martes, 30 de septiembre de 2014

Una historia sin final

Se fue tremenda compañera

  El lunes 22 de setiembre de 2014 falleció la compañera Susana Beatriz Pacifici en Montevideo, a los 61 años de edad. Susana "Huesito" Pacifici estuvo detenida desde 1974 a 1979 en el Penal de Punta de Rieles.


 Una historia sin final
por Susana Pacifici




Aquel día, cuando arrancó la camioneta militar, no sabía o no podía imaginar cuánto iba a cambiar mi vida a partir de ese momento. Lo último que pude ver antes de que me sorprendieran con “la capucha” fue a mi madre, paradita en el patio de la casa, llorando en silencio, confundida, sin comprender nada, ni siquiera por qué no le habían dejado darme un beso de despedida. Esta imagen me acompañaría durante mucho tiempo.

En el “camello” éramos varios, nunca supe cuántos, y de a ratos, aprovechando las frenadas, nos rozábamos con los pies para darnos valor y sentirnos menos solos.

El viaje debe durando una hora o menos quizá. Mi mente se empeñaba en el desorden, se atropellaban recuerdos, suposiciones,

incertidumbres, miedos. Angustia por mi compañero que iba en algún sitio del mismo vehículo. ¿Y a dónde iremos ahora, cuándo llegaremos, qué pasará? Cómo duelen las manos esposadas detrás. Y dentro de ocho días, la Navidad. Con o sin nosotros, la Navidad. En enero el casamiento y mi madre que amenazó al de bigotes si me tocaba. No estoy segura si quiero llegar pronto para terminar con las incógnitas o mejor no llegar nunca, seguir así, dando vueltas por todo Montevideo, seguir imaginando, recordando, soñando. Cuando lleguemos ya nada volverá a ser igual. Solo algunos sueños permanecerán esperando, ocultos, intactos, inviolables.

Era el 17 de diciembre de 1974. En París mataban al coronel Ramón Trabal y pocos días después cinco compañeros traídos de Argentina aparecerían muertos en los alrededores del Aeropuerto de Carrasco.


Fui una de las muchas detenidas por causa política, una más de las maltratadas y torturadas para finalmente terminar procesada y encarcelada por espacio de cuatro años y medio. Me casé en mayo de 1975 en el 5º de Artillería en una ceremonia civil que fue tan emotiva como jocosa. El día que nosotros habíamos elegido para tal acontecimiento se había postergado cuatro meses.

Llegaron los familiares más directos junto con la jueza en un auto que traía la valija ocupada de sándwiches, coca-cola, torta y agua pizza casera. El novio iba de alpargatas y a mí me habían peinado unas trencitas. Algunos de los testigos estaban presos con nosotros.

Firmamos el acta matrimonial, hubo besos, saludos, felicitaciones y mi hermana insistía en convidar con refrescos y sándwiches, cosa que no le permitieron. A nosotros, los novios, nos dieron treinta minutos de “luna de miel” encerrados en una oficina, mientras el oficial de guardia se paseaba de un lado a otro.

Cuando llegó el momento de despedirnos teníamos claro que se abría un paréntesis bastante insalvable para cualquier pareja en similar situación. El futuro se presentaba tan confuso como inexorable. Lo único cierto eran las promesas hechas de sobrevivir con dignidad y no olvidarnos la alegría.

De vuelta en las barracas del cuartel, cada uno de nosotros tuvo su propio festejo y regalitos varios que aún hoy conservamos y que muchas veces fueron curiosidades para nuestras hijas.


Trasladada meses después a la Brigada de Infantería Nº 1 compartí mi vida con una veintena de compañeras. Disfrutábamos media hora diaria de sol y aire, la lectura en grupo y los golpecitos secretos que nos comunicaban con la barraca contigua donde, junto a muchos compañeros, estaba mi flamante marido. En los vidrios pintados habíamos dibujado pequeñísimas lunas por donde vichábamos lo que sucedía en el patio de armas y allí a veces también descubríamos la figura de algún ser querido. Teníamos un baño con ducha que hacía las veces de cocina porque nos servíamos de los enchufes para calentar agua con un “sun” para el mate o el té. Fue precisamente aquí que sufrí el accidente que obligaría a transitar mi vida carcelaria por otros carriles.

