jueves, 19 de abril de 2018

Caso Vladimir Roslik




el blog de Daniel Roselli
16 abril 2018

Este 16 de abril de 2018 se cumplen 34 años de que Vladimir Roslik fuera asesinado en el Cuartel de Fray Bentos. Ha pasado mucho tiempo, demasiado, con la impunidad impuesta, enturbiando todo, a pesar de que existe un sinfín de testigos, de víctimas que dan sus testimonios y de que los verdugos estén caminando libremente por las calles.
Pero quizás ha llegado el momento. Un equipo de abogados del Observatorio Luz Ibarburu, dirigido por el doctor Pablo Chargoñia, intenta poner luz en las sombras, derrotar la impunidad y que los criminales sean juzgados.
“Venimos a solicitar la continuación del presumario y el correspondiente desarchivo del expediente, presentando hechos nuevos a título de ampliación de la denuncia original y ofreciendo nuevos medios probatorio”, dice el documento que presentará el Observatorio Luz Ibarburu en el juzgado sobre la existencia de crímenes de lesa humanidad del que fueron víctimas Vladimir Roslik y los vecinos de San Javier.

Las razones

De acuerdo a lo que expresa el documento al que accedió EL ECO, “el fundamento jurídico de la solicitud de desarchivo es lo que en el ámbito penal se denomina ‘hechos nuevos’. Estos son circunstancias del crimen que aportan al esclarecimiento del caso y que no habían sido informados o noticiados a la sede penal con anterioridad”.
En este caso, los “datos nuevos” son las informaciones de la represión general contra los pobladores de San Javier, con datos sobre operativos, agentes responsables de esos operativos, operaciones de espionaje y propaganda, datos de los detenidos y su peripecia, etcétera, que constituyen un cuadro general -que engloba el crimen contra Roslik- que justifica la reanudación de la investigación presumarial y el desarchivo correspondiente del expediente.

Estos hechos no prescriben

Otro fundamento radica en la sentencia de la Corte Interamericana de DDHH en el caso Gelman c/Uruguay (2011) que exige específicamente al Poder Judicial nacional que no aplique normas de exención de responsabilidad (como la prescripción o la cosa juzgada) que impidieran la investigación de los hechos y el eventual castigo a los responsables. “El archivo del expediente Roslik implica, en nuestra opinión, un flagrante desconocimiento de lo que dispone aquella trascendental sentencia”, expresa el documento del Observatorio.
Vale acotar acá que ese fallo de la Corte Interamericana tiene alcance general, tal como han señalado algunos tribunales locales y el propio Fiscal de Corte, Dr. Jorge Díaz, y sin dudas alcanza el caso de la tortura contra los pobladores de San Javier. El Estado uruguayo tiene el deber de investigar en forma exhaustiva todos los casos de graves violaciones de los derechos humanos, como mandata el fallo interamericano.
De acuerdo a lo informado a EL ECO, una vez presentada esta solicitud, el expediente debería ser estudiado por el Fiscal Especializado en Crímenes de Lesa Humanidad, Dr. Ricardo Perciballe. “En esa ocasión, este adoptaría posición mediante su dictamen sobre el fundamento de la solicitud de desarchivo y podría, si su postura es coincidente con la nuestra, solicitar que se cite a declarar a víctimas testigos y a presuntos responsables. Y así comience a rodar una justicia que ha tardado en 34 años en ponerse en movimiento”.

Testigos sin citar

Como lo hemos denunciado desde EL ECO y lo puntualizan también los abogados, los testimonios de la mayoría de las víctimas aún no han sido recibidos por el Poder Judicial, a pesar del extenso tiempo transcurrido. Y los principales responsables -plenamente identificados por sus víctimas- han sido beneficiados por décadas de impunidad.

