sábado, 15 de marzo de 2014

Posdata Folios, el coronel Ramírez, Simón y el segundo vuelo de Orletti

Sara, su hijo Simón y su nieto Juan Ignacio. Una familia recuperada a pesar de la impunidad

En otro artículo que presento hoy en mi facebook, bajo el título Simón y los idus de marzo, explico que el 15 de marzo de 1984, hace 30 años, publiqué en Convicción la primer entrevista a Sara Méndez y a otros familiares de niños desaparecidos. Exactamente 18 años después, pude escribir en Posdata Folios el informe con la investigación que realicé durante un año y permitió a Rafael Michelini encontrar a Simón Riquelo, 26 años después de haber sido desaparecido. 
Este artículo, que tiene una introducción firmada por Manuel Flores Silva, director de Posdata Folios (una publicación en papel sábana que se mantuvo brevemente tras el cierre de aquella excelente revista llamada Posdata), intenta esclarecer quién era el coronel Ramírez que había denunciado Rodríguez Larreta como responsable de las operaciones de secuestro de uruguayos en Argentina, explica cómo surgió el informante que permitió encontrar a Simón y denuncia, por primera vez el traslado del segundo vuelo de Orletti.
El valor histórico de esta nota, esta en que, a través de ella, por primera vez se establece la hipótesis de que en Uruguay no había sólo 34 desaparecidos, sino que todos aquellos uruguayos que fueron secuestrados y desaparecidos en el exterior, en realidad habían sido trasladados en vuelos clandestinos y asesinados en nuestro territorio para ser enterrados, eventualmente, en una fosa común dentro de alguna unidad militar.  
Como explico en el otro artículo, al que adjunto la entrevista de Convicción, muchos de los datos que en 2002 difundimos fueron corregidos en otras notas a lo largo de los últimos doce años. La crónica que escribí aquella noche sin dormir en la casa del propio Manolo (ese mismo 15 de marzo se confirmaba la identidad de Simón con un examen de ADN), estableció los lineamientos del trabajo que he seguido realizando hasta el presente, y su resultado /publicado este tiempo en La República y Caras&Caretas) lo seguiré editando en mi muro como memoria de todos.

Roger Rodríguez
(15 de marzo de 2014)

POSDATA FOLIOS EL 15 DE MARZO DE 2002

LA HORA DE SIMÓN

Por la sencilla razón de que cada tiempo que se vive genera obligaciones morales, Posdata ha tratado de contribuir a la construcción de escenarios informativos que contengan cada vez más verdades en sus entrañas. Es evidente que para el ‘estado del alma’ nacional, para la justicia como fin social en sí mismo y por muchas otras causas, el tema del esclarecimiento de lo sucedido en el Uruguay que perdió sus referencias en cuanto a derechos humanos es absolutamente imprescindible.
Un día nos importó, para presentar las sensibilidades en oposición, ofrecer al lector un reportaje al general Ballestrino. Otro día presentamos un reportaje a unos agentes de inteligencia que habían participado en operaciones importantes. De allí salió todo el tema Tróccoli, un falso arrepentido que luego fue promovido por la prensa del establishment. Y naturalmente, a principios de 1996 nos pareció del caso plantear con todo énfasis el cumplimiento del artículo 4 de la ley de Caducidad y la obligación de esclarecer lo sucedido. Desencadenar una dinámica pacífica de información y transparencia es algo con lo que sospechamos tiene algo que ver el periodismo.
Hace un año y medio encargamos al periodista Roger Rodríguez aunar el material informativo que veníamos recibiendo sobre el Plan Cóndor y profundizar las investigaciones (sólo lo distrajimos quince días porque había un tema de corrupción en el Banco Hipotecario que se lo pedimos a él, ya que estábamos bajo amenaza y queríamos resolver el asunto rápido).
Amigos académicos estadounidenses –como John Dinges o Patrice Mc Sherry– especializados en desclasificación de documentos, nuevos documentos aparecidos en Uruguay y en Argentina, convencieron al colectivo de Posdata de que ya es tiempo de revelar toda la historia del Cóndor.
Investigar los responsables –Uruguay fue quien en Santiago de Chile, en la persona del coronel José A. Fons, propuso el nombre del plan– en cada país, las vinculaciones, el financiamiento, la intervención de la CIA, las decisiones de exterminio de líderes y de miles de militantes, todo ello supone una tarea en la que en Posdata todos colaboramos, particularmente quien esto escribe y Gerardo Bleier, coordinando todas las actuaciones de Roger Rodríguez, quien, además, dirige las tareas de campo y que a esos efectos se ha trasladado numerosas veces a Buenos Aires.
Estuvimos junto a Sara en un momento difícil: cuando se supo que quien se pensaba que era Simón no lo era. Redobló entonces Roger sus esfuerzos. Sara fue informada, en su momento por Roger, con todos los cuidados que caben cuando no se quiere construir una falsa ilusión luego de la frustración antes ocurrida.
Estos días la prensa oral y televisiva, nacional y extranjera, ha buscado a Roger. Roger, quien no dio reportajes a nadie. Simplemente se sentó a escribir su crónica, que es la que el lector podrá leer a continuación. Es una labor que tiene pendiente el país para sanar una herida colectiva y no puede tener protagonismos. Ése es el mensaje de Roger cuando empuña simplemente, como todas las semanas, el teclado con el que convive hace ya 24 años cuando entramos juntos a la Redacción de El Día.
Esta crónica tiene fundamentalmente tres aportes para una verdad pendiente. Porque no estamos al fin del camino, sino al principio de uno en el que –con serenidad, tolerancia, rigor intelectual y modestia– construiremos la historia que le legaremos a nuestros hijos. Con generosidad, entre todos los periodistas uruguayos tenemos que aclarar el Plan Cóndor. El lector, antes que después, conocerá nuevas crónicas.

