domingo, 14 de noviembre de 2010

La guayaca


LA LIBERTAD ....O NADA

Va hacia el puente final. Lo sabe, lo intuye, no sabe por que lo sabe. No tiene ya interrogantes.

Se lo dicen hasta la luz y el aire.

Combada la espalda bajo el peso de los cueros, aspira profundamente y entonces los olores lo abruman de recuerdos .

Siente como la brisa del monte refresca sus ardientes pulmones. Casi puede verlos, luchando en su interior, trabajosos, resistentes. También el estómago le quema, cada día más. Cuánto añora las largas cabalgatas, al viento y al sol, en el potro que su padre atrapó para él, de niño, y al que luego le enseñara dulcemente a amansar desde abajo con palabra y caricias. Aquel oscuro que respondía instantáneo, a la presión de sus rodillas, sin riendas ni freno, mientras él, estridente alarido, portaba en una mano la lanza y en la otra boleadoras.

Amigo-hermano “cauallo”...

Parte misma de su carne y su vida, de su devenir por las interminables praderas y los agrestes senderos naturales, compartidos y a veces disputados con hermanos de otras latitudes, disfrute pleno, común en eso de honrar la alternancia sabrosa, la existencia intercambiable con la tierra.

Solitario camina bajo la llovizna, percibiendo la compañía de las serias palmeras, estiradas y adustas, grito desmelenado, silente, ojos verdegrises que lo observan austeros, aspereza de arbórea piel reseca clamando las ausencias, condenadas como la piel arisca de sus gentes...

Percibe el pez y la nutria bajo el agua, a su vera, las serpientes enroscadas en los oscurecidos matorrales y la multitud de seres silvestres escondidos en sus cuevas, palpitantes y alertas.

El latido elemental de la vida pulsa en sus sienes, bajo el pecho, en el vientre, en el sediento espíritu, y esa certeza amarga de la esterilidad definitiva.

Camina lento, lento camina sobre el vientre de la madre Tierra, ofrendada y abierta, laxa y pura, más allá de la locura y el mal, hollada tigresa del viento escuchando anhelosa los pasos del hijo que fue pródigo y hoy es un desgarro en pie que se confunde con las sombras, dirigiéndose entre cardales al cadalso anunciado hace centurias.

Solo resta arrancarse la guayaca, el talismán que cuelga de su cuello pues si no, el cruce final se hará difícil, piensa.

Piensa hondamente, percibe el universo natural y agónico que lo viera nacer, que fue su continente y que hoy lo expulsa de esta oportunidad ingenuamente abortada, parto mal habido, equivocación del tiempo, más allá de lo posible y lo previsto. Deja que ese universo lo penetre de pies a cabeza, poro a poro, color, olor, amordolor, entrega total al destino alquímico y prefijado de la vida.

Ya no caballos, ya no toldos, y humo y brasa, grasa y lanza y el almizcle del montón, vincha y bagual, hombre y sudor, a la carrera. Ya no el ímpetu previsto del zambullón hasta el fondo del remolino helado que precede a las vertientes, vírgenes obsequiadas en la oscuridad verde del fondo en socavón, limoso, preludio ácido de dulces ocarinas silbadas por la madre de las aguas con sonajas de valvas y tenues caracolas llamando al plenilunio, para hablar con la luna saboreando hidromieles...

Ya no la alegría inconciente de estar vivos y al sol, libres y al sol, al sol enteros, en silencioso diálogo constante interior y exterior, polvo de estrellas esparcido en su piel, perlado en sus dientes mordedores de mieles y frutos, de cuerdas, cueros, sueños; tornasolado en su pelo azotando en el galope; irisdiscente en las plumas sagradas signadas por milenios de valor, diademas de sabiduría; reflejando luceros en los músculos, ávidos del rastreo y la caza, del combate y el juego, del amor suave y recio, del arco y el torneo...

Se ajusta el cuero que apenas lo abriga. Ciñe las boleadoras a la magra cintura. Palpa la suavidad serpentaria y letal de las tres hondas, que cruzan amistosas el pecho musculoso lleno de cicatrices, mítica tumba de soles desoídos, de un mundo que se ausenta.

Vuelve a aspirar hondo, mirando como si recién los descubriera, la dura arboleda, los mórbidos pajonales que alguna vez le dieron techo, hamacas, canastos, leña y fruta, canoas, alegría.

Oye desde el agua y las nubes, bajando a su garganta, un batir insondable de alas pesadas.

Inesperadamente siente como un mazazo al plexo, que no sabe si es real o es que ahora comprende la terrible verdad, la contundencia, la certeza final, lo ineludible : hoy es el día.

Lo asume. De mil maneras se lo vienen diciendo.