El crimen y los por qué

El crimen de Vladimir Roslik no puede entenderse aislado”, dice el documento, “sino como parte de varios operativos de la dictadura militar-civil (1973-1985). Estos operativos tenían como objeto a la población de San Javier dado su origen étnico (ruso, ucraniano) como parte de un plan propagandístico que los hizo aparecer -sin el menor atisbo de prueba- como agentes al servicio de la Unión Soviética. La propaganda pretendía mantener o recuperar el apoyo de EEUU -particularmente en lo referido a la ayuda militar- y la adhesión general de la opinión nacional y extranjera. En esos operativos murió Roslik. Y no fue la única víctima: muchos de sus amigos y vecinos fueron torturados y abusados”.
La investigadora Virginia Martínez explica estos hechos en Los rusos de San Javier (Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 2013, p. 133) de la siguiente manera:
“Las Fuerzas Armadas hicieron pasar por cuadros políticos-militares entrenados en la Unión Soviética a hombres comunes que vivían, estudiaban y trabajaban en la legalidad. Gente sin formación política, ajena a las normas de la clandestinidad, la compartimentación y aún de la militancia”.
Cinco de los once procesados tenían entre 18 y 19 años. Eran estudiantes conocidos por todos, de familias afincadas en la colonia. Llevaban la vida de cualquier joven en un pueblo del Interior. “El liceo está de luto”, dijo una profesora de San Javier tras las detenciones.
“Ese estado de inocencia política, lejos de servirles de protección, era su punto débil, y con seguridad por esa razón los eligieron. No tenían defensas, reflejos conspirativos y, sobre todo, no podían imaginar el trance que les esperaba.
La cárcel y la tortura no existían, siquiera como posibilidad remota, en la cabeza de ninguno de ellos. Vivieron el interrogatorio, la acusación y el simulacro de juicio como una situación irreal. “Yo miraba la ventana y la reja del cuartel y me preguntaba: ¿Qué hago acá?”, recuerda Macarov. Aníbal Lapunov no atinaba a responder las preguntas: “Ustedes forman una célula terrorista”, me decía Morales. ¿Quiénes son ‘ustedes’?, preguntaba yo. Y lo preguntaba de verdad porque no sabía a qué se refería”, señaló Lupanov
“Sometidos a tormento, anulados por el poder de los captores, eran solo cuerpos heridos, agotados por el plantón, la sed y el hambre. Todos firmaron haciéndose responsables de traficar armas, participar en entrenamientos militares y actividades de adoctrinamiento que se realizaban en el Centro Cultural Máximo Gorki”, dice la escritora en su libro.

Los inicios

Las primeras operaciones represivas ocurrieron entre fines de 1975 y principios de 1976. El Batallón de Infantería N. 9 del Ejército y la comisaría fueron las dos bases de operaciones de la represión contra San Javier. Al frente del Batallón estaba el teniente Julio Danzov.
Cuenta la maestra Susana Zanoniani, vecina de San Javier: “En el batallón me tuvieron de plantón, desnuda. De a ratos, un soldado de San Javier que estaba en el cuartel, me dejaba sentar pero decía que me parara si escuchaba los pasos de Danzov, porque si la descubrían, se ligaba una sanción” (Martínez, p. 113).
Román Klivzov, profesor del liceo de San Javier también estuvo secuestrado y torturado en el cuartel. Aunque estaba encapuchado, inmediatamente reconoció la voz de Danzov porque éste -tenía una audición de radio que Klivzov escuchaba con frecuencia (Martínez, p. 114).
En abril de 1980 la represión sobre San Javier adquirió más virulencia, transformando al pequeño y apacible pueblo en un gueto.
La comisaría, el Centro Cultural Juventud Unida y la chacra de un vecino fueron los lugares donde se torturó a los detenidos. Fueron veinticinco los detenidos y once los procesados por la justicia militar. Ninguno de los procesados militaba en el Partido Comunista de Uruguay”.

El testimonio de Rey Piuma

En este operativo de 1980 intervino además del Ejército, la División de Investigaciones e Inteligencia de la Prefectura Nacional Naval (DIPRE).
Un marinero que revistó en la DIPRE, desertó y prestó varios testimonios denunciando. Daniel Rey Piuma, autor del conocido libro Un marino acusa (Montevideo, tupac amaru editores, 1988) relató que algunos marineros se infiltraron en el pueblo para realizar tareas de espionaje. Eran los marineros Silveira Muñoz, Fenando González y otro de apellido Rodríguez (Martínez, p. 120).
Mientras tanto, un sanjavierino residente en Montevideo y vinculado a la embajada de EEUU, Daniel Jajulin Lorduguin, también participaba de las tares de inteligencia preparatorias del golpe contra San Javier (Martínez, p. 121).
El capitán de navío Ricardo Moreno también formó parte directa de las acciones contra San Javier. Fue él quien clausuró el Centro Cultural Máximo Gorki el 22/5/1980 (Martínez, p. 142).
Las primeras detenciones las realizó el comisario interino de la seccional Esteban Alberto Silva (apodado Cuzco). Se afirma que el titular de la comisaría, enterado de las operaciones que se venían, optó por pedir licencia: se trataba del comisario Diego Duarte (apodado El Capincho).
El 27/4/1980 detuvieron al sobrino del médico Valdimir Roslik. Vladimir Roslik Dubikin, de 18 años fue detenido por el agente policial Adán Mendieta a la salida del cine. Lo mismo hicieron con Víctor Macarov de 18 años.