Manuel Flores Silva

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RAMÍREZ, SIMÓN Y 72 DESAPARECIDOS 

1 - RAMÍREZ ES, PERO NO

Uno de los puntos que nunca se ha terminado de dilucidar, pese a las reiteradas denuncias sobre su participación en la represión militar contra uruguayos en Argentina, es la identidad del tristemente célebre coronel Guillermo Ramírez, sindicado como el responsable uruguayo del Plan Cóndor en Buenos Aires.
El periodista Enrique Rodríguez Larreta Piera, uno de los pocos sobrevivientes de Orletti, fue quien por primera vez acusó al coronel Guillermo Ramírez en una entrevista publicada en el diario Le Monde el 9 de abril de 1977. Siete años más tarde, Rodríguez Larreta volvió a mencionar al coronel Ramírez en la denuncia y querella criminal que realizó ante la Justicia uruguaya, apenas se reinstauró el régimen democrático, por abuso de armas, violación de domicilio, privación ilegítima de la libertad y torturas.
En su testimonio lo describe: “Coronel Guillermo Ramírez. Jefe de la División 300. Tiene más de cincuenta años, de tez morocha, nariz aguileña, habla pausadamente y es de complexión regular, de alrededor de 1,75 metros de estatura. A fines de noviembre realizó un viaje a Buenos Aires con el fin de localizar al menor Simón Antonio Riquelo, que él decía, había quedado en manos de militares argentinos”.
Sin embargo, en la rueda de prensa realizada el 25 de abril de 1984, luego de presentar su denuncia, se produjo un confuso incidente. El propio coronel Guillermo Ramírez se presentó en el lugar y logró preguntarle a Rodríguez Larreta si lo conocía. El denunciante dijo que no y cuando Ramírez se identificó con su grado y nombre, Rodríguez Larreta tuvo que aceptar que ése no era el Ramírez que había visto durante su cautiverio en Orletti.
Desde entonces, ha persistido la duda sobre la identidad de Ramírez.

El Ramírez sospechado

Guillermo Ramírez, nacido el 3 de mayo de 1929, ascendió a coronel de infantería en febrero de 1968 y pasó a retiro el 31 de agosto de 1977. Según ha declarado públicamente, pasó a ‘la bolsa’ (sin destino) en 1973 y se dedicó a los estudios universitarios completándolos (contador), hasta que se le pidió el retiro por el ‘inciso G’ (retiro obligatorio). Acompañó el No en el plebiscito de la reforma constitucional en 1980 y trabajó por el Partido Colorado en las internas de 1982.
En 1984 figuró en una lista de candidatos al Senado por el Partido Colorado, donde se desempeñó como Tesorero durante varios años. Toda la colectividad de ese partido rechazó siempre que, quien en el actual gobierno de Jorge Batlle se desempeña como presidente del Tribunal de Cuentas, pudiera estar involucrado con la represión en Argentina.
Pero sus relaciones con personalidades de la dictadura argentina lo hicieron sospechoso. Guillermo Ramírez, que se desempeñó como interventor en Reufex, empresa frigorífica, fue compañero de estudios del General Albano Harguindeguy, ministro del Interior del gobierno militar argentino, tras el golpe de Estado que derrocó a Isabel Perón en 1976.
Ramírez y Harguindeguy se conocieron al compartir clases en 1960 durante un curso en la Escuela del Estado Mayor de Montevideo y volvieron a estudiar juntos en 1969 y 1971. Esa relación de amistad llevó a que el hijo del militar argentino se llamara Guillermo, en homenaje al militar uruguayo que fue su padrino de bautizo.
El propio Harguindeguy, al testimoniar en el juicio a la Junta de Comandantes en Argentina, en mayo de 1985, explicó su relación con el coronel Guillermo Ramírez y sus visitas personales durante 1976. También dijo que el coronel uruguayo al que se refieren las acusaciones de haber operado en distintos centros de detención durante aquella dictadura, no era Guillermo, sino “otro Ramírez”.

