sábado, 25 de diciembre de 2010

Triste navidad

Haití



Maritza Monfort canta un villancico de Navidad en creole que pasan por la radio, pero esta haitiana con dos hijos sólo intenta levantar su ánimo.

“Canto para aliviar mi dolor. Si pienso demasiado, me muero“, dijo Monfort, de 38 años, una del millón de haitianos que perdieron su hogar por el devastador terremoto de enero, que sumió a la empobrecida nación caribeña en uno de los años más calamitosos de su historia.

Con una aguda epidemia de cólera y una disputa electoral provocando más muertes y dificultades, los haitianos enfrentan una Navidad excepcionalmente sombría y un Año Nuevo marcado por la perspectiva de más sufrimiento e incertidumbre.

El terremoto del 12 de enero dejó más de 250.000 muertos y destruyó lo que se consideraba como una alentadora señal de reactivación económica en el país más pobre del Hemisferio Occidental.

Luego del sismo, una epidemia de cólera causó la muerte de más de 2.500 haitianos desde mediados de octubre y sigue cobrándose vidas a diario, en una de las tareas más desafiantes que haya tenido que enfrentar la comunidad internacional, liderada por Naciones Unidas.

“Mi preocupación es alimentar a mis hijos y ni siquiera puedo hacer eso”

“Ayer mi madre casi muere porque se enfermó de cólera. Tuve que correr con ella al hospital. Esta Navidad es una Navidad de miseria”, dijo Monfort a Reuters mientras limpiaba con agua y jabón la parte interior de una carpa de plástico donde vive con sus hijos en el campo de sobrevivientes del sismo Place Saint Pierre, en el distrito de Petionville, en Puerto Príncipe.

Pero muchos haitianos celebraron la fiesta de “Tonton Noel” -Papá Noel en creole- con regalos si podían pagarlos y, los muy afortunados, con una comida que podía incluir carne, arroz y porotos.
Cólera. Foto: Reuters

Sin embargo, no hay luces, guirnaldas o mensajes festivos a la vista en los hacinados campos que alojan a decenas de miles de sobrevivientes del terremoto.

“No podemos decorar las carpas sucias, donde vivimos en la miseria (…) no estamos de ánimo para celebrar la Navidad”, dijo Juliette Marsan, de 35 años, otra ocupante del campo Place Saint Pierre.

“Mi preocupación es alimentar a mis hijos y ni siquiera puedo hacer eso”, agregó.
Iraq



La Navidad de este año está siendo especialmente triste para los cristianos de Irak. En las ciudades de Bagdad, Mosul y Kirkuk no se ha podido celebrar la Misa del Gallo por falta de seguridad. No hay luces ni adornos que hagan público el nacimiento del Hijo de Dios. Hay guardias de seguridad frente a las parroquias. Los responsables de las comunidades cristianas han tomado esta decisión para evitar problemas, no se fían de la protección que pueda ofrecerles el Gobierno. Desde que el pasado mes de octubre un ataque contra la Iglesia del Perpetuo Socorro provocara la muerte de casi 60 personas, han sido centenares las familias que han solicitado una partida de bautismo para emigrar primero al Kurdistán y luego, si pueden, a Europa o a Estados Unidos. Los cristianos iraquíes forman parte de una de las comunidades más perseguidas. Una persecución que en el último año ha dejado en todo el mundo 150.000 muertos.


Honduras





La navidad es el padre de familia que pide unas monedas en la puerta de Mercadona. La navidad es el obrero que, vencido por las deudas y la hipoteca del banco, termina con su vida dejando mujer e hijos. La navidad es el niño que descubre de repente que los reyes son los padres, pero están en el paro y no llegará la playstation por muy bien que se haya portado y por mucho pan duro y agua que deje a los camellos. La navidad es la administrativa que se deja tocar el culo y aguanta las bromas babosas de su jefe, no está la vida para perder el trabajo.

La navidad es la puta del Este de Europa que llama a su familia para felicitar las pascuas desde el mismo burdel de carretera en el que pasará la Noche Buena. La navidad es la vieja profesora en la residencia de ancianos, vencida por los años y añorando una y otra vez los tiempos en los que tenía la carne firme. Las auxiliares se empeñan en ponerle un gorrito de Papá Noel mientras sacan el turrón barato, sus hijos esquían en Baqueira Beret.

La navidad es el viejo cine convertido ahora en un Starbucks, donde los yuppies engominados hablan con sus sofisticados teléfonos celulares y manda postales de felicitación electrónicas, tan auténticas como los pechos de la camarera.

La navidad es el añejo malabarista al que los años cobran factura y se le caen los bolos en ese circo roñoso y destartalado, ubicado en un pueblo de tercera. Los reflejos apenas responden, malos tiempos para la lírica. Después recoge los bolos del suelo, pega una temeraria voltereta que casi le parte en dos los riñones y levanta las manos en señal de agradecimiento como si formara parte del número. Algunos niños silban.

La navidad es el viejo rockero de verbena en verbena cada cual más sórdida, tocando los mismos temas que odia, éxitos indiscutibles de las radiofórmulas. Tenía que haber firmado aquel contrato discográfico, el rock n roll está lleno de rockeros íntegros... Mientras puntea los acordes de "Chiquilla" sólo piensa en que el colchón de la pensión, ubicada encima del bar del pueblo, no sea ni demasiado duro ni demasiado blando. Por la mañana yo me levanto... y voy corriendo desde mi cama....

La navidad es el feriante que año tras año recorre los caminos azarosos de una España miserable, la sirena de los coches de choque le devuelve a la realidad. Absorto, recuerda aquel verano en Torrevieja y una promesa vertida por labios de mujer que nunca se cumplió. Los sintetizadores de Camela siguen sonando estridentes.

La navidad es esa prostituta de lujo que abandona el lecho sin despedirse, sin ni si quiera dejar una nota, y nos devuelve la sonrisa año tras año, maléfica mueca, guiño perverso.

Feliz Navidad Mr Lawrence

Belén


Cerca de España


En la vida


En la conciencia

hay solo un muñeco





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