Los interrogatorios

Los interrogatorios de la comisaría estuvieron a cargo del policía Adán Mendieta y de otro agente policial de apellido Corrales.
El 29/4/1980 el Batallón de Infantería N. 9 de Fray Bentos invadió literalmente San Javier. Julio Danzov comandaba el pelotón. Detuvieron a Carlos Jacina, Susana Zanoniani, Jorge Gurin (esposo de Susana Zanoniani), Vladimir Roslik, José Bozinsky, Ricardo Colmán, Hugo González.
Desde ese momento la situación en la comisaría cambió. Tapiaron las ventanas y se acentuó la tortura. El teniente Ivo Dardo Morales y el policía Adán Mendieta participaban directamente en las sesiones de tortura.
Los detenidos en San Javier fueron obligados a subir a un camión de la Intendencia. Apilados en ese vehículo fueron trasladados hasta el cuartel de Fray Bentos (probablemente el 2/5/1980).
En el cuartel fueron revisados por el médico militar Dr. Eduardo Saíz Pedrini. Este médico ordenó a Susana Zanoniani que se desnudara delante de los soldados. Las víctimas identifican como que el responsable en el cuartel era al teniente Ivo Dardo Morales. Allí torturaron a todos los detenidos: plantones, desnudos, golpes, insultos, capucha.
Lapunov fue el último en llegar al Batallón. Le costó reconocer a sus amigos: Miguel Schevzov y Vladimir Roslik eran mazacotes de gente, hinchados. “Los saludé pero era como saludar a lunáticos. Lo más débil que tiene el ser humano es el cerebro. Días después yo también me agoté y empecé a alucinar. Veía ríos corriendo por las paredes, veía banquetes servidos como en las pinturas europeas. Le ladraba a Semikin y no obedecía órdenes de los milicos. No podía, como los otros, orinarme encima. Tenía náuseas, ganas de vomitar pero no lograba orinar mientras estaba de plantón”. (Martínez, p. 127)
Para Susana Zanoniani, quien sufrió humillaciones, plantones y hambre, lo peor fue ver derrumbarse a los muchachos que habían sido sus alumnos. Dijo: “Tampoco me puedo olvidar de los gritos de Roslik. Lo torturaron horriblemente”.
Coincide Hugo González sobre el sufrimiento de Roslik: “Estaba de plantón, piernas y brazos separados. Morales le apagaba cigarrillos en la espalda y después le obligaba a sostenerse una gasita cubriendo las quemaduras”.

Liberación y torturas

Luego de la liberación de algunos detenidos, los represores se concentraron en once de ellos. El objetivo era hacerlos aparecer ante la opinión pública como integrantes de una célula terrorista armada. Comenzaron a aplicarles descargas eléctricas mediante una picana con un cable de teléfono y amenazas de arrojarlos al río. Pretendía que firmaran una declaración mentirosa sobre sus presuntas actividades de espionaje. Morales, Saíz y Danzov eran los principales responsables del trato cruel.
La agencia de propaganda de la dictadura, la Dirección Nacional de Relaciones Públicas (DINARP) emite un comunicado con una versión del operativo en San Javier y la presunta desarticulación de un “brazo armado” de la subversión. El 27/6/1980 los once hombres fueron trasladados al Establecimiento Militar de Reclusión N. 1 (Penal de Libertad).
Conforme documentos de la Dirección Nacional de Información e Inteligencia de la época (DNII), a pedido del Jefe de Policía de Río Negro coronel Walter Tito, viajaron desde Montevideo a Fray Bentos el comisario Homero Vaz Bresque y los sargentos Roberto Rivero y Walter Vivone (de la DNII) el 29/4/1980. En San Javier operaban el inspector Elbio Canti y el comisario Esteban Silva. El jefe de Policía de Paysandú coronel Ruben González también colaboró en tareas de inteligencia.
Pero la dirección del operativo estaba en manos del Ejército. Concretamente quien lo dirigía era el Jefe del Batallón coronel Oscar Roca.
De todas las tareas de espionaje e interrogatorios no surgió prueba alguna que pudiera vincular ni remotamente a los vecinos de San Javier con actividades pro soviéticas. Tal vez por eso los estudios de medicina en la Universidad Patricio Lumumba de Vladimir Roslik se transformaron en la “prueba” por excelencia. La carrera universitaria fue transformada, en los documentos de la dictadura, en “cursos de adiestramiento en Rusia” y en la absurda imputación de ser miembro de la KGB.
Luego del operativo de 1980, San Javier se convirtió en un gueto controlado por las fuerzas policiales y militares, una especie de campo de concentración en el que dominaba el miedo y la desconfianza entre los propios vecinos.
El 24/7/1981 Esteban Glisov, Jorge Gurin y Vladimir Roslik salieron del penal y volvieron a San Javier en regimen de “libertad vigilada”: una vez por semana debían presentarse en la comisaría y no podían salir del pueblo sin autorización.
Después detuvieron a un ciudadano brasileño -actualmente fallecido y que había vivido en San Javier, que dejó firmado su testimonio ante escribano público y llegó a poder del doctor Oscar López Goldaracena- llamado Antonio Pires Da Silva. En el cuartel fue torturado mediante la picana y el submarino. Luego fue obligado a buscar unas armas supuestamente enterradas cerca del río, que jamás aparecerían. El responsable de esa acción fue el mayor Sergio Caubarrere (conocido como La Pocha).
El 13 de abril de 1983 salieron del Penal de Libertad Víctor Macarov, Aníbal Lapunov, Miguel Schevzov, Pepe Bozinsky y Vladimir Roslik Dubikin.
El 15/4/1983 en horas de la noche, el capitán Daniel Castellá y el teniente Rodolfo Costas junto a otros agentes del ejército detienen a Vladimir Roslik. Mary Zabalkin contaría después que Vladimir comenzó a gritar “otra vez no, otra vez a lo mismo no, no y no”.