Era pleno invierno. Esa mañana me había levantado indispuesta y decidí ducharme, cosa que hice sin percatarme de que alguien había puesto a calentar una gran jarra de agua. Las vibraciones del agua al hervir fueron poco a poco arrimando la jarra al borde del armario hasta que cayó sobre mi espalda. Al sentir mis gritos las compañeras corrieron a auxiliarme: me bañaron con agua helada, me llevaron a mi cama, me pusieron boca abajo. Luego supe que las quemaduras eran de segundo y tercer grado.

A pesar de esto no fui trasladada a ningún hospital, ni siquiera a una enfermería. Todos los cuidados me los prodigaron las compañeras que fueron logrando una lenta, muy lenta mejoría. Pero no fue fácil ni para mí ni para ellas. Permanecía todo el día desnuda, boca abajo, quieta, ocultando el dolor en un esfuerzo por mantener el equilibrio colectivo. Solo contábamos con el agua helada y unas gasas especiales que trajo mi familia. Las curaciones se fueron tornando cada vez más traumáticas y no pudieron impedir que algunas heridas se infectaran. El tejido muerto me lo quitaban con pinzas de cejas. La responsabilidad, el esmero y el cariño que ponían las compañeras, fueron clave para sacarme adelante.

Meses después me destinan al Penal de Punta de Rieles. Esto trajo a mi vida momentos de profunda satisfacción. Me refiero a la experiencia de compartir continuas vivencias de solidaridad y lucha. A esta altura mi estado de salud seguía declinando: me sentía un poco débil y tenía molestias, secuelas de las quemaduras. Pero al comienzo la exigencia de tener que encarar una “nueva vida” basada en parámetros diferentes, desconocidos hasta ese momento, hizo que mi estado físico saliera momentáneamente del centro. Estaba en un penal, era una presa, un uniforme gris más, para ellos un número. Un número sin historia y en lo posible sin futuro. Había que tenerlo claro desde el principio: era una guerra sin tregua, ellos por destruirnos, nosotras por sobrevivir y preservar aquello que nos había llevado hasta allí.

Los días empezaron a transcurrir un poco más organizados y productivos. Teníamos que cumplir con distintos trabajos: huerta, cocina, limpieza, etcétera. Por otro lado y en un plano diferente, estaban las actividades que nosotras mismas nos fijábamos: charlas, lecturas, estudio, manualidades, deporte. Además las visitas, las cartas a la familia y a los compañeros, los festejos de los cumpleaños, todo un esfuerzo especial para guardar en cajita de cristal ese mundo afectivo del cual querían despojarnos. Con todo esto me sentía espiritualmente reconfortada, pero físicamente iba cada vez peor: me mareaba mucho, me dolía la espalda me molestaban las cicatrices de las quemaduras y cada día me sentía más débil.

Luego de varias semanas de insistencia había conseguido que el médico del Penal, doctor Marabotto, me mandara a hacer análisis. “El Cuervo”, como le decíamos nosotras, igualmente tomaba las cosas sin adjudicarle demasiada importancia. Un día decía que sí, que era necesario hacerme atender con un especialista, y otro día que no, que aparentemente todo iba bien.- Incluso en una oportunidad me había firmado el pase a un cirujano y me avisaron que en dos días iba para el Hospital, pero se les “traspapeló” la orden de salida y yo me quedé viendo cómo el vehículo que trasladaba a otras compañeras al Hospital, se marchaba sin mí. Por lo menos tendría una semana más de espera.

A los quince días me llevan por fin, pero solo fue un paseíto, nunca supe si porque no estaba el especialista o no pudo o no quiso atenderme. Volví a l Penal cansada y llena de broncas por el manoseo del que estaba siendo objeto. Era evidente que había una especia de forcejeo con mi salud, un intento de quebrar, de amedrentar o de utilizarme como castigo ejemplarizante -cosa que hicieron con muchas compañeras enfermas. Era como decir: no sos nadie, no contás, mandamos nosotros y si queremos te morís uno de estos días.

Entre idas y venidas, al cabo de algunos días más, me decidí a hacer una solicitud por escrito dirigida al entonces Director del Penal, coronel Barrabino, tristemente famoso por la saña con que llevaba adelante “su disciplina carcelaria”. En la carta pedía la atención médica adecuada que hasta el momento me había sido negada.