Mira en lo alto, muy por encima del padre río, misterioso y fatal, lampalagua inasible, río de los brujos, arco iris profundo del vientre de la tierra, el Gualeguay, dueño de la simiente, ostentador de calmas fértiles y mortales fragores...

Se embelesa observando como aparta la cabellera de neblinas lluviosas, allá arriba, en el celaje helado, el rostro venerado de Zobá, la Luna, la dual, abuelo-abuela que rige, atavismo y reflejo, con la mano de su luz – Guidaí – las fuerzas engendradoras de las estaciones, las tormentas, los ciclos eternos, de mujeres y siembras, nombres y nacimientos, hombres y pariciones, mareas y cosechas. Ella se asoma en espera, abriéndole camino hacia el hueco en la noche adonde subirá, paso a paso en el máximo viaje, la Gran Escalera del totem ñandú, la pisada, la huella sellada hacia el sureste por la Cruz del Sur , la gran Chacana, peldaño hacia el espacio total. La Luna, sabia, pálida, matriz absoluta y generante, lo observa y aguarda, mágica, diáfana, en su cualidad rectora de todo lo existente, devolviéndole las fuerzas para llegar al final,y así cerrar el círculo de su destino atávico...

Con agobio dolorido baja la cabeza y observa sus pies, hunde todo lo que puede los dedos en el barro, sintiendo que por fin es raíz, como antes fue árbol y antes aún semilla, que es mucho más que carne llegando hasta lo más recóndito del seno de la madre, esa tierra que también lo llama y lo aguarda para acunarlo y regresarlo luego en canto, pluma u hoja, roca, pasto o madera, agua, miel, blanca arena... Quizás hecho volátil partícula intangible, volará a otras galaxias y será polvo cósmico, tal como le enseñaron que es destino del hombre y sus mil formas: ser parte del gran Todo...

Demasiados los recuerdos, entumecen al alma, demasiado el despojo, las muertes preanunciadas, los idos y no vueltos.

En lo alto las tinieblas decapitan los pájaros.

Cruza una alambrada, frenando el impotente deseo de arrancarla y entre las simbióticas sombras, ayudantes del viento, divisa la cercana luz del “bolicho”, que a veces le ve flaquear y lo recibe.

Necesitaba yerba, tabaco, algo de caña.

Sólo en eso descansa, perdidos en las estribaciones de la muerte los bravos, las chirusas, los niños y los viejos. Poderosas figuras que han de aguardarle también, impávidos, sonrientes, al borde del abismo y el misterio para aclarar el enigma crucial, definitivo, de la inmolación final.

Sabe que si se queja al comerciante del gusto de la caña últimamente, que le horada la carne, o de la tierra y piedras en la yerba, daría el motivo justo para no ser recibido nunca más.

Soledad de soledades, se siente cada vez más acechado ante esa gente. El rechazo es brutal e inapelable. La burla permanente. Cuesta mantener la frialdad hasta salir de allí, de ese oscuro lugar de borrachera y mugre donde se le hace comprender que cada vez se estrecha más el cerco.

Sólo buscan la manera. Y esto ya no le extraña. También les sucedió a otros hermanos, a otros indios “sueltos”, los huidos, aquellos que como él, esperaron, contra toda esperanza, a pesar de una certeza mortal avizorada, poder juntar los restos de la antigua nación, ocultos en la selva, perseguidos cual bestias, acorralados en las abras del monte, almacenes, caminos, por las sendas ocultas, en la tierra y el agua.

Jamás hubo un regreso desde estas encerronas . Se acuerda de Sepé – el Sabio -, el respetado, cacique entre caciques; fue uno de esos... Polidoro, Venado, Senaqué, tantos, tantos, decenas...

Danza en sangre la luna, Guidaí llora llovizna de silencios.

Piensa como aplacar su coraje, su rebelde impotencia de desarraigo y nostalgia.

(Qué no me digan “tape”, presiente y ruega)

Aplacar su rugido, heredado, de tigre (el bramido que nunca igualara ninguno al cargar contra el mundo), aunque sea un instante, unos minutos, hasta lograr el trueque y regresar ileso a la espera infinita - jaguar viejo y herido - al corazón de la espesura, a la orilla del río, al sosiego y la pena, ejes del equilibrio.

Aprieta sobre el torso – nervado el puño áspero – el buche de ñandú que la madre y la abuela le colgaron al cuello aquella noche clara, al nacer junto al agua, cuando ellas lo elevaron para el baño de luna que lo integró a los otros, ritual de hace milenios.

Dentro de esa “guayaca” reposa protectora, talismán insondable, tan aguerrido y leve, la pluma de aquel pájaro de nombre venerado, temido y conjurado, el pájaro sagrado que aleja de la muerte y dona fortaleza al guerrero en la vida.

