viernes, 1 de agosto de 2014

El osito Arquiola: La muerte de un militante

Enviado por Jorge Zabalza

Año 7. Edición número 323. Domingo 27 de Julio de 2014

Pide ir al baño porque no da más, si no lo llevan se va a hacer encima, dice con un hilo de voz. Parece exhausto y su cuerpo pequeño, encorvado después de varios días de golpes y picana, no representa aparentemente mayor peligro. El guardián le saca las esposas que aprisionan sus manos entumecidas por detrás del cuerpo y se las vuelve a poner pero con las manos adelante. Las largas mangas del pulóver que le habían permitido conservar quedan entre el metal y la piel de las muñecas. Exagerando la debilidad y arrastrando los pies se deja conducir hasta un baño al fondo de un pasillo apenas iluminado. Entra al retrete, cierra la puerta y confirma lo que ya había visto la noche anterior: una estrecha ventana se abre justo encima del inodoro. En un rápido movimiento se arremanga, enchastra sus muñecas con un pedacito de jabón que había escondido y con la destreza de un mago haciendo su número, se saca las esposas. Sin pensarlo mucho se trepa a la ventana y de un solo salto está en el techo.

Pensando que es una suerte ser petiso salta como un gato por paredes, se desliza por canaletas y trepa por chimeneas hasta dar con un hueco donde sólo él puede caber, un entrecruzamiento de chapas en ángulos imposibles que a fuerza de contorsiones le brinda un refugio perfecto. No pasa mucho tiempo para que comiencen a escucharse los gritos, las puteadas, las órdenes y el retumbar de botas sobre los techos.

Toda la guardia de la Jefatura cordobesa se lanza en una búsqueda frenética que dura toda la madrugada. Inmóvil en su agujero, casi sin respirar para no hacer ruido, piensa que parece un oso en su cueva y una sonrisa cruza su rostro. Las compañeras de célula siempre le dicen que parece un osito.

Se hace de día y luego de comprobar que ha cesado la búsqueda, sale del hueco y se desliza por una pared hacia el primer patio que encuentra. Es el fondo de un bar que da a la calle opuesta de la Jefatura y en la puerta, el dueño o encargado –escoba en mano– lo mira sorprendido. Soy del ERP y me acabo de escapar de la Jefatura, le dice con la naturalidad con la que podría haber dicho soy de Talleres y vengo de la cancha. El dueño o encargado vacila pero retrocede, mira hacia uno y otro lados de la calle y con un andá nomás, se corre para dejarlo pasar. Agradece y se lanza a la calle a paso firme, sin correr ni mirar para atrás. Las caras de sorpresa del Tron y la Silvia en la casa operativa van a ser para filmarlas, piensa, y se imagina el titular del lunes de La Voz del Interior: Subversivo del ERP escapa de la Jefatura de Policía. El detenido, identificado como Emilio Enrique Arquiola, aprovechando un descuido de sus guardianes, bla, bla, bla. Es el 13 de junio de 1971.


La escuela de los revolucionarios. Ya reintegrado plenamente a las estructuras del PRT-ERP, Emilio parte hacia Bolivia con Rodrigo, un compañero boliviano del ELN y dos cordobeses, Diana y Sebastián. Pero la mala suerte los persigue, ni bien cruzan la frontera y mientras intentan alojarse en una posada, son detenidos por la policía boliviana. La dictadura encabezada por el general Hugo Banzer Suarez coopera en forma entusiasta con lo militares argentinos de la dictadura lanussista y en pocos días son deportados a la Argentina para ser interrogados y finalmente encarcelados. Emilio y Rodrigo llegan a Villa Devoto, a la Planta 6, pabellón abierto donde están detenidos Robi Santucho, Haroldo Gorriarán y otros militantes de la izquierda y el peronismo revolucionario.