No recibí ningún tipo de contestación, como si la solicitud nunca hubiera sido hecha. Sin embargo, al tiempo, una mañana me llamaron para que me aprontara. Tendría una consulta con un cirujano. A esta altura corrían los primeros meses del 76. La entrevista se desarrolló en un clima bastante más parecido a lo usual entre un médico y un paciente. El, doctor en cuestión se mostró amable e incluso tuvo un entredicho con la custodia (policía militar femenina) que dijo tener orden de permanecer en el consultorio mientras durara el examen. El diagnóstico fue casi inmediato: era necesario operar cuanto antes. Se podía apreciar lesiones de pielque por su aspecto daban la pauta de haberse transformado en algo serio.

Una mezcla de sensaciones extrañas me invadió de pronto. Sentí miedo. Me encontraba sola en el umbral de algo que intuía iba a exigirme mucha fortaleza. Tenía a mi favor la buena disposición del especialista que me iba a operar que, desde el primer momento, parecía ser más médico que militar. Quise interpretar esto como una señal afortunada en medio de tanta intención destructiva.

Se coordinó para la operación para la mañana del 26 de mayo. Días antes fui internada para la realización de los análisis previos. Estaba alojada en una celda que oficiaba de sala de hospital donde además había varias compañeras, algunas en estado delicado y otras viviendo sus últimos días. Allí adentro era yo la que estaba menos enferma. A la entrada de la sala-celda había siempre un custodia armado y la puerta se cerraba por fueras con alguna especie de tranca. No podía dar más detalles porque al salir de allí automáticamente nos vendaban y esposaban. Así concurría a los diferentes consultorios donde se practicaban los exámenes. Así subía y bajaba escaleras, recorría pasillos, entraba y salía de los laboratorios, tropezando todo el tiempo. Muchas veces me pregunté qué pensaría, qué sentiría la gente común que se cruzaba con nosotras, qué impresión les dejaría aquella visión e los pasillos de un centro de salud.

Desde que me encontraba en el hospital, mi familia no había conseguido verme y tampoco tenía mucha información de lo que estaba pasando. A través de la intervención de mi abogado defensor lograron saber al menos que iban a operarme. Todo parecía indicar, les dijeron, que sufría de un tumor de piel, posiblemente maligno. El único contacto era el que se realizaba a través del intercambio de ropa sucia por limpia. Esto me mortificaba mucho. No tenía posibilidad de infundirle ánimo a mi madre, ya entrada en años, cuyo único consuelo era perfumarme la ropa que me enviaba en un porfiado intento de estar a mi lado.

Sin embargo, no todo estaba bajo control en el Hospital Central de las Fuerzas Armadas. Hubo alguien de allí dentro que al enterarse de que me operaban, y tratándose de una intervención delicada, se comunicó con mi familia y los puso al tanto hasta del día y la hora. Con mucha preocupación y no menos urgencia se apersonaron mi hermana y mi madre para intentar verme aunque fuese unos minutos antes de irme al quirófano. No pudo ser, no lo permitieron. Aunque, en un acto de extrema amabilidad, asintieron a que una de las dos se sentara a esperar en el banco de un corredor.

Fue allí, precisamente aquella mañana del 26 de mayo, cuando mi hermana vio aparecer rumbo al block quirúrgico algo parecido a un pequeño cortejo. Lo encabezaba un custodia armado que, muy ceremonioso, abría paso a la camilla. Atrás, algo más distendidas, iban la policía femenina con su correspondiente tolete, la enfermera con algunos papeles en la mano, y el camillero, muy joven, que miraba a todos lados como avergonzado de estar allí. Mi hermana algo adivinó y acercándose lo más posible comprobó que quién iba en la camilla era yo. Era su hermana que estaba siendo conducida a una operación. Así, de ese modo, esposada y con una venda negra en los ojos. Algunos años después yo le conté que también llevaba atados los pies.

Sentí que gritaban mi nombre en un grito que además era bronca e impotencia. Fue como un disparo de ánimo. Imaginé a mi madre, al resto de mi familia, a mi compañero, a mis amigos. Alguien estaba allí para traer a mi memoria ese mundo prohibido para mí desde hacía tantos meses. Me decían que no estaba sola, que debía ser fuerte, que me esperaban, que resistiera, ganara la partida y viviera.

En realidad, yo no pensaba, no pensé nunca en la posibilidad de morir. Con veintidós años me resistía a pensar con pesimismo mi futuro. Sabía que la prisión era un hecho transitorio y que en pocos años más podría estar libre a la búsqueda de los sueños postergados. Traté siempre de restarle tremendismo a mi situación y aunque el miedo por momentos me buscaba, aposté siempre a la vida.

