y menos a hacer changas con el panadero de enfrente. Pero lo hace y su familia lo acepta. Claro, lo deja con las asperezas que a toda madre le trae saber que su hijo no está estudiando lo suficiente con el fin de proveer una "ayudita" para el hogar. Ahora, como adolescente, su trabajo es intermitente. No cumple horarios fijos ni su remuneración se equipara con los 400 pesos que obtenía antes. Tampoco está obligado a encargarse de los hermanos más pequeños mientras sus padres trabajan toda la madrugada, llueva o no, acomodando autos en el estacionamiento del Mercado Modelo. Igual se levanta a las 6.00 y le da de comer a las gallinas, se fija si hay algún huevo que alegre el día y prepara el corral para la yegua, la misma que hace una semana lo arrastró por el pedregullo del campito trasero y le dejó la pierna hecha una morcilla.
Ambos. Leticia y Martín viven a un barrio de distancia. La primera sale poco de Piedras Blancas y jamás conoció el Centenario. El segundo, en Manga, desea irse al Centro para estudiar carpintería porque el Ciclo Básico le parece "aburrido". Ella gana en cada salida la mitad que él. Según la última estadística del INE (única en la región estandarizada sobre Trabajo Infantil), los varones perciben un ingreso medio de 33,6 pesos por hora, mientras que las mujeres reciben 24,2 pesos por la misma tarea en el mismo tiempo. Para Menoni este dato no es novedad, porque si bien los derechos de ambos son los mismos, las diferencias de género están instaladas desde la primera hora. Las niñas y adolescentes, como Leticia, están asociadas a las tareas del hogar y el niño, a la calle. "El hogar no siempre es un espacio de protección", aclara la trabajadora social, quien explica que el "trabajo doméstico es una de las principales labores que acosan a las niñas". De hecho el promedio nacional de trabajo en menores de 18 años asciende en un 4% (13% total) si se consideran las tareas en su propio hogar.
Se trata de una labor secreta, que muchas veces no es interpretada como un trabajo, y que "es difícil fiscalizar porque el ingreso al hogar requiere de una solicitud judicial", explica la directora de Inspección Laboral de INAU, Graciela Pardo. Aún así, la Organización Internacional de Trabajo (OIT) estableció que se considera un trabajo doméstico luego de las 14 horas semanales de tareas.
En el caso de los varones, como Martín, el desempeño se da en tareas manuales y, con creciente porcentaje, en el área de la construcción (63,4% de los casos).
Hay otra diferencia entre los pares de Leticia frente a los de Martín. Los adolescentes entre 15 y 17 años, como él, quintuplican a toda la cantidad de trabajadores de entre 5 y 14 años, lo que demuestra que "se trata mayoritariamente de trabajo adolescente", asevera Roballo.
Como similitud, las realidades socioeconómicas cruzan toda brecha de género, y si bien las tareas domésticas se dan en toda clase social, "se observa que aquellos niños y adolescentes en trabajo infantil habitan en viviendas construidas con materiales de menor calidad que sus pares que no lo están", dice la encuesta del INE.
Aún en la miseria, ambos comparten el deseo familiar de que estudien "para ser alguien", como dice la mamá de Martín. Distinta es la realidad en el ámbito rural.
CAMPO. En el Interior profundo, camuflado entre los montes, la situación del trabajo infantil se agudiza: en cantidad y en peligrosidad. "Hay adolescentes que terminan el liceo rural con 15 años, no tienen qué hacer y arrancan para el trabajo full time, que además generalmente es de más de ocho horas diarias", describe Menoni. Uno de cada cinco de estos menores de edad se aferra al trabajo familiar y alega hacerlo, casi culturalmente, "porque así es el trabajo rural".
El presidente de la Asociación Rural del Uruguay (ARU), José Bonica, justifica que "los chicos tienen que ir incorporándose en las tareas propias de formación de futuros trabajadores rurales". Y asevera: "Siempre respetando las normas laborales, es bueno que un niño se vaya formando en las tareas que desempeñará; el mejor momento que tiene para aprender es cuando es chico". Por el contrario, a la Inspección Nacional de Trabajo le preocupa la situación de estos adolescentes: "Hemos relevado casos de chicos que se dedican a pelar montes luego de finalizada la escuela rural y no tienen otra alternativa", cuenta Roballo.
Estos operativos son parte de las denuncias anónimas (contadas con los dedos de una mano) que recibe el organismo estatal y que fiscaliza con alguno de sus 140 inspectores dispuestos a corroborar la situación general del trabajo y ambiental de la empresa en cuestión. El INAU, cuya acción está centrada en niños y adolescentes, cuenta con sólo nueve para todo el país.
"Si un niño tiene que, una vez por día, darle maíz a las gallinas y no interrumpe con sus otras tareas, no hay problema. De hecho el trabajo incorpora valores. Pero si además tiene que atender a los chanchos, cuidar a los hermanos y otros empleos, hace que se esté ante un trabajo infantil. Y peligroso", sentencia el inspector nacional.
Leticia como Martín son casos vívidos. Poco importa la teoría cuando las realidades que perciben estos chicos son desfavorables a su desarrollo. Como dice el referente de familias Leonardo Perla: "El trabajo infantil es la punta del iceberg". Lo mismo ocurre en el campo. "Un empleado rural quiere salir al campo con su hijo en vacaciones, sin que éste se pierda de los cursos de la escuela, y esto puede ser mal interpretado como una práctica ilegal", sostiene el presidente de la ARU.
Proceso. Sea por acompañar o no, sea un trabajo remunerado o no, sea en la calle o no; las zozobras por las que deben pasar estos niños preocupa a las ONG.
Menoni insiste en la necesidad de políticas sociales: "Desde el punto de vista normativo Uruguay tiene todo pero con eso no alcanza". Es ante ese vacío que anónimos trabajan para erradicar la problemática que agobia a Leticia y Martín para que él pueda ser un gran carpintero y ella, una destacada peluquera.

Judicialmente cuesta arriba y sin solución




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4 comentarios:

  1. Para cuando vuestra nota sobre el asunto de los barcos con bandera de las Malvinas ?, vais a tomar partido y vas a dejar pasar el asunto ? Mojate Muerto....

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  2. Y qué coño tiene esto que ver con la prostitución infantil?
    Tú deberías mojarte la cabeza y bajarte de esa nube de pedos en la que habitas!

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  3. Nada.... pero necesitaba un sitio para poner mi comentario.... y hoy con agrado puedo leer sobre el tema.Aunque no estuve tan lejos, podemos usar la misma palabra para los dos problemas.Alvaro Ravera - Terrassa - Barcelona

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  4. Pues ponte el comentario allí donde no te da el sol.

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