Los Ramírez del Ejército

Al declarar ante la Comisión Argentina de Derechos Humanos (CADHU) el Inspector de la Policía Federal Argentina, Rodolfo Peregrino Fernández, realizó una amplia descripción sobre la estructura represiva en Buenos Aires. En ese marco implicó a Harguindeguy y al general Edmundo Ojeda, junto a un “coronel Ramírez” que esos días estaba en Buenos Aires, en los asesinatos de Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz, Rosario Barredo y Williams Whitalew.
La presencia de un “general” Ramírez, como principal coordinador del operativo de secuestro y asesinato de los cuatro uruguayos, también es señalada en un documento escrito en 1978, en el cual quien se identifica como el agente de la Policía Federal argentina Agustín Efraín Silvera relata detalladamente la coordinación represiva de militares uruguayos, argentinos, chilenos, paraguayos y brasileños con la aceptación de un agente norteamericano.
Ese documento de origen desconocido que en agosto de 2001 publicaron los diarios Pagina 12 y La República había sido rescatado de un baúl que por veinte años permaneció cerrado en la casa de una familia de exiliados y estaba en poder de Posdata desde meses antes de su divulgación, ya que estaba y está todavía sujeto a investigación por este medio.
El testimonio motivó el comienzo de la investigación que iniciamos hace más de un año, pues allí se evidencian los comienzos del Plan Cóndor y se revela una serie de detalles que, en gran parte, se han podido confirmar y serán revelados en su oportunidad.
Al regreso de la democracia uruguaya, en las actas de la Comisión Investigadora que se instaló en la Cámara de Representantes ante los asesinatos de aquel 20 de mayo de 1976, figura el testimonio del propio coronel Guillermo Ramírez. En la sesión del 8 de julio de 1985 reconoció su relación de compadre con Harguindeguy, pero deslindó cualquier participación en la represión en Argentina. Interrogado sobre qué otros Ramírez revistaban en el Ejército, mencionó a Julio y Roberto Ramírez Techera y a su propio hermano, Alfredo, pero no supo decir en qué mandos se desempeñaban entonces.
Para mayor confusión, a los cuatro Ramírez se agregaba un Diego Ramírez, quien en el Informe Kauffman de Amnistía Internacional en 1976 es nombrado como el coronel uruguayo que comandaba una unidad de inteligencia de la Armada que operaba desde la base Morón, encargada de torturar y secuestrar uruguayos en Argentina.
Sin embargo, en los archivos del Ministerio de Defensa Nacional no figura ningún coronel Diego Ramírez. Sí aparecen los otros tres. Alfredo Ramírez, el hermano de Guillermo, del Arma de Comunicaciones, nació el 8 de octubre de 1926, ascendió a coronel en el 71 y pasó a retiro en 1981. Fue luego Juez Militar de Instrucción de Tercer Turno. Julio E. Ramírez, nacido el 10 de febrero de 1918, tuvo su último grado en 1961 y pasó a retiro en 1973. Finalmente, Roberto Ramírez, de Infantería, nacido el 6 de enero de 1921, ascendido en 1964, quien pasó a retiro en 1975 y a desempeñarse luego en el Estado Mayor Conjunto.