Momentos antes de entrar al quirófano me sacaron las esposas y la venda, los recuerdos y las reflexiones me abandonaron, sentí un gran desasosiego. Más que un lugar donde debían sanarme, aquello parecía destinado a algo diferente. Era la primera vez que me operaban y ni siquiera sabía el nombre completo de quien lo iba a hacer. La voz del cirujano que se acercó a mí, hablándome calmo, me infundió un poco de confianza. Tal vez intuyendo mis miedos me recalcó que allí estaba bajo su responsabilidad y que su misión era hacer todo lo necesario para curarme. La operación duraría un par de horas y después retornaría a la sal junto a mis compañeras. Ya comenzaba el anestesista a trabajar conmigo y todo empezó a darme vueltas. Antes de quedar dormida alcancé a ver, por encima de mí, a la altura del techo, unas vitrinas cerradas por las que asomaban varias personas.

Cuando desperté, horas después, me sentía horrible. Todavía atontada no me daba cuenta de dónde estaba. Las compañeras de sala hablaban conmigo desde sus camas dándome todo tipo de recomendaciones. Debía permanecer dos o tres días boca abajo y sin moverme. Me habían hecho injertos con tejido extraídos de mi pierna derecha. Esto dolía infinitamente más que la propia operación.

Fueron días de verdadero calvario. Apenas me alimentaba por la incomodidad de mi posición y porque comenzaba el estómago a resentirse a causa de unos calmantes muy fuertes, muy usados con los presos políticos en el Hospital Militar. Después supe que eran un derivado de la morfina, así que decidí evitarlos.

El médico venía todos los días a verme pero no se mostraba muy conforme. Los injertos no prendían, la herida no cicatrizaba. Mi estado general era sencillamente desastroso. Decidieron hacer una transfusión de sangre para intentar combatir la anemia. El médico dejó la orden y se fue. La enfermera regresó al poco rato con un frasco de sangre que conectó a mi brazo izquierdo. A esta altura ya me movía libremente y caminaba hasta el baño. Habían pasado ocho días.

La transfusión, lejos de ser un apoyo a mi recuperación, terminó menoscabando aún más mi salud. A poco de comenzar a recibir la sangre desarrollé una reacción alérgica. Rápidamente mi cara, mi cuello, mi cuerpo todo, se cubrió de un sarpullido que producía una picazón irresistible. No sé de dónde saqué fuerzas pero, incorporándome, me retiré la aguja y grité llamando a la enfermera. Las compañeras de sala, las que podían levantarse, golpeaban la puerta para que el guardia avisara que algo sucedía. Me sentía asfixiada, mi cuerpo parecía prenderse fuego. Llegaron una enfermera y alguien más que debía ser el médico de guardia gritándome por haberme quitado la aguja. Me examinaron y me inyectaron un antialérgico. Por fortuna reaccioné de inmediato y en pocos minutos me sentí más aliviada.

Todo volvía a la normalidad salvo la taquicardia que persistió varios días más. Al otro día, con la supervisión del médico, que venía a cada rato, se hizo una nueva transfusión, esta vez con éxito. Nunca me dieron una explicación concreta de lo que había sucedido. Una severa reacción alérgica, fue todo lo que me dijeron. Yo no soy alérgica, nunca lo fui.

De a poquito iba sintiéndome más fuerte pero cuando se concretaban las dos semanas me informaron que era necesaria una segunda operación. Algunos injertos se habían desprendido y además la anatomía patológica confirmaba el tumor maligno.

Sentí que el suelo se abría debajo de mí y que caía en una especie der abismo. Aquello parecía no tener final. Volví a pensar en mi madre que no veía desde hacía semanas así que escribirle una carta a ella y otra a mi compañero fue la tarea que me devolvió a tierra firme. No podía plantearme ninguna tregua: estaba peleando a dos frentes: la enfermedad y la cárcel.


Tiempo después me daban el alta. Estaba ansiosa por regresar al Penal aunque parezca un contrasentido. Tenía ganas de estar con las compañeras, ver a mi familia.

La segunda operación había sido algo más profunda y esta vez me extrajeron dela pierna izquierda para los nuevos injertos. La recuperación había sido rápida y los dolores lentamente se iban atenuando. Cada pocos meses me hacían un control.

