sábado, 11 de enero de 2014

Los que no votan

Claudio Gaete, Estela Cabezas y Carla Ruiz, El Mercurio de Chile
Desde 1971 los suizos vienen votando a una tasa que apenas supera el 40% de los electores y en ocasiones, como en 1999, solo un 34,9% fue a las urnas. El domingo 15 de diciembre los chilenos que salieron de sus casas a votar apenas superaron el 42%. Es la cifra más baja en la historia electoral chilena, considerando el número de electores inscritos. Para muchos fue la caja de Pandora que se abrió en 2012, cuando se instauró la inscripción automática y la votación voluntaria.
Se confirmó lo que muchos temían: que los más de cinco millones de no inscritos en los registros electorales no lo habían hecho simplemente porque no les interesaba votar. Algunos analistas afirman que abstenerse de sufragar es señal de estabilidad política y social, porque quiere decir que un país no pone en juego su futuro en cada elección. Pero el caso chileno dista mucho del suizo, donde la estabilidad y la confianza de los ciudadanos en sus instituciones son ampliamente reconocidas. Incluso más, países como Holanda, Estados Unidos, Gran Bretaña, Noruega y Francia, donde el voto no es obligatorio, no tienen tasas tan bajas como la chilena. En casi todos estos países, en las tres últimas elecciones las tasas de participación superaron el 70%.
¿Por qué ocurre esto en Chile y quiénes son los que no votan? Están los antisistémicos y los desinteresados, pasando por los acomodados al modelo y los que lisa y llanamente no votan por flojera.

El antisistémico.

En una idea corta, es el que no cree en la democracia formal ni en las instituciones. El que quiere hacer cambios radicales. El que sale a protestar a las calles, cierra las carreteras, corta los puentes. En el fondo, es el votante ideologizado, como dice el cientista político Cristóbal Bellolio, pero que deja fuera la alternativa electoral. El mejor ejemplo, afirma Bellolio, es la dirigente estudiantil secundaria Eloísa González y su célebre frase "yo no presto el voto", que terminó transformándose en el nombre de una campaña pública convocando a no votar.
"Para ellos, la lucha está en la calle y en la organización de base, nada más", dice el experto.
Claudio Fuentes, director del Instituto de Investigación de Ciencias Sociales de la UDP, afirma que los participantes de las protestas estudiantiles se vinculan con este grupo. "Son jóvenes políticamente activos, con interés en la cosa pública, pero críticos del sistema político actual, porque lo consideran injusto", asegura.
En otras palabras, este es el grupo que pelea por una mejor educación, a favor del medio ambiente, en contra de los abusos y en defensa de las ballenas, pero no tiene mucha fe en que los políticos vayan a solucionar ninguna de esas inquietudes. Ningún partido logra captar este voto antisistémico. Marta Lagos, encuestadora y directora de Mori, dice que se trata de personas que con su abstención quisieron votar en contra de las dos coaliciones chilenas.
Gloria de la Fuente, directora del Programa Calidad de la Política de la Fundación Chile 21, aporta otra arista: "Hay un autor francés que habla de este fenómeno de la desconfianza, de lejanía de las instituciones por parte de los votantes y que él llama la contrademocracia". Para ella, este votante siente que con su sufragio no se produce ningún cambio en su vida. Cita como ejemplo el Informe de Desarrollo Humano de 2012, donde se observa una disociación entre el proyecto personal de la gente versus las instituciones del Estado. Es más importante el "hágalo usted mismo" que lo que pueda hacer el Estado.

El desinteresado.

Es el grupo más difícil de conquistar por los políticos. No se interesa, pero no porque esté en contra del sistema, sino porque no ve la participación política como algo relevante. Lo dice Claudio Fuentes: estos votantes ni siquiera se preguntan si votar o no; no es algo que forme parte de sus vidas. Piensan que da lo mismo, porque su condición individual no va a cambiar. "Estoy pensando en este grupo de jóvenes que nace en democracia, que nunca quiso participar, que no se inscribió en los registros electorales y, por lo tanto, ni siquiera tiene el hábito. No conversa de política, no ve las noticias, nada de eso es parte de su cotidianeidad".
Cristóbal Bellolio coincide: "Usualmente es un individualista al que no le importan mayormente los problemas de la comunidad. No le ve sentido a preocuparse por algo tan árido y poco productivo como la política. No está ni ahí con la política". Según Fuentes, este grupo abunda más en los niveles medios y medio bajos, porque la educación es un factor fundamental a la hora de interesarse en política y a la hora de ir a votar.
Tomás Dittborn lo grafica con un ejemplo: "Es como que en el cine no hay ninguna película que te guste. Y en países con voto voluntario pasa eso, salvo fenómenos como el de Obama, que movilizan a la gente. Yo lo comparo con cuando vas al estadio y el primer tiempo termina 6-0. El segundo tiempo ya da lo mismo y la gente se retira 15 minutos antes. No hay nada interesante".
Atraer a estas personas a votar es difícil. Sobre todo cuando hay una consistencia en su decisión de no sufragar. Según Fuentes, hay un estudio inglés que demostró que si una persona no vota en tres ocasiones, ya no vota nunca más en su vida. "Si a los 18 años no votó y en las siguientes elecciones tampoco, es muy difícil convencerla de que entre al sistema".