El Ramírez de la CIA

Un libro publicado en 1975, sobre la carrera de un ex agente de la CIA que realizó operaciones secretas durante doce años, hasta 1969, y estuvo en las estaciones de la inteligencia norteamericana en Quito y Montevideo, es el que parece comenzar a develar la identidad de Ramírez.
En La CIA por dentro. Diario de un Espía, el ex agente Philip Agee, cuenta, con fecha 21 de marzo de 1964 que “La Estación, que provee equipo técnico y financia la operación, trata directamente con el jefe de la Guardia Metropolitana, que es el funcionario policial que está a cargo de la operación de tapping [‘pinchazos’ telefónicos]. Ahora, es el coronel Roberto Ramírez, que por lo general indica las líneas que deben intervenirse como parte de las operaciones contra el contrabando y que a la vez encubren las líneas que la estación hace intervenir por motivos exclusivamente políticos”.
En el anexo del libro aparecen identificados dos militares uruguayos: “Prantl, Amaury, teniente coronel del Ejército uruguayo y colaborador de enlace con la estación de Montevideo. Jefe de la Guardia Metropolitana (fuerza antitumulto) de la Policía de Montevideo” y cuatro renglones después: “Ramírez, Roberto. Coronel del Ejército uruguayo y Jefe de la Guardia Metropolitana (tropas antitumulto) del Departamento de Policía de Montevideo. Íntimo colaborador de enlace con la estación de Montevideo”.
El libro circuló reservadamente en Uruguay hasta fines de la dictadura, cuando el semanario Jaque lo reprodujo parcialmente en el marco de un informe sobre el espionaje estadounidense en nuestro país el 18 de noviembre de 1883.
La presencia de Roberto Ramírez como colaborador de los servicios de inteligencia norteamericanos recién fue públicamente rescatada por el periodista Carlos María Gutiérrez en un artículo de la serie ‘Cómo la CIA controló el Uruguay’, publicado en Brecha el 25 de setiembre de 1987. Allí se explicaba detalladamente lo que Agee había escrito: “Las intervenciones telefónicas se pedían a la UTE por la Guardia Metropolitana, cuyo jefe, el coronel Roberto Ramírez, había sido reclutado por la estación. El pretexto de Ramírez era la lucha contra el contrabando, pero de todos modos las intervenciones telefónicas eran también autorizadas a la cia por el ministro del Interior y el Jefe de Policía de Montevideo”.
No se asoció entonces a aquel Ramírez con el que había denunciado Rodríguez Larreta.

El “carnicero” Ramírez

Tampoco se había pensado que Roberto Ramírez Techera pudiera ser aquel de Orletti, cuando el semanario Dignidad, en sus ediciones del 19 y 26 de marzo de 1985, lo denunció como responsable por la muerte por apremios del portuario Juan Omar Rodríguez y por la detención y tortura de otros 23 empleados de la Administración Nacional de Puertos (ANP) en abril de 1975, cuando el coronel presidía el ente estatal.
Según una denuncia que con fecha 4 de marzo de 1985 fue presentada ante la propia ANP, los funcionarios fueron detenidos en sus domicilios por efectivos del Batallón de Infantería N° 2 y conducidos, encapuchados, a la unidad ubicada en el kilómetro catorce de Camino Maldonado donde fueron apremiados y permanecieron incomunicados hasta el 31 de julio de ese año.
En el marco de nuestra actual investigación, Posdata Folios volvió a consultar a uno de los informantes de la marina cuyo testimonio permitió realizar el artículo ‘Secretos de la dictadura II”, publicado en abril de 1996, cuando se reveló la metodología represiva implementada por la Armada uruguaya durante el régimen de facto. La fuente calificó a Roberto Ramírez como el “terrible hijo de p...” y “verdadero carnicero”, que les proporcionó actas de los interrogatorios extraídos bajo apremio en Buenos Aires a militantes del GAU que luego aparecieron en la lista de detenidos desaparecidos en Argentina durante 1977.