(Que no me llamen “tape”, repite en un gruñido)

Recuerda aquellos tapes, hermanos de Guarania, que llegaban - rastreando - delante del ejército y de los misioneros, buscando en la pradera y en el monte a su gente, a su pueblo indomable, sin poder someterlos. Se prefirió la muerte. La libertad, o nada, esa fue la consigna no escrita, la palabra empeñada, la lealtad sin dobleces, la verdad enseñada.

Llega al portal de palos, cruza la puerta doble.

Se hace un silencio adentro, untuoso, socarrón, astuto, denso. Y en la aburrida noche esos ojos ajenos resplandecen de burla, cruzan miradas cómplices que comienzan el juego, entre risas y chanzas, grito y ofensa.

¿Qué andas haciendo, tape...? ¡Se te olió desde lejos...! ¿Es el cuero ‘e tu madre que traes ahi adentro...?

Siente de piedra las mandíbulas, se lastima mordiéndose la boca por dentro, va hacia el mostrador, tratando de ser sordo, ser mudo, de no seguir el hilo que le están ofreciendo, que lo viene aguardando desde la eternidad.

Aguanta como puede el insulto, la náusea, el dolor en la boca del estómago, que es ya fiel compañero. No conoce de miedos, sí de orgullo y desprecio.

Deja los cueros, espera, toma el bulto a llevarse y entonces el destino da una palmada seca, quizás por generoso, quizás porque era tiempo...

Ante la voz del dueño, aparece una niña, casi púber, morena, menuda, bien peinada, que es presentada a todos esos rostros lascivos, de miradas perdidas, ofertando su cuerpo:

¿Quién quiere está chirusa...? Acá ya ha estado un tiempo. Mañana traerán otras del último reparto, allá por La Matanza. Y no hay lugar acá pa’ tantas bocas... Ta’ bien, no es “nueva”, nuevas vienen mañana, pero ... como soy dueño, las disfruto primero...

Las carcajadas duras contaminan el aire. Lo miran a él todos.

Siente que su cabeza estalla, que rebalsan sus ojos, que no es vida la vida, no vale así la pena, que ya llegó el momento.

Y vos, tape mugriento, ¿Cuántos cueros darías...?

Otra vez risotadas. Y el dolor en el pecho.

Mira a la chirusita, muy profundo a los ojos, tratando de cubrirla de toda la dulzura que le hará tanta falta desde allí en adelante, y desde sus adentros , muy en paz, se dijeron todo en una mirada; coordenadas azules, desde ambos corazones; tatuajes en jirones de abuelos regresados, en oleadas de padres, madres, tíos, hermanos, cantares y caballos , llegando en remolinos de su historia común de pasados milenios. Se hablaron en silencio, la mano de cada uno cual si estuviera puesta en el pecho del otro, según era el saludo ancestral de su gente. La mira, y la mirada le ruega que ella entienda, para que se haga cargo del recuerdo imborrable que contará a sus nietos. Se quita la guayaca de un solo movimiento, la abre, desmenuzando la pluma protectora .

Luego, muy lentamente, como puma al acecho , gira sobre sí mismo, desenrolla su arma, una esfera de piedra (hija de un aerolito) y una cuerda de tiento. La enrosca en su muñeca y cual flecha certera, que por fin cobra vida, salta y grita pisando la escalera a la luna, dando a la vez letales, eficaces pedradas rápidas como centellas:

¡Inambí AteÏ, che ‘ ajrrúa...! ¡Inambí Ateï..., che ‘ ajrrúa...! ¡Inambí Ateï...!


Lo tiraron al agua, cosido a puñaladas, patadas, tiros, golpes. Otro más en la historia de “limpiar la maleza.”

Para los que quedaron sin vida, hubo tumbas. La de él fue el arroyo, tal como corresponde, integrarse en los seres habitantes del monte.

Su nombre no se supo. Su nombre era el de todos.

Lo trajo hasta el presente – con orgullo de estirpe - una chirusa vieja, memoria colectiva, que transmitió a la historia la herencia de indomables, contándole a sus nietos como muere un charrúa.

Rosa Albariño

NOTA:

Charrúa: Nación llegada desde las pampas del sur y que pobló el centro de Entre Ríos en Argentina, la República Oriental Del Uruguay y Río Grande do Sul, Famosa por su identidad libertaria y su valentía.

Inambí Ateï : Todavía somos, o , todavía estamos. En lengua.

"… Y llegara un día en el que el águila y el cóndor volarán juntos, y por mi raza hablará el espíritu ...." Gracias a la compa María que nos envío este relato de Su Inchalá, la Werkén, la Guerrera Huebilú, Rosita Albariño

Rosita Albariño - maria-postaporteñ@ - 2010-11-14

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