miércoles, 4 de septiembre de 2013

Soy la ley

De Gabriel "Saracho" Carbajales

El “nunca más” también depende de nosotros mismos.

Miserables policías, sin uniforme y maulas, golpean

y secuestran por el delito biológico de ser joven y estar en la esquina



Madrugada de hoy, martes 3 de setiembre de 2013, hora 01:00, aproximadamente.

Noche fría y ventosa, aunque no tanto como para no estar en la esquina, si tenés alrededor de unos 20 pirulos encima, tomando un vinito, fumando de repente un porrito recientemente “legalizado” –si hay, de esos que de vez en cuando dañan menos que un paquete de cigarros por día- y hablando de esas cosas de jóvenes que unos cuantos adultos desmemoriados y otros muy amargados y retrógrados, consideran “pavadas”.

El 124 llega a esa hora a la terminal de Santa Catalina y descarga allí unas cuantas vecinas y unos cuantos vecinos que vuelven de su largo trajinar diario, muertos de cansancio, hartos de tanta rutina acumulada durante tanto tiempo, muchas veces envidiando a la muchachada aguerrida capaz de soportar esa prueba de coraje de las esquinas invernales de nuestro Montevideo tugurizado, mangueando una chapa que, si tenés, darla no te hará más pobre de lo que ya sos.

Llamó la atención, hoy, la ausencia de la gurisada de siempre, esa que aún con mucho más frío, pulula invariablemente en más de una esquina, haciendo eso que afortunadamente siguen haciendo los jóvenes, en general, generación tras generación: vida social, entretenimiento sano, entrelazamiento sencillo pero fecundo de amistades que a veces duran toda la vida y que suponen afectos entrañables que nacen en la escuela y en el campito atrás de una pelota de trapo.



Llamó la atención que no estuvieran las y los que habitualmente andan haciendo esquina porque no tienen otra en una ciudad que le niega a la juventud lugares adecuados con cosas que posibiliten estar cultural y socialmente activos, compartiendo esos ratos de ocio imprescindible para cualquiera que guste de la vida sin tenerle miedo al “perder el tiempo” o al “qué dirán”, sin molestar a nadie.

Pero enseguida vino la explicación de tanta ausencia: en una fantasmal camioneta blanca, tipo furgoneta, moderna, chapa SBJ 7406, sin ningún logo de ninguna institución oficial, casi invisibles en la oscuridad aunque podía vérseles portando armas largas, un montón de sombras de apariencia humana, mantenía a raya a un grupo de muchachos por el espantoso delito de estar tomando vino y chupando frío y un porro a la intemperie nomás.

De pié, junto al vehículo, custodiado por otra sombra armada, estaba otro muchacho conocido de alguna de la gente que acababa de bajar del 124. Estaban por meterlo también en la camioneta, en este caso por pasar por ahí y por estar consumando el delito mayor de ser, todavía, muy joven.



La gente que llegaba no había terminado de preguntarse qué estaba pasando, cuando desde el vehículo salió el grito casi niño todavía de uno de los gurises amarrocados, bien conocido como muy buena persona por quienes oyeron el grito:

“¡Avisale a mis viejos que nos metieron presos!”.

De inmediato, como una fiera hambrienta y sin ningún recato, se abalanzó sobre él una de las sombras armadas, y a los insultos y a los piñazos limpios, acalló un segundo aviso que quedó ahogado por otros gritos que ahora eran de dolor y rabia y, con toda seguridad, preámbulo de un odio profundo a cualquier “agente del orden sirviendo a la sociedad”, de aquí al fin de los tiempos.



Las vecinas y los vecinos alertados, por fortuna, no se acobardaron. Salieron a avisar a los padres de los muchachos más rápido que un rayo, mientras la camioneta con los uniformados no uniformados, partía raudamente con rumbo desconocido, llevándose las presas de su valiente y sacrificada cacería nocturna.

Desde ahí y durante toda la noche, no fueron pocas ni pocos los “catalinenses” que se movilizaron tratando de ubicar a los chiquilines, dando cuenta a los abogados, denunciando; tratando, en fin, de convertir la legítima bronca en acción decidida que pudiera impedir cualquier extremo nada improbable cuando de los conocidos “cazadores nocturnos” se trata, máxime en tiempos de renovado viento en la camiseta gracias a ministros y otras yerbas que cada vez más, hacen la vista gorda –o, peor aun, ordenan sin dar la cara- ante el atropello y la prepotencia policíaca de viejo y despreciable cuño mafioso.



Los secuestrados estuvieron en calidad de tales hasta las 9 de la mañana en la seccional 19ª, donde la “explicación del operativo” pretendió ser, con la sinceridad tonta del agrandadito que exhibe una lustrosa cachiporra, la de que los muchachos estaban haciendo lo que efectivamente hacían: fumarse un porro y tomarse un vino (como esto, por supuesto, no convencía a nadie, directamente mintieron, diciendo que “los vecinos denunciaron alteración del orden público”…).

“El operativo estuvo a cargo de Inteligencia”, aseguró, por otra parte, una dependencia de Jefatura.