El Ramírez, los Ramírez

Pero los ex integrantes de los servicios de inteligencia de la Armada descartan, sin embargo, que el coronel Roberto Ramírez Techera, que presidió la ANP, pudiera ser quien comandaba las operaciones contra uruguayos en Argentina. La descripción de Ramírez que proporcionan a Posdata Folios estas fuentes –“un hombre alto, delgado, que hacía cortar el aire cuando llegaba”– tampoco coincide con la del militar de “tez morocha y nariz aguileña” descrito por Rodríguez Larreta.
Descartar que Roberto Ramírez Techera fuera el hombre uruguayo del Cóndor en Argentina –pese a sus vinculaciones con Prantl y con la CIA– es algo que sería completamente posible si hubiere habido una instancia judicial o parlamentaria que lo confirmara.
Roberto Ramírez Techera fue en los sesenta el compañero de armas de Amaury Prantl, quien en los años setenta comandó los servicios de inteligencia militar que realizaron la represión en Argentina. Ambos procedían de la misma Guardia Republicana y ambos fueron cooptados por los servicios de inteligencia norteamericanos, según testimonia el ex agente de la CIA, Philippe Agee. Sin embargo, el coronel Ramírez que presidió la ANP durante esa década no pudo ser –pese a su eventual responsabilidad en lo denunciado por los funcionarios portuarios– el Cóndor en Buenos Aires.
Más curioso es que en su testimonio ante la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), el militar ‘arrepentido’ Andrés Francisco Valdez, al describir las vinculaciones argentinas con el exterior, explique que “era común que vinieran jefes operativos de países limítrofes” y que sobre nuestro país, señale al “teniente coronel Alfredo Bretón, el dicente lo vio en Orletti –CCD– donde comúnmente concurría. Su rol era de Jefe de Inteligencia de Operaciones Uruguayo Argentinas, con sede en la República Oriental del Uruguay, sito en San José y Yí. Su función en nuestro país era interrogar a los uruguayos detenidos, y en Uruguay comunicaba las detenciones de argentinos que se realizaban al Departamento de Relaciones Exteriores de la Policía Federal”.
El testimonio indica que también había un militar que realizaba la tarea de Ramírez, pero que no sería Ramírez, sino Bretón, quien no figura en los cuadros del Ministerio de Defensa Nacional.
Una fuente militar uruguaya no pudo evitar sonreír al ser consultado sobre el misterio de los Ramírez. El informante advirtió que no individualizaría a quien efectivamente secundó al fallecido Amaury Prantl en la comandancia del Servicio de Información y Defensa, pero aceptó reconocer que “en aquellos años muchos militares tenían recelos con el verdadero Guillermo Ramírez porque no había adherido al golpe de Estado, y conozco al menos dos militares que utilizaron el apellido de Ramírez en Argentina, al realizar tareas, y también fue utilizada la misma treta en Montevideo”.
Es decir, que también habría sido ‘Ramírez’ el teniente coronel Juan Antonio Rodríguez Buratti (301). Y ‘Ramírez’ fueron además el mayor José Turco Arab (305), el Mayor Enrique Martínez (304), el capitán Gilberto Vázquez (307) y el teniente Maurente (309), hasta pudo serlo el coronel Rama (Óscar 1).
O sea, no habría sido un ‘Ramírez’, sino varios ‘Ramírez’, pero no aquel Ramírez.

2 - SIMÓN ES SIMÓN

En marzo de 1984, tres años después de ser liberada y cuando aún no podía salir del país, Sara Méndez y otros cuatro familiares de niños desaparecidos hicieron pública su verdad en el clausurado semanario Convicción. En aquella entrevista, realizada casi clandestinamente en una casa del barrio Colón, Méndez expresó a este cronista su desolación.
“El 22 de junio de 1976 nace Simón. El 13 de julio fui detenida en mi domicilio en Buenos Aires por fuerzas armadas vestidas de civil. Yo estaba con el niño en mi casa. Recién había terminado de dormirse. Serían aproximadamente las once de la noche y se introducen en mi casa violentamente. De inmediato, pasan a revisar buscando más gente. En ese momento, recuerdo que revisan el moisés donde está durmiendo Simón. Me dicen que lo levante, que lo tome en mis brazos. Recuerdo las palabras del que daba las órdenes: ‘Esta guerra no es contra los niños, a él no le va a pasar nada’. Me llevan de la casa y Simón queda con ellos. No me dejaron llevarlo conmigo, ni dejarlo con alguna persona del barrio... Estuve en Argentina alrededor de trece días en una cárcel clandestina. Hoy sé que era Automotores Orletti. Luego fui trasladada a Uruguay. Permanecí desaparecida unos cuatro meses, hasta que el 23 de octubre se nos inicia proceso. Nada supe del niño. Cuando me pasan a Punta de Rieles, me mandan buscar ropa a mi casa y se confirma que tampoco lo tiene mi familia. Estuve cuatro años y medio en el penal, con el tiempo de mi desaparición y mi liberación, llego a ocho años que no he podido saber de Simón”.
Desde aquel breve testimonio –sin nombres ni acusaciones que entonces no se podían publicar– hasta hoy, pasaron casi dos décadas de búsqueda, en las que se acumularon pistas, datos, expectativas, denuncias, querellas, trámites, entrevistas, declaraciones, gestiones, pedidos, ruegos y esperanzas, que una y otra vez se fueron frustrando, sin que se debilitara la decisión de Sara Méndez de encontrar a su hijo.

