sábado, 8 de octubre de 2011

Palabras como fusiles


Otro 8 de Octubre, a 44 años del fusilamiento del Che y 42 de los fusilamientos de Pando

PALABRAS COMO FUSILES ANTIIMPERIALISTAS
EN EL PAREDÓN PUNTAESTEÑO DE 1961

En agosto del año 1961 --hace poco más de 50 años--, uno de los Comandantes del Ejército Rebelde de Cuba, el médico rosarino-argentino-cubano Ernesto Ché Guevara de la Serna, visitó Uruguay por primera vez.
Llegó como joven Ministro de Industrias de la flamante y única Revolución latinoamericana triunfante.
La representaría oficialmente en la “Primera Conferencia del Consejo Interamericano Económico y Social” (CIES), a pesar de que el “evento” era auspiciado por EE.UU. y la OEA (“Organización de Estados Americanos”) para pactar una estrategia anticubana y de contención de posibles contagios revolucionarios en el resto del continente.

CAGAZO IMPERIALISTA Y COMEDIA PUNTAESTEÑA

Se teatralizaría allí la invención yanqui de que representantes de los gobiernos asociados en la OEA, se erigieran en jueces supremos del pueblo cubano. Acto seguido, aprobarían el impulso de la llamada “Alianza para el progreso”, versión de los ´60 de los mismos  lineamientos político-económicos neoliberales y de asistencialismo demagógico y populista que hoy promueven y mandatan el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Casa Blanca y los magnates de la Unión Europea, la OTAN y la ONU.
Se realizó en Punta del Este entre el 5 y el 17 de agosto. Fue la antesala de lo que muy pronto cristalizaría en “sentencia condenatoria” de expulsión de Cuba de la OEA y en el criminal bloqueo económico sostenido hasta hoy.
Los yanquis y sus socios menores no podían disimular el espanto que les provocaba el inédito proceso cubano, especialmente desde la toma del poder el 1° de Enero de 1959:
En una vastísima región del capitalismo dependiente considerada paradisíaco y estratégico “patio trasero” de las multinacionales monopólicas vanguardizadas por los sucesivos gobiernos yanquis, asomaba también el mismo “fantasma” del comunismo que había recorrido la Europa de fines del siglo XIX y principios del XX.

CONTRA BATISTA, VAYA Y PASE; PERO SOCIALISTA, NI EN PEDO

Pletórico reservorio de variadísimos y cuantiosos recursos naturales --agua, petróleo, gas, minerales, metales preciosos y de uso industrial, amplísimas extensiones de tierras fértiles casi vírgenes, etc., etc., etc.- y también escenario demográfico de un gigantesco caudal de mano de obra barata, América Latina estaba “programada” desde siempre por la ingeniería imperial como bastión inexpugnable que garantizara una interminable longevidad del capitalismo. Nuestras naciones y nuestros pueblos, según el diseño hegemonizante, tenían por único destino ser los garantes de la eternidad planetaria de la burguesía.

Hasta momentos antes de la derrota de Batista y sus FF.AA, los EE.UU. y sus aliados habían alentado y hasta apoyado tímidamente la resistencia del pueblo cubano. Tenían claro que la prolongación dictatorial representaba el serio riesgo de que la resistencia fuera transformándose en lo que efectivamente se transformó, en buena medida, irónicamente, gracias a las respuestas yanquis espontáneamente reaccionarias a las primeras medidas del gobierno revolucionario:
En pocos meses, a pesar de las prevenciones imperiales, la lucha de resistencia había pasado al cuestionamiento agudo del capitalismo y, consecuentemente, al encare de un socialismo latinoamericano sin precedentes, que necesariamente irradiaría expectativas análogas hacia otros pueblos.

“SOLA CONTRA EL MUNDO”, PERO CON VOZ DE JOVEN E IRREVERENTE REVOLUCIÓN

Verdadera “convidada de piedra” sólo nominalmente miembro de la OEA, Cuba no fue, sin embargo, ni testigo mudo ni cartón ligador pasivo, en una “conferencia” del CIES que de hecho terminó siendo boomerang y fracaso estruendoso de la estrategia anticubana del presidente John F. Kennedy.
(J. F. K. fue una especie de Barak Obama de tez blanca con fama, también, de liberal y progresista, ejecutado poco después en una acción criminal que no poca gente interpretó como “cobranza” mafiosa por el papelón de la conferencia y los planes militares “anticastristas” invariablemente abortados, muy especialmente la paliza de abril de ese año en Playa Girón).
El mérito principal de lo que terminó siendo el triunfo ético-político de Cuba en medio de la aceleración del asedio imperialista, lo fue fundamentalmente del Ché.

