sábado, 20 de noviembre de 2010

Hacerle el juego a la derecha...



Desde las elecciones nacionales del 2009 hemos escuchado y leído que el Frente Amplio “se debe” un gran debate y  una “autocrítica”. Sobre esto no he escuchado opiniones discordantes. Todos hacemos acuerdo. Todos repetimos las mismas palabras: debate, reflexión, propuestas, autocríticas, etc., etc.




Pero cuando un debate nos moviliza y pone en evidencia el por qué de una crisis innegable, en seguida surge el “freno”, el control, el llamado al silencio, aunque dicho en otras palabras: “cuidemos la unidad” “hay cosas más importantes” “estamos haciéndole el juego a la derecha”.
Y ahí todo vuelve a quedar en suspenso. Porque los que proponemos debatir, los que continuamos con el debate, quedamos casi expuestos a ser calificados de “divisionistas” o lisa y llanamente de “rompe pelotas”
Es como un círculo vicioso y perverso.
El debate y el conflicto son  acciones que revitalizan el campo de lo político. Las clausuras de estas instancias mediante la apelación a la “unidad” o a las acusaciones de “divisionismo” resultan en un vaciamiento de este campo.  Pretender que “todo vuelva a la normalidad”, que las voces se acallen, que nadie diga más nada porque hay “que hacer” o “hablar de cosas más importantes”  forma parte de una política antidemocrática, cuyo objetivo siempre ha sido “despolitizar” y por tanto no debería ser una política a promover desde la izquierda, aún cuando lo hace bajo consignas que suelen pegar fuerte en la militancia, como lo es la de “no hacerle el juego a la derecha”.
Pero además, esta negación, cuando el debate nos interpela y nos cuestiona, evidencia también otro comportamiento: el depositar la responsabilidad en el “afuera”. La crisis del Frente Amplio, parece así, ser consecuencia de una serie de hechos de los que nadie se hace cargo y es muy difícil, por no decir imposible, revertir una situación dada cuando no hay quién o quiénes se hagan cargo de ella.
Con la discusión sobre la impunidad está sucediendo esto.
La ley interpretativa (su discusión) hizo visibles diferencias profundas sobre cómo caracteriza la izquierda al pasado reciente y sus impactos sobre el hoy y sobre el futuro, pone sobre la mesa qué tipo de organización política queremos e interpela fuertemente el discurso políticamente correcto que todos se empeñan en sostener. Las palabras, así, vuelven a recuperar un sentido perdido, perdido y saqueado por el abuso que se ha hecho de ellas.
Ya no se trata de discutir sobre la nada, se trata de un hecho concreto que da cuenta, innegablemente, del marco conceptual del que cada uno parte para posicionarse ante él.
El papel de la justicia, los derechos humanos, la soberanía popular, lo jurídico y lo político, la disciplina partidaria respecto al Frente Amplio, todo esto está en cuestión. Y junto con todo esto, lo que finalmente está en discusión es la o las ideologías que portamos y que promovemos, no sólo a través de lo que decimos, sino también a través de lo que hacemos.
Más allá del dolor o la bronca que algunos podamos sentir, más allá de las contradicciones que se nos presenten, de las dudas, de las interrogantes y de los miedos, la discusión sobre la impunidad (simbolizada en la ley de caducidad) es una oportunidad que no debemos cometer el error de dejarla pasar. Sería una irresponsabilidad política hacer oídos sordos y meter la cabeza en el hoyo. Para quienes gustan de analizar la coyuntura partidaria desde una perspectiva de costos y beneficios, diría que los costos políticos del silencio y de la omisión de este debate, serán altísimos. Si lo minimizamos, si lo transformamos en algo superfluo, si hacemos eso, ahí sí le estaremos haciendo el temido juego a la derecha, en la medida en que estaremos imitando su comportamiento político, incorporando las mismas prácticas políticas conservadoras que la caracterizan, quedándonos sin alternativas, quedándonos, una vez más, sin política democrática.

de Fabiana Larrobla Caraballo,



Foja 0 y volver a empezar?





ver además:

Nunca fueron de izquierda

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