Simón secuestrado

Sara Méndez abandonó Uruguay en 1973, luego que las Fuerzas Armadas allanaron su domicilio y el de varios familiares en Montevideo. Se exiló en Buenos Aires, junto con su compañero Mauricio Gatti. A mediados de 1976, casi a término de su embarazo, supo que militares uruguayos habían preguntado por ella en el hospital en el que se atendía.
En mayo de ese año habían aparecido los cadáveres de Michelini, Gutiérrez Ruiz, Barredo y Whitalews, y el 9 de junio había desaparecido Gerardo Gatti Antuña, hermano de Mauricio. El 22 de junio, cuando nace Simón, la pareja había cambiado de domicilio y de hospital, y utilizaban documentos con el apellido Riquelo. Su hijo fue inscripto en un juzgado argentino como Simón Antonio Riquelo.
La noche del 13 de julio de 1976 fue la más fría de aquel invierno porteño. En la casa de la calle Juana Azurduy 3164, en el barrio Belgrano, sólo estaban Sara, Asilú Maceiro y Simón cuando ingresó el comando binacional de una docena de militares vestidos de civil que comandaban el entonces mayor José Nino Gavazzo y el paramilitar argentino Aníbal Gordon. Las dos mujeres fueron golpeadas y detenidas para ser luego llevadas al centro de torturas conocido como Automotores Orletti.
Diez días más tarde fueron trasladadas clandestinamente a Uruguay junto a otros 22 secuestrados. Permaneció recluida en una casona de Punta Gorda hasta que, el 26 de octubre de 1976, se montó una detención masiva de sediciosos en un chalet del balneario Shangrilá que luego fueron procesados por la Justicia Militar. Fue liberada en mayo de 1981.
Sara Méndez y las demás víctimas de Orletti han narrado su historia y prestado declaración ante organizaciones internacionales, comisiones parlamentarias y juzgados de Uruguay y Argentina, donde sus testimonios fueron decisivos para la condena de la Junta de Comandantes y otros militares.
La versión de los represores no se había obtenido, en la medida en que ningún militar uruguayo llegó a prestar testimonio antes de la aprobación de la Ley de Caducidad y tampoco se concedió alguna luego de las extradiciones reclamadas por la Justicia de diferentes países.
Tampoco los testimonios de militares y policías argentinos que declararon ante la Conadep y en la causa sobre Automotores Orletti en Buenos Aires, permitieron revelar nuevas pistas sobre lo ocurrido con Simón aquella noche. Mauricio Gatti no fue capturado y poco después logró refugiarse en Europa. Simón y su moisés quedaron en la casa esperando la ‘segunda fase’ del operativo.

Simón y el Lobo

En el transcurso de la investigación realizada por Posdata Folios, en la que se trabajó junto al senador Rafael Michelini para buscar en Montevideo y Buenos Aires elementos confirmatorios de aquel documento en el que se relataba el operativo sobre el asesinato de su padre, se accedió a una nueva fuente de información.
El contacto, cuya identidad nos comprometimos a reservar, es de nacionalidad argentina y estuvo directamente involucrado en la represión coordinada de las fuerzas de seguridad de ambos países en Buenos Aires.
La fuente, vinculada a los procedimientos de detención de los uruguayos secuestrados en Automotores Orletti, dio credibilidad a buena parte de lo narrado en el supuesto testimonio del policía Agustín Efraín Silvera, aunque deslindó cualquier tipo de actuación personal en aquel operativo. Estaba “en otra cosa” entonces.
Hasta entonces, la existencia de un ‘informante’ en la investigación de Posdata Folios y el senador Rafael Michelini había sido informada a representantes de organizaciones de derechos humanos que habían colaborado en el trabajo, miembros de la Comisión para la Paz y, en la medida en que podían surgir elementos sobre Simón, a la propia Sara Méndez.
Sin embargo, en posteriores reuniones, el contacto aceptó ‘recordar’ y, en particular, ‘indagar’ datos que permitiesen avanzar en la búsqueda de Simón Riquelo. El informante no olvida lo frío de aquella noche. Reconoce haber participado de otras detenciones aquel 13 de julio. Recordó el operativo en la calle con el nombre de una maestra (Juana Azurduy), aunque él no actuó directamente.
Afirma que antes de las acciones se tenían datos y fotos de quiénes podían estar en cada domicilio y en los casos en que había niños se preparaban vehículos para trasladarlos a distintos sitios, ya que se presuponía que los padres pasarían a “disposición final” (sic).
Esa noche también fue secuestrada Margarita Michelini, pero su hijo fue dejado un piso más abajo, en casa de unos vecinos. En la zona de Belgrano sólo un niño fue trasladado al Hospital Sanitario del Norte, sobre la calle Cabildo. El Ford Falcon ese 13 de junio llevaba a Simón y su moisés.