A estas horas, debería estar estudiando la denuncia presentada algún magistrado de turno del poder judicial, ya que el dictamen forense reclamado por los padres y vecinos de las víctimas, indica claramente que en un caso al menos, la golpiza recibida fue muy dura, sin contar los insultos, el manoseo y las amenazas de volver a ser secuestrados si a alguien se le ocurría denunciar “a la autoridá”.



Propongo que cada uno de nosotros seamos “juez por un minuto”; no digo que soñemos con que agarramos y esposamos a estos cobardes y los metemos presos donde sea así como así. Pero sí que “por un minuto”, al menos por un minuto, nos la ingeniemos, juntándonos con otros “jueces por un minuto” y otras “juezas por un minuto”, para sumar todos los minutos que sean necesarios a la tarea intransferible de garantizar que en nuestros barrios, el “NUNCA MÁS” no es una ingenua consigna de derrotados y derrotadas, sino UNA IMPARABLE ENERGÍA Y UNA VOLUNTAD INNEGOCIABLE DE IMPEDIR DE TODAS LAS MANERAS POSIBLES, QUE NUESTROS HIJOS, Y NOSOTROS MISMOS, SEAMOS DE NUEVO LA PRESA FÁCIL de miserables y maulas que creen que se pueden llevar el mundo por delante, gratis.



Porque esto que se relató aquí, ocurrido esta madrugada, ocurre todas las santas madrugadas en Montevideo y no sólo en Montevideo.

Porque Santa Catalina no es la excepción.

Y porque Bonomi, por lo que se vé, no puede merecernos la más mínima confianza en la medida que sus hechos nos dicen a las claras que el mal afamado ministerio del interior, “su ministerio”, apaña a miserables y maulas como estos, y que la “justicia”, NO HACE JUSTICIA CUANDO SE TRATA DE UNIFORMADOS, CON UNIFORME O SIN ÉL.



Gabriel Carbajales, 3 de setiembre de 2013.-





Enviado por Jorge Zabalza
 PUBLICADO el Viernes 19 de julio, 2013
ESCRIBE RAFAEL BAYCE 
El falso realismo criminológico
Ninguna política pública de los gobiernos de izquierda ha sido menos progresista que lo hecho en las áreas de seguridad y criminalidad. No se mantuvo lo afirmado cuando se era oposición. No se tuvo solidez ideológica, creatividad o valentía para enfrentar a la opinión pública crecientemente alienada, a la prensa depredadora y a la derecha […]