Los nuevos detenidos

En esa misma noche también detienen a Klivzov, Marzeniuk, Balachir, Jacina y Chimailov. Todos fueron trasladados al Cuartel de Fray Bentos donde fueron revisados por el Dr. Eduardo Sáiz. Otra vez la tortura. Chimailov recuerda los gritos de Roslik: si el cuartel no estuviera en las afueras de Fray Bentos, los alaridos habrían resonado en el centro de la ciudad, reflexionó (Martínez, p. 170). De pronto los gritos se silenciaron. Los torturadores llamaron a Sáiz quien al llegar encontró al sargento Agustín García intentando vanamente prestarle auxilio a Roslik que ya estaba muerto.
El cuartel estaba al mando del comandante del Batallón teniente coronel Mario Olivera, con el Jefe de División del Ejército general Hugo Medina, y con el comandante de la Brigada de Infantería de Salto coronel Ruben González…. El juez militar coronel Carmelo Betancourt ordenó que fuera el Dr. Sáiz quien realizara la autopsia. Estuvieron presentes en la pericia tres agentes de la represión: Agustín García, el policía Luis Carcozo y el teniente Ivo Dardo Morales.

Traslados, torturas y el tormento de Roslik

Las últimas horas de Vladimir Roslik fueron un tormento. Junto a otros detenidos padeció la tortura, pero fue el único que murió en el Cuartel.
Sobre esas horas terribles en el cuartel de Fray Bentos, Luis Udaquiola en el libro Valodia. Vida de Vladimir Roslik, Ediciones de la Banda Oriental, 1996, ps. 86 y siguientes, cuenta:
“Transcurrieron el domingo incomunicados, de plantón, distribuidos en diversas ‘salas de disciplina’. Entre las 8 y las 9 horas el doctor Sáiz Pedrini los sometió al examen médico de rutina; en el caso de Valodia (Roslik) recibió órdenes de verlo nuevamente al mediodía y más tarde a la hora 20 (…) Cada detenido era custodiado por dos soldados; a Chimailov lo vigilaban dos de Paysandú: “Mickey” y “el gusano”. En determinado momento quisieron saber sobre su hija, si estaba linda. ‘¿No querés ser mi yerno?’, preguntó, decidido a seguirles la corriente. ‘Mirá que yerno jodido no quiero: traéme agua’, desafió. ‘No me trabajes…’, reclamó el pretendiente cortando la charla.
A eso de las once colocaron una capucha arriba de la bolsa de arpillera y lo llevaron a la sala de torturas; aun confundido pudo percibir los movimientos de un grupo importante de militares y la presencia hasta ese momento insospechada de varios de los detenidos (…)
Lo torturaron junto a Valodia; si el cuartel no estuviese en el medio de un gran terreno a orillas de la planta urbana, los gritos y los llantos podrían haberse escuchado desde el centro de la ciudad (…) A Esteban Balachir también lo sometieron al ‘submarino’ y a los choques eléctricos pero además le colocaron una pistola vacía en la cabeza y la dispararon varias veces; era el más joven, tenía 29 años, y por un instante deseó que hubiese estado cargada.
‘Vamos a traer a tu hija y la vamos a coger aquí delante tuyo’, valentonearon con Marzeniuk. ‘Eso es sagrado, muchachos…ustedes tienen hermanas, tienen madre’, apelaba el camionero. Alrededor de las 0:30 horas la voz de Valodia dejó de escucharse y un oficial ordenó suspender los castigos (…)
A eso de la una y media Chimailov sintió que arrastraban a alguien; ‘ahí lo llevan al duro -comentaron unos soldados- qué lo parió, no larga nada’ (…) Habían matado a Vladimir Roslik en la tortura.







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