viernes, 22 de noviembre de 2013

¡Cháu, Cacho! Vos también gritarás: “¡Hay patria para todos!”


de Gabriel Carbajales 


“Cacho” era un chiquilín, todavía, cuando él y yo –otro chiquilín- nos conocimos en circunstancias en las que nadie querría conocerse, por más que esas mismas circunstancias hayan posibilitado un tipo de hermandad muy profunda y envolvente, muy especial y conmovedora, poco usual entre el común de los mortales de este mundo regido por imperativos nada amigos de hermandades profundas ni cosa que se le parezca…
Cuando digo “nos conocimos”, es eso, propiamente: nos vimos por primera vez las caras y los ojos y las jorobas y las rengueras de tipos muy jóvenes e idealistas, en medio de los comienzos del mega-ultraje del “proceso cívico-militar”; nos escuchamos las palabras y los dolores y las impotencias del humillado día y noche; nos mostramos de alma entera, con la sinceridad de los hechos, enrredados en una maraña de perversidades de las que, por supuesto, éramos la materia prima a la que los productores del despotismo total que ponía “las cosas en su sitio”, debían desesperar y enloquecer hasta pulverizarlos moralmente y aniquilarlos totalmente como seres humanos (y que si se salvaban, fueran apenas animalitos sumisos y lamebotas).
Nos conocimos cuando hablar de las cosas de la vida y de la muerte, representaba contraer una amistad que no sabíamos cuánto podía durar, trabar un vínculo afectivo muy fuerte y muy raro, en tiempos en los que la muerte mandaba como dueña y señora sobre un montón de vida joven apilada como bolsas negras de basura en los contenedores neuseabundos de esa “institución militar” que todavía hay descerebrados con “inteligencia” que nos la pintan como “guardiana de la patria” y no sé qué imbecilidades más que siguen cayendo por su propio peso cuando intermitentemente nos enteramos de sus entretelones de inmoralidad y bajeza plena entre sus mismos infelices integrantes sacados de una forma cotidiana de la miseria para transportarlos a otra “más organizada y disciplinada”.
Caímos los dos hechos prisioneros del Grupo de Artillería N° 1, de La Paloma, en el Cerro, comandado por el hermano de un muy conocido y encumbrado representante de la respetable “iglesia católica, apostólica y romana”, en la segunda mitad del fatídico año 1972, y subcomandado por otro ególatra con charreteras de utilería, que le hacía medir las cabezas a los rehenes para saber si éramos “arios”.
Nunca nos habíamos cruzado en la calle ni en ninguna otra circunstancia, que supiéramos…
Mejor dicho; caimos “los cuatro” al mismo tiempo, casi: Cacho, Nelsa –su compañera inseparable y consecuente al mango-, yo, y Grisel, que apenitas podía presenciar tanta maldad desde la panza de su madre, anémica, esquelética, extraña imagen de futuro promisorio, pese a todo, cuya concreción dependía de los humores histéricos y pizarreros de una manga de tarados parados firmes en el potro del triunfalismo fascista sin freno.
En realidad, ni de rebote tengo ganas de referirme en este momento a muy lindos y reconfortantes detalles ulteriores –post dictadura- de esa amistad que es verdaderamente amor revolucionario y que duró para siempre, entre gente que buscó su salvación entre los únicos que podían encontrarla: las Compañeras, los Compañeros, sus madres y sus padres, todas las víctimas, los demás secuestrados donde fuera, que no estaban precisamente entre los fardos de paja mugrienta del “proceso” (pero que también eran prisioneros) por disputarle a nadie algún carguito donde fuera para sentirnos “realizados” o “sustituir” a los hipócritas contra los que, mal que bien, habíamos luchado casi que con escarbadientes…
Cacho (Armando César De León Lago) murió ayer, casi chiquilín, todavía, no sé muy bien a raíz de qué enfermedad especial, aunque, por supuesto, paso esta muerte a la larga lista de ejecutados jóvenes por la burguesía cipaya del Uruguay “democrático”, cuyo parlamento levanto pies y manos, en abril de 1972, para “darles la oportunidad” a los que manejaban directamente todo lo que la burguesía cipaya necesita para defenderse del pueblo laburante: los fierros, las cárceles, los barrotes, la tortura, una brutalidad que, Cacho también lo sabe mejor que yo, algún día quedará con el codo roto y los dedos hechos muñones con los que ni rascarse los piojos, podrá.
¡Cháu, Cacho hermano!. ¡Vos también gritarás con todos: HAY PATRIA PARA TODOS!!!... aunque seamos cenizas que el viento no podrá llevarse.
¡Siempre, Hasta la Victoria, Cacho!.
Gabriel –Saracho- Carbajales, 22 de noviembre de 2013, Montevideo.-




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