LA HIPOCRESÍA QUEDÓ MUDA Y REPEGADA

Sus encendidas intervenciones en el curso de la “conferencia” y las entrevistas de prensa que brindó, destruyeron irremediablemente los argumentos falaces cuestionando la autodeterminación y la soberanía cubanas; desnudaron el carácter agresor y terrorista de EE.UU. y sus secuaces, y pusieron en evidencia que la llamada “Alianza para el progreso” no era otra cosa que la fórmula “mágica” con la que el imperialismo pretendía frenar demagógicamente la visible corriente latinoamericana de liberación de los lazos de dependencia y de ruptura de la sujeción a los designios expansionistas de las corporaciones multinacionales.
Guevara recién había cumplido 33 años el 14 de junio de ese mismo año. Era por lejos el representante más joven de entre todos los demás, y toda su figura condecía con los bríos entusiastas e irreverentes de la también joven y pujante revolución cubana.
Rodeado de ministruchos gerontes, cotorrones repetidores de la monserga anticomunista, su fuerte personalidad se impuso totalmente en un ambiente en el que predominaba la obsecuencia cavernícola y decadente de una corte de verdaderos lameculos del imperio.

QUE TE LA SAQUE EL FORENSE

Los irrebatibles conceptos enunciados por el Ché describiendo qué era la revolución cubana, su lógica dialéctica huérfana de oportunismos y cargada de frescura juvenil rebelde, además de una prolijísima enumeración de las agresiones urdidas contra Cuba, fueron un verdadero elefante metido en el shopping trivial e inmoral del mercantilismo capitalista y anticomunista de la segunda mitad del siglo XX interamericano.
(La OEA había elegido Punta del Este para colocar la cabeza de Cuba bajo la guillotina del petulante tigre de papel que tres años antes, con la derrota que le infligió Corea del Norte, todavía no había podido aprender que era bestial y jodido, pero no invencible).
A tal punto fueron impactantes y de fuerte contundencia moral las palabras del Comandante-Dr. Guevara, que la mayoría de los conferencistas no pudo ni abrir la boca. Otros, los menos, llegaron a desmarcarse en parte de los dictados imperiales, para admitir implícitamente que la revolución de los cubanos, en todo caso, debía ser respetada por tratarse de una determinación soberana y genuina del pueblo trabajador, dispuesto a defenderla con las armas hasta las últimas consecuencias..
Era tan diáfano, sincero y combativo el espíritu del pueblo cubano trasmitido por el Ché, que nadie se atrevió a sugerir siquiera que Cuba debía contar con la anuencia de alguna potencia extranjera, por más que se invocaran sacrosantos preceptos del “mundo libre” y la circense “democracia occidental y cristiana” (los mismos que se siguen invocando hoy para consumar  el ataque sobre los pueblos haitiano, iraquí, afgano, palestino, congoleño, etc., etc., y el incesante intervencionismo en el resto del planeta).

NO PODÍAN FUSILAR AL CHÉ, PERO SÍ A UN PROFESOR DE ESA CIENCIA SUBVERSIVA QUE ES LA HISTORIA

Finalizada la “conferencia”, Guevara se dirigió a las puertas de la Universidad de la República, desde donde –invitado por varias organizaciones populares— dejó un inolvidable mensaje al pueblo oriental, en el que, respetuosamente, nos sugería no desatender las hendijas civilistas del régimen burgués “a la criolla”, todavía con aparentes potencialidades o virtuales posibilidades de avances “democráticos”, no violentos, hacia el socialismo.
Concluido su mensaje y cuando ya se retiraba de la explanada universitaria, una bala fascista dirigida hacia el Ché, segó la vida de Arbelio Ramírez, un profesor de historia, uruguayo, que había estado escuchando atentamente al Ché mezclado con la impresionante multitud que lo había recibido calurosamente.

Aquello era la “República Oriental del Uruguay” de la vacunocracia latifundista-banquera, en la que nadie podía soñar con futuras derrotas electorales de los partidos oligárquicos, pero sí presentir fundadamente, ya, que la esperanzada visión del Che sobre el “civilismo” oriental, corría el serio riesgo de sucumbir con la muy probable concreción de las amenazas golpistas en ciernes y que tenían mucho que ver, precisamente, con el asesinato del profesor de historia baleado por los futuros “cuadros” del Escuadrón de la Muerte (y no por la inteligencia soviética, como deslizó recientemente un pseudo periodista de entrecasa en uno de los tantos libros taquilleros de ficción histórico-política y buen negocio editorial que abundan en kioscos y librerías).