A los pocos días, su propio padre, don Emilio, aparece en el pabellón, trasladado desde Córdoba donde había caído en un allanamiento a un taller de la organización. Poniendo en práctica la famosa frase de Lenin sobre la cárcel como escuela, los presos estudian con entusiasmo marxismo, historia y economía. En los recreos, gimnasia y fútbol, deporte que el “Osito” no domina en absoluto. Lo suyo es la lectura, la charla, la caminata por el patio hablando sin tema fijo, escuchando o contando una buena historia. Es afable, curioso, amable y reservado. Sus ojos soñadores miran de frente al hablar y no levanta nunca la voz para apoyar sus dichos o prevalecer en una discusión. Es un gran dibujante y su habilidad posibilita contar con cartas españolas perfectamente ilustradas en rectángulos de cartulina, con las que se arman reñidas partidas de truco y tute remate. Y pasan los días y llega la libertad un 25 de mayo y vuelve la militancia, la vida orgánica, las reuniones, las tareas. También el amor. Forma pareja con Marta del Carmen Rosetti con quien tiene una hija, Virginia.

Y la militancia es de nuevo para él la actividad armada y en enero de 1974 cae nuevamente preso en el intento de copamiento del cuartel de Azul. Otra vez las rejas, otra vez la escuela, otra vez el estudio, las charlas, la ronda de mate. Y pasa el tiempo y Argentina entra en un cono de sombra, en las cárceles de Isabel ya hay miles de presos, su compañera entre ellos, que está en la Penitenciaría de Córdoba. Cuando se produce el golpe, en las cárceles no sólo desaparecen los libros, apuntes, cartas y cuadernos. También mueren y desaparecen los compañeros. En Córdoba, uno de los primeros manotazos represivos en los lugares “legales” de detención, los militares asesinan a su compañera junto a otros presos en un fraguado “intento de fuga”. Son tiempos de puños apretados y el Oso, como todos, resiste, ayuda, da fuerzas, enseña, aprende, sigue contando y escuchando historias, haciendo carne aquello de “uno para todos y todos para uno”. Y los milicos se van y llega la democracia y con ella la libertad y el Oso, por razones familiares y sentimentales parte –en 1984– hacia Canadá, donde se queda 14 años.

El último tango en Canadá. El Oso, cosa rara en un cordobés, es un tanguero de alma, un gran bailarín. Transita las milongas de Buenos Aires cada vez que viene de visita y bailando en el Tasso con Graciela, su circunstancial pareja de baile, se da cuenta (se dan cuenta) que han sido compañeros de militancia. La noche pasa entre recuerdos, mates, ginebra y planes de futuro. Ya no es sólo el tango el aliciente para intentar el regreso. Hay compañeros, hay necesidades, hay carencias, hay trabajo por hacer. Se concreta una convocatoria que el 19 de julio de 1998 reúne a más de 600 ex militantes no sólo del PRT sino de Montoneros y otros sectores del peronismo y la izquierda revolucionaria.

De esa convocatoria surge una idea: la de una mutual solidaria para resolver temas como medicamentos, cursos, ámbito de reuniones gremiales y políticas, comunicación popular y redes de trueque y comercialización solidarios. Y ahí está el Oso, como siempre, de bajo perfil, sin levantar la voz, trabajando con todos, para todos, en la flamante Mutual Sentimiento que ya tiene su lugar en el viejo edificio de la estación Lacroze del ferrocarril Urquiza. Pero lo sigue llamando el tango y la Vieja Esquina en la Boca y el Obelisco en avenida Entre Ríos, saben, como cuenta Cacho –su compinche de milongas– de su maestría en el dos por cuatro y su arrastre indiscutible entre tangueras de todas las edades. Reservado como siempre, amable, pulcro, el Oso camina con la sabiduría y la paciencia de quien sabe que la vida es una historia de amigos y afectos que hay que cuidar.

Y se va de paseo a Canadá, a visitar afectos y –como no podía ser de otra manera– el sábado 19 va a bailar tango y ya de madrugada se va a dormir. Y se duerme. Y no se despierta. No se despierta más. Se queda ahí, en el frío y la nieve de un país lejano. Pero no es pasado, es presente en todos los que vivieron, militaron, sufrieron y se divirtieron con él.


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