El obligado.

Durante 20 años fue a todas las elecciones, un poco porque sentía que era su deber cívico, un poco porque era obligatorio. Y, claro, cuando dejó de serlo, no votó más (desde 2012 la votación es voluntaria en Chile).
Prefirió la playa. Según el abogado y columnista Patricio Zapata, este electorado iba a votar sin tener una motivación ideológica. Lo hacía más bien por la publicidad. "Son más hombres que mujeres, tienen entre 40 y 60 años, son en general apolíticos o escépticos de la política. Antes votaban por alguien que tuviera un discurso antipolítico. Son de clase media o clase media baja", explica.
¿Es posible que estos electores vuelvan a votar? Al menos para Zapata, sí, pero solo en el caso de que en una elección se estén jugando situaciones más extremas. Y no era el caso de esta elección, que terminó con la victoria de Michelle Bachelet.
Claudio Fuentes coincide en que la apatía política puede dar pie a una repolitización de la sociedad en momentos críticos. Cita lo ocurrido en Venezuela. "En 1999, con voto voluntario, la tasa de votación era entorno al 44%. Hoy es superior al 80%, y eso es gracias a Hugo Chávez y Nicolás Maduro. El reencantamiento del votante se produjo por una polarización de la sociedad y por una crisis que motivó al votante a ir a las urnas".

El frustrado.

Alguna vez creyó en la democracia, pero a fuerza de desilusiones aprendió a desconfiar de su capacidad para traer "la alegría".
Cristóbal Bellolio lo grafica así: "En los sectores populares abunda este personaje desconfiado de las intenciones del político. `Todos roban`, `todos mienten`, `nadie se preocupa por nosotros`. `Total, mañana hay que salir a trabajar igual`", dice.
Una manera fácil de identificarlos es a través de Facebook: muchos postearon frases como esas el lunes 16 de diciembre, después de las elecciones chilenas.
"El frustrado tiene un claro link con el desinteresado, pero lo que cambia es la emocionalidad", dice el publicista Tomás Dittborn. "En este caso la frustración está más conectada con la rabia y por eso a veces vota nulo para manifestar su enojo con el sistema".

Desde El Salvador a Portugal

Más de 95 países alrededor del mundo utilizan el voto voluntario para elegir a sus presidentes, según un estudio del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA por sus siglas en inglés), citado por el diario chileno La Segunda. En Latinoamérica, El Salvador es el país más antiguo en usar el sistema del voto voluntario y Venezuela el más nuevo en sumarse. Portugal, en tanto, es uno de los países del mundo con participación ciudadana más baja. En la elección presidencial de 2011, Aníbal Cavaco Silva, fue reelecto para un segundo mandato de cinco años con cerca de 2,23 millones de votos, es decir un 52.9% del total. Más de nueve millones de portugueses podían participar en estos comicios, pero solamente acudió a las urnas el 46%.

El voto obligatorio en Uruguay

En Uruguay, se sabe, las elecciones son obligatorias y hay sanciones para el que no va a votar. No hay dudas de que eso contribuye a que en cada elección haya un nivel de participación muy alto. Sin embargo, en la última elección departamental en Montevideo hubo un hecho que sorprendió a los analistas y que encendió una luz amarilla: casi un 14% de los electores (121.670 personas) votó en blanco o anulado. Esto es, fueron a votar (no les quedaba otra) pero dieron una clara señal de rechazo hacia el sistema político, y en particular a la oferta que los partidos ponían a disposición en la elección a intendente. Los analistas afirmaron en aquel momento que muchos eran ex votantes frenteamplistas que no querían darle otro período al oficialismo y tampoco confiaban en la oposición.


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Uruguay: Factum si las elecciones fueran hoy

NBA 6%
Quienes responden voto en blanco, voto anulado o no voto a ninguno, lo que en conjunto llamamos el voto refractario, bajó del 8% al 6%

 NBA Encuestas Cifra 12%

Otras opciones de izquierda
Gonzalo Abella Asamblea Popular Factum 1%
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Constanza Moreira por el FA 
Equipos Mori 5% .
La gráfica del diario de Valenti la tiró a matar
http://www.uypress.net/uc_47566_1.html



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