Comencé una etapa nueva donde tenía que lograr el equilibrio justo entre no excederme físicamente y no sentirme una incapacitada. La operación había sido grande y en mi espalda, exactamente debajo del cuello, había quedado un hueco en el que entraba un puño. Parte importante del músculo trapecio había sido mutilado y eso me condicionaba el movimiento normal de ambos brazos.

Al principio me eximieron de trabajos pesados, pero antes de que estuviera pronta para realizarlas fui incorporada a las tareas de huerta y otras de cocina y limpieza. Esto me acarreaba un gran cansancio y fuertes dolores, pero me esforzaba. No quería ser objeto de ningún tipo de consideraciones especiales. Estas tenían en ocasiones un precio muy alto.

Formaba parte de un todo y quería correré la misma suerte que el grupo de compañeras. Me sentía bien en esta convivencia, en este caminar de muchas. Quería estar presente en ese empeño colectivo. Aun enfrentado una situación límite madurábamos, avanzábamos, moldeábamos un mundo rico en valores morales y humanos que en lo personal me hicieron crecer.

El 19 de julio de 1979 recuperé la libertad, el mismo día que en Nicaragua caía Somoza. Participar de tal acontecimiento le dio a mi liberación un tópico más hermoso. No obstante, la felicidad de verme de nuevo en la calle estuvo empañada por la tristeza que me causaba separarme de gente que quería entrañablemente, compañeras ejemplares con las que, sin duda, había compartido la etapa más importante de mi vida. Una etapa que grabó enseñanzas que aún hoy continúan siendo un referente de vida. De nuevo en la calle, el gris había quedado atrás pero, de a ratos, alguna de aquellas experiencias ocupaba mi mente como relámpagos indicando el camino.

Y era el reconocer a la gente, el redescubrir, el readaptarse a la vida, el mirar el futuro, un futuro tan especial para mí. Mi compañero seguía preso y yo no podía olvidar que había sido víctima de una enfermedad ladina. Hasta ahora le iba “garroneando” años de vida. Buenos años, fecundos a pesar de todo. Pero ¿hasta cuándo? ¿Y si se le ocurría dar otro zarpazo? Estaba obligada a convivir con esta duda, con esa posibilidad.

Trataba de encauzar mi vida de la manera más normal posible. Retomé las relaciones de familia, comencé a plantearme algún trabajo, pero el esfuerzo mayor lo volcaba en la relación con mi compañero, que concentraba cada quince días en treinta minutos de visita y dos carillas censuradas. Sin embargo, en esto no había misterios, el tiempo parecía no haber pasado lo esencial de nuestros sentimientos permanecía intacto. Cada encuentro resultaba una gran felicidad a fuerza de años contenidos.

Aún faltaba bastante para que la dictadura cayera derrotada. Persistía en sus intentos devastadores y cada vez que se presentaba la oportunidad, golpeaban. Como toda ex presa, debía presentarme semanalmente en una unidad militar. La semana que coincidía con la visita al Penal de Libertad era particularmente difícil. Me hacían esperar largas horas para entregarme la autorización de ingreso al Penal, no sin antes someterme a algún tipo de interrogatorio sobre mi vida o sobre la visita con mi compañero. No pocas veces la conversación derivaba en sutilezas que eran una forma de amenaza.

Así una y otra vez fueron consiguiendo que yo entrara en un “stress” no recomendable para nadie y mucho menos para mí. Todo hacía pensar en la posibilidad de una nueva detención. De manera que tomé una mochila, guardé en ella algunos afectos, las lágrimas de mi madre y la confianza de mi compañero y marché al exilio. Un destierro casi voluntario que duraría cinco largos años y que otra vez me separó de mi mundo, de mi pueblo.

Ya desde niña distintas circunstancias de la vida habían jugado siempre en contra, alejándome, privándome de mis afectos más inmediatos. Ahora, tomaba esta nueva etapa con la esperanza y anhelo de que en algún recodo del camino me estuviera esperando la vida en familia.

Desde que me instalé en Suecia, cada tanto, me seguía haciendo chequeos. Así tomé contacto con un equipo de médicos de ese país que se interesaron por mi problema y se ocuparon de estudios más complejos. Estos, teniendo en cuenta el diagnóstico del Hospital Militar, me demostraron que yo estaba en muy buenas condiciones.