·        Como si hubiesen sido expresados hoy mismo y no hace ya medio siglo, los conceptos de Ernesto Ché Guevara vertidos en la farsesca “reunión extraordinaria” de la OEA describiendo qué era la estigmatizada y asediada Revolución Cubana, la trascienden e impactan como principios universales y premisas éticas básicas, por encima del tiempo y del espacio.

Sus palabras se cuelan en la historia presente como guía rectora elemental esperable en todo aquel que se proclame defensor no ya del socialismo, sino tan siquiera de una utópica sociedad que tienda a la justicia social, al fomento del trabajo honrado y a un relacionamiento de franca hermandad y solidaridad entre los pueblos oprimidos, sin pasar por la revolución.
Vale la pena la transcripción de una de las intervenciones de Guevara explicando qué era esa “rara” revolución que rompía los esquemas del dogmatismo y provocaba la angustiada perplejidad de un imperialismo que tiene al “fantasmita” comunista de los siglos XX y XXI a unos centímetros de la boca del tigre, mismo.
Ahí va:

“(…) Es necesario explicar qué es la Revolución Cubana, qué es este hecho especial que ha hecho hervir la sangre de los imperios del mundo y, también, hervir la sangre, pero de es-peranza, de los desposeídos del mundo o de esta parte del mundo, al menos.
  Es una revolución agraria, antifeudal y antiimperialista, que fue transformándose por imperio de su evolución in-terna y de las agresiones externas, en una revolución socialista y que lo pro-clama así, ante la faz de América: una revolución socialista.
Una revolución socialista que tomó la tierra del que tenía mucha, se la dio al que estaba asalariado en esa tierra, o la distribuyó en cooperativas entre o-tros grupos de personas que no te-nían ni siquiera tierra donde trabajar, aun cuando fuera como asalariados.
Es una revolución que llegó al poder con su propio ejército y sobre las rui-nas del ejército de la opresión; que se sentó en el poder, miró a su alrededor, y se dedicó, sistemáticamente, a destruir todas las formas anteriores de la estructura que mantenía la dicta-dura de una clase explotadora sobre la clase de los explotados.
Destruyó el ejército totalmente, como casta, como institución, no como hombres, salvo los criminales de guerra, que fueron fusilados, también de cara a la opinión pública del continente y con la conciencia bien tranquila.
Es una revolución que ha reafirmado la soberanía nacional y, por primera vez, ha planteado para sí y para to-dos los pueblos de América, y para to-dos los pueblos del mundo, la rei-vindicación de los territorios injustamente ocupados por otras potencias. Es una revolución que tiene una política exterior independiente, que viene aquí, a esta reunión de Estados americanos, como uno más entre los estados americanos, que va a la reunión de los países no alineados como uno de sus miembros importantes y que se sienta en sus deliberaciones con los países socialistas, y que éstos lo consideran un país hermano.
Es, pues, una revolución con características humanistas. Es solidaria con todos los pueblos oprimidos del mundo, solidaria, señor presidente, porque también lo decía Martí: “Todo hombre verdadero debe sentir en la mejilla el golpe dado a cualquier mejilla de hombre”. Y cada vez que una potencia imperial avasalla un territorio, le está dando una bofetada a todos los habitantes de ese territorio. Por eso nosotros luchamos indiscriminadamente sin preguntar el régimen político ni las aspiraciones de los países que luchan por su independencia; luchamos por la independencia de los países, luchamos por la reivindicación de los territorios ocupados. Apoyamos a Panamá, que tiene un pedazo de su territorio ocupado por los EE.UU.. Llamamos Islas Malvinas y no Falkland, a las islas que están en el sur de la Argentina; llamamos Isla del Cisne a la que los EE.UU. arrebató a Hon-duras y desde donde nos está agrediendo por medios telegráficos y radiales.

Constantemente aquí, en Amé-rica, donde luchamos también por la independencia de la Gua-yana y de las Antillas Británicas, donde aceptamos el hecho de Bélice independiente, porque Guatemala ya ha renunciado a su soberanía sobre ese pedazo de territorio; y luchamos también en el África, en el Asia, en cualquier lugar del mundo donde el poderoso oprime al débil, para que el débil alcance su independencia, su autodeterminación y su derecho a dirigirse como estado soberano (…)”.

Gabriel Carbajales

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