Simón reencontrado

El Hospital del Norte es actualmente una clínica privada. Los médicos y enfermeras que trabajaban esa noche no pudieron ser ubicados en los registros que fueron a parar a algún depósito de la administración pública o fueron destruidos hace años. La clínica privada no tiene documentos de aquella época.
La indagación parecía haber llegado a un callejón sin salida, nuevamente, a fines del año pasado. La convulsión social y económica en Argentina tampoco permitía contar con la predisposición de contactos en organismos públicos para avanzar en la identificación de algún funcionario sanitario.
Fue un nuevo contacto con el informante lo que permitió, en primera instancia, identificar la posibilidad de que Simón hubiese sido trasladado a otra dependencia estatal y que allí, alguien entre un número reducido de personas lo hubiese adoptado. Posdata Folios comunicó esos datos a Sara Méndez a mediados de la última semana de Carnaval.
A fines de febrero el senador Michelini accedió a nuevas respuestas que permitían identificar a media docena de esos eventuales ‘padres adoptivos’ de Simón. Luego de una indagación sobre posibles direcciones y teléfonos, viajó a Buenos Aires para procurar encuentros personales.
Una de esas reuniones, el 27 de febrero, fue exitosa. El senador uruguayo se entrevistó con quien había adoptado a Simón. El hombre tampoco olvida el frío de aquella noche. Desde entonces los hechos se aceleraron en la medida en que el 3 de marzo Simón fue notificado de su condición de adoptado y que él y su familia argentina aceptaron días más tarde un encuentro con Michelini para analizar la posibilidad de realizar el examen de adn que confirmara si era el hijo de Sara Méndez.
Al escuchar la otra historia de su vida, el joven sintetizó: “Aquí hay sólo dos víctimas, la señora Sara y yo”.
El viernes 8 de marzo, en el Día Internacional de la Mujer, Simón, acompañado por el legislador uruguayo, fue al Hospital Durán para comparar su sangre con la de su madre biológica. En el camino Michelini se comunicó por su celular con Sara Méndez y propuso que ambos se hablaran. Fue el primer contacto de Sara y Simón luego de 26 años. “Soy feliz con mi familia argentina, pero quiero integrarte a esa felicidad”, le dijo Simón.
Al cierre de esta edición no se conocía el resultado definitivo del examen genético que permitió el juez Canícoba del Corral. Sara y Simón mantuvieron ayer su primer contacto personal. Se habría constatado el parecido del joven con su padre Mauricio Gatti. Simón había indagado y conocía los detalles de la búsqueda realizada por Sara en todos estos años y reconoció la actitud de su madre.

 3 - LOS 34 SERÍAN 72

Las víctimas uruguayas secuestradas en Automotores Orletti pertenecían mayoritariamente al Partido por la Victoria del Pueblo. Distintas fuentes consultadas aceptan que se produjeron dos importantes ‘caídas’: en julio lo que se calificó como el ‘aparato político’ y en setiembre el llamado ‘aparato armado’. Los primeros integraron en su mayoría un vuelo que los trajo a Uruguay y lograron sobrevivir. Los segundos, casi en su totalidad, aparecen hoy en la extensa lista de uruguayos desaparecidos en Buenos Aires.
El informante que dio los datos que permitieron encontrar a Simón Riquelo, también confirmó a Posdata Folios varias situaciones que se sospechaban o se preveían. La fuente sostuvo que los uruguayos Gerardo Gatti y León Duarte murieron en sesiones de tortura y sus cuerpos fueron ‘derivados’ a un cementerio clandestino del Ejército en Campo de Mayo.
El testimonio del fallecido Washington Perro Pérez, sindicalista de Funsa exiliado en aquel 1976 en Buenos Aires, había revelado que los militares uruguayos y argentinos de Orletti hicieron una propuesta de ‘rescate’ por Gatti y los primeros detenidos a cambio de dos millones de dólares.
El acta N° 14 de la Comisión Investigadora sobre la Situación de Personas Desaparecidas y Hechos que la Motivaron instalada en 1985 en la Cámara de Diputados, contiene el amplio testimonio de Pérez, en el que detalla una negociación de la que queda un documento fotográfico en el que los dos uruguayos aparecen en Orletti con un ejemplar del diario del día.
La negociación no llegó a buen fin. El informante fue explícito en subrayar que fue un tema de ‘los uruguayos’.
También confirmó una versión sobre la muerte de Roger Julien, quien, según dijo, habría ingerido una cápsula de cianuro en el momento de su detención.

El quinto traslado

La verdadera historia de Automotores Orletti aún no ha terminado de ser contada. Se conocen los testimonios de la mayoría de quienes sobrevivieron al centro de torturas cuando fueron trasladados clandestinamente y en forma masiva a Montevideo por un avión de la Fuerza Aérea Uruguay.
Se sabe de la nueva ‘desaparición’ de la que fueron víctimas en la casona de Punta Gorda y en el local de la sede que el Servicio de Información y Defensa (side) tenía en la calle Bulevar Artigas, antes de ser ‘presentados’ como un comando de “invasores” capturado en un balneario de Canelones y luego procesados por la Justicia Militar. Del grupo sólo fue liberado Enrique Rodríguez Larreta Piera quien luego denunciaría todo lo ocurrido, padre de Enrique Rodríguez Larreta, el Flaco, principal líder estudiantil uruguayo del movimiento de 1968, quien junto a su esposa Raquel Nogueira quedaron presos.
Algunos pocos también conocen una historia ‘íntima’ de quienes sufrieron la experiencia de Orletti, enfrentados a sus firmezas y debilidades. En esa historia se cuenta que el traslado de los 22 de Shangrilá no fue el único viaje que a Montevideo realizaron quienes allí estaban detenidos.
En su indagación, Posdata Folios pudo confirmar que una mujer fue trasladada por dos militares uruguayos en un vuelo de línea comercial normal. En un tercer viaje también fue traído a Montevideo el hermano de esa mujer. Hubo un cuarto traslado de Orletti en el que llegaron a Uruguay María Claudia García de Gelman (nuera del poeta argentino), aún embarazada, y con ella los hijos del matrimonio de Roger Julien y Victoria Grisonas (desaparecidos el 26 de setiembre de aquel 1976), Anatole y Victoria, quienes aparecen en Santiago de Chile en 1979.
En la tercera edición de su libro El vientre del cóndor, Samuel Blixen cuenta que a fines de octubre de 1976 personal de la SIDE detuvo a los cinco integrantes de la familia de Morales: José, su esposa Beatriz Nida, sus hijos Luis Alberto y José Ramón y su nuera Graciela.
“Graciela, aprovechando un descuido de sus vigilantes, exhaustos de tanto torturar, logró desatar sus ataduras, se apropió de un fusil y liberó a su compañero José Ramón, que había sido abandonado en el elástico de una cama que servía de conductor eléctrico para las sesiones de picana. En medio de un gran tiroteo José Ramón y Graciela llegaron a la puerta del local, lograron encender un vehículo y huyeron.” En México dieron testimonio de su detención, escape y la desaparición de sus familiares. “La base de operaciones del Cóndor en Buenos Aires quedó así al descubierto, lo que habría precipitado su desmantelamiento”, explica el periodista.
El informante de Posdata Folios confirmó lo sucedido durante esa fuga y dio un último y trascendente dato: hubo un quinto traslado en el que incluyeron a todos los que aún se encontraban en el centro de detención de Orletti, luego de producirse el escape de la pareja.
“De Uruguay a los argentinos nos han cobrado todo y mucho ha salido a la luz. Pero que no nos adjudiquen esas desapariciones. A los que no murieron en Orletti nosotros los devolvimos. No sabíamos que los del primer viaje estaban vivos, así que cuando cerraba Orletti se planificó otro viaje grande en el que se incluyó a todos los que quedaban, incluso cinco argentinos para la ‘disposición final’. Un día antes estuvo en Ezeiza un avión de la FAU que los iba a llevar. No participé en la entrega, pero creo que a esos últimos tienen que buscarlos en Uruguay”, dijo.
Desde el 1 de junio de 1976, cuando el agente de la SIDE Eduardo Ruffo firmó el alquiler del taller Automotores Orletti, hasta que el lugar cerró a fines de octubre, quedaron en condición de detenidos desaparecidos un total de 32 uruguayos y una ciudadana paraguaya. Si a ellos, efectivamente, se agregaron otros cinco argentinos, se llegaría a 38 personas detenidas en el centro de torturas que fueron entregados a militares uruguayos para ‘disposición final’.
En Uruguay había una lista de desaparecidos con 34 nombres. Es posible que ahora deba ser de 72, al sumarle el quinto traslado de los uruguayos de Orletti. Alguien sabe dónde están.

Roger Rodríguez
(Posdata Folios, 15 de marzo de 2002)


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