Los suecos opinaban que había muchas posibilidades de un diagnóstico equivocado. Y si esto no era así ¿por qué no se me habían hecho tratamientos posteriores que aseguraran un poco más mi curación (quimioterapia o radioterapia)? Me debatía entre dudas, miedos y broncas. Tuve que optar por un pensamiento consistente que me permitiera vivir en equilibrio. Lo importante era que estaba bien. El servicio de salud de Suecia afirmaba que estaba sana y lo demás no estaba mi alcance averiguarlo. Firme en ese pensamiento, los cinco años los viví con una intensa actividad que me ligó a la lucha contra la dictadura en mi país.



No sabía que quince años después aquellas dudas, aquellos miedos y aquellas broncas iban a reaparecer una vez más. Sucedió hace pocas semanas.

La funcionaria que me estaba atendiendo se ausentó de la oficina en busca de alguna respuesta a mi pedido. Mientras esperaba, no pude evitar sonreírme recordando la cara de asombro de ella y el diálogo casi ridículo.

-Vengo a retirar una historia clínica del año 1976.

-¿Hizo la solicitud?

-Sí, aquí está.

-¿Cuál es el número de la historia?

-No lo sé.

-¿Qué número de socia tiene?

-No soy socia.

-¿Carnet de asistencia en el Hospital Central de las Fuerzas Armadas?

-No tengo.

-¿Número de registro?

-Tampoco tengo.

-Deme su nombre. ¿Fue un accidente?

-No. Siendo presa política me operaron aquí dos veces ese año.

Hubo un silencio sepulcral y enseguida, reaccionando, dijo:

-Le ruego que me espere. Necesito consultar a mi superior.

Fue allí que vinieron a mi mente esos últimos quince años. Un cúmulo de acontecimientos vitales que forcejeaban unos con otros por aparecer en primer plano. La amnistía, mis últimos días de exilio, los primeros pasos en libertad de mi compañero. El reencuentro, el amor. El estrenar la vida de a dos, obstinadamente juntos. Los hijos, que no fueron cinco como nos prometíamos en aquellas cartas ahora ya amarillas, sino dos. Dos niñas soles que todo lo revolucionan y que no esconden su orgullo por nuestra historia. Valió la pena tanto tiempo de ausencias y soledades. Tanto sufrir creyendo y creer luchando, luchar soñando. Siento que no tengo derecho a pedirle a la vida más recompensas, aún conservo viva la esperanza.

La funcionaria, casi una hora después, regresó sacándome de mis pensamientos:

-Señora, en Archivos no encuentro nada. Déjeme su teléfono que vamos a seguir buscando. Cualquier cosa la llamo.

Le dejé el número, saludé y me retiré. En realidad yo no esperaba demasiado de aquella gestión. Es cierto que sentía la necesidad de poner punto final a un trámite pendiente, pero más que nada fue la insistencia de mi médico actual, Tabaré Vázquez, lo que me decidió a volver allí después de 25 años.

Al salir me sentí reconfortada por el aire fresco de la calle. Había sido una larga espera y de una cosa estaba segura: no quería sumergirme otra vez en las profundidades de la incertidumbre. Mi salud había vuelto a sufrir un quebranto y en eso radicaba la importancia de esos papeles.

Un par de semas después, la voz de la secretaria del Director del Hospital transmitía cierta ansiedad por terminar aquella conversación.

-Señora, lo lamento mucho. El informe de Archivos dice que aquí usted no tiene historia clínica.

-¿Puedo quedarme yo con ese informe?

-No, señora, es un informe interno.

¿No puedo tener una respuesta por escrito?

-Por favor, haga la solicitud. Buenos días.

Permanecí reconcentrada un largo rato más, empecinada en descubrir la frontera entre lo real y lo absurdo. ¿Habría imaginado, habría soñado aquella pesadilla de hace tanto tiempo atrás, qué era esto que aún dolía en mi espalda? Todavía sin colgar el tubo marqué otro número. Una voz más simpática que la anterior me confirmó la entrevista. Al fin lo he localizado. Dentro de tres días iré a ver al cirujano plástico. El mismo que dibujó las señales que llevo en la espalda desde hace 25 años.


(Susana Pacifici, prisionera de la dictadura cívico-militar entre 1974 y 1979, escribió este relato respondiendo a la convocatoria del Taller de Género y Memoria ex Presas Políticas. El texto forma parte del libro Memoria para armar Uno[Montevideo, 2001, págs. 96 - 107] y fue presentado bajo el seudónimo “Flor de cardo”.)


Susana Pacifici 

 De "Memoria para armar Uno (Montevideo, 2001, págs. 96 - 107)





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