Ninguna política pública de los gobiernos de izquierda ha sido menos progresista que lo hecho en las áreas de seguridad y criminalidad. No se mantuvo lo afirmado cuando se era oposición. No se tuvo solidez ideológica, creatividad o valentía para enfrentar a la opinión pública crecientemente alienada, a la prensa depredadora y a la derecha conservadora. La izquierda ha sido erosionada por teorías criminológicas inspiradas en las derechas, alimentada por la prensa, actores políticos y opinión pública. Anotemos algunas explicaciones y algunas líneas de salida para esta terrible situación.
El desastre ideológico
Uno. El juego democrático cotidiano entre partidos hace difícil mantener el perfil ideológico enunciado a priori. Tampoco es fácil implementar medidas que necesitan de burocracias con otras lealtades, otros valores, inercias y culturas organizacionales, que pueden enfrentar o demorar decisiones.
Dos. La izquierda parece ignorar que, desde mediados de los ochenta, los implementadores de los designios de la geopolítica neoimperial no son ya los militares –como lo fueron durante la Doctrina de la Seguridad Nacional en tiempos de Guerra Fría, Plan Cóndor y dictaduras–, sino las policías y guardias nacionales como ejecutores de la nueva Doctrina de Conflictos de Baja Intensidad. Ésta elige como blanco de fichaje y control social problemas que pueden ser atribuidos especialmente a los más jóvenes. Para ello, con la alianza de la prensa y políticos derechistas, se magnifica, dramatiza y estigmatiza sida, drogas, criminalidad joven y subculturas juveniles. Con tal pretexto bajan las defensas democráticas de la sociedad, eliminando libertades, garantías y derechos sociales, sustituyéndolas por clamores paranoicos e inocuos sobre seguridad.
Tres. Los contenidos de ‘seguridad’ e ‘inseguridad’ se deslizan semánticamente hacia la cantidad y calidad de la criminalidad e infraccionalidad. Se vuelven sinónimos, y por ello símbolos de condensación de las múltiples inseguridades de la vida urbana moderna, más allá de sus supuestas causas y síntomas. Esto lleva a que policías y ministerios del Interior monopolicen diagnósticos y terapias sobre problemas que son multidisciplinarios, multiinstitucionales, multiministeriales y tanto ejecutivos como legislativos y judiciales. Jamás habrá soluciones si los diagnósticos y terapias son monopolizados por ministerios del Interior, como supermanes de mano de hierro.
Cuatro. Las policías saben de prácticas operativas pero no de criminología ni de relaciones entre infraccionalidad y criminalidad con economía, cultura y sociedad. Porque no lo estudiaron con gente competente y porque no tienen capital cultural suficiente como para asimilarlo si tuvieran quién se los enseñase. Cuando la prensa interroga a policías sobre temas de ‘inseguridad’ reproducen reduccionismos simplistas y poco informados científicamente. Los medios entonces ayudan a empobrecer la capacidad analítica de la opinión pública y de los políticos, a pauperizar diagnósticos y a despotenciar soluciones para los problemas sociales.
Cinco. Tan malo como todo este proceso práctico es el deterioro del nivel de justificación de las prácticas. Porque esa ‘ejecutivización’, ‘policialización’ y ‘mediatización’ del imaginario público va acompañada de una contaminación académica y política de los conceptos sobre cuya base se diagnostica, se intentan soluciones y se conforman opinión pública y sentido común. Hasta mediados de los años setenta, la llamada ‘reforma criminológica’ fue una conjunción de teorías científicas y progresistas sobre la criminalidad y conceptos vinculados. Pero los ascensos conservadores de Reagan y Thatcher dieron origen, financiación e instrumentalidad a una serie de teorías neoliberales, conservadoras y de derecha o ´tercera vía’ que configuraron una regresión llamada ‘contrarreforma criminológica’. Estas teorías provocaron una atemorizada retracción de las criminologías progresistas que comenzaron con el trágico ‘realismo criminológico de izquierdas’, coyuntura histórica de los años 80 en Europa, que se reiteró en América Latina y se vive en el Uruguay de hoy. De ahí la importancia de no permitir que monopolicen la opinión pública y la política mediante su predominio en la prensa y en los sondeos de opinión. Hay que trabajar con base en las teorías de la ‘reforma’ y la criminología crítica (con énfasis en abolicionismo, garantismo y minimalismo), y evitar las de la ‘contrarreforma’ y el ‘realismo de izquierda’.
Criminología crítica
Uno. No hacerle coro a la vulgaridad histórica del crecimiento de la violencia. Los institutos internacionales que estudian esto dicen que antes no existían los registros que hay hoy para comparar, y que lo que hay con seguridad es mucho mayor publicidad, magnificación, dramatización y estigmatización de los chivos expiatorios elegidos para atribuirles causa fácil a los complejos problemas tan temidos. Hace mucho que se sabe que la sensación térmica de inseguridad es mucho mayor y creciente respecto de la criminalidad, que responde a otras causas que ella, y que produce ilegitimidad política y miedo fascistizante, irracional e inductor de infelicidad.
Dos. Los objetivos utópicos pero que pueden guiar hoy a las políticas serían: despolicialización de la seguridad, desjudicialización de los conflictos, despenalización de conductas ilegítimas, desinstitucionalización de penas y castigos. Debe además reformularse un análisis histórico del papel de las policías y su relación con el centralismo estatal.
Tres. No debe olvidarse la función de liderazgo que los políticos deben ejercer; venciendo la tentación populista y demagógica que supone el facilismo poco informado de creerse que la soberanía popular implica aceptar cualquier ignorancia técnica inducida. El imperio progresivo de los medios de comunicación en el imaginario colectivo amerita su denuncia y no un equivocado servilismo a sus introyectados conceptos e imágenes.
Cuatro. Es necesario castigar, no sólo a los criminales, sino a los criminógenos (a los que no dan el empleo que pueden, no pagan lo que pueden, hacen trabajar en tareas que no son las que pagan, echan a los tres meses para no pagar seguridad social ni aumentos, negrean psíquicamente), que siembran las semillas de las que saldrán los frustrados, deprivados relativos, necesitados y urgidos agresivos que les sacarán los ojos. Hay doctrinas penales que afirman que el Estado no puede ejercer su pretensión punitiva contra algunos si antes no cumplió con sus deberes de satisfacción de derechos humanos, ciudadanos, políticos, sociales y económicos a su respecto. No olvidar, por lo tanto, que los lumpen, lumpen-consumistas, subproletarios, o underclass, son más víctimas de la sociedad que victimarios. ¿Cómo pueden gobiernos progresistas, de izquierda, ponerse sistemática y públicamente del lado de los explotadores y no de los explotados? Por ejemplo, expulsando a quienes los necesitan de los espacios públicos, o expulsando a gente que se gana su vida en los semáforos en lugar de controlar a los que se aprovechan y molestan.
Cinco. A no mentir: ni la inseguridad ni la criminalidad pueden ‘erradicarse’. Y mucho menos ‘ya’. Porque obedecen a múltiples factores y porque hay que ‘aguantar’ hoy y aprender a no sembrar más lo que nos ha hecho cosechar lo que ahora lamentamos. Responden a múltiples factores profundamente enraizados en el pasado, que tendrán consecuencias casi inevitables hoy y mañana. Ni siquiera haciendo todo bien hoy se podrá estar seguro de que los efectos de desigualdades, injusticias, inequidades, negreos y ninguneos, materiales y afectivos, se eliminen. Es